Lo llamaban Comandante Pepe: novela de Rubén González Lefno

Por Iván Quezada

El fallido intento guerrillero del MIR en el Complejo Forestal Panguipulli, durante la dictadura de Pinochet, no es un hecho sencillo de interpretar o de darle un significado. Para no pocos exmilitantes del MIR, es un acto heroico, a pesar o porque fue un fracaso. Otras opiniones critican el voluntarismo de un puñado de jóvenes, quienes, creyéndose omnipotentes, acabaron muertos prematuramente o sin que su sacrificio implicase ninguna mejora para el país o incluso habría contribuido a la tiranía imperante.

En su novela “Lo llamaban Comandante Pepe”, Rubén González intenta descubrir en los años de la Unidad Popular las razones de los jóvenes combatientes. Presenta al líder, José Gregorio Liendo, en el contexto de una juventud entusiasta y optimista, con una idea fantástica de la violencia y sin dimensionar el error del discurso bélico sin poseer armas para transformarlo en realidad. La risa fácil, el narcisismo revolucionario, las “acciones de propaganda” en la Universidad Austral de Valdivia y sus alrededores, son el pan de cada día. Al “enemigo” se le ve casi como un objeto inmóvil, abstracto, un símbolo más que el hechor de las iniquidades históricas. Hasta lo identifican con una “casona de ricos”, que allanan una noche para demostrar que “se la pueden”.

Esta ingenuidad, no obstante, posee vitalidad, humor, es una razón para vivir sin miedo y uniendo el destino personal con el de los amigos. El candor es sinónimo de nobleza. A diferencia del escepticismo o el pragmatismo actuales, los protagonistas no creen que la muerte sea una afrenta. Es gente que no vive del consumismo, en que el mayor temor es no poder comprar nada debido a las deudas o porque se acabó el tiempo de respirar y, por consiguiente, de depredar.

La nostalgia del autor por una versión mejor de sí mismo, de una pureza seguramente mítica pero que parece real en la memoria, tiñe todo el relato. De modo que la aventura es al mismo tiempo una épica y un testimonio con afanes históricos. Ser un “buen hombre” equivalía a identificarse con las “causas populares”, oponiendo a la opresión oligárquica el ideal del trabajador consciente de su misión de civilizar el mundo. Esta certeza de los combatientes resiste todas las contrariedades de la realidad, como el soplonaje, el advenimiento de una dictadura criminal, las traiciones dentro de las propias filas del partido y de la clase obrera diezmada.

Resulta interesante que González haga un contrapunto permanente entre su experiencia actual de Valdivia y Chile con sus recuerdos adolescentes. La frialdad, las relaciones impersonales de la gente por la ciudad, el tedio de los embotellamientos, la derrota que se vive como si no hubiera pasado (aunque sus consecuencias son evidentes en la sociedad en que se convirtió el país con Pinochet), contrasta con las risas y bromas de los jóvenes que subieron a Neltume a recrear el ideal del Che Guevara. La cultura del miedo ya hizo su trabajo en nosotros, trazando una línea entre la aversión a la pobreza y el terror a la muerte, convencidos de que en el otro mundo, si existe, ya estamos condenados por nuestra cobardía o sumisión, o por sumarnos al enemigo.

En cambio, qué hermoso era imaginarse dentro de una novela heroica, a punto de realizar una hazaña que cambiaría hasta el pasado de la humanidad. La fantasía, por una vez, superaba la realidad. Se tenía una convicción a prueba de los hechos: lo que uno pensaba con un método tan perfecto como etéreo, no podía sino convertirse en la vida de todos los días de, al menos, las personas del futuro. Establecida esta premisa, la historia de González describe con detalle las vicisitudes para organizarse y sobrevivir en la montaña maderera de los incipientes guerrilleros. Es una relación entretenida de las cosas, como si paradójicamente fuera una película norteamericana de acción. Hasta morir de un tiro no justificaba amargarse, al contrario, era un riesgo asumido valientemente.

Para los opresores militares era necesario extender y profundizar la humillación a través de la tortura y la desaparición de las personas. Se le quitó así el valor ejemplificador del sacrificio, a la manera de Arturo Prat, reduciéndolo a la miseria de los familiares implorando por saber de los restos de sus hijos, hermanos, maridos, novias, compañeras de universidad, etcétera. La venganza perfecta de los desalmados contra los desarmados.

En todo caso, el Comandante Pepe fue ejecutado y más o menos siempre se supo del destino de su cuerpo. Por eso mismo adquiere una estatura simbólica, que González equipara sin declararlo con Manuel Rodríguez. Es alguien que no se conformó con la pequeñez de sus aprensiones, complejos o trastornos mentales, como es tan habitual entre los habitantes del siglo XXI.

Sin embargo, su figura logra mayor aceptación en una élite social y política desorganizada, reducida al testimonio y a la “superioridad” moral de la derrota. Mientras entre los sectores populares es casi un desconocido, en otra época hasta es posible que lo tildaran de “jutre”, sobre todo porque los trabajadores, los pobladores o los cesantes ya ni siquiera creen en la cultura. Es más, piensan que la educación es una manera de ganar plata o ascender socialmente.

Al final, en “Lo llamaban Comandante Pepe” se impone la épica de sus primeras páginas, aunque no corresponda en nada al Chile de a pie y de todos los días. ¿Queda algo del pasado y del entusiasmo siquiera bajo tierra, en las cenizas de Gregorio Liendo? Más vale que sí o quizás por lo menos sirva como un eco para el futuro. En todo caso, la Literatura tiene todo el derecho de crear un mito, más aún si se trata de un hombre que siempre será repudiado por el neoliberalismo pinochetista concertacionista.