CONTRACORRIENTE (O CAUDAL DE UN RÍO SECO)

Por Omar López

Tienen los poetas la terca costumbre de creer que la poesía sirve para algo. Por eso escriben, por eso leen, por eso respiran letras y expulsan versos. Si existiera una república de la poesía, algo así como un país con bandera abstracta y territorio intangible pero fecundo, ahí, el cielo estaría al revés y el mar bajo ese suelo.

Eugenio Dávalos Pomareda, poeta de oficio y acción literaria constante nos invita a navegar en un río seco: un río que, sin embargo, suena, porque palabras trae. Y es un caudal de lenguaje personal y construcción de realidades que, a ojo de buen lector, estremece. Veamos por qué.

A través de veinticinco textos la poesía de Eugenio se mueve entre la ironía, el pesimismo, la denuncia, la contingencia, la historia, la filosofía, la política; los poetas clásicos y la música; la urbanidad y la desolación existencial; la muerte perenne y la ubicuidad del vórtice cotidiano disfrazado de… normalidad. Así como el río seco se desliza en cada poema más allá de un escenario particular, la fuerza de un remolino que persiste en absorber toda esperanza o afán de creer en algo se manifiesta como punto final en un rincón de la página. Es una resonancia interesante, un mecanismo de remate que apunta a un absolutismo verbal en el contexto del producto libro en sí. En otras palabras, el riesgo se expresa eventualmente en ese antiguo refrán de que “los árboles no dejan ver el bosque”. La densidad de contenidos se mantiene a contracorriente en el caudal sonoro de un río muerto si consideramos la enorme cantidad de nombres o datos referenciales de símbolos, dioses, actos, circunstancias, vaticinios y sentencias que, la intuición nos dice, están empapadas de escepticismo pero también de locuacidad creativa.

Otro aspecto llamativo es la construcción textual que, en algunos casos, se exprime como una instancia de provocación y ejercicio especulativo. Cierto es que no es el primero ni será, sin duda alguna, el último en realizarlo. En el caso de nuestro compañero poeta, emplea estos recursos especialmente en el texto que da título a su obra. Como alguien dijo por ahí, “la unidad de los contrarios” implica una dialéctica in situ; una fórmula que activa el manejo del poder y la ambición de los vencedores y por qué no, asumimos, el escenario de los vencidos. Por ejemplo, la cadencia gráfica de los puntos suspensivos es, a nuestro juicio, esa contracorriente que respira humanidad dolida y muchas veces invisible o ajena a la frialdad de las estadísticas y siempre víctima del canibalismo mercantil. Recordemos que Pedro Rojas, escribía en el aire y con faltas de ortografía, según la notable genialidad de Vallejo, aunque ironizada por nuestro vate.

En definitiva, “Río seco” es un libro de poemas que tiene doble fondo y no es fácil, descubrirlo. Hoy más que nunca, donde la inmediatez manda y todo se codifica en siglas o numerales inducidos para el rendimiento eficaz, la palabra o la retórica un poquito más profunda… cansa. La gente lee mucho menos que hace cincuenta años y la poesía, en manos impacientes, se convierte en burbuja o en niebla. Por lo mismo, la terca o mala costumbre de estar en la poesía, pensando, sintiendo, imaginando o redescubriendo las cicatrices del día o las heridas de mañana, es tarea irracional para la mayoría, pero esencial para respirar dos veces cada instante.

Saludamos la aparición de esta obra, con la complicidad de los gatos y la sorpresa.