“SÍNDROMES ALUCINANTES”
Por Hugo Metdzdorff (Parte 1)
Defino al ojo mágico como una supuesta intuición ampliada o percepción de lo oculto. No tiene evidencia empírica; pertenece al campo simbólico o espiritual. Un “ojo mágico” como entidad autónoma de percepción dentro del relato. Ese “ojo” funciona como una instancia de mirada desacoplada del cuerpo. Es decir, la percepción se independiza del sujeto que normalmente la porta.
La motivación y movilidad del ojo mágico son los temas como la muerte, la búsqueda de cordura, el ciclo del vivir y el anhelo de la libertad, lo que se vuelve en un intento de la captura de lo inefable a partir de lo efímero: “la realidad siempre nos sorprende” (en boca del enclenque y debilucho inspector en “Síndrome de la mano”, pág. 14), empero, lo definitivo puede reflexionarse como liberación, ¿pero de qué? ¿Acaso de la condición humana?
En estos cuentos surge, junto a la experiencia fantaseada, una especie de ojo mágico que les da movilidad a los personajes (incluso animales), ante el fracaso de lo humano. Entonces, el ojo realiza un acto de seudo prosopopeya, en seres animados (“Perro mundo”), en una especie de inversión ontológica, pues el perro, la animalidad del perro, se vuelve un símbolo que cuestiona humanizando un símbolo, hablando de la “perreidad” de lo humano. Una vez expuesta la apertura de lo humano se da el giro y el ojo mágico se desplaza. Y el “ojo” puede “trasladarse”, porque no es un órgano, sino un foco de conciencia o punto de vista.
Lo anterior recuerda a la focalización variable en teoría literaria: la narración adopta distintas perspectivas sin quedar fija en un solo sujeto, porque esa especie de ojo tiene autonomía física, incluso gira sobre sí mismo. Y los personajes se agrupan en una muchedumbre de personajes que, independiente de su condición, claman a gritos por su libertad.
He aquí lo prometeico de este magnífico trabajo. El Autor está bajo castigo, atado a la roca fría del mundo, con las cadenas del poder y la violencia, y su leitmotiv es poder liberarse y, curiosamente, no es un acercamiento a Thanatos, sino el uso de la energía creativa a partir de la finitud, de la desafección. El águila que devora su hígado es el arrebato de lo interior de manera perpetua.
Y esta especie de encierro creativo ausculta con el ojo mágico que no está regido por las leyes anatómicas, sino por una lógica simbólica. El giro implica reflexividad, es decir, capacidad de volverse sobre su propio acto de ver. Como en “Especie en extinción”: un condenado a mirar la vida sin poder vivirla.
“Síndromes Alucinantes” nos motiva a visitar y practicar la espeleología (espelaion = cueva, logos = estudio) en un laberinto donde no existe Ariadna ni podemos guiarnos por las estrellas. Solo nos queda acompañar al ojo mágico de Mihovilovich que tiene autonomía física (gira sobre sí mismo), e ir tras los muros de la montaña hacia el interior del ego.
De hecho, me atrevo a señalar que el autor en pleno el acto de escribir, escudriña su propia interioridad a través de ese ente que he llamado un ojo mágico, un ente que va poseyendo a los personajes. Ya nos anticipa Mihovilovich con acertada cita de Albert Camus como epígrafe: “Seré siempre extraño a mí mismo “(El mito de Sísifo), una brújula para quien pueda caer en reduccionismo psicológico al analizar este puñado de cuentos, porque es un trabajo de reflexiones simbólicas, no un estudio psiquiátrico.
La caída al infinito de lo incierto en “Shakespeare plagiado”; la lucidez del juego coloquial en “Esquizoide”, donde la disociación de la realidad es el dedo que apunta a la falta de consistencia en la transacción humana. Pero, ¿qué clase de transacción? Tal vez, la negociación que cada uno hace en la conciencia entre el bien y el mal.
