Por Octavio Andrés Hernández Miranda

Que alguien haya previsto el terrible
término acordado y, desde lejos,
haya alterado el fluir de los
acontecimientos, es un punto difícil
de resolver. Por cierto, una solución
que señalara a un oscuro demiurgo
como autor de los hechos que la
pobre y presurosa inteligencia
humana vagamente atribuye al
destino, más que una luz nueva
añadiría un problema nuevo.
Adolfo Bioy Casares, El sueño de
los héroes.

Acostado, mientras el viento invernal golpeaba la ventana, Emilio Cruz estudiaba el techo. Observaba aquellas protuberancias irregulares que, en la penumbra matutina, casi siempre adquirían toda clase de formas: un perro con la lengua afuera, un asesino blandiendo el cuchillo, monstruos peludos y babeantes. Pero esta mañana, Emilio podía ver una sola imagen. Cada parte del techo granulado adquiría irremediablemente la cara de Blanca Martínez, aquella primera y tal vez definitiva mujer de pelo encrespado, nariz respingada, ojos redondos. Era increíble cómo cada grano se juntaba con el otro para traerle esos recuerdos de juventud, esas memorias que lo habían arrastrado hasta convertirlo en el Emilio Cruz de ahora: un ex Carabinero, ya jubilado a los cincuenta y tantos, consumiéndose junto a la hermana solterona en la casa de Providencia que había pertenecido a sus propios padres.

Al comprobar que el reloj de la cómoda marcaba las 7:53, se destapó. Oía afuera el repicar de platos y de tazas, y supo que Irene ya preparaba el desayuno. Sentado sobre el colchón, la espalda apoyada en el respaldar, trató de repasar el sueño que lo había despertado tan de mañana. Fue inútil. Apenas si le llegaban imágenes sueltas, deslabonadas secuencias de una película en mal estado: una noche con el viento sacudiendo las hojas; una mujer, que él supo reconocer como Blanca Martínez; un cuchillo, y un cuerpo.

Ahora que lo pensaba, había soñado con aquel incidente ocurrido al final de su relación, hacía unos treinta y pico de años atrás. No le extrañó mucho: ya sea en sueños o en pensamientos, cada tanto volvía a aquel día.

Sí, claro que lo recordaba bien. ¿Y cómo no?

Había sucedido en una noche oscura del sábado del 94, o por ahí, cuando los dos, Blanca y él, caminaban tomados de las manos por las calles aledañas al departamento de ella, allá por Macul. Daban vueltas sin ningún propósito, sólo con la intención de aplazar el momento de la despedida, sumidos en ese encanto de enamorados que embota el juicio y convierte al mundo ordinario en un mundo bello. Los dos contemplaban con nuevos ojos aquellas calles de casas enrejadas, de ciruelos y de plátanos orientales mecidos al viento nocturno, de edificios con sus pequeñas ventanas brillando la luz amarillenta de una bombilla. Chispeaba un poco, y, lejos de molestar, eso le daba más encanto a la noche: la llovizna convertía en un ensueño delicioso la compañía de Blanca.

Ah, se dijo él, mirando su pelo largo, su sonrisa inocente. Ojalá dure para siempre este momento.

Y cuando doblaron por la calle Premio Nobel —según anunciaba el cartel de la esquina—, en donde unos pocos faroles apenas alumbraban el pavimento húmedo y las hojas dispersas, Emilio sintió en la espalda un pinchazo y un hilillo cálido bajándole hacia los pantalones. Él se giró, conteniendo un grito. Enfrente, iluminados por la luz de la farola, dos andrajosos le sonreían. Uno, el narigón que blandía un puñal se fue adelantando, y a Emilio su pestilencia le obligó a aguantar la respiración. A su lado, notó que Blanca tiritaba.

—Entreguen todo —dijo el de atrás, un pelado que, por la mano bajo la polera, parecía ocultar una pistola.

El narigón escupió al suelo y soltó:

—Apúrense. —Daba vueltas de un lado al otro el cuchillo, que reflejaba la luz del farol—. No se hagan nada los valientes.

Emilio percibía cómo un sudor frío le iba empapando la cara y las manos y el cuerpo entero, mientras veía el cuchillo, que lo apuntaba a él y después a Blanca, alternando entre los dos.

La situación sí que estaba jodida.

