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	<title>Narrativa archivos - Letras de Chile</title>
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	<description>Literatura  Chilena</description>
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	<title>Narrativa archivos - Letras de Chile</title>
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		<title>LA VENDEDORA DE NARANJAS</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Mauricio Galaz]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 24 Jun 2026 12:55:00 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Cuentos]]></category>
		<category><![CDATA[Narrativa]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Por Rubén González Lefno El barrio donde yo nací estaba conformado por ranchas, muchas de ellas con piso de tierra, ventanas tapadas con plástico y las calles… en realidad eran unos callejoncitos estrechos donde el barro abundaba en invierno tanto como el tierral en verano. Y nuestros juguetes eran un pedazo de tabla, algún tarro [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[
<p class="has-text-align-right wp-block-paragraph"><strong><em>Por Rubén González Lefno</em></strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">El barrio donde yo nací estaba conformado por ranchas, muchas de ellas con piso de tierra, ventanas tapadas con plástico y las calles… en realidad eran unos callejoncitos estrechos donde el barro abundaba en invierno tanto como el tierral en verano. Y nuestros juguetes eran un pedazo de tabla, algún tarro y cualquier cosa que aparecía tirada sobre el suelo. Claro que para nosotros cada cosa nos parecía un juguete de verdad.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En una ocasión, cuando ya era adulta y todavía soltera, conversando con unas amigas surgió la inquietud de identificar el recuerdo más importante que cada una guardaba de su infancia. En mi caso recordaba diversas situaciones, algunas divertidas y también otras serias, experimentadas en el campamento, pero sin ninguna duda mi recuerdo más importante estaba relacionado con algo ocurrido en otro lugar, parece extraño pero es así.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Era pequeña, pero dicho recuerdo es el que siempre he conservado y del que nunca he querido hablar con nadie.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Cada mañana salía según lo demandaba el hábito heredado de la familia.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Lo suyo era coger el canasto y mirar fuera de la modesta mediagua del campamento. De las condiciones climáticas dependía que saliera únicamente con chaleco o llevar la parka, ya gastada de tanto trajín.</p>



<p class="wp-block-paragraph">A sus diez años había aprendido el arte del comercio ambulante acompañando a su madre, también el conocimiento de calles y avenidas para evitar confusiones y un probable extravío, del que la madre no aceptaba explicaciones.</p>



<p class="wp-block-paragraph">-Si te pierdes y te atrasas verás lo que te va a pasar- era la sentencia, asimilada y sobre todo temida desde que tuvo uso de razón.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Hacía semanas que había llegado el periodo de vacaciones, llenando de alegría a los niños del campamento. Ella también lo celebraba, pues podría jugar con sus amigas y amigos, dormir hasta más tarde y vivir cada día sin aquellos deberes que la obligaban por largo rato ante un cuaderno.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Su chaleco esta vez bastaría para transitar a la intemperie. Calzó sus zapatillas, cuya suela se desgastaba más pronto de lo que hubiera querido y, canastillo en mano, salió a la calle.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Comenzó el recorrido por el sector de aquellas viviendas en las que habitualmente alguien le compraba alguna de sus naranjas. Luego avanzó más allá de la pequeña plaza, donde se detenía al regreso para descansar los pies, sin descuidar el canastillo dentro del cual solían quedar unas tres o cuatro de la docena de naranjas que tenía como misión vender. Claro, cuando lograba que le fueran compradas más de la mitad del total se sentía feliz, sabiendo que su madre estaría conforme con el resultado. En un par de oportunidades había regresado con el canastillo vacío y muchas monedas en el bolsillo de su chaleco. Eran las ocasiones en que todo parecía hermoso.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Los innumerables periplos por diversos sectores de la ciudad la habían dotado de suficiente destreza en reconocer los lugares de mejores expectativas, como el terminal de los minibuses, donde había varios señores que siempre esperaban sus naranjas, también aquel recinto donde se construía un gran edificio, en el que igualmente le compraban tres o cuatro unidades de su mercadería, mientras se extasiaba observando aquella enorme estructura de metal que parecía oscilar cerca del cielo trasladando cargas que desconocía.. Pero también debía caminar largas cuadras en que todo resultaba estéril. Y observaba dentro del canastillo, contaba las naranjas, revisaba sus monedas y suspiraba bajo el sol agotador del verano.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Así, durante uno de sus recorridos, con la carga todavía completa, decidió virar hacia una calle por la cual transitaban muy pocas personas. Observaba las viviendas de colores hermosos, los jardines con sus flores llamativas, así como las veredas y los árboles imponentes, mientras avanzaba cambiando de mano el canastillo, haciendo un breve alto para recuperar energías y retomar el paso.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Fue en una de esas andaduras que en un ventanal, diferente a todos los otros de la cuadra, algo le llamó la atención. Un niño sobre una silla observaba la escasa dinámica de la calle. Lo miró con curiosidad reparando que él la observaba con una sonrisa. En ese momento otro niño –varios años mayor y con lentes- salía de la vivienda.</p>



<p class="wp-block-paragraph">-Cómprame una naranja.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Él sonrió. Luego de un momento sacó unas monedas del bolsillo y compró.</p>



<p class="wp-block-paragraph">-¿Una sola?</p>



<p class="wp-block-paragraph">-Una no más, es para mi hermanito.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Ella observó nuevamente la ventana. El niño le sonreía agitando una de sus manos.<br>Desde ese día, cada uno de sus recorridos incluyó desplazarse frente a la casa del ventanal y su antejardín de césped y flores.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En algunas ocasiones el hermano de lentes comparaba una o dos naranjas, mientras el niño sonreía desde su silla tras los vidrios. Así la relación poco a poco pasó a convertirse en cotidiana y amistosa. Y fue un par de semanas después de su primera incursión que, de pronto, al llegar frente a la casa encontró el ventanal vacío. Extrañada y sombría mantuvo la mirada sin explicarse qué había ocurrido, hasta que de pronto vio al niño de lentes aparecer por la puerta cargando al pequeño en los brazos. En silencio vio que lo acomodaba sobre el césped e ingresaba a la vivienda para regresar con una pequeña silla y una bolsa con juguetes. Al reconocerla el pequeño sonrió y ella se acercó tímidamente. Luego, sentada sobre el prado, miraba los juguetes junto a él: un caballito que parecía galopar sobre su base de metal, la figura de una locomotora que poco después quedaba en el suelo, así como un par de palitroques que agitaba en sus manos antes de pasárselos a ella.</p>



<p class="wp-block-paragraph">De pronto reparó en el canastillo y extendió su mano diciendo naranja, naranja. Ella miró al hermano mayor que limpiaba sus lentes y entregó una fruta al niño. Calculaba que tendría unos cinco años, como su primito, que de vez en cuando llegaba junto a la tía a visitarlos al campamento.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Jugaron por cerca de una hora hasta que ella recordó que debía continuar con la venta cotidiana y se despidió. El niño dejó de sonreír con la naranja entre sus manos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">-Mañana, mañana.</p>



<p class="wp-block-paragraph">-Sí, mañana vendré -respondió ella alejándose.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Aquella noche durmió a sobresaltos. La figura del pequeño con la naranja en las manos se le aparecía una y otra vez.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Al día siguiente salió con el canastillo más temprano que lo habitual. Y sin cumplir con el recorrido acostumbrado se apresuró hasta la casa del ventanal, el niño y el pasto verde. Apenas llegó reconoció la ancha sonrisa tras los vidrios y en pocos segundos el hermano lo trajo para posarlo sobre suelo con sus juguetes. Ambos compartieron alegría y gritos. De pronto al niño se le resaló la naranja que tenía en una de sus manos, la que rodó sobre el césped hasta detenerse junto a un arbusto. Ella corrió a traerla y, luego de un momento, el canastillo estaba vacío mientras las naranjas rodaban después de haber sido lanzadas por ambos. Las risas se convirtieron en carcajadas cuando ella -presurosa por traerlas de vuelta- resbaló cayendo de bruces sobre el pasto. El juego se repitió una y otra vez durante horas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Nuevamente debió despedirse para salir presurosa con el canastillo, después de haber llamado al hermano.</p>



<p class="wp-block-paragraph">-Tengo que ir a vender las naranjas- afirmó girando la cabeza para ver al pequeño que ahora la miraba triste.</p>



<p class="wp-block-paragraph">No había entendido mucho lo explicado por el hermano días antes. Pero tuvo claro que había nacido con algunas dificultades y que su condición era frágil, lo que explicaba el impedimento para ponerse de pie y dar algún paso. También escuchó que diariamente debían darle unos medicamentos para evitar dolencias de las cuales no entendió nada, excepto que su cuerpo era muy débil y enfermaba con facilidad.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Desde entonces cada día era dejar atrás las calles polvorientas del campamento, continuar por la avenida cercana hasta virar en la calle de la vivienda, reunirse en el prado, hacer rodar las naranjas, alinear los juguetes y disputar batallas interminables que los hacían retorcerse de risa hasta quedar tendidos, mientras ella lanzaba cada una de las frutas hasta sus pies. Así, el patio se convirtió en el escenario donde ambos convertían en realidad cuanto imaginaban.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En una oportunidad trasladó a duras penas al niño hasta donde la superficie del césped declinaba, dejándolo apoyado cuidadosamente para, desde unos metros más arriba, enviar rodando cada una de las naranjas hasta los pies de su amiguito. En esa ocasión se convencían que era un incontrolable movimiento sísmico el que provocaba un desastre. Así, el patio un día fue también el océano sobre el que se desplazaba el canastillo cual embarcación gigante luchando sobre el oleaje, desafiando un ventarrón apabullante que en un momento volcaba la nave, desparramando sobre el oleaje verde juguetes y frutas. Fue la primera vez en que un osito de género apareció en los juegos y desde entonces para ella resultó irresistible abrazarlo y entregárselo simulando un recién nacido.</p>



<p class="wp-block-paragraph">-Más, más- decía él. Y ella volvía a cargar la nave reiniciando la travesía hasta repetir el volcamiento y las risotadas interminables.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Luego de un par de horas –preocupada- corría por las calles tratando de vender la fruta, ahora machucada. Algunas veces conseguía lo justo para evitar la reprimenda de la madre y, durante el resto del día, rogaba que las horas transcurrieran prontas para dormir, levantarse y repetir la carrera rumbo al jardín de la felicidad.</p>



<p class="wp-block-paragraph">-Naranja- dijo apenas la vio llegar. Y ella desgajó una de las frutas compartiendo su cariño en cuclillas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Después de un rato se encontraban en medio de un acantilado que los obligaba a aferrarse mutuamente para avanzar hasta la cima de una montaña gigantesca, debiendo regresar lentamente hasta el valle, los juguetes y el canastillo. Y en cuanto conseguían llegar comenzaban una nueva aventura, previo a la cual le entregaba el osito que ella acunaba balanceándolo entre los brazos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Días después los palitroques luchaban en una cruenta batalla contra enemigos invisibles, atacándolos hasta sitiarlos después de lanzarles aquellos proyectiles redondos. Y se anotaban una victoria heroica dirigidos por el niño, mientras ella hacía avanzar la locomotora tripulada por palitroques, emitiendo su rugido y provocando pavor en el enemigo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El patio también fue salón de fiesta, como en aquella ocasión en que el osito de género bailaba celebrando jubiloso.</p>



