1 gregory cPor Ramiro Rivas

Gregory Cohen es un tipo definitivamente poco convencional. Desde muy joven se inició en la poesía, para luego continuar con la narrativa y terminar asumiendo la dramaturgia y su carrera de actor.

Tampoco el cine le ha sido ajeno. Ha dirigido las películas El baño (2006), Función de gala (2007) y Adán y Eva (2008), entre otras, y publicado la novela El mercenario ad honorem. Cohen es un artista de gran talento que deja su impronta en cada género creativo en que interviene. Dotado de un humor negro corrosivo, es capaz de transformar la apacible realidad en un cosmos disparatado y ominoso, despertando nuestros sentidos adormilados por lo cotidiano. La novela que ahora comentamos es el fiel reflejo de esa mentalidad creadora. El joven Gregory Cohen que conocí a inicios de los 80 es el mismo escritor que ahora ha enriquecido sus textos escriturales con la sabiduría que dan los años. El hombre blando (Edición “desatanudos”, 2011), es la segunda novela de este autor.

Cohen refleja en esta narración la subjetividad contemporánea, la angustia del hombre moderno que se ve atrapado por sus demonios y los que generan una sociedad alienante. El argumento de esta novela está construido en torno a la voz narrativa en primera persona de Alex Barco, un publicista cuarentón que una mañana cualquiera descubre en la portada de un diario sensacionalista su rostro y la noticia de un quíntuple crimen pasional. Lo sorprendente del informe es que el homicida es él mismo. De ahí en adelante comenzará el verdadero calvario del personaje que pasará por las más insólitas situaciones.

La realidad que el lector percibe es la visión que el protagonista nos brinda, con todas sus contradicciones e incertezas. Nada es explícito en el texto, los sucesos se presentan como normales en una realidad alterada. Más que la representación de un héroe, es la antiepopeya de un individuo acosado por sus pesadillas y limitaciones.

Nos viene a la memoria la voz de Macedonio Fernández que abominaba del realismo en la narrativa de su tiempo, por resultar una vulgar copia de la realidad, y que proponía a sus colegas realizar “una producción no- realista”, a dar rienda suelta a la autonomía de la ficción, al despliegue de lo onírico, la metafísica y la extravagancia. Gregory Cohen pareciera asumir y profundizar dichos conceptos, desplegando un abanico imaginativo muy personal y peculiar. En efecto, el mundo aflictivo del personaje está condicionado por la soledad, el abandono o desaparecimiento de su familia, la carencia de afectos, la constante incomunicación con los semejantes, una acelerada paranoia que distorsiona la realidad y la transfigura, convirtiendo su entorno en una suerte de comparsa sin sentido. Las más mínimas estructuras de la coherencia social y familiar son destruidos por lo abstruso de su accionar, lo ilógico de las situaciones y el disparatado mundo circundante. El autor le debe mucho al teatro del absurdo; la sombra de Beckett, Artaud o Ionesco se manifiestan con notoria evidencia en su escritura. El empleo del humor negro, el reiterado absurdo de los acontecimientos y hechos cotidianos, los elementos oníricos o la extravagancia de los diálogos, son características esenciales de esa corriente teatral de mediados del siglo pasado. La soledad infinita del individuo en una sociedad incomprensible que lo torna en una víctima fácil para caer en brazos de la alienación como último cobijo. También es perceptible advertir ciertos atisbos kafkianos en su argumentación.

El absurdo actúa como un modelo paradigmático a lo largo de la novela, aproximándolo a ese sentido teatral de la composición. Cohen proviene del teatro y el cine, ha trabajado de guionista y eso se nota en sus textos, en los diálogos inconclusos, en la inhabilidad del protagonista por aceptar su indefensión frente a un mundo que le es extraño. Esta influencia dramática la reconoce el propio personaje-narrador al expresar que determinados hechos “conforman una escena más propia del teatro que de la vida misma”.

En general, una obra inquietante, inteligente, con propiedades alegóricas que atrapan al lector en una atmósfera perturbadora que cierra con precisión y eficacia. La calidad narrativa es evidente, recordándonos que siempre la buena literatura descansa en el lenguaje, y en este caso, el lenguaje literario.