Con mano temblorosa, él buscó la billetera en el bolsillo. Cuando la sacaba, el narigón se la arrancó de las manos, y, con ojos ávidos de dinero, la abrió. En un horror creciente, Emilio advirtió su cambio de expresión: el narigón pasó de la excitación más eufórica, a esa terrible decepción de quien ha sido engañado.

—Apúrate, hueón —dijo el pelado de la pistola—. Vámonos.

Manteniendo el ceño fruncido, la mirada torva, el narigón dio vueltas la billetera: las monedas cayeron en el pavimento en un tintineo triste. Después tiró la billetera al suelo y gritó:

—Este conchesumadre no tiene nada. —Y apuntó a Blanca con el cuchillo—. Y tú, a ver qué tienes.

Como toda respuesta, Blanca se sacó los bolsillos vacíos afuera del jean.

—Ella tampoco tiene —dijo Emilio—, no trajimos dinero.

—Ya vámonos —insistía el pelado—. Estas ratas son más pobres que nosotros.

—No, espera. —El narigón le echó una mirada de astucia a Blanca, y el ceño fruncido fue reemplazado por una sonrisa. Luego se dirigió al pelado—: Hay algo que nos pueden dar. —El narigón indicó con la cabeza a Blanca y le guiñó un ojo al pelado, quien también sonrió—. Apúntale al maricón ese, mientras yo me encargo de la perra. Después te va a tocar a ti.

—¡Hijos de puta! —dijo Emilio, queriendo acercarse.

—Quédate ahí, mierda. —El pelado descubrió la pistola y lo apuntó—. O te vuelo los sesos.

Emilio se detuvo. No podía creer lo que ocurría frente a sus ojos. Se veía como desde afuera, desde una pantalla de cine, y pensaba en tercera persona Pobre Emilio ahora tendrá que ser testigo de la violación porque ese narigudo se acerca a Blanca con ojos lascivos y con las manos alzadas y Emilio no puede protegerla y todo gracias al puto pelado que lo apunta con una pistola y ay, Dios, Blanca tirita toda entera pobrecita le lanza (me lanza) una mirada suplicante y Dios él debe actuar es decir yo debo actuar

Cuando Emilio se aprestaba a lanzarse hacia el narigón, reparó de nuevo en el agujero de la pistola, y se imaginó el disparo que le podría perforar el pecho, y las piernas se le petrificaron.

Pero entonces, mientras el narigón, lamiéndose los labios, ya le tocaba la blusa a Blanca, surgió de la oscuridad una sombra que golpeó la cabeza del pelado, una sombra que gritó:

—Corran, mierda, corran.

Sin prestar a atención a nada más, Emilio le agarró la mano a Blanca, y los dos salieron corriendo, la respiración anhelosa, las palmas mojadas de sudor. Antes de doblar por una esquina, él se giró y entrevió, tirado en el suelo, mientras el narigón le asestaba cuchilladas, a un hombre vagamente parecido a su padre.

Pobre hombre, pensó después, mientras corría junto a Blanca, en dirección al departamento de ella, por aquellas mismas calles que hacía unos minutos le habían embelesado y que ahora se le aparecían como lúgubres callejuelas en donde acechaba, en cada esquina, el mal.

Al llegar al enrejado de entrada del departamento, el conserje les abrió y les saludó:

—¿Y cómo andan los tortolitos?
Pero ninguno de los dos le correspondió el saludo, sino que se fueron directo hacia el ascensor. Ahí adentro, subiendo al piso 13, el espejo les multiplicaba las caras lívidas. Emilio pensó en el hombre acuchillado. Sugirió:

—Tenemos que llamar a los pacos pronto.

Blanca no respondió nada, seguía distante. Él le tomó las manos —unas frías manos húmedas de sudor—, y la intentó tranquilizar:

—Ya nos libramos de eso.

Blanca le quitó las manos. Le miró con ojos anegados de lágrimas.

—Casi me violan —dijo, entre sollozos—. Y tú no ibas a defenderme.

—¿Qué?

—¡Que tú no ibas a defenderme! —Ella lo empujó, y él se dio contra el espejo—. No lo puedo creer. No puedo creer que fueras así.

—Me apuntaban, yo…

—¡Cobarde! Eres un cobarde, Emilio.