<p class="wp-block-paragraph">-Naranja, naranja- dijo él. Entonces extrajo varias desde el canastillo para incorporarlas al baile, provocando en el pequeño una alegría inigualable.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y fue en una de tales situaciones que -para trasladarlo un poco más cerca de la casa- lo cogió con ambos brazos, alzándolo y poniéndolo de pie. Por alguna razón supo que lo siguiente quedaría grabado para siempre en la memoria de sus afectos. De pie y afirmado fuertemente de ella, el rostro del pequeño se convirtió en expresión inenarrable de felicidad mientras lo hacía dar uno, otro y otro pasito sobre el prado.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En otra jornada de aventuras levantó el canastillo asegurando que llegaba un avión cruzando la ciudad y que sobrevolaba el patio, aumentando el ruido mientras se acercaba a tierra. El niño levantaba la mirada mientras la nave aérea se suspendía cerca del suelo y –en cuanto quiso elevarse- desde su interior cayeron los bultos redondos de color inconfundible, uno de los cuales llegó a las manos del pequeño, que lo atrapó en medio de carcajadas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">-Naranja, naranja- decía, mientras el avión reanudaba su vuelo hasta que, luego de dar un lento rodeo, bajaba para aterrizar a sus pies, cerca de la tapia de ligustrinas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Un mediodía ella puso una de sus piernas dentro del canastillo, acercó a su amiguito hasta que igualmente pudo acomodarlo con uno de sus pies dentro de lo que ahora se convertía en barco para cruzar nuevamente el océano plácido, que los llevaba mientras se abrazaban imaginando una embarcación que se perdía en lontananza luciendo sus velas blancas. Avanzaban afirmados de la nave y no había ola alguna que amenazara volcarlos. Momentos después una agradable calma los bendecía sobre una playa de pétalos y, poniendo distancia de la orilla, descansaron de la travesía deteniéndose en medio de una alfombra de geranios.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En otra ocasión -después de esforzarse durante un largo rato- logró instalarlo dentro del canastillo con ambas manitos en el asa de mimbre. Fue entonces el piloto de un enorme camión que se desplazaba llevando una carga que lo obligaba a maniobrar, acelerando y frenando ayudado por ella que imitaba el ruido del vehículo, mientras ambos reían, porque la abrupta detención provocaba el desparramo de la carga sobre el prado y el volcamiento que los unía riéndose abrazados al osito.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La visita al paraíso de los juegos se había convertido en su mayor alegría. Por ello cada día se apresuraba a llegar hasta allí para recrear las aventuras de él, de ella, de los juguetes, las naranjas y el osito.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Una mañana, poco antes de mediodía, llegó una vez más hasta la vivienda. Extrañamente, el ventanal se encontraba vacío. Se acercó y esperó. Después de un rato se atrevió a tocar la puerta. No hubo respuesta. Insistió, pero el silencio se mantuvo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Cabizbaja y sin ser capaz de aventurar alguna explicación regresó al campamento. Al día siguiente concurrió de nuevo a la casa del jardín ahora vacío y nuevamente encontró el ventanal abandonado. Esta vez fue presa de una tristeza enorme y regresó sollozando.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Al tercer día encontró al hermano de lentes que salía de la casa.</p>



<p class="wp-block-paragraph">-Está hospitalizado -explicó-, ha estado en otras ocasiones y después de algunos días lo dan de alta.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Cada uno de los días siguientes insistió y cada vez debió regresar después de golpear infructuosamente la puerta y mirar largo rato hacia los vidrios de la ausencia.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Había transcurrido más de una semana cuando despertó presa de tercianas. La mamá se preocupó al verla empapada en transpiración. Debió permanecer en cama durante varios días, hasta que superada la fiebre pudo levantarse.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Con el primer impulso corrió hasta la casa de su amiguito. Apenas llegó, ansiosa y expectante, se encontró con el ventanal cubierto de cortinas. Esta vez no intentó golpear la puerta y permaneció inmóvil unos minutos. Se aprestaba a emprender el regreso cuando de pronto salió de la casa el hermano mayor que -con expresión sombría- traía algo en una de sus manos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Entonces ella se negó a aceptar que fuera verdad la explicación de frases entrecortadas que escuchaba como algo irreal.</p>



<p class="wp-block-paragraph">-Antes de marcharse me mostró el osito y reiteró que te sea entregado. Repetía naranja, naranja -explicó con los lentes empañados- y ahora es tuyo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Durante largos años nos hemos divisado esporádicamente con el hermano, pero nunca volvimos a conversar, así como jamás regresé al jardín de los juegos de aquel verano.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En algunas oportunidades mis hijos me han preguntado por qué les niego el antiguo canastillo y el juguete, los que por tanto tiempo me han acompañado en el local.</p>
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		<item>
		<title>UN ARCOÍRIS EFÍMERO: LOS HOMBRES DE LA RUBIA DE KENNEDY</title>
		<link>https://letrasdechile.cl/2026/06/23/un-arcoiris-efimero-los-hombres-de-la-rubia-de-kennedy/</link>
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		<dc:creator><![CDATA[Mauricio Galaz]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 23 Jun 2026 22:16:01 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Comentarios de Libros]]></category>
		<category><![CDATA[Novela]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>DISTOPÍA CRIMINAL DE IGNACIO FRITZ Por Bartolomé Leal Este nuevo libro de Ignacio Fritz es una nueva invitación a lanzarse al oscuro abismo donde la vida y la muerte, el mundo y el antimundo se confunden. Temáticas caras al autor, conocido por su compleja narrativa no siempre accesible a un lector medio. Bueno, como Burroughs, [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[
<h2 class="wp-block-heading has-text-align-center">DISTOPÍA CRIMINAL DE IGNACIO FRITZ</h2>



<p class="has-text-align-right wp-block-paragraph"><strong><em>Por Bartolomé Leal</em></strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Este nuevo libro de Ignacio Fritz es una nueva invitación a lanzarse al oscuro abismo donde la vida y la muerte, el mundo y el antimundo se confunden. Temáticas caras al autor, conocido por su compleja narrativa no siempre accesible a un lector medio. Bueno, como Burroughs, Kerouac o Céline, guardando respetuosas distancias. Por ello, cuando la entrega significa un patente salto en la calidad literaria, uno puede reconocer que involucrarse en esta experiencia da réditos estéticos; en medio de la rutina creativa que nos acosa.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El género negro nacional, para más remate, se halla quizá sumido en un cierto conformismo; sus temáticas parecen haberse quedado en los manoseados horrores de la dictadura militar (sí, hubo una hace casi medio siglo) y que, en soterrada connivencia con la industria editorial, ni siquiera se anima a meterse con el “estallido social”, por ejemplo. Como que el popular concepto de la novela negra como el “realismo social” del siglo XXI estuviera haciendo estragos en nuestro género en la versión criolla. Como que se hace metástasis en la prolongación del autor que es el lector. Tal vez por eso nos ahogamos en la indiferencia de la calle, vaya. La democracia es un tapiz deslavado. Los votos suelen ser irrelevantes. Sobre todo cuando la derecha gana elecciones. Hay que volver a un pasado heroico mistificado.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El autor de <em>Los hombres de la Rubia de Kennedy</em> no se interesa por tal enfoque. En la novela de Ignacio Fritz la distopía se da con otro signo. Allende no ha sido depuesto y la Dictadura del Proletariado gobierna. Bueno, no vamos a adelantar sobre eso, aspecto particularmente entretenido de la narración, y donde la ultraderecha es la que actúa de manera brutal contra la disidencia, esta vez encarnada en el propio gobierno. La propia policía del régimen no le va en zaga, en todo caso.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Ignacio Fritz ha escrito uno de sus mejores libros, esta distopía criminal como la subtitula, que travesea con un grandioso mito urbano santiaguino: “La rubia de la avenida Kennedy”. Dicha mujer habría muerto en un accidente automovilístico en la Kennedy con Gerónimo de Alderete, pero cundieron las sospechas de que murió en circunstancias misteriosas, con el supuesto asesino suicidado. Se dijo que penaba en esa esquina mortal y asediaba a los taxistas. Un arcoíris efímero, pone Fritz. El tema tuvo prensa, hasta Halloween tocó su parte, se hizo una película que pasó sin pena ni gloria, pocos escritores se atrevieron con el tema, tal vez porque no conocían el barrio.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Fritz no se mete con la arista forense, sino con el hecho de que la rubia asesinada vive a medio camino entre el mundo y el inframundo. Sigue buscando hombres de verdad. Un alma en pena. Por ahí el libro cita una investigación que afirma que el “peso del alma” es 21 gramos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Bella edición, ¿qué dice el editor? Pues invito a leer la muy buena contratapa:</p>



<p class="wp-block-paragraph">Se nota que Ignacio se lo investigó todo. ¿Por qué lo considero un libro destacable? Pues por su buen uso del lenguaje popular en varios medios sociales; por su sintaxis adecuada al tipo de relato y su estilo, nunca lineal aunque con la brújula bien conectada para lograr fluidez narrativa; por su visión original y nada farandulera del mito urbano santiaguino que se conecta con otros foráneos; por sus guiños a la ciencia ficción ciberpunk, sobre todo al brillante concepto acuñado por William Gibson de los “fantasmas semióticos”, ese popurrí de imágenes, ideas o mitos del pasado que quedan dando vueltas en el inconsciente colectivo; porque el autor, además, hermana la caca que tiene en la cabeza con aquel inconsciente colectivo, haciendo un continuo reciclaje de publicidades, canciones, películas, el porno, personajes deleznables y farsantes de todo tipo…</p>



<p class="wp-block-paragraph">Una novela que me permito poner al lado de un par, sin perjuicio de que haya otras igualmente notables en la línea de una renovación del noir chileno: El Caníbal de Laguna Verde: La historia del comeporteños» (2013) de Cinthia Matus; y El detective del absoluto (2024) de Pablo Rumel. Menciono al paso, en línea original, a autores como Juan Calamares y Aníbal Ricci.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Bueno, aquí van como complemento algunas preguntas que hago al autor, a ver si nos aclara algunos conceptos acerca de su obra:</p>



<figure class="wp-block-image aligncenter size-full is-resized"><img fetchpriority="high" decoding="async" width="291" height="348" src="https://letrasdechile.cl/wp1/wp-content/uploads/2026/06/02a.png" alt="" class="wp-image-18487" style="width:291px;height:auto" srcset="https://letrasdechile.cl/wp1/wp-content/uploads/2026/06/02a.png 291w, https://letrasdechile.cl/wp1/wp-content/uploads/2026/06/02a-251x300.png 251w" sizes="(max-width: 291px) 100vw, 291px" /></figure>



<p class="wp-block-paragraph">Se nota que Ignacio se lo investigó todo. ¿Por qué lo considero un libro destacable? Pues por su buen uso del lenguaje popular en varios medios sociales; por su sintaxis adecuada al tipo de relato y su estilo, nunca lineal aunque con la brújula bien conectada para lograr fluidez narrativa; por su visión original y nada farandulera del mito urbano santiaguino que se conecta con otros foráneos; por sus guiños a la ciencia ficción ciberpunk, sobre todo al brillante concepto acuñado por William Gibson de los “fantasmas semióticos”, ese popurrí de imágenes, ideas o mitos del pasado que quedan dando vueltas en el inconsciente colectivo; porque el autor, además, hermana la caca que tiene en la cabeza con aquel inconsciente colectivo, haciendo un continuo reciclaje de publicidades, canciones, películas, el porno, personajes deleznables y farsantes de todo tipo…</p>