En esta introyección, en los cuentos de Síndromes Alucinantes, hay un brote de las experiencias de Mihovilovich, pero, equivocadamente, puede ser tomada como una autobiografía, como si el Unamuno de “Niebla” no fuera parte de la experiencia fantaseada y no el Unamuno que traza el acontecimiento; Augusto Pérez es un personaje y le conversa a otro personaje: el narrador desdoblado como personaje secuestrado como tal.
Esa capacidad de verse a sí mismo (espejo) y la mixtura con las alucinaciones les dan a los cuentos un variopinto de visitas de apariencia religiosa como posibilidad de esperanza: un “Cristo alarido” y un “Cristo salvador”, incluso un “Cristo que no es Cristo”.
No todos los cuentos se cierran, algunos quedan abiertos como para que el lector pueda seguir con su propia narración. Es, precisamente, lo que hace atractiva y seductora la creación de Mihovilovich, con su ojo mágico que va más allá de la conceptualización tradicional de narrador en primera persona, tercera persona u omnisciente.
La obra de Juan Mihovilovich se robustece con un relato con ritmo, pulso desconcertante y, precisamente, es así porque aparece un motivo profundo: “la autoconciencia”. El ojo que se mira rompe la estructura clásica sujeto/objeto (el que ve, versus lo visto).
Esto podríamos asociarlo “al estadio espejo” de Jacques Lacan, donde la identidad se construye desde fuera, la narración de vuelve sobre sí misma. Necesariamente la función dentro del relato le da al “ojo mágico “una omnisciencia fragmentada: no es un narrador clásico omnisciente, sino una conciencia que circula desestabilizando al sujeto, los personajes dejan de ser centros cerrados; alguien (o algo) los habita perceptivamente.
No es extraño que en “Síndrome de Alicia en el país de nunca jamás”, se dé una increíble y magnífica topografía espiritual hacia la inefable trascendencia, con la presencia simbólico fantasmal tácita de Caronte, en un navío cruzando el océano Pacífico al sur de Chile (los confines del sur del mundo).
“Síndrome de la mano”, “Especie en Extinción”, “Un raro movimiento interior”, en un despertar que marca una diferencia con un despertar kafkiano, pues el mundo no excluye al sujeto; el despertar en Marcel Proust como una exploración de cómo se recompone el sujeto en el tiempo o el despertar en Lobo Estepario, que hace que Harry Haller se vea prisionero en una crisis existencial que lo obliga a mirar la fragmentación de su propia alma.
Mihovilovich logra en varios cuentos un efecto inquietante rompiendo la relación natural entre cuerpo y percepción.
Esto se acerca, en cierto sentido, a la lógica de despersonalización que aparece en obras como La metamorfosis de Franz Kafka, donde la identidad ya no coincide con el cuerpo. Sin embargo, la diferencia estriba en que este “ojo mágico” puede leerse como “una metáfora de la conciencia”, para ver sin estar atado a un yo fijo mirando la vida, como he señalado, sin poder vivirla.
Es más, expresar una farsa de muecas que mienten, usando este dispositivo de control o vigilancia (una mirada que todo lo atraviesa), es el símbolo del narrador mismo que parece hacerse visible y adquirir presencia, pero es un espectro, a mi juicio, de la apariencia. La motivación del ojo no es sicológica: es estructural. El alétheia, (la idea de verdad), es un intento de “desocultar” la verdad que se esconde. Personajes prisioneros, aislados en sus celdas de la mente o inadaptados o prisioneros del simbólico “uróboros”, lo circular ya visto en “Útero” y en otros textos del autor: un regresar al principio, que es el fin.
Los personajes no se mueven porque “quieren”, sino porque los temas lo activan. Como una ley, más que a un personaje.
Juan Mihovilovich: Síndromes alucinantes
Simplemente Editores, 104 págs., 2026

Hugo Metdzdorff N. (Antofagasta, 1952). Licenciado en Filosofía de la Universidad de Concepción; profesor de filosofía, poeta y compositor. Miembro Correspondiente de la Academia chilena de la Lengua, Talca. Autor de vario poemarios.







Un abrazo grande, sí, Alfredo, desde 'mi Buenos Aires querido'.