Aquello le cayó a Emilio como un golpe en pleno estómago. ¿Qué le pasaba a esta loca, quería que lo mataran? Pensó en replicarle que no era cobarde, que él sí iba a defenderla, que se dejara de joder. En vez de eso, dijo:

—Qué me dijiste.

Transformada la cara por el enojo, Blanca le pegó con el índice en el pecho:

—Co-bar-de.

Todo ocurrió rápido, la ira subiéndole a la garganta, al cerebro, nublándole la visión, y cuando él se vino a dar cuenta, su mano ya iba directo a la mejilla de ella. La cachetada resonó en el interior de la cabina como un latigazo. Y enseguida el ascensor se detuvo. Las puertas se abrieron. Sobándose la cara, Blanca le escrutó con ojos pasmados, y se bajó del ascensor.

Cuando él se iba a bajar, ella lo detuvo, diciendo:

—No. Tú quédate ahí. No hay nada que hacer. Yo voy a entrar sola. No te me acerques nunca más. Nunca.

A Emilio el pedido de perdón se le atascó en la garganta, mientras veía que Blanca entraba al departamento y cerraba la puerta.
Volvió al ascensor y apretó el botón 1. Al cerrarse las puertas, él se creyó expulsado de un paraíso. Y mientras descendía, recordó los primeros días de su pololeo, principalmente aquel estúpido juramento que se hicieron una noche, la primera noche en que ella se fue a dormir a su casa. Se habían prometido un amor sin fin, y, después de pincharse los índices con una aguja de hilar, los juntaron para mezclar las sangres. Así, los dedos pegados, se juraron que iban a permanecer unidos hasta viejos y que morirían el mismo día con tal de no separarse jamás. Qué estúpido le parecía todo eso ahora. Qué vacío. ¡Ja, morir el mismo día! Ridículo.

Cuando el ascensor llegó al primer piso, él se bajó, se despidió del conserje y se fue corriendo al paradero —no fuera que los delincuentes siguieran acechando—. Para su suerte, la micro llegó enseguida.

Sentado en uno de los últimos asientos, Emilio ojeaba a través de la ventanilla esas calles que conocía tan bien y que ahora se alejaban al avanzar rumoroso de la micro, se iban disminuyendo por la distancia hasta por fin perderse de vista.

Al llegar a la casa, los padres se preparaban para dormirse.

—Estas no son horas para lle… —El padre se detuvo al advertir que Emilio se echaba a llorar—. ¿Pero qué pasó?

Emilio les relató con voz temblorosa todo lo sucedido: del asalto, del asesinato, de la ruptura, ay, especialmente de la ruptura. El papá le ordenó llamar a los Carabineros ya:

—Alguien murió, Emilio, Dios santo, y a ti te preocupa… En fin, llama ahora.

Emilio obedeció. Y, obviando la separación con Blanca, volvió a narrarlo todo por teléfono.

Al día siguiente, llamaron a la puerta. Afuera del umbral, dos Carabineros buscaban a Emilio.

—Soy yo —dijo.

Después de preguntarle sobre asuntos de rutina, el más gordo le dijo:

—¿Pero usted está seguro de que mataron a alguien?

—Claro que sí. ¿Por?

—¿Quién más presenció el asesinato? —preguntó el otro, un petizo con la nariz quebrada—. ¿Su pareja?

Emilio pensó en decirles que Blanca sí lo había visto, pero recordó que ella no se había volteado en el momento en que acuchillaban al pobre hombre. Así que les explicó:
—Bueno, como ya les he dicho, yo paseaba con mi pare…, mi expareja, pero ella no se dio vuelta a tiempo.

Los dos carabineros se miraron, suspicaces.

—Déjeme ver si entendí bien —dijo el gordo, tocándose el bigote—. Dos ladrones se les aparecieron, pero no les robaron nada, ¿verdad? —Emilio asintió, y el gordo continuó, diciendo—: Y cuando se decidían a violar a su pareja…

—Expareja.

—A su expareja, de la nada salió alguien y los fue a salvar, ¿o no? ¿Entendí bien?

—Sí, así ocurrió todo.

—Y cuando este hombre los rescataba, usted salió arrancando junto a su expareja, y entonces usted y sólo usted se volteó a mirar. Y ahí fue que sucedió el asesinato, ¿entendí bien?

