jose paredes Por José O. Paredes

José O. Paredes. Chile, Osorno. Publicaciones en poesía: Autos de Fe, 1983; La separación de los amantes, 1990; Viaje a Ithaca, 1993; Firmamento y olas, 2008; Pasión de la Memoria, 2012. If –bilingüe, 2013.

FERVOR DE TERESA

I

Viajero, tú que ves

Más allá de la luz y por eso buscas

A la luz que en su amor está,

Es decir en su palabra:

Dime, ¿qué hay en la señal

De mi Índice perpetuo?

Luz del tiempo en el tiempo

Perviviendo en el Museo de Ávila,

Lejos de las eras de Castilla,

En los campos de Fontiveros,

Donde nació el otro Amor:

La poesía pura pensada

Y vivida en el Verbo.

Vivía en Él, moría en Él,

Sobrevivía yo, su única,

Desde su don, en el frío, en mi ardor.

 

II

Dime, tú que viajas.

¿Qué ha pasado que no hay campo?

¿Por qué las ovejas se alejan

De los pastos, de su Luz?

Mi quieto dedo que ha perdurado

Los siglos de los siglos,

Inquieta mi sangre aún viva,

Habitada por el Santo varón

Huido de Toledo para llegar a la Verdad:

La de su Luz, la que estaba

En la caza a la que dio alcance.

En mi Claustro lo esperábamos

Con los brazos en cruz, también el cuerpo.

 

III

Yo era la casa,

El silencioso amor,

El cilicio en mi espalda.

Me sacó del oscuro y la vela,

Me dio la ansiada luz,

Así llegué a Él, a su Credo,

A la morada del Eterno.

Su amor no murió en mí,

En nosotras, sus fieles.

Tal vez su carne,

No su Verbo: verdad y vida.

Viví en él, morí en él,

Resucité por él a nuevo vivir.

De mi claustro

Corrí a los verdes prados

A pacer a solas debajo

De su Lumbre, de su Cantar.

No hubo más en mí tiniebla.

Me alumbraba su amor,

Su amor a Ti, a vida nueva.

 

IV

Por su entrega al Dios,

A su palabra Santa

Le hicieron suplicio

Los enemigos de la Fe.

Huía de Toledo

El sabio pastor

De los Calzados.

Llegó a mí y me salvó

De mis tentaciones

Que también vivíamos

En nuestro claustro:

La verdad de su palabra

Se hizo cuerpo y fervor

En mí, en las aprendices.

Me di a él, a su sollozo,

A la sangre de su espalda.

Con mi lengua dolorida

Limpié las llagas que traía

Consigo, las de sus pies,

Las de su herida alma.

Fue la mejor manera

De estar con el Credo

Del Padre Celestial.

Las heridas de la piel

Aliviaban las del alma:

Vivas en mí,  muertas en mí.

 

V

En mi Índice inmortal

Está su huella, su perplejo,

Su temor y el rezo que musité

En su hora moribunda.

Le di mi sangre, no hubo

Culpa que me hiera la mirada.

Volé tan alto como su poema,

Como su verbo redentor.

 

VI

Antes de su final suspiro

Me salvó de la sima

Llevándome a las cumbres.

Fue mío, de Él fui, en el rezo,

En sangre de cordera.

Vino hubo por los montes,

Por las laderas de Don Luis,

Por los viñedos y pajares

Del Santo Varón de Fontiveros.

Me llevó a la cima,

Me dejé llevar por su estro.

Su cercanía fueme estar

Más cerca del Verbo

Del Hombre del Madero.

Éste se hacía carne en mí,

Yo, su felina, Credo en Él.

 

VII

Dime, tú que ves,

Sabes y adivinas.

¿Es verdad lo vivido,

Lo amado, el amor a la carne,

Al divino Verbo

Y su humus?

Es el principio y el fin,

Luz adentro de la luz:

Verbo hecho cuerpo,

Y pan ácimo

En el tiempo peregrino.

 

VIII

Quise ser, como mi Índice,

Sangre de su sangre, vino de su vino,

Luz de su luz, sabiduría celeste.

Llegar a su altura -al olivar- quise,

La que no se ve porque está

En nuestras almas si es que hemos

Vencido las tinieblas y sobrevivimos

El pasaje de los Siete círculos

De La divina odisea, mío Señor.

 

IX

Tú que vas por montes y laderas,

Dime lo que mi Índice señala.

Jerusalén, dices: Oh Jerusalén!

Hacia allá van los peregrinos.

Yo quedé por aquestas tierras,

Por mi Ávila tan lejos, tan cercana.

Mi Índice lo dice todo, nada.