<p class="wp-block-paragraph">Una novela que me permito poner al lado de un par, sin perjuicio de que haya otras igualmente notables en la línea de una renovación del noir chileno: <em>El Caníbal de Laguna Verde: La historia del comeporteños</em>» (2013) de Cinthia Matus; y <em>El detective del absoluto</em> (2024) de Pablo Rumel. Menciono al paso, en línea original, a autores como Juan Calamares y Aníbal Ricci.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Bueno, aquí van como complemento algunas preguntas que hago al autor, a ver si nos aclara algunos conceptos acerca de su obra:</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>P: Te gustan las duplas de detectives, canon recurrente en el género y un buen recurso para diálogos sabrosos. ¿Qué crees que hace diferentes a los tuyos?</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>IF</strong>: No creo que haya mayor diferencia con otros autores del género <em>noir</em>. Sherlock Holmes tiene a Watson. Rex Stout a Nero Wolfe y Archie Goodwin. En fin. Hasta Batman tiene a Robin. Creo que es un recurso eficaz mientras otorgue impulso y que la acción corra a través del dúo. Los míos, claro, juegan con postulados que integro en ambos arquetipos, el veterano y el joven. Aparte, ambos son como el agua y el aceite, pero por tema trabajo, se bancan. Ambos desean encontrar la verdad, aunque en lo personal pienso que la “verdad” en las personas es solo una interpretación de la misma y no se llega nunca a la verdad inmutable que solo está en el mundo de las ideas. Como tú bien pusiste en el texto de más arriba, son temas que tal vez me son “caros” o queridos; y para qué decir “caros” para el lector medio (si es que existe), que no debe tener idea quién fue Platón pero sí Felipe Camiroaga o Naya Fácil.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>P: Ese tráfico entre lo real y lo imaginario nos mete en la distopía de la Unidad Popular en el poder y dentro de aquello, perturbador de por sí, hay otros niveles de inverosimilitud, ¿qué buscabas?</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>IF</strong>: Divertirme, en primer lugar. Supongo que se le ha dado guaraca al tema dictadura. ¿Por qué no verlo desde el otro lado? Con respecto a la verosimilitud, para mí no cuenta. Sí cuenta la coherencia interna y en cómo planteo cada párrafo. Es triste observar cómo el martilleo de lo “correcto” o “incorrecto” permea la prosa de los escritores actuales. El <em>noir</em> ha derivado a <em>gray</em> y los árboles no dejan ver el bosque y parece que el tema de la dictadura quedó pegado como ese comercial de los ochenta de Poxilina. Se puede escribir hasta de lo inimaginable siempre y cuando se tenga el talento y la perseverancia para hacerlo. Para mí vivir lo que se debe escribir es un recurso válido para los escritores “normales”; el tema es que yo, como escritor, soy friqui y anormal. Lo de verosimilitud o no, eso es para los cultores del realismo social o la autoficción que tanto me apesta. Igual, qué bueno que pienses que es uno de mis mejores libros.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>P: ¿Crees que este libro supera las controversias de otros anteriores y que te hacen una figura no digamos revulsiva, aunque sí para evitar?</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>IF</strong>: Nunca me he enterado de esas controversias, de partida. Estoy disponible para que me llamen o me las digan en la cara; si no, no vale. Como narrador enfrentado a otros, trato de ser lo más educado posible; de hecho, me sorprende que el cotilleo de pasillo impera más que lo que te comenté sobre qué es la verdad en lo real. O qué es mito de lo que no lo es, como lo de la Rubia de Kennedy. Parece que estas controversias en las que he estado involucrado no son descartadas con el buen juicio. Una persona juiciosa preguntaría a la fuente (en este caso, yo), no se quedaría con la chimuchina de los haters de siempre, que abundan aquí. Esa es mi verdad. Lo que sí me queda claro es que ser educado no da muchos réditos en colegas con su cantinela figurativa de siempre y aquí pienso lo mismo que Bolaño acerca de los escritores; que en la realidad (y me incluyo), “son unos gilipollas”. Hay algunos que te ven en el mercado persa y no te saludan… Finalizo citando otra vez a Bolaño: “Nada pidas, que nada se te dará. No te enfermes, que nadie te ayudará. No pidas entrar a ninguna antología, que tu nombre siempre se ocultará. No luches, porque siempre serás vencido…”. Esa es la verdadera caca de los escritores. Súmale “chilenos”.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>Ignacio Fritz: <em>Los hombres de la Rubia de Kennedy. Una distopía criminal</em></strong>, Emergencia Narrativa, Santiago de Chile, 2026</p>



<figure class="wp-block-image aligncenter size-large"><img decoding="async" width="606" height="1024" src="https://letrasdechile.cl/wp1/wp-content/uploads/2026/06/los-hombres-de-la-rubia-de-kennedy-606x1024.jpg" alt="Los hombres de la Rubia de Kennedy. Una distopía criminal" class="wp-image-18488" srcset="https://letrasdechile.cl/wp1/wp-content/uploads/2026/06/los-hombres-de-la-rubia-de-kennedy-606x1024.jpg 606w, https://letrasdechile.cl/wp1/wp-content/uploads/2026/06/los-hombres-de-la-rubia-de-kennedy-178x300.jpg 178w, https://letrasdechile.cl/wp1/wp-content/uploads/2026/06/los-hombres-de-la-rubia-de-kennedy.jpg 758w" sizes="(max-width: 606px) 100vw, 606px" /><figcaption class="wp-element-caption"><em>Los hombres de la Rubia de Kennedy. Una distopía criminal</em></figcaption></figure>
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		<title>LA PERSONA QUE AMAMOS Y EXTRAÑAMOS</title>
		<link>https://letrasdechile.cl/2026/06/17/la-persona-que-amamos-y-extranamos/</link>
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		<dc:creator><![CDATA[Mauricio Galaz]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 17 Jun 2026 15:29:24 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Comentarios de Libros]]></category>
		<category><![CDATA[Novela]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Por Josefina Muñoz Valenzuela/ Letras de Chile Siri Hustvedt (1955) comenzó a escribir Historias de fantasmas cuando Paul Auster (1947-2024), gran escritor también, su marido y compañero por más de cuarenta años, murió a causa de un cáncer pulmonar detectado dos años antes. Estas son las palabras iniciales: “Estoy viva. Mi marido, Paul Auster, está [&#8230;]</p>
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]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[
<p class="has-text-align-right wp-block-paragraph"><strong><em>Por Josefina Muñoz Valenzuela/ Letras de Chile</em></strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Siri Hustvedt (1955) comenzó a escribir <em>Historias de fantasmas</em> cuando Paul Auster (1947-2024), gran escritor también, su marido y compañero por más de cuarenta años, murió a causa de un cáncer pulmonar detectado dos años antes.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Estas son las palabras iniciales: “Estoy viva. Mi marido, Paul Auster, está muerto. Murió el 30 de abril de 2024 a las 18.58, en la casa de Brooklyn donde ahora escribo estas palabras”. Las páginas siguientes nos cuentan esta vida especial en un libro que es de amor y de dolor, de permanentes conversaciones, de compartir una vida juntos, donde eran Siri y Paul y ahora esa mágica conjunción y que los unía, ya no está: “Más claro aún: sí, estoy en duelo por Paul, pero la mayor parte del tiempo estoy en duelo por Siri y Paul. Estoy en duelo por la y. Estoy en duelo por cómo esa y me hacía sentir en el mundo. Esa y donde él y yo nos superponíamos”.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La portada es una bellísima foto de ambos, jóvenes, seguramente a poco tiempo de empezar su relación. Podría ser también de cuando se casaron, porque ambos están vestidos más bien elegantes, de blanco, mirándose sonrientes en un momento que quiere ser eterno.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Paul Auster le había dicho que quería regresar como un fantasma y seguir junto a ella de otra manera. A lo largo del libro, la escritora contará cómo percibe el olor de los cigarros que fumaba Auster; incluso, en algún momento, su presencia como algo real e indescriptible.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Contar y escribir sobre un ser amado muerto es una manera de revivirlo, aunque no logre hacer realidad el anhelo de que aquello no hubiera sucedido. Por eso, cuando leemos al inicio “Estoy viva. Mi marido, Paul Auster, está muerto”; y más adelante, la constatación de que “este será el primer libro que Paul no leerá”, nos sumergimos en aquella zona desconocida, temida, pero que de manera inevitable cada ser humano debe enfrentar en algún momento de su vida: la pérdida de un ser único al que no volveremos a ver, a tocar, a escuchar, en esa cotidianeidad que sigue existiendo a pesar de su ausencia.</p>



<p class="wp-block-paragraph">De ahí en adelante, esas palabras que cuentan y reviven, intensas, dolorosas, que no alcanzan para consolar la pérdida de esa vida signada por una y que unió por varias décadas ese nuevo ser constituido por partes de Siri y Paul; eso no será nunca más, a pesar de las palabras, a pesar de los recuerdos, a pesar de los deseos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Página tras página vamos observando ese proceso de ‘fusión’ que surge en algunas (y privilegiadas parejas) en que día a día van adoptando y adaptando nuevas formas de ser -propias del otro/a-, para llegar a conformar otro ser que, de manera voluntaria, ha incorporado al que era, ideas, pensamientos, modos de decir, puntos de vista, conductas, gustos, características de todo tipo, provenientes de esa persona que aman y con quien día a día conviven en la relación más estrecha y total que puede tener un ser humano. Y su pareja ha experimentado el mismo proceso de adopción y traspaso, por lo que ese y que los une los habrá signado para siempre -copiando palabras de Borges- como ‘el otro, el mismo’.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El relato de las mutuas lecturas en las que comentaban sus nuevas creaciones, los llevaba a reconocer la adopción de palabras, frases, incorporadas en sus respectivos escritos sin tener conciencia de ello, lo que hace aún más real ese y que no es una suma de dos, sino un ser nuevo. En la página 297 leemos una de las más bellas descripciones de ello: “A medida que nuestros libros iban desarrollándose y nos los leíamos mutuamente, era como asomarse a los sueños del otro”.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><em>Historias de fantasmas</em> es la narración de un amor y una amistad construidos día a día, en que hay una relación tan profunda de confianza en la pareja, que no cabe el temor a mostrarse, que solo cabe agradecer haberse conocido y compartir intensamente cada momento de los días y las noches juntos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Su nieto Miles nació el 1 de enero de 2024 y Paul Auster comenzó a escribirle una primera carta en marzo, sabiendo que no alcanzarían a conocerse y compartir la vida. Escogió la palabra ‘Papa’ para que su nieto lo nombrara y Siri eligió la palabra ‘Mormor’ (se pronuncia Momo), que significa ‘Madre Madre’ en noruego. Esa es la razón para que incluyera en este libro las cartas que Paul dejó para su nieto antes de morir.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Es un libro que se lee como una monumental elegía, un relato de décadas de amor intenso, de compenetración con esa persona amada en la que ambos tienen como oficio vital la creación literaria. Y eso no los vuelve competidores, sino protagonistas de una intensa relación de amor, cariño, amistad, admiración, gracias a ese ser llamado Siri y Paul en que ese y que pareciera algo insignificante, les permitió edificar un mundo del que fueron protagonistas centrales.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En estos tiempos de crisis mundial, de permanentes guerras locales, en que la desigualdad se ha profundizado como nunca antes, la literatura nos muestra que siempre habrá otros mundos posibles.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><em>Baumgartner</em>, último libro de Auster, lo terminó poco antes de su muerte y habla también del amor y la pérdida, quizás como ejemplo de eso que llamamos coincidencias, y que rara vez lo son. A su vez, <em>Historias de fantasmas</em> es una reflexión sobre el amor, la pérdida, los recuerdos, es decir, los hitos centrales de la vida. Y ambos libros dan cuenta de la existencia eterna de <em>Siri y Paul.</em></p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>Siri Hustvedt: Historias de fantasmas<br>Seix Barral, 382 pp., 2026</strong></p>