—Entendió bien, pero por qué tanta pregunta.
—Anoche —dijo el petizo—, después de que usted llamó, fuimos al lugar del suceso, a Premio Nobel y demás calles aledañas, y no encontramos nada que delatara el asesinato. —El petizo le frunció el ceño—. ¿Usted no habrá ingerido alguna sustancia ilícita?

Emilio respiró hondo. Soltó:

—Hay dos asesinos sueltos por ahí. Si no encontraron nada, es porque seguro que se llevaron el cadáver, y dejaron limpio.

—Bueno, bueno… —El gordo se quitó el gorro verde y le daba vueltas—. Puede existir dicha posibilidad. Aunque improbable.

—Y más si fueron cuchilladas —dijo el petizo—: algún rastro de sangre tendría que haber quedado.

Emilio escrutó a esos dos inútiles. El Gordo y el Flaco, ni más ni menos.

—Señores, no tengo más que agregar. Eso fue lo que vi. Y no, no consumí ninguna «sustancia ilícita».

—Está bien —dijo el petizo—, muchas gracias por su ayuda.

Y se marcharon.

Transcurrieron varios meses, y Emilio no supo después qué sucedió con la investigación. Aunque seguro que se cerró y no se tocó más el asunto. En todo caso, si bien a él le incumbía, la tristeza por la ruptura le abarcó todos los pensamientos: había intentado en vano la reconciliación con Blanca; ella no contestaba el teléfono, y él no quería acercarse de nuevo a esas calles, le aterraba la posibilidad de volver y encontrarse con que ella ya lo hubiera reemplazado con algún tipejo.

Y, al paso de las semanas, a Emilio, que en ese entonces estudiaba en la universidad, la concentración se le perdía: por cualquier mísera reminiscencia a Blanca o al incidente, él entraba en llantos que se prolongaban horas, mientras se culpaba la estupidez de haberla cacheteado y se recriminaba no haber actuado con más valor —eres un cobarde, Emilio, un co-bar-de—. Las notas reflejaron la caída del estado de ánimo, y él terminó por salirse de la U.

Al año siguiente, queriendo probarse que no era cobarde y también con el idealista propósito de mejorar la institución de tantos inútiles, se alistó en los Carabineros. Ahí trabajó hasta la jubilación, sin casarse, sin tener hijos, sin sacarse de encima la palabra «cobarde».

Ahora, mientras seguía sentado en aquella cama de soltero, la espalda apoyada en el respaldar, se preguntó cómo andaría Blanca, también una señora de cincuenta y tantos. ¿Cómo sería su vida actualmente?

Una irrefrenable ansia por contemplar otra vez a su viejo amor lo enfermó de nostalgia, de una tristeza que pocas veces él había vuelto a sufrir, y que hoy estallaba en su interior.

Y, sacando de la cómoda el viejo Motorola, se preguntó cómo era posible que, al paso de treinta y tantos años, no hubiera visto nunca a aquella mujer que en su juventud lo había enloquecido.

Después de prender el celular, apretó el ícono azul de Facebook. En el buscador, achinando los ojos y apuntando con el índice las letras del teclado, escribió con lentitud: Blanca Martínez. Enseguida en la pantalla se desplegaron una docena de fotografías de mujeres jóvenes posando en bikini o sonriéndole a la cámara. Entre todas ellas, Emilio distinguió a una señora de cara cansada y mofletuda, pelo encanecido, ojos redondos, una señora que le sonreía a la cámara como por obligación.

—Blanca —murmuró, estudiando la fotografía.

Sí: a pesar de los años y la vejez y la gordura, ella era su Blanca Martínez.

Oyó que le golpeaban la puerta. Por una extraña razón, se le ocurrió que golpeaba ella, la mismísima Blanca Martínez.

—Emilio, ven a desayunar.

Era Irene, claro. La hermana.

—Espérame, ya voy.
Y, con el corazón acelerado, apretó el perfil de Facebook de Blanca Martínez.

Cuando bajaba por el muro, se topó con una publicación hecha hacía una hora. ¿Tan temprano de mañana ella entraba en las redes?

