Por Hugo Metzdorff
En esta segunda parte conviene, a mi juicio, evitando caer en un reduccionismo en las opiniones o comentarios de literatura, tendencia común de “arrastrar “toda esa subjetiva percepción en una reflexión fruto de la captura de un lector seducido y entusiasmado (siembra de tener un dios dentro), no me resisto para abordar la barca de estos Síndromes, siéndome imposible no adentrarme en la caverna, es decir, invertir la dirección de la alegórica salida propuesta por Aristocles (Platón) y visitar lo más profundo de las apariencias e ir tras el fundamento de la certeza o del error.
¿Podrían ser estos cuentos una tácita definición o relatos que condenan al autor y sus personajes bajo arresto en libertad? Esto es, ¿estar condenado a ser libre? (Sartre), con la consecuencia de la angustia, la responsabilidad ente el inevitable error, el dolor que enseña paradojalmente a evitar volver a equivocarse y, aun así, conscientemente, insistir: “Shakespeare plagiado”, relato breve, que evidencia una caída al infinito de lo incierto.
Es evidente, a nuestro parecer, que el trabajo narrativo de Mihovilovich fluctúa entre, (K. Jaspers) las situaciones límites y situaciones concretas de los personajes y que, en su obra, nos encamina por el sendero de una confesión del creador, no necesariamente dirigida hacia el lector privilegiado como motivación central , sino más bien, un curioso relatar monólogos al fondo de una profunda celda metafísica en donde brotan luciérnagas, desde cada trazo en las hojas del libro del efímero vivir, trazos fantaseados en la introyección, donde el concepto de lo humano es severo, pétreo y frío, como los barrotes de una cárcel en la mente de una alienación desprendida de la corporeidad, en una narración desde allá y como desde un acá: «La Oscuridad y el Rey imaginario»
Veamos y escogemos, finalmente, de los cuatro síndromes que el autor define como tal, el “Síndrome del Espejo”, al que llamo de manera impertinente, La fractura.
Es un cuento notable, notable en su relato como en la dinámica de la disolución interior. El espejo es la conciencia, el desdoblamiento, la desintegración de una unidad perceptiva e identidad, y finalmente, un espanto que inunda y amenaza la pérdida de ser y una forma muy sagaz de cuestionar el mirarnos a nosotros mismos con una distorsión cognitiva del “como me veo” y “cómo soy “. Para una lectura inexperta podría pasar como un pasaje de disolución patológica o el primer síntoma de colapso mental. Pero, una vez más, Mihovilovich utiliza esa verdadera óptica deslizante que pone a prueba no lo cierto y lo fantástico, sino más allá, un “gnoti seuton” (conócete a ti mismo). Como ya lo he señalado, sobreviene la Alétheia (el develar la verdad). Y Mihovilovich va por nosotros, nos provoca con frases de espanto, como “la piel cae con cada respiración”, “los párpados me pesan”, “me está seccionando”.
Este trabajo es más que una agrupación de cuentos adjetivados como síndromes alucinantes que, de manera engañosa, el autor enmarca para provocar el develamiento de lo obvio a partir de lo aparentemente absurdo, paradójico, sorpresivo en las condiciones del ser humano aferrado o manoteando desde donde asirse para no perder su fondo, descreer de su propio desfondamiento existencial. Esto me hace recordar al pensador Luis Cencillo, pero esa es otra historia.
Concluyo, para no agotar con esta lata intromisión, que esta es una obra extraordinariamente bien escrita. Toca ciertos lugares o temáticas que ya se han hecho en la literatura, pero con un estilo original, con una propuesta original, con descripciones, con una mirada mágica o una visión de ojo mágico que pongo en sospecha, pero que invita a reconocer la estatura literaria de Juan Mihovilovich en continente y contenido
Juan Mihovilovich: Síndromes alucinantes
Simplemente Editores, 104 págs., 2026







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