<figure class="wp-block-image aligncenter size-large"><img loading="lazy" decoding="async" width="601" height="1024" src="https://letrasdechile.cl/wp1/wp-content/uploads/2026/06/portada_historias-de-fantasmas-601x1024.jpg" alt="Historias de fantasmas" class="wp-image-18465" srcset="https://letrasdechile.cl/wp1/wp-content/uploads/2026/06/portada_historias-de-fantasmas-601x1024.jpg 601w, https://letrasdechile.cl/wp1/wp-content/uploads/2026/06/portada_historias-de-fantasmas-176x300.jpg 176w, https://letrasdechile.cl/wp1/wp-content/uploads/2026/06/portada_historias-de-fantasmas.jpg 751w" sizes="(max-width: 601px) 100vw, 601px" /><figcaption class="wp-element-caption"><em>Historias de fantasmas</em></figcaption></figure>
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		<title>PRESENTACIÓN LIBRO «SÍNDROMES ALUCINANTES» de Juan Mihovilovich</title>
		<link>https://letrasdechile.cl/2026/06/15/presentacion-libro-sindromes-alucinantes-de-juan-mihovilovich/</link>
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		<dc:creator><![CDATA[Mauricio Galaz]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 15 Jun 2026 14:52:36 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Narrativa]]></category>
		<category><![CDATA[Noticias]]></category>
		<category><![CDATA[Opinión]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Por Fernanda Rubín Rafajelo, profesora8 de mayo de 2026, Punta Arenas Juan Mihovilovich Hernández es abogado, poeta, cuentista, novelista y ensayista, reconocido como una de las voces más relevantes de la narrativa chilena contemporánea, especialmente dentro de la literatura producida desde las regiones australes del país. Nació en Punta Arenas y pertenece a la tercera [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[
<p class="has-text-align-right wp-block-paragraph"><strong><em>Por Fernanda Rubín Rafajelo, profesora</em><br></strong>8 de mayo de 2026, Punta Arenas</p>



<p class="wp-block-paragraph">Juan Mihovilovich Hernández es abogado, poeta, cuentista, novelista y ensayista, reconocido como una de las voces más relevantes de la narrativa chilena contemporánea, especialmente dentro de la literatura producida desde las regiones australes del país.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Nació en Punta Arenas y pertenece a la tercera generación de descendientes croatas, una comunidad que ha tenido una importante presencia cultural y literaria en el sur de Chile. Su obra se inscribe en una tradición de escritores magallánicos que han contribuido significativamente al desarrollo de la prosa nacional.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Mihovilovich forma parte de la llamada generación literaria de los años ochenta, también conocida como la “generación del golpe de Estado”, compuesta por autores que desarrollaron su escritura durante la dictadura militar chilena. En ese contexto, su literatura se caracteriza por una profunda reflexión humanista, una mirada crítica sobre la realidad social y una constante exploración de la condición humana.</p>



<p class="wp-block-paragraph">A lo largo de su trayectoria, ha construido una obra marcada por temas como la soledad, la marginalidad, la memoria, el encierro y las complejidades psicológicas de sus personajes, consolidándose como una figura esencial de la literatura regional y nacional.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Entre sus principales obras destacan <em>La última condena </em>(1983), <em>Sus desnudos pies sobre la nieve</em> (1990), <em>El ventanal de la desolación</em> (1991), <em>El clasificador</em> (1992), <em>Restos mortales</em> (2004), <em>El contagio de la locur</em>a (2006), <em>Desencierro</em> (2009), <em>Grados de referencia</em> (2011) y <em>El asombro</em> (2013). Yo Mi hermano (2017); Útero (2020); El amor de los Caracoles (2024).</p>



<p class="wp-block-paragraph">Su trabajo ha sido distinguido con importantes reconocimientos, entre ellos, el Premio Julio Cortázar en Argentina (1985), el Premio Gabriela Mistral (1989), el Premio Pedro de Oña (1989) y el Premio Antonio Pigafetta de la Universidad de Magallanes (1986). Premio Francisco Coloane (2017).</p>



<p class="wp-block-paragraph">Su obra ha sido objeto de estudio académico en la región, incluyendo investigaciones desarrolladas en la Universidad de Magallanes.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Mi acercamiento a la obra de Mihovilovich no es reciente. Durante mi formación en esta universidad, tuve la oportunidad de dedicar mi tesis de grado al análisis de su narrativa, lo que me permitió aproximarme de manera más profunda a los temas, recursos y preocupaciones que atraviesan su escritura.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Fue una importante misión y un agrado trabajar, realizando un análisis de tres de sus obras fundamentales, <em>“La última condena”, “El contagio de la locura” y “Desencierro”</em> junto a mis compañeras Geraldine Pérez y Carmen Gloria Vargas y en compañía constante del autor como una guía dentro de todo el proceso.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Desde esa lectura sostenida de su obra, y para acercarlos a lo que será la lectura de este nuevo y fascinante libro de relatos, quisiera centrarme en cuatro aspectos que me parecen claves dentro de la obra del magallánico.</p>



<ol class="wp-block-list">
<li><strong>La psicología de los personajes / mundo interior</strong>: el trabajo de muchos estados mentales complejos, quiebres internos, angustia, obsesión, extrañamiento y asombro en sus personajes. Por eso el texto que se lanza el día de hoy, recibe el nombre de Síndromes Alucinantes”, debido a que si bien síndrome se define <strong>como <em>“un conjunto de signos (manifestaciones medibles) y síntomas (percepciones del paciente) que se presentan juntos y caracterizan una afección o estado patológico. La palabra proviene del griego y significa «aparecen juntos». A diferencia de una enfermedad, a menudo no tiene una causa única conocida”</em></strong>, estos exhiben demostraciones de conductas que terminan siendo fascinantes y asombrosas tanto para los personajes como el lector.</li>
</ol>



<p class="wp-block-paragraph">En el cuento que abre el texto, titulado <strong>“Síndrome de la mano”</strong> y sin deseos de dar spoilers, el personaje posee la complicada particularidad de tener una mano que tiene voluntad propia y actúa bajo esta misma, sin mediar las consecuencias que esta puede traer para su poseedor, el cual en un tono que nos recuerda a Kafka que, junto con su neurosis obsesiva y autopercepción, se define además como un personaje con una endeble estructura corporal y por ende con una voluntad que de a poco se va exterminando. Así versa el relato:</p>



<p class="wp-block-paragraph"><em>“Desde mi afiebrado cerebro he intentado vanamente controlar la independencia creciente de mis dedos de la mano derecha. Si se me examina con atención, sin prejuicios, no se verá otra cosa que un individuo común y corriente: un par de piernas arqueadas sobre el que descansa un tórax desmesurado que termina en un cuello de rinoceronte que soporta encima una rara inteligencia. Ese podría ser el cuadro descriptivo de mí ser físico. Nada de que asombrarse, a menos, por supuesto, que pasados unos minutos el deseo de partir de mi mano extravagante se tope, lisa y llanamente, con el exterminio de mi voluntad”.</em></p>



<p class="wp-block-paragraph">En el cuento <strong>“Perro mundo”</strong> podemos apreciar como el centro del relato son los perros del dueño y sus cavilaciones sobre diferentes temáticas, pero fundamentalmente sobre el desagrado que sienten hacia él y su hipócrita generosidad, y reflexionando sobre su figura inepta y poco valiosa, como alguien que no podría sobrevivir como ellos a una especie de hecatombe que terminara con el mundo. En este mismo contexto, están convencidos de que ellos podrían alimentarse de sus restos, en una especie de parafraseo de la frase “cría cuervos y te comerán los ojos”. Porque este ser humano sin humanidad, está convencido de su hermosa labor con los animales, los cuales ni siquiera lo soportan y lo consideran como un ser insano que ya a su larga edad, no ha aprendido a vivir aún. Por lo cual vive sumergido, según sus mascotas, en un autoengaño, similar al de Ulises en “La Odisea” y que viene al caso por el relato de Kafka “El canto de las sirenas”, empleado además como epígrafe por el autor, según esta reinterpretación kafkiana de la epopeya, <strong>Ulises sí se da cuenta del seductor canto, pero finge no saberlo</strong>, se aferra a su montaje porque necesita creer que venció una tentación real. Ahí está el autoengaño del que hablábamos: Ulises podría estar sosteniendo una ficción sobre sí mismo. No sería el héroe que resistió la seducción, sino alguien que necesita narrarse esa victoria, como una hazaña más de las que tuvo que vivir para retornar a su patria. Ese autoengaño del sujeto dueño de los animales, según el propio pensamiento de estos seres, no es sólo eso, sino que también una forma de engañar a los demás, donde quiere hacer creer que es un ser compasivo, <em><strong>con, en palabras de los canes, esa melodramática forma en que dices preocuparte por quienes ya no son parte de ti mismo</strong></em>.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Estos seres, se consideran el “anticipo de una nueva humanidad”, convencidos de que la nuestra ha llegado a un pseudo final triste y patético, pero todo esto atravesado por una especie de autoengaño y deseo de engañar al otro.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En esta fuerte reflexión interna de los animales, éstos hacen vislumbrar los síndrome o grupos de comportamientos que estarían llevando a nuestra civilización al fracaso inminente, teniendo como foco central o anticipo, la desolación e incomunicación permanente de la raza humana, lo cual desarrollaremos más adelante.</p>



<ol start="2" class="wp-block-list">
<li><strong>El encierro o la desolación</strong>: Es otro tema muy presente en la narrativa de Mihovilovich, manifestándose tanto de manera física como emocional. Ahora bien, nos podemos preguntar:</li>
</ol>



<ul class="wp-block-list">
<li>¿Qué tipo de encierro viven los personajes?</li>



<li>¿El espacio refuerza esa sensación?</li>



<li>¿Hay posibilidad de escape?</li>
</ul>



<p class="wp-block-paragraph">Sin duda y como lo muestra el autor, el encierro que viven estos personajes, sean seres humanos, animales o ciertas entidades que parecen abstractas, es desde un lugar físico en algunos casos, pero, por otro lado, y siempre es emocional. Seres que están encarcelados en sus propias mentes o almas, donde cavilan sobre su origen desconocido, un futuro incierto o un sentido de la vida que muy pocas veces logran descubrir. En el relato <strong>“Especie en extinción”</strong>, la vida de un ser, no perteneciente al género humano, es el centro e hilo conductor de todos los sucesos que él mismo relata, se describe a sí mismo como un ser diminuto, un cuerpo que sirve como escudo, pero que a la vez reacciona a estímulos positivos que vienen del exterior de su encierro e incomunicación.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Como él señala: <em>“Sin duda, debo ser la reproducción asistémica de un extravío: un esbozo, una idea inconclusa, un suspiro de la nada o un silencioso arrojo material que resultó inaudible. Sé que conjeturar no me servirá de mucho. Sólo si supiera a dónde voy tendría sentido mi origen. Sin embargo, como mis horizontes dificultosamente llegan al nivel de mis pupilas no puedo siquiera suponer qué hay detrás. Por lo demás, cuando un buen día aparecí enjaulado sintiéndome una especie en extinción no pude menos que sonreír con lástima”.</em></p>