Al seguir bajando, una parrafada y la fotografía de un listón negro lo alarmó. Leyó la publicación, que decía: «Estimados amigos, notificamos el sensible fallecimiento de la querida Blanca Martínez acaecido el presente día por la madrugada. Ella, tras una larga enfermedad, finalmente descansa en paz junto a sus seres queridos. Hoy se va a realizar el funeral en la parroquia Santa María Reina del Mundo, ubicada en Augusto Winter 3931, Macul.»

—¿Y por qué vas a ir? —Con esos ojos celestes bien serios, la boca en un hilo y los mechones de pelo encanecido cubriéndole la cara, Irene le untaba mermelada al pan tostado, que crujía por el arrastre del cuchillo—. No me digas que todavía la quieres.

—No es eso —dijo Emilio, dejando sobre la mesa la taza de café—. No sé cómo explicarlo.

—Mejor no vayas: no tienes nada que hacer ahí. Terminaron hace cuánto, y seguro no conoces a nadie. Será incómodo.

Emilio se imaginó sentado en la parroquia, rodeado de caras desconocidas, de familiares con un vago parecido a Blanca, que lo escrutaban como a un delincuente o a un aprovechador. Se figuró a los enlutados llorando, mientras él le daba el pésame a… ¿A quién? Al marido, seguro. ¿Pero ella tendría marido? No lo sabía. Él no sabía nada de Blanca.

—Creo que tienes razón. —Emilio se echó un buen trago de café. Le ardió la lengua, y volvió a dejar la taza sobre el plato.

Irene asintió, sonriendo. Después ella mordió el pan, y, al masticarlo, un crujido apagado le salió de la boca.

—Además yo… —Irene se cubrió la boca con una mano y se tragó el pan—. Quizá te suene tonto, pero yo no tengo un buen presentimiento de hoy. Anoche soñé con papá…

—¿Y?

—Déjame terminar de contarte. Soñé que a papá le devoraban los ojos unos cuervos. Creo que es un mal presagio. No vayas.

Emilio sonrió.
La pobre Irene con sus sueños. Hacía mucho que no le escuchaba uno de esos «sueños proféticos». Sueños que rara vez se cumplían, aunque siempre traían mal augurio. De cualquier forma, ahora él se replanteaba el ir al funeral. Era cierto que algo le atraía, acaso aquel placer lacerante de quien vuelve a los lugares de la juventud, a los sitios de ese pasado en el que una vez se fue feliz. Pero consideraba la precaución de Irene más contundente: con suerte conocía a la difunta, a nadie más.

—Tranquila —dijo—. Igual, no creo que vaya.

Irene se encogió de hombros:

—Sólo fue una recomendación, puedes hacer lo que quieras.

Emilio consumió la mañana en permanecer acostado bocarriba, la vista fija en el techo, recordando —o tratando de recordar— cada día de los dos años que duró la relación junto a Blanca. Ahora, con varios kilos de más y varios pelos de menos, hubiera dado la vida que le quedaba por volver a aquel último día de su relación, y poder arreglarlo todo, no actuar tan cobardemente.

La luz plomiza que entraba por la ventana se acompasaba a su melancolía. Rememoró un poema que de niño le habían obligado a repetir. Juventud, divino tesoro, ya te vas para no volver. Apenas aquel verso persistía en la memoria, y ninguno más.

Cuando llegó la hora del almuerzo, él apenas tocó el plato. Irene lo notó enseguida:

—¿No te gustaron los porotos?
Emilio se fijó en los porotos, que humeaban y olían a longaniza y a cebolla. Removió la cuchara, y probó. Sabían bien. Dijo:

—No es eso.

Silencioso, él se quedó viendo el vapor de los porotos ascender en espirales y desaparecer.

—Emilio, ¿te tiene mal la muerte de Blanca?

—Sólo me quedé pensando —dijo, estudiando a la buena de Irene. Al final, su hermana terminó siendo la única compañera de por vida. ¿Por qué Irene tampoco se habría casado? Él no lo sabía con seguridad: en su juventud, ella descollaba en hermosura, y, a pesar del mal genio y las ganas de entrometerse en cualquier asunto, se comportaba mejor que varias mujeres. Pero así es la vida, pensó, muchas veces las mejores personas terminan solitarias, olvidadas por el resto, mientras que a los estúpidos se los encumbra. Pero, bueno, qué importaba realmente: al final, el tiempo los arrastraría a todos por igual hacia el olvido—. Pensaba que el tiempo ha pasado rápido. Ni siquiera somos tan viejos y ya estamos entrando en la época en que nuestros amigos se van.

