Por Ramiro Rivas  

 A Lina Meruane se la relacionó con la escritura de Diamela Eltit en sus inicios. Pero a mi entender, la literatura y el estilo de Meruane, su manera de abordar los temas, de por sí bastante profundos y perturbadores, muy poco tiene de la concepción deliberadamente compleja de Eltit, producción más reconocida en los círculos académicos estadounidenses que en su propia casa.

En Fruta Podrida (Fondo de Cultura Económica, 198 páginas) y en la novela Sangre en el ojo, Meruane ejerce una suerte de provocación temática, un hurgar en elementos que el lector y el público en general elude. Me refiero a las enfermedades del cuerpo y del interior de sus personajes, a un merodear obsesivo en la materia vulnerada, en el deterioro lento y angustiante del enfermo. Si antes fue la ceguera de la protagonista (Sangre en el ojo), ahora es el envenenamiento paulatino por los pesticidas de las trabajadoras temporeras de la fruta, el lento aniquilamiento corporal de las mujeres y la indiferencia y mudez de los gobiernos de turno. Esta novela es una interpelación alegórica y brutal de una realidad oculta por los medios.
La escritura de Lina Meruane es de una eficacia que asombra por la perfección. Emplea un lenguaje en que todo armoniza: la originalidad de su sintaxis, los ramalazos líricos que acentúan las atmósferas casi oníricas de una realidad alterada de fuerte impregnación subjetiva, de distanciamiento narrativo. Todo fluye con coherencia, no obstante la fragmentación temporal, las tres voces narrativas que estructuran y articulan la anécdota, que salta de la primera persona de la protagonista, Zoila del Campo (la adolescente enferma), a la tercera persona de María (la hermana, denominada “la Mayor”), para cerrar y rematar notablemente la historia con el extenso capítulo “pies en la tierra”, escrito en cursiva y en la voz de una enfermera que se encuentra en una plaza desolada y bajo una tupida nevazón con Zoila, moribunda en un banco frente al hospital en que ha centrado toda su rebeldía y delirios de destrucción y muerte. Este texto final, de alrededor de cincuenta páginas, aglutina toda la significación de la trama y el mensaje de la obra. Es un relato cerrado y angustiante que no da tregua al lector, que termina por hacerse partícipe de este drama subterráneo que corroe a todos los personajes. La autora jamás pierde el hilo conductor de la historia, siempre al servicio de un objetivo determinado.
La anécdota de la novela se sustenta en la relación de dos medias hermanas, María del Campo, una química que labora en una plantación de fruta de exportación, y su hermanastra Zoila, una adolescente que dejan a su cuidado y padece una enfermedad degenerativa. En tanto María se esfuerza por buscarle una cura a la muchacha, ésta desecha todos los intentos médicos, empeñada en una autoeliminación. El enfrentamiento de estas dos personalidades tan disímiles, otorga al relato una intensidad que no decae a lo largo de las casi 200 páginas. Personajes grotescos, como el enfermero y el médico tratante, propulsor de un hospital modelo en el pueblo Ojo Seco (¿un guiño a la novela Sangre en el ojo?) en donde se desarrolla la historia; ancianos en estado terminal que ejercen como cuidadores eventuales de la enferma; el envenenamiento de la fruta por la hermana como venganza por el atropello sistemático de la empresa a su persona, crean una atmósfera y una situación surrealista y al filo de lo irracional.
No dejan de ser llamativas las expresiones del prestigioso crítico peruano Julio Ortega, experto en literatura latinoamericana, que opina que Fruta Podrida es “una novela que hace avanzar la narrativa chilena nueva hacia un punto de no retorno”, destacando “la verdad de la imaginación”. En efecto, la imaginación creativa de esta autora, acompañada por la denuncia de una realidad social y política feroz, confiere a su obra una significación más allá de lo meramente ficcional. Es una mirada crítica al mercado, a la globalización, a las grandes corporaciones, al neoliberalismo que atomiza al individuo y lo transforma en un número más para las encuestas. La enfermedad como símbolo del aniquilamiento del cuerpo y de la sociedad, la deshumanización que acarrea la modernidad, la tecnología alienante que aplasta y borra al individuo objeto, desprovisto de toda identidad.
La prosa de Meruane se manifiesta en toda su eficacia desde los primeros tramos del texto: “Era el sol reventando en el horizonte. Eran los buitres oteando la carnosa pulpa del campo, las garras empuñadas en la alambrada de púa o adheridas a los ardientes techos de zinc, fijos los ojos sobre la calurosa casa de adobe”. Bastan estas breves frases para situar el lugar de la acción, para sugerir el miedo al colapso de las plantaciones, al terror y el asedio de la plaga de insectos. Un estado de opresión e incertidumbre en un pueblo perdido en los confines de un Chile desconocido: Ojo Seco.
Esta es una novela dura, angustiante, extraordinariamente bien escrita. Me atrevería a afirmar una de las más valiosas de las últimas décadas. Una alternativa de relevo en la narrativa chilena actual, que desde hace algunos años ha mantenido un nivel más bien opaco, en comparación a la poesía. Meruane es dueña de una escritura de excepción, en donde las oraciones parecen buriladas con obsesiva perfección. Poseedora de un universo temático de una originalidad poco frecuente en el medio, la sitúan a la cabeza de una generación de narradoras nacidas alrededor de los años 70, dignas continuadoras de la otrora llamada “nueva narrativa chilena”.