<p class="wp-block-paragraph">Está inmerso en un sitio que no solo da cuenta de una soledad tremenda, dado su aparente claustro físico, sino que también de un vacío en el cual se encuentra sumergido, tal vez como consecuencia de esto. Es así como los acontecimientos en la vida de aquel ser cambian, encuentran sentido e incluso le dan ganas de vivir cuando una mujer que muestra una única y maravillosa humanidad, lo lleva a vivir consigo, instalándolo en una jaula, apartado del hogar, pero donde este se siente más feliz que nunca. Es aquí donde la compasión que, sí estima el protagonista, no como los animales del texto anterior, la compasión entregada por Luciana lo lleva a sentir que el contacto que hizo con ella, incluso lo llena de sueños nuevos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En este caso podemos ver que el encierro físico no es el problema de él, sino que era su deseo de ser observado y de sentirse conectado con alguien más, aunque esta situación pudiese cambiar, tal como lo dice el autor en una hermosa frase de su prosa: <strong><em>“como si lo triste fuera la primera condición natural de la primavera”</em></strong>, parece anticiparnos a un final que tal vez no será próspero para nuestro personaje principal.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>3.La locura o alteración de la percepción:</strong> Es importante ver y rescatar, cómo en toda la obra del autor se desdibujan los límites entre lo real y lo imaginario, dando cuenta de una alteración mental individual pero que muchas veces refleja una crisis social y existencial histórica, pero a la vez muy vigente. Podemos pensar en este contexto ¿quién es el loco? ¿Es aquel que escapa con su comportamiento o síndrome, de una realidad aparentemente “normal” o son aquellos que observan sin entender los designios mucho más lúcidos de estas personas que tienen alterada la percepción habitual de las cosas? En este sentido, un personaje que nos llega a través de un narrador que todo lo sabe, como es el caso del individuo de <strong>“Un raro movimiento interior”</strong>, se posiciona como alguien que, en contra de su voluntad, comienza a dejar de sentir el peso de su propia materia y entra en una especie de libertad indefinible como el propio autor señala, disfrutando de su mundo exterior como un verdadero milagro que lo llena de felicidad. Su viaje avanzará hasta terminar en una alocución al nombre de Cristo, de manera fuerte y notoria, generando el asombro, concepto recurrente en la obra de Mihovilovich, ante los transeúntes que lo observan sorprendidos. Ahora bien, esta aparente locura, que lo lleva a ser marginado y encerrado, no constituye un peligro para nadie y junto al trasfondo de su tranquila personalidad, no podemos concluir si aquello se posiciona como un síndrome extraño o el encuentro de una verdad.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>4.El lenguaje y la atmósfera</strong>: Mihovilovich suele construir climas muy densos, porque habita lo más profundo del ser humano que siempre está teñido más por la pesadumbre que la liviandad, pero aun así su prosa es bella, poética, con frases que funcionan como sentencias o simples pensamientos llenos de sentido, usando mucho la corriente de la conciencia como ese torbellino inagotable que es, pero sin convertirse en un embrollo de palabras que se vuelven inentendibles, sino como claves para comprender los más hondos temores, deseos y obsesiones de los seres humanos, en un contexto cotidiano, donde destaca el empleo de personajes cercanos y lugares que muchas veces podemos identificar. Es su obra capaz de adentrarse en los rincones más oscuros de la laberíntica mente humana, donde lo profundo y existencial, se muestran como pan de cada día y el análisis del interior de los personajes no muestra otra cosa que el deseo de llegar a esos lugares del hombre, donde muchas veces no nos situamos, pensando que podemos encontrar síndromes, los cuales generalmente ignoramos, pueden ser alucinantes.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La obra de Don Juan, como lo llamo con respeto y admiración, nos lleva a la raíz de la locura, no la denosta, minimiza o condena, sino que la naturaliza como una característica propia de cada individuo que, inmerso en una sociedad que da pie a la incomunicación, a la falta de empatía e incomprensión, es la consecuencia natural de la generación de desconexión, e incluso aberración que las personas tienen de su entorno, de esa realidad que cada vez parece irreal.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Leer a Mihovilovich es aceptar una invitación a internarse en los pliegues más complejos de la conciencia humana, allí donde la extrañeza, la lucidez y el delirio dejan de oponerse para revelarnos algo esencial sobre nuestra propia condición, es sumergirse en relatos que influenciados por grandes escritores, como Kafka, Dostoievski (que él mismo cita), Camus, entre otros, se posiciona como una literatura peculiar, que extrayendo elementos de los anteriores, hace una descripción muy particular y cercana de personajes comunes, corrientes, así como de lugares cotidianos y sucesos conocidos, que vislumbran y analizan los abismos más profundos de la conciencia e inconciencia humana.</p>
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		<item>
		<title>ANOTACIONES SOBRE EL LIBRO SÍNDROMES ALUCINANTES</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Mauricio Galaz]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 11 Jun 2026 14:13:18 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Comentarios de Libros]]></category>
		<category><![CDATA[Cuentos]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>de Juan Mihovilovich Por Antonio Lagosi “Crecía, pero mi crecimiento no dependía de mí, como si fuera un planta cualquiera colocada en un macetero o a la intemperie…(…) sencillamente me desprendía de mí mismo hacia arriba en busca de algo superior…” (“La oscuridad y el rey imaginario”, p.51) Crecimiento y búsqueda, quizás, sea este el [&#8230;]</p>
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]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[
<h2 class="wp-block-heading has-text-align-center">de Juan Mihovilovich</h2>



<p class="has-text-align-right wp-block-paragraph"><strong><em>Por Antonio Lagos<sup>i</sup></em></strong></p>



<p><em>“Crecía, pero mi crecimiento no dependía de mí, como si fuera un planta cualquiera colocada en un macetero o a la intemperie…(…) sencillamente me desprendía de mí mismo hacia arriba en busca de algo superior…”</em></p>
<p style="text-align: end;"><em>(“La oscuridad y el rey imaginario”, p.51)</span></em></p>



<p class="wp-block-paragraph">Crecimiento y búsqueda, quizás, sea este el único camino que hemos de recorrer, desde el nacimiento hasta la muerte, como haría cualquier ser vivo que se precie de tal. Todo lo demás pareciera no ser sino encierro, dolor y aire inflando el estómago.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Imaginaciones muy bien imaginadas son este conjunto de síntomas, que nutre cada una de las páginas de este libro, en donde, como en todas las cosas que mastica el hombre, detenido siempre al borde del abismo, solo el amor y la ternura, podrán, finalmente, traernos esperanza como forma de bendición y salvación.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Apenas entrando, recién, en las páginas de este nuevo libro, que para bien de nosotros, nos entrega nuestro querido Juan Mihovilovich, puedo refrendar con toda alucinación que, una sola de estas caprichosas ensoñaciones sujeta en nuestra mente, podría llegar a enunciar toda nuestra existencia, o bien resumirla en una de estas líneas dolorosas y bellamente escritas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Afincados en esta búsqueda que nos atrapa, recorremos cada palabra puesta en el texto, para desglosarla con los ojos, como si cada una de ellas estuviera puesta en la mirada del hombre, en el hombre como especie humana; como una manera de reunirnos a todos en un sola idea. Así trasunta la vida, pasajera de un aparatoso ir y venir, un ir y venir de oscuros síntomas y sensaciones acopiadas,tal vez para especular sobre la vida y la muerte, con la misma mirada de antes, fijada ahora sobre las vigas de uno de los cuartos de donde cuelgan nuestros deseos, celebrando ese cielo descubierto tras el último respiro, imaginando que la esperada muerte puede disiparse como por arte de magia, volviéndose para otros, casi en el acto, la resurrección de sus días.</p>



<p class="wp-block-paragraph">No hay misterio que develar, si concebimos la vida y la muerte como un espacio de igual magintud, desprejuiciado y sin dramas, por el bien de todos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y por eso mismo, como lector insomne, estiro la mirada desde una perspectiva fantasmal, para no perderme de vista a mí mismo, retornando una y otra vez sobre la página anterior, que me habla del colibrí; de los barrotes; de los colchones; de los muebles desvencijados. Selvas amazónicas atrapando la niñez, alucinando con el día, como buen lector comprometido con la noche, que nutre las historias de nombres y figuras que tantas veces hemos estrechado, naciendo una suave niebla a la venida del sol.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Cada Síndrome que respira en este libro, es sin duda una ojeada en el espejo, instalados nosotros frente a él, pero muy lejos del mundo que una vez imaginamos. Si apenas, haciendo lo correcto, formando parte del perfecto andamiaje de los días, saliendo a la calle para hacer lo preciso, una suerte de articulos de primera necesidad, definidos mucho antes que nosotros nos llenásemos de estos postreros años.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Un mundo para engullírselo desde la primera hora de la mañaña, hartándonos hasta el vómito dejado en la sombría agudez de ese bello paisaje que hemos imaginado.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Me llama la voz interior del engranaje que operamos; agotados de tanto andar sobre el mismo ruedo, sin descanso, lleno de angustia, fanfarroneando alguna vez mejores días. Extraña perspectiva que nos ofrece la muerte, por supuesto, según sea el escenario que se levante, puesto que como sabrán, la muerte no pesa lo mismo colgando de la viga, que colgando de nuestras manos ensangrentadas, sobre todo cuando no somos capaces de controlar los deseos, mucho menos la culpa, cautivos de un cuasidelito suplicando frente al juez.<br>Es nuestro autor, el que va metido en nosotros cantando sus remansos y dolores, poblado de calidad y belleza en sus imágenes, observándonos desde un rincón de la vida, un rincón claro y cabal, mirando cada uno de nuestros movimientos, como si cada unos de estos fueran misterios que resolver, consumido por nuevas tribulaciones: atrapado y perdido en sí mismo, con la diferencia, que, esta vez no podrá volver la vida atrás, ni por un solo minuto, como solemos hacer en nuestras mejores pesadillas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">A decir verdad, en la apreciación del libro y en primera instancia, pensé caminar sus páginas yendo ordenadamente de cuento en cuento, acompañándonos todos en el disfrute de este, envueltos por una muchedumbre suplicando de puerta a puerta o de alma en alma, muertos de la risa o vivos del llanto, como diría más de algún astuto por ahí. Pero, no pude, porque me asoló un mundo de representaciones apareciendo y desapareciendo en mitad de la calle. Un mundo palpitando a toda velocidad, para después desaparecer de un sola pincelada ern medio de ese mismo mundo, como si en realidad todas las historias que Juan Mihovilovich nos cuenta, se hubiesen reunido en una sola excusa para enfrentar un mundo en plena existencia y lucidez, desafiando con su desnudez, la magnificencia o pequeñez de ese otro mundo que arrasatramos, apenas murmurando.<br>Debe ser por ese <em>raro movimiento interior</em> que nos llama a cada instante, que nos llena de satisfacción y que, en simultáneo, también va llenando de asombro o terror a todo aquel que observa la imagen u oye las palabras que rezan nuestro pensamiento, apenas, abrimos los ojos, hablándonos de lo que nos aguarda allá afuera, rellenándose de sus profundidades; de sus emociones y de los deseos que acarrea su interminable búsqueda, colmada de pura belleza en sus palabras.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><em>“Sin embargo un raro movimiento interior la altura del pecho lo había sobresaltado. Fue una sensación indescriptible, tenue y persistente que parecía tocarle el corazón”. (De “Un raro movimiento interior”, p. 45).</em></p>