—Para qué te afliges por eso, no podemos evitarlo. Además, a nosotros aún nos queda harta vida.

Al terminar de comer, Irene se paró y recogió su plato:

—¿Te parece si vemos una peli? Así te distraes un poco.

Emilio asintió.

Después de dejar los platos en el lavaloza, se sentaron en el sillón del living y prendieron la tele. Buscaron en Netflix alguna película, pero ya habían visto todas las que les interesaban. Él sugirió rebuscar entre los canales del cable. En el zapping, saltando de un canal a otro, se les pasaba el tiempo, sin hallar nada aparte de aquellas pelis repetidas hasta el hartazgo —Titanic, Forrest Gump, Batman—, hasta que por fin en el tcm recién empezaba una de gánsteres, con Joe Pesci y con De Niro de protagonistas.

—Déjala ahí —dijo Emilio.

Y no tardó en sumergirse en esa historia de traiciones, de violaciones, de asesinatos, de venganzas y de amores imposibles. No se dio cuenta cuando ya habían pasado cerca de cuatro horas y afuera el cielo se encendía de naranja.

—Buena, ¿no? —dijo Irene, sonriéndole. Después se fijó en el reloj de la pared—. ¡Pero mira! Hay que tomar once. ¿Puedes comprar pan?

Emilio se paró y se fue a la pieza a buscar la billetera. Al volver al living, oyó que, en la cocina, Irene lavaba los platos.

—Vuelvo altiro —dijo él, la mano en el picaporte. Ahí se preguntó si sería necesario traer el Motorola. ¿Pero para qué? Sólo compraría pan, ¿cierto?

Claro que sólo compraría pan, ¿y qué más podría hacer?

Abrió la puerta y salió.

Afuera, el viento le sacudía a Emilio la ropa y le enmarañaba el pelo; más allá, en la vereda, un pequeño remolino mezclaba botellas de bebidas, bolsas plásticas, hojas cafés, mientras algunas personas se tapaban la cara.

Al encaminarse hacia el negocio, bordeando el remolino, aquel fuerte viento le evocó el último día de la relación con Blanca Martínez. Sí, recordaba que también en ese día arreciaba un viento, y, si no le fallaba la memoria, también había ocurrido por estas fechas. Pero lo más triste era pensar que ya nunca jamás la volvería a ver: a pesar de que se prometieron amor eterno, ahora ella, ay, yacía en un ataúd.

Cruzando la calle que daba al negocio, Emilio recreaba los pasajes sombreados por los ciruelos y los plátanos orientales de Macul, el camino que daba a la entrada del departamento de Blanca, el cuarto de Blanca, las manos de Blanca, a Blanca. ¿En dónde se celebraba el funeral? Algo de una iglesia de María. Sí, por supuesto, cómo pudo olvidarlo: sin dudas era aquella parroquia, a cuadras del departamento de ella, que se emplazaba frente a un parquecito, la plaza Juan Renz Peeters. Lo sabía con tanta exactitud porque una vez, al pasear por el parque, Blanca le había apuntado la iglesia y le había señalado que, cuando muriese, le gustaría ser velada ahí mismo. Él la miró con incredulidad. ¿Por qué le gustaría eso? Ah, así que al abuelo lo habían velado en aquella parroquia. Y Emilio, mientras duró la relación, intentó no olvidarlo nunca, memorizando cada detalle de la parroquia, incluso los carteles que informaban los horarios de la misa.

Cuando ya se hubo acercado al negocio, se detuvo. Miró el cartel que se disponía arriba de la entrada. Adornado con la bandera de Chile y unas letras de azul, blanco y rojo —«Minimarket Rigoletto»—, aquel cartel desentonaba con el anochecer ennegrecido de nubes.

Dio unos pasos más, acercándose.

Y se volvió a detener.

Enfrente, una palmera se curvaba, mientras las hojas se sacudían. Se palpó el bolsillo en busca del celular. No lo halló. Qué mala suerte. Le hubiese gustado traerlo: le habría avisado a Irene que llegaría más tarde. Qué mala suerte.

Siguió caminando, y pasó de largo el negocio.

