1 dubrovnikPor José Promis

Veinte años después de publicar su tercera novela, Ostornol regresa a las librerías con «Dubrovnik», un relato donde se descubre que el perfil literario del autor se ha mantenido fresco e incólume a pesar del paso del tiempo.

A comienzos de los ochenta, dos novelas publicadas por Antonio Ostornol sugerían la aparición de un narrador de buen fuste, destinado a sobresalir en el campo de la narrativa nacional. La primera de ellas, en particular, era un texto que llamaba la atención por su bien construida arquitectura narrativa y que anticipaba también con perspicacia una temática que escritores posteriores manejarían con frecuencia (Los recodos del silencio, 1981). En 1982 Ostornol publicó El obsesivo mundo de Benjamín y casi una década más tarde, Los años de la serpiente. Hasta ahí llegó. Recién ahora, veinte años después de publicar su tercera novela, Ostornol regresa a las librerías con Dubrovnik, un relato donde se descubre que el perfil literario del autor se ha mantenido fresco e incólume a pesar del paso del tiempo.

La narrativa de búsqueda es antigua como la historia occidental, pero la variante tradicional del viaje en pos de un objeto perdido o codiciado ha sido reemplazada en estas últimas décadas por la búsqueda de la persona de un ser querido que voluntariamente ha elegido desaparecer. Reproduzco de manera literal dos afirmaciones del texto de Ostornol que definen la forma básica que sostiene a su historia imaginaria: «Hace cinco años mamá partió a Europa en un viaje terapéutico para recuperarse de una severa depresión y nunca más volvió», junto a: «A fin de cuentas, a eso había venido: a rescatarla del olvido y traerla de vuelta con nosotros». Un personaje desaparece misteriosamente y por encargo del resto de la familia su hijo debe emprender un viaje lleno de azares e incertidumbres con el propósito de recuperarla. Pero entre estos dos simples nódulos Ostornol despliega con indudable dominio de la tensión narrativa una historia dinámica y entretenida, cuya complejidad formal sirve de desarrollo al conflicto permanente entre la memoria y el olvido, la vida y la muerte. Desde la primera página quedan garantizados el interés del lector y un puente de complicidad del cual es muy difícil alejarse. Sin duda, Dubrovnik pertenece a ese grupo de relatos que uno quisiera leer de una sola sentada.

La historia se inicia en un inusual escenario. Vemos a un individuo y a su madre moribunda abandonados en una destruida ciudad croata que está a punto de caer en manos del ejército serbio. Nos enteraremos después de informaciones aún más curiosas. Se llaman Lucas Romero y Ana María. Ambos son chilenos y provienen de una familia acomodada de la alta burguesía santiaguina. El relato de Lucas es un ejercicio de la memoria que revelará los motivos y caminos que los llevaron hasta ahí: sus antecedentes familiares, el modo de existencia que soportaba como miembro marginal de una familia dominada por la hermana mayor, las circunstancias que provocaron la partida de la madre y las peripecias y encuentros que le ha deparado su búsqueda. La historia, por tanto, avanza de manera asociativa, cumpliendo así el anuncio de uno de los epígrafes de la novela: momentos del pasado inmediato evocan otros anteriores o futuros que crean una escritura anclada en un permanente presente. Avizoramos, por lo mismo, que el discurso de Lucas se acomoda -con cierta flexibilidad- al desarrollo de los viajes míticos. El éxito o fracaso de su cometido dependerá del auxilio que le ofrecen ciertos personajes arquetípicos que van surgiendo a su paso. La participación de S.S., Sergi, Begoña y Mara es, en este sentido, fundamental en su búsqueda. Al final, la recompensa del viajero no será el reencuentro con la madre, sino con un modo de existencia radicalmente antagónico al que dejó en su punto de partida.

La lectura de Dubrovnik nos deja la satisfactoria impresión de ser un relato generoso en méritos narrativos. Esperemos que el autor no se silencie por otros veinte años.

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En: Revista de Libros de El Mercurio