<p class="wp-block-paragraph">Tal como se devela en una de sus últimas imágenes, o la última imagen de este cuento, <em>“De vez en cuando se ve flotando entre los árboles como si fuera un gorrión que va y viene a su nido”. (De “Un raro movimiento interior”, p.47).</em></p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>Desvaríos</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Esta es la culpa que jamás nos deja a solas, ni por un solo instante. Deber ser por eso que vivimos huyendo, refugiados, cada uno, en la propia soledad.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Síndromes que no devienen por cualquier circunstancia o por la mera acumulación de divagaciones perniciosas, porque en este caso hablamos de perfectas y sutiles enajenaciones dispuestas por la necesidad que tenemos por ser parte de algo, parados frente al quehacer de este <em>“perro mundo” (p. 23)</em>, que no escatima en adjetivos que laceren nuestra existencia; para que así más tarde, podamos culpar al mundo de todas nuestras desgracias; para ponerle nota a cada suceso, concursando siempre en acuerdo con nuestros propios pecados o intereses que, según los últimos reportes también son lo mismo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Vislumbramos una conjunción de palabras, salvaguardando un laberinto de pura alucinación, es decir, de pura claridad, de pura ganancia de luz para nosotros, presos de las conjeturas que necesitamos para entender cada alerta de la vida.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Una alucinación como para permanecer oculto tras el desaguisado; para actuar sobre seguro; como para rasgar vestiduras a la primera, si fuera necesario, sabiendo a ciencia cierta que nadie podría correr el velo de la temporalidad que se aloja en nuestro mundo interior. Debe ser por eso que, en apariencia, por supuesto, negamos la comprensión sobre el otro, hablando desde un estrado o desde un púlpito de lo terrible que es el aire que se respira allá afuera, pero sin poder entender mucho de todo esto todavía, como ese <em>“Philips Jean” del cuento (p. 49)</em>, amparado, por suerte, en el amor, echándole para delante, sin dudar, qué importa después de todo este nuevo mundo, balbuceando unas primeras palabras en castellano, escasamente haciéndose entender por ese resto de mundo que murmura un <em>“Cristo” a escondidas</em>, como si fuera pecado.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Concluimos, timidamente entonces, por ese temor que tenemos de quedar en ridículo por no dar en el clavo que, por lo que se ve a simple vista, la verdadera realidad de nuestra condena es que esta no comulga con la muerte terrible, sino que, más bien “come del mismo plato” de la mano de este aire de tan bellos sufrimientos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Debe ser por ello que, añoramos los sueños de la infancia, caminando de la mano del padre con rumbo del kiosco de diarios y revistas, a comprar las historietas, que aunque no lo crean, ahora, recién, en la hora de la vejez amarga, hemos comenzado a entender.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Hay oscuridad en mis fantasias, desde luego, ¿qué otra cosa se podría encontrar en ellas, escondido tras una exploración predecible? puesto que, yazgo mirando al cielo pero, lejos de su armonía, lo sé. Mirando con los ojos erguidos sobre la viga que sostiene la cuerda que soporta el cuerpo balanceándose, en el aire.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Ocultamos la mirada. Silbamos, como cualquier individuo común y corriente, sin atender la necesidad del otro. ¿Para qué?, me pregunto, quizás, para derribar todo lo que nos embarga, me respondo. Quizás, para volver sobre lo mismo cada día, sobre lo sutil, que a veces puede ser sinónimo de lo terrible, de realidad y locura.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El único problema que tenemos en realidad, es la mentira. Ese es el gran problema que nos aqueja. La mentira, echada a paletadas sobre la tumba de la verdad, verdad que todavía muerta, aterra. La mentira enarbolada como puntal del mundo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Este es el problema que envuelve el murmullo en medio del tumulto. Una enfermedad que aprisiona las voces que sangran con cada paso, que sangran dentro de nosotros, adentro de nuestro interior vivo: <em>“Todo aquí es húmedo: las paredes, los armarios desvencijados” (“Los números no cuentan”, p.65)</em>.</p>



<p class="wp-block-paragraph">O bien, para volver sobre el amigo que una vez dejamos en la soledad, encantándose con el sentido de la vida o de la muerte, que, como ya dijimos, a estas alturas ya es lo mismo, habiendo hecho el camino al cementerio, en la adultez, tantas veces como lo hicimos sobre la plaza del pueblo, en los días de la infancia.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Al leer este nuevo libro de Juan Mihovilovich, se me ocurre decir que, impreso en sus hojas he ido encontrando de todo, como si de pronto se hubiese surtido un mercado de angustia, verdades y deseos en el aire. Las experiencias vividas, finalmente, han sido liberadas por el miedo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La oscuridad ha llenado los cuartos de la casa de tantos cuentos, como puertas tiene la provincia. Y la plaza de gritos, y vendedores a la siga de una muchedumbre, haciendo fila frente a la iglesia solo por ver si agarramos un resto de algo, no importa, sea lo que sea.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Como dijimos, al concluir solo el amor y la ternura nos podrán salvar, con un “Philips Jean” enamorado y con la ternura plena, dibujada en la mirada de Richi, puesto en un bello cuento que nos llena de provincia; de una provincia nuestra, tal como aquella esquina, esa conversación y saludo, con la mano levantada, al pasar, aferrándonos a un mundo de pura resistencia y existencia todavía.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><em>Síndromes alucinantes</em> es cierto, como un montón de mundos naciendo por todas partes del mundo.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>Juan Mihovilovich: Síndromes alucinantes<br>Simplemente Editores, 104 pp. 2026</strong></p>



<hr class="wp-block-separator has-alpha-channel-opacity"/>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>[i]</strong>  Antonio Lagos (Linares, 1962), poeta y cuentista.  Premiado en diversos certámenes literarios de poesía y cuento de nivel local y nacional; ha publicado ocho libros.</p>



<figure class="wp-block-image aligncenter size-large"><img loading="lazy" decoding="async" width="666" height="1024" src="https://letrasdechile.cl/wp1/wp-content/uploads/2026/05/sindromes-alucinantes_portada-666x1024.jpg" alt="Síndromes alucinantes" class="wp-image-18273" srcset="https://letrasdechile.cl/wp1/wp-content/uploads/2026/05/sindromes-alucinantes_portada-666x1024.jpg 666w, https://letrasdechile.cl/wp1/wp-content/uploads/2026/05/sindromes-alucinantes_portada-195x300.jpg 195w, https://letrasdechile.cl/wp1/wp-content/uploads/2026/05/sindromes-alucinantes_portada-768x1182.jpg 768w, https://letrasdechile.cl/wp1/wp-content/uploads/2026/05/sindromes-alucinantes_portada.jpg 832w" sizes="(max-width: 666px) 100vw, 666px" /><figcaption class="wp-element-caption"><em>Síndromes alucinantes</em></figcaption></figure>
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		<title>ANATEMA</title>
		<link>https://letrasdechile.cl/2026/06/08/anatema/</link>
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		<dc:creator><![CDATA[Mauricio Galaz]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 08 Jun 2026 18:40:00 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Cuentos]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Por José Baroja El cristianismo podría ser bueno, si alguienintentara practicarlo.George Bernard Shaw Recuerdo mi infancia. No fue una mala infancia. Sería un mentiroso si me quejara respecto a esta. Es más, si tuviera la posibilidad de volver a vivirla, probablemente, ya estaría formado para hacerlo.Recuerdo muy bien una sensación de ligereza que no he [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[
<p class="has-text-align-right wp-block-paragraph"><strong><em>Por José Baroja</em></strong></p>



<p class="has-text-align-right wp-block-paragraph"><em>El cristianismo podría ser bueno, si alguien<br>intentara practicarlo.</em><br>George Bernard Shaw</p>



<p class="wp-block-paragraph">Recuerdo mi infancia.</p>



<p class="wp-block-paragraph">No fue una mala infancia.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Sería un mentiroso si me quejara respecto a esta.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Es más, si tuviera la posibilidad de volver a vivirla, probablemente, ya estaría formado para hacerlo.<br>Recuerdo muy bien una sensación de ligereza que no he vuelto a sentir. Recuerdo también cómo jugaba libre-mente en mi casa, libre-mente en el jardín, libre-mente en la escuela e incluso libre-mente en la Escuela Dominical. Sí, aunque pueda resultarle extraño a mucha gente que me conoce hoy, en aquel ayer solía ir a la Escuela Dominical o, más bien, me llevaban a ese “lugar de santidad”, ubicado a un costado de la iglesia.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Recuerdo cómo allí me enseñaban acerca de un dios justo, que lo había creado TODO, que lo controlaba TODO, TODO lo que existe y que, por lo tanto, a sabiendas de aquello, nuestra misión más importante era obedecerle, someternos a su “voluntad”, ser “puros” en un sentido muy amplio de la palabra, aunque, por aquel entonces, suponía que “puros” implicaba apuntar al nivel de aquellos que habían sido inspirados para transmitirnos la fe. Recuerdo muy bien cómo nos regañaban si no éramos ordenados. Rondaba la idea de que de ese modo nos convertiríamos en “buenos ciudadanos”, porque como cristianos éramos buenos per se. No obstante, lo que más recuerdo es cómo luego de lecciones acompañadas de coritos, colores y adivinanzas, a veces una película animada de fácil y sacra digestión, nos dejaban jugar: jugábamos mucho y nos reíamos mucho más. Lo recuerdo bien.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Es gracioso, una de las cosas que más nostalgia me causa de esos primeros años dominicales es el pan con margarina que alguna “tía” nos regalaba para desayunar entre juegos y gritos en el patio de la iglesia; primero era la lección, después éramos niños y niñas hasta que papá o mamá iban por nosotros. Lo éramos, mientras los más grandes participaban del “culto oficial”. Ciertamente, el “yo de hoy”, incluso con una mirada más seria, puede afirmar que fueron los años en que más cercano me sentí a aquel dios. Como no, si a ese “pequeño yo” le enseñaron Teología breve y directa acerca de un Ser que era omnisciente, omnipresente y omnipotente; lo que facilitó que ese “pequeño yo” lo memorizara entre mascada y mascada y entre juego y juego; quién no aprendería con la panza llena y con el corazón contento. Además, ese “pequeño yo” lo aprendió del modo en que se presenta a un nuevo amigo, uno que, más encima, cuidaba de TODOS, recalco, de TODOS y TODAS. En mi día a día aprendí a creer en ese dios que estaba en todos lados, que lo sabía todo y que lo podía todo, que no discriminaba, ni juzgaba, ni le reprochaba a nadie su amor, lo cual para mí era lo máximo. Sin embargo, más temprano que tarde agregaron la letra chica: la <em>bendita letra chica.</em></p>