Emilio contemplaba a través de la ventanilla de la 104 cómo Providencia se transformaba en Ñuñoa, y Ñuñoa en Macul: los modernos edificios de vidrio y cemento iban disminuyendo, dando más espacio a las casas de techo triangular, como si la ciudad se encogiera a medida que la micro avanzara —al menos eso fue lo que se le ocurrió a él—.

A pesar del tiempo y de la oscuridad de la noche, Emilio pudo reconocer la avenida por la que discurría, y el miedo se le agolpó en la boca del estómago. ¿Miedo a qué? No tenía idea. Muchas veces, después de la ruptura de la relación, le había aterrado tan sólo el pensamiento de pasar por esas calles debido a la posibilidad de encontrarse con Blanca. Por lo mismo, siempre rehuyó acercarse a Macul. Pero Blanca se había muerto. ¿Entonces por qué aún perduraba aquel escalofrío, aquella sensación de ahogo que le intranquilizaba? Quizá sólo fuera un dejo de su antigua cobardía, ese constante miedo a encararse con el pasado, a caminar por los mismos sectores en que había disfrutado junto a ella.

Y fue que la micro avanzó frente a un palacio neocolonial pintado de blanco y de un rosado pastel, y a Emilio se le cruzaron por la mente todas las veces en que, junto a Blanca, en tardes ociosas, pasearon cerca de ahí.

Y supo que ya debía tocar el timbre y bajarse de la micro.

Al apearse, aquellos recuerdos se intensificaron en una oleada de imágenes: a pesar de la elevación de algún que otro edificio, y de la profusión de restaurantes de comida rápida, la esencia de aquel maldito barrio había perdurado en el trascurso de los treinta años.

Dios, pensó, nunca me hubiera imaginado que volvería.

Pero ya era muy tarde para darse la vuelta y marcharse. ¿O no?

La publicidad de Coca-Cola del paradero de enfrente iluminaba el pavimento de un rojo intenso.

Podría devolverse en una micro, no ir al funeral. Después de todo, ¿qué haría él en medio de tantos enlutados extraños?

Déjate de cobardías, se dijo. Anda, ya estás acá.

De memoria, se encaminó hacia donde creía que se alzaba la iglesia. Se internó por varios pasajes oscuros, oliendo el frescor de la noche; oyendo el viento en el ramaje de ciruelos y plátanos; observando las nubes, que a veces se arremolinaban y a veces se disipaban, y descubrían algunas pocas estrellas. Muchas veces tuvo que desandar caminos, porque por aquí no era la cosa, era más allá parece; muchas veces se creyó extraviado, y muchas veces se espantó por gatos enfrascándose en terribles peleas, por perros escarbando en tachos de basura, o por la misma desolación de las calles. Hasta que, por fin, cuando notaba en la piel el inicio de una llovizna y ya se le cruzaba la idea de renunciar, divisó el parque Juan Renz y unas luces que, sin dudas, salían del velatorio.

Iba con el corazón acelerado, todo el cuerpo rígido. Unas gotas de garuga le mojaban la cara y el pelo, y, cuando ya le quedaba nada más que una cuadra, le extrañó hallar que la parroquia permanecía a oscuras.

¿No que, desde lejos, había apreciado unas luces? Seguro que se confundió con el reflejo de algún farol. Aunque tampoco oía a nadie, ni vislumbraba, a través de los vidrios, la silueta de algún enlutado. Qué cosa más rara. Quizá había llegado muy tarde, porque afuera de la iglesia sólo atisbaba a una muchachita, que le daba la espalda. A nadie más. La muchachita lucía un largo vestido blanco, y el pelo le caía hasta la cintura, un pelo que le recordaba al de Blanca Martínez. ¿Sería la hija o la nieta?

No, pensó. Nadie suele vestir de blanco en el funeral de un familiar.

Cuando él llegaba a la entrada de la parroquia, la muchacha cruzó hacia el parque, como queriendo evitarlo.

A través de las rejas de la iglesia, Emilio echó un vistazo hacia adentro. Ni un alma. Además se encontró con que, pegados en las paredes de ladrillo, la iglesia aún seguía manteniendo los mismos viejos carteles —horario de misa: martes a sábado a las 18.30; domingos a las 12.30—.

Pensó: A estos curas sí que les gusta ahorrar.