<p class="wp-block-paragraph">Mi inocencia de ese tiempo, mi aceptación ciega acerca de que así era el mundo, explica mucho de mi fe de aquel segmento de mi vida. Lamentablemente, aún no conocía el mundo-real, el “afuera”, a la gente de “fuera” y, con ello, todo lo aledaño a esto, tal como la pobreza, la miseria, la injusticia; allá dentro ni señas de la hipocresía o del mal propiamente, pues qué posibilidad existía de reconocerlo entre “gente tan buena”. Dios me cuidaba, la Iglesia me cuidaba. Por supuesto que así era: un espacio protegido, al que, según creía, ni la Dictadura militar parecía asomarse por razones que no entendería hasta mucho tiempo después. En efecto, mirado desde el hoy, descubro más dinero y poder que un santo credo. Sin embargo, en ese ayer no me cuestionaba ninguno de los atributos de la iglesia; seguramente no me cuestionaba nada entre juegos y pan con margarina. Por esto y por otras cosas que no acabaría de comentar, con seis años yo creía entenderlo todo. Por esto y otras cosas que no acabaría de comentar, yo intenté ser lo que allí me decían que era ser “bueno”, aun cuando, poco a poco, con los años, el concepto de “bueno” que me enseñaron en esos andares resultó convertirse en algo tan relativo que acabaría por no tener claridad sobre nada cuando llegué a mi adolescencia; pero en aquel tiempo no era así. Actuaba consecuentemente con mi infancia y la predicaba como tal.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Los años que siguieron sólo fue de profundizar en cuestiones de las Sagradas Escrituras, adaptadas obviamente a mi edad, hasta que un día, sin buscarlo, apareció ante mis ojos, en un tiempo en que Internet estaba en pañales, la imagen de una madre buscando a su hijo desaparecido a lo que le siguieron las palabras de desprecio de cristianos con respecto a otros muertos que habían nacido en esa misma tierra. A sazón de aquello, y de las muchas preguntas que comenzaron a nacer en mi pecho, los libros de Historia surgieron por todos lados. Repentinamente mis soldaditos de plástico me comenzaron a mirar con odio y algunas de las personas que compartían la fe empezaron a darme miedo. En la medida que fui creciendo, comencé a sentir una soga al cuello que se iba apretando más y más. El mundo ya no fue tan bonito.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Así fue como, parafraseando a Los Prisioneros, eventualmente, los juegos de niños se acabaron y tuve que ingresar al “culto oficial”. No hubo una transición: de un día para otro ya tenía edad para estar allí. No niego que al principio me sentí grande, pero no tardaría en descubrir horrorizado a los “hermanos”, como solían decirse entre ellos, moviendo la cabeza en señal de aprobación y sometimiento frente a las palabras reveladas del que se proclamaba en el nombre de Dios como un “pastor de ovejas”: El “Amén” comenzó a provocarme terror; “Aleluya”, pánico. Recuerdo cómo el pastor se exaltaba, gritaba, arrojaba en todas direcciones el sudor de su frente desde un púlpito que apenas sostenía su euforia; euforia centrada en una agenda muy específica que condenaba al Infierno a mujeres y hombres que se alejaran de la Palabra de Dios. Muchos años después, ya adolescente, me horrorizaría aún más al percatarme de cómo, a pie junto, muchas y muchos de esos hermanos defendían, frente al que aún era un “pequeño yo”, al Dictador que durante diecisiete años había estado a la cabeza del país, por razones, cabe agregar, tan superficiales como el cuánto había aportado en el crecimiento de esa Iglesia que accidentalmente me había acogido; de igual manera, acabaría por atormentarme el que, cuando escuché por primera vez ese nombre, para mí se tratara del “General”, una autoridad que merece respeto; vergüenza me dio, pues la imagen de que aquella madre buscando a su hijo aparecía en cada argumento con el que yo mismo intentaba convencerme. Decisivamente, en la iglesia nunca incentivaron que me cuestionara esos temas u otros en el “culto oficial”: se trataba de un monólogo y ya. Quizá Dios sí me ayudó a hacerlo de algún modo, puesto que si bien mis enseñanzas comenzaban a desvirtuarse en el momento en que comenzaba a ESCUCHAR y OBSERVAR, esas mismas enseñanzas fueron las que originaron un torbellino de preguntas. ¿Dios realmente quiere esto? ¿Por qué la Biblia dice que seamos buenos, mientras permitimos la injusticia? ¿Realmente el respeto a la autoridad debe ser sumisa y sin cuestionamiento?</p>



<p class="wp-block-paragraph">Primero traté de comprender todo eso, puesto que no tenía el valor de convertirme en un anatema; palabra compleja que me habían enseñado desde muy pequeño en la Escuela Dominical. Imagínenme, con doce años, ya con la posibilidad de ser relegado de la Gloria de Dios por cuestionarme acerca de esas cosas incuestionables, ya sea por misterio, ya sea por no haber recibido el don de comprensión. Pese a mis temores, me examiné y, poco a poco, muy lentamente, me atreví a preguntar con más fuerza a los que “sí sabían”, por ejemplo, el por qué defendían a un hombre como ese, que básicamente había mandado a matar a mucha gente, o bien, por qué me habían enseñado acerca del amor de Cristo, si objetivamente quienes no estaban de acuerdo con la iglesia estaban contra esta y, por ende, fuera de la Gloria de Dios. Luego, ante las respuestas cortantes que recibí del mismísimo pastor, algo molesto, metí más el dedo en la llaga: ¿La Biblia lo justificaba todo? ¿Quiénes están en el Infierno? ¿Es injusto lo que exigen los trabajadores? ¿Por qué Dios puso a esas autoridades en el poder? ¿Es incorrecto exigir tus derechos? ¿El dinero lo es todo? Pienso que esta última pregunta surgió de lo evidente que era el modo en que el pastor vivía y que por eso su rostro de amabilidad se transformó en una sonrisa sarcástica y de desprecio: sus relojes, sus trajes, sus carros… Recuerdo que me dijo que era la “Voluntad de Dios”. Qué maneras de usar el nombre de Dios en vano.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Comprensiblemente, dentro de un espacio no propenso a las preguntas, cada vez que intentaba debatir tal o cual respuesta, me frenaban hasta un punto en que yo me creí por un tiempo garrafalmente equivocado y con la posibilidad cierta de caer en el “enojo de Dios”, en el <em>anatema;</em> simplemente no entendía los caminos misteriosos del Señor, más allá de que me hubiera leído la Biblia, más allá de los libros de Historia, más allá de los mandamientos, más allá de lo que me habían enseñado, más allá del sentido común, diría en una época posterior. De todas maneras no lo pude evitar: sencillamente, caí en más y más interrogaciones, ya que no comprendía por qué era malo permitir que las mujeres decidieran sobre su cuerpo, por qué la Ciencia estaba equivocada respecto a la Creación, pese a toda la evidencia que me decía que la Tierra no fue creada en seis días; ni siquiera por qué la Justicia Social equivalía a Comunismo o Marxismo, dos conceptos que parecían enconar más y más a muchos hermanos y hermanas que lo que hubiera enojado al mismísimo Jesús. Por cierto, cansado escribí una lista con versículos que pensé que me daban la razón. Empero, cuando acudí nuevamente con el “pastor”, él rápidamente se sacó de la manga otros muy bien memorizados, que, si bien, cuando los leí nuevamente en la Biblia ya no me parecieron tan apropiados en su contexto, sí me sorprendió lo fácil que se utilizaban para justificar su propia riqueza. No obstante, lo que más me llamó la atención de esa cita fueron sus ojos, puesto que en estos se notó la cólera escondida bajo un gesto que buscaba hacerme sentir “estúpido”. O así lo sentí yo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En consecuencia, contra viento y marea, yo cada vez luchaba más por creer, en ausencia de aquellos ricos pancitos con margarina que habían llenado mi infancia; pero el mundo se asomó en mi consciencia como se asoma el Sol por la mañana. Te lo juro. Escuchaba atento lo de la experiencia divina, sobre hablar en lenguas, e incluso sobre los milagros, muchos de los cuales parecían tener más explicación en la pericia de los médicos que propiamente en lo sobrenatural; aunque, en medio de esas observaciones, rápido me di cuenta de que muy pocos se empeñaban en buscar “lo racional”, casi, casi, como si se tratara de un pecado más el sólo insinuarlo: yo me atreví a hacerlo. De lo anterior, creo que se infiere que yo ya había comenzado mis experimentos y mis lecturas intentando, en principio, lo juro, darle la razón a todos aquellos que parecían divinamente convencidos; quizá me volví un racionalista, o bien un empirista de la fe, hasta ponía mucha atención en el “uso de lenguas”, supuestamente otros idiomas con los cuales el Espíritu Santo había ungido a algunos para ir y predicar al Mundo el evangelio o eso leía en el Nuevo Testamento, por lo que en el ahora no me hacía mucho sentido sin esa aplicación tan práctica y directa; aunque ahí estaba el comodín: “¿Cómo atreverme a cuestionar las Sagradas Escrituras?”. A lo que seguía: “¿Por qué diablos Dios me puso una mente cuestionadora si me llevaría por esta horrible ruta?”. De más está decir que pese a mis esfuerzos, no reconocí ningún idioma entre balbuceos ininteligibles o uniones silábicas aleatorias que sí coincidían a veces con una protolengua accidentada, o bien, milagros que se declamaban como obra de Dios tenían explicaciones tan simples como el común acuerdo entre el pastor y algunos de sus fieles. Aún en negación, todas estas fallas en mi persona la atribuí forzosamente a mi ignorancia.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Con dieciséis años, comencé a dormir mal; a veces ni siquiera dormía. Una vez más regresé a la Biblia creyendo encontrar ahí las respuestas que en la realidad se me iban negando: cuatro veces completas la leí. Al final, me encontré en el mismo camino de siempre, es decir, contradicción con respecto a lo que la gente de la congregación predicaba. El mismo hecho de que el hijo de Dios fuera asesinado como un cordero para salvarnos a nosotros de nosotros mismos me resultó tremendamente duro. Afortunadamente, con más y más meses sobre mi cabeza, comprendí pasajes que de niño me resultaban incomprensibles y surgió la otra pregunta: “¿Qué hago aquí?”. <em>Ergo</em> me interrogué con rabia si nosotros mismos no éramos similares a aquellos que habían matado a Cristo, fanáticos, dogmáticos, intentando imponer una idea que no era nuestra como si no existiera otra creencia, otra fe, otros dioses; porque obviamente nosotros teníamos el secreto la VIDA ETERNA; los de “afuera” no.</p>