—Oye —le dijo a la muchachita, que aún le daba la espalda, acaso entretenida en mirar el bamboleo de un plátano—. ¿Aquí es el funeral de…?
No pudo seguir. Lo que distinguían sus propios ojos se trataba de tal nivel de absurdo que le ahogó la voz. La muchacha se había dado vueltas, y… ¿Dios, era posible? Pero lo veía, sí, claro que lo veía. Veía el pelo largo, veía los ojos redondos, veía la nariz respingada. Ella era Blanca, la Blanca de la juventud, la Blanca de aquellos años felices, la Blanca del pelo crespo y café y de la piel tersa y sin arrugas y sin manchas. ¿Pero cómo?

Cerró los ojos y se los frotó, y al volverlos a abrir ahí seguía ella, tan sonriente y lozana como si los años no hubieran transcurrido. Con la mano, Blanca le hizo un gesto para que la siguiera, y se fue hacia la entrada de una calle.

—¿B-blanca? —A él las piernas no le obedecían.

Cuando advirtió que ella doblaba y se perdía de vista, se obligó a caminar. Daba pasos inseguros, el corazón le latía alocado en el pecho, mientras pensaba que de tanto recordar a Blanca a lo largo de los años se había vuelto loco de remate.

Al llegar al recodo, descubrió que ella se giraba y le sonreía, y después volvía a doblar, perdiéndose tras un ciruelo que dejaba caer macilentas hojas a las baldosas.

Apurando cada vez más el paso, Emilio la fue siguiendo. Olía la estela de una fragancia primaveral que Blanca dejaba tras de sí, un nostálgico olor que a él le hacía remontarse a la juventud. Pero, a pesar de que se esforzara, ella siempre se le separaba por unos metros y se le escabullía, y a pesar de llamarla a gritos, Blanca sólo se limitaba a sonreírle y a seguir caminando, perdiéndolo por caminos oscuros, callejas de casitas apiñadas y de pocos edificios.

Tan pocos edificios, pensó él, como si este fuerte viento los hubiese descuajado y echado a volar.

Y sucedió que Emilio, viéndola de nuevo perderse en una esquina, dobló por el recodo y, ay, Dios, Blanca había desaparecido: una vasta calle franqueada por acacias y ciruelos se extendía en la soledad de la noche. Las hojas arremolinadas en el piso se removían y danzaban en círculos. ¿Y ella en dónde estaría?

Pensó en llamarla, pero a sus espaldas oyó un grito. Él se dio vuelta, con miedo.

Ahí fue que vislumbró, bajo la luz de una farola, en la cuadra siguiente, a dos hijos de putas queriendo asaltar a una joven pareja.

Debo actuar, se dijo.

Y enseguida rebuscó entre el césped de la acera una roca puntiaguda.

Después, se acercó, sigiloso.

Cuando le entierra la piedra en la cabeza al pelado, y grita corran, mierda, corran, el narigón ya se le arrima, blandiendo el puñal fatídico. Entonces Emilio siente varios pinchazos ardiéndole en el vientre, y cae de cara al pavimento. Caído como está, lo último que observa antes de morir es la cara desconcertada de un Emilio Cruz de más o menos veinte años, que se ha volteado a mirarlo, y que ahora se pierde para siempre por una esquina junto a Blanca, junto a su Blanca Martínez.


Octavio Hernández nació en Antofagasta allá en los inicios del siglo, un día del 2001. Si bien desde niño le gustó crear historias (sobre todo fantaseaba con inventar sus propios cómics), la literatura fue un descubrimiento más bien tardío. Lector de Maupassant, de King, de Borges, de Cortázar, se le ocurrió estudiar en el 2020 Cine y Televisión —imprevista carrera que sólo le ha dejado sinsabores—. Pero no se olvidó de la literatura: en ese mismo año, 2020, decidió ingresar al Taller de Corte y Corrección —taller dado por el escritor argentino Marcelo di Marco—, lo cual le significó avanzar a grandes pasos en los laberínticos senderos de la escritura. De este modo, a troche y moche, ha dado en crear unos cuantos cuentos macabros, de los que algunos han recibido premios (mención honrosa en los Juegos Literarios Gabriela Mistral, 2022; Fondart, 2025; ganador Juegos Literarios Gabriela Mistral, 2025).