<p class="wp-block-paragraph">ME ESPANTÉ.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Me espanté defendiendo algo HORRIBLE con la misma materia de la que supuestamente nacía, porque todos intentaban sacar lecciones acomodaticias de moral desde allí, que atentaban, por cierto, contra otras personas que vivían en el mismo espacio que yo y que merecían, sin duda, todo nuestro AMOR. Pasó por mi mente que esta iglesia no era apropiada dentro de una Democracia, ni siquiera a ojos de lo que me habían enseñado, porque quienes la componían estaban dispuestos a “eliminar con amor” a aquellas y aquellos que implicaran una blasfemia a la doctrina. <em>BENDITA CONTRADICCIÓN</em>. Mi último intento por conciliar lo que en mi recuerdo era un momento bonito fue pasar adelante en algún culto para ser “ungido”, como solían hacerlo a semejanza del Libro de Reyes: nada sentí, excepto la necesidad de arrojarme al suelo actuando como si una fuerza celestial me conmoviera, tal como vi que les pasaba a otros: no quería ser mal juzgado. Fue gracioso que un diácono se me acercara, al parecer entendiendo la farsa, y que, tras agacharse, me dijera al oído: “Ponte de pie”, como quien dice, “Tú no estabas en este papel”.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Durante el culto de jóvenes, ya con dieciocho cumplidos, me arriesgué a preguntar nuevamente acerca de lo que no se debía preguntar: la “hermana” a cargo de los jóvenes se espantó. Una chica joven, de veintitantos años, aunque por sus ojeras se veía algo mayor, con dos hijos y un marido, que eventualmente resultaría ser un maltratador, no de aquellos que golpean, sino de aquellos que privan poco a poco de la individualidad. No la culpo: si hubiera sido más valiente es posible que hubiera abandonado la iglesia antes de que algo ocurriera; pero ahí estaba. Quizás, especulo, ella alcanzó a notar en mi pupila al demonio en que ella misma se convertía al aceptar ciegamente su labor como ama de casa, como mujer sometida al deseo de su marido, sin posibilidad de algo más. Yo, en cambio, meses más tarde, vería al verdadero demonio intentado subir al poder. El pastor, el mismo con el que yo había crecido, se postuló a Presidente. Gracias a Dios, no ganó, pese a haber contado durante la campaña un sueño, divino según él, que lo ponía en una pista de carrera en la que acababa derrotando a los demás candidatos. No obstante, al darse cuenta de su nula posibilidad, explícitamente dio su voto al mismo grupo que ahora tenía entre sus filas como senador al Dictador. Fue mi final: el Dios del que me habían enseñado definitivamente no estaba allí. Dichosamente, la poesía, descubrimiento fugaz entre lecturas y lecturas, seguía viva. La literatura me salvó.</p>



<p class="wp-block-paragraph">¿Me entiendes? Por fortuna, entre tanta y tanta lectura, en que hasta un libro que intentaba explicar las contradicciones de la Biblia sin explicarlas había caído en mis manos, comencé a leer a Dickinson, a Mistral, a Baudelaire, a Víctor Hugo, a Rojas, a Bombal, a un sinfín de parias con los que me sentí, después de mucho tiempo, en paz conmigo. Dios sí estaba en el Arte, en la belleza, en la Vida, en lo profunda y sinceramente humano. Prontamente, me atreví por última vez a discutirle a la “hermana” con citas de todo lo que había leído: alguien que escuchó me dijo que por eso no se debía estudiar Letras y Filosofía, carrera a la que por obra y gracia de Dios había ingresado. Empero, la epifanía no vino de allí. Tras una extensa discusión, sin mediar nada más, la “hermana” se enfureció y me clavó una pluma en el costado. O así lo recuerdo. ¡Una pluma! Rápido sentí el dolor y el cómo la sangre se derramaba bajo mi camisa a cuadros. Rápido sentí una tranquilidad extraña, como si él sólo hecho de recibir esa pluma entre mis costillas implicara una limpieza de mi sangre. La vi. Sonreí. Se espantó. Escapé de esa secta y me convertí en poeta, no sin antes convertir esa “daga” en propia. Dolió mucho sacarla de mi costado, aunque, ventajosamente, no me desangré y la tinta agarró un tono interesante que serviría para un propósito más grande que el servicio eclesiástico. Escribí con esta mi primer poema. Lo recuerdo más o menos así.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Es curioso, cuando de niño oraba no me interesaba el esperar una respuesta, ahora que escribo tampoco. Sinceramente, ahora siento la vida fluyendo entre mis versos. He vuelto a ser niño: juego, dudo de todo, hago trampa, ahora no tengo freno como ser humano. Supongo que “la hermana” siempre espero una demanda, una acusación, pero me regaló la vida, así que acepté humildemente esa pluma en mi costado como un inicio; espero que ella esté bien. Dios me ama, crea o no crea en él: lo sé porque me convertí en poeta. Y como poeta creo más que antes. Si lo enfoco de otra manera, tal vez sin que se dieran cuenta me enseñaron tan bien que decidí convertirme en un “pequeño dios” y no en un “pequeño yo”; uno que alaba la creación creando.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Hace no mucho me di una vuelta por la iglesia esperando checar si algo quedaba de aquellos tiempos, pero a la primera oportunidad tuve que correr, puesto un obispo me trató de ¡ANATEMA! Yo le dije que era escritor; él dijo que perturbamos la vida de los jóvenes, que sólo somos sexo, mentira, violencia, instintos, todo eso que a los profesores y profesoras tampoco les gusta. Me da la idea de que, como la “hermana”, también se vio reflejado en mi pupila; pero esta vez no esperé que me apuñalara con otra pluma: con la que tenía era más que suficiente. Yo he aprendido con los años que somos nosotros los que nos acercamos más a Dios y ellos los demonios atentando contra la humanidad. Imagínate, han logrado que el ser humano deje de “ser humano”… ¡HUMANOS!</p>



<p class="wp-block-paragraph">Años después vería en televisión cómo llevaban detenido al “pastor” de la que fuera mi iglesia o, más bien, de la que debía ser mi iglesia. Un acto de bondad divino me impulsó a visitarlo. No me reconoció, aunque aun así le regalé la pluma que la hermana me había “obsequiado”. Si bien no la pudo tener dentro del recinto penitenciario, cuando salió, se la deben haber entregado, pues terminó usándola contra sí mismo. Me da pena pensar que no sobrevivió para convertirse en poeta. Dios tenga compasión de su alma. Ahora que lo pienso, sólo una convicción de aquel entonces me queda en el cajón.</p>



<p class="has-text-align-center wp-block-paragraph"><em>«Haced justicia y derecho, librad al oprimido de mano del opresor.»</em></p>



<p class="wp-block-paragraph">Seguiré escribiendo.</p>
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		<title>SU FORMA DE IRSE</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Mauricio Galaz]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 08 Jun 2026 12:50:00 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Cuentos]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Por Rubén González Lefno Gabrielle abandonó la ciudad. Decidió alejarse, distanciarse para siempre, y lo que pensaba hasta hoy parece resultar una equivocación, varias equivocaciones, una suma de errores, de percepciones alimentadas desde aquella ocasión. ¿Cuántos años hace de ello?, en que nos vimos por primera vez… sin vernos, como lo mencionaríamos posteriormente, riéndonos. -No [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[
<p class="has-text-align-right wp-block-paragraph"><strong><em>Por Rubén González Lefno</em></strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Gabrielle abandonó la ciudad. Decidió alejarse, distanciarse para siempre, y lo que pensaba hasta hoy parece resultar una equivocación, varias equivocaciones, una suma de errores, de percepciones alimentadas desde aquella ocasión. ¿Cuántos años hace de ello?, en que nos vimos por primera vez… sin vernos, como lo mencionaríamos posteriormente, riéndonos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">-No logro concluir por qué evitamos hablarnos- afirmaba más tarde, cuando ya nuestros diálogos se conducían con la confianza que el tiempo entrega a estas relaciones y uno salta de un tema a otro sin previo aviso, sabiendo que cada uno comprenderá el sentido de incursionar en zonas inesperadas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">-Te vi y no pude dejar de mirarte- recuerdo haberle dicho, provocando aquella risa que luego resultaría cotidiana… que era la culminación de nuestros diálogos, de nuestros encuentros y de cada una de nuestras conversaciones, en las cuales jamás hubo espacio para alguna molestia, una respuesta punzante, ni una contra respuesta que pudiera tensionarnos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">-Claro, te miraba sin lograr despegar mis ojos de ti, de tu rostro, tu cabello y, sobre todo -expuse sin el menor rodeo- de tus piernas apenas cubiertas por la falda.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y ahora se marchaba de retorno a su país, a su familia, a la ciudad en que nació, a las calles que recorrió desde pequeña, cuando ni la más osada imaginación auguraba que dejaría la familia, la ciudad y sus calles, para viajar a lo más alejado del mundo, donde nos conoceríamos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Había llegado una tarde al finalizar septiembre y la brisa desordenaba sus cabellos rubios, mientras la mirada azul parecía observarlo todo, entre constantes movimientos de sus parpados.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Sí. Eran sus piernas, la forma perfecta de sus pantorrillas y de sus muslos -como comprobaría posteriormente- una especie de todo poderoso imán visual que hacía trizas el menor afán de resistir. Claro, nada era comparable a la textura de su piel, a su suavidad de pétalos, que luego supe leer claramente: ese tipo de piel, pero sobre todo esa piel, demandaba ser recorrida y acariciada lentamente una vez ganada la entrega absoluta.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Luego fueron los horarios, su indomable afán de hacer esto y lo otro, sus iniciativas que sorprendieron tanto a autoridades de todo tipo como a los medios de prensa que progresivamente requerían sus noticias, opiniones y propuestas para la ciudad y sus habitantes. Y en medio de tal tráfago indetenible, supimos que había un tiempo únicamente para ambos, en el que no cabía espacio para otra preocupación que no fuéramos nosotros mismos. Así, cada atardecer -aunque hubo algunos días en que no alcanzábamos a reunirnos y mi ánimo se contrariaba- apenas dejábamos atrás horarios, trabajos, calles, tráfico vehicular para llegar a nuestro propio cielo, todo era abrazarnos interminablemente sin decirnos nada, sin articular palabra alguna, pues no era necesario.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Coincidimos en que resultaba necesario y grato inventar un ejercicio que haríamos en aquellas horas y días en que por una u otra causa no pudiéramos reunirnos. Y después de examinar un par de variables, acordamos escribirnos como si hubiera transcurrido mucho tiempo, años inclusive, en que no nos hubiéramos reunido. Era un ejercicio de simulación quizás provocativa. En él desafiaríamos una separación inexistente como preámbulo del siguiente encuentro. Ni siquiera resultaba necesario estar separados más allá de algunas horas para que -en un rapto de ansiedad- ejerciéramos la facultad de protagonizar un juego que no sabíamos definir.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Así, una tarde de sábado, horas antes de salir a recorrer la ciudad en el crepúsculo, pude leer su primer ejercicio, como ella lo bautizó. Allí no hablaba de mí, como creí y quería que ocurriera.</p>



<p class="has-text-align-center wp-block-paragraph"><strong><em>El declive</em></strong></p>



<p class="wp-block-paragraph"><em>El declive de la rutina empujada por la audacia, aunque allá -muy lejos- una cierta distancia se resiste a la dimensión de cualquier control y augura el desmoronamiento de todo obstáculo.</em></p>



<p class="wp-block-paragraph"><em>Pese a ello me siento alejada, extraviada seguramente, obligándome al esfuerzo de regresar. Y creo hacerlo como si nada hubiera sucedido.</em></p>



<p class="wp-block-paragraph"><em>Así, cuando la ciudad deambula entre una y otra rotonda, en algún momento encontramos los magníficos lugares, condecorados con gran categoría al cruzar las coordenadas del viento, cual resplandor expandido desde los cerezos.</em></p>



<p class="wp-block-paragraph">Recuerdo que cuando leí su texto, el asombro me dominó. Pues no tenía el menor indicio de su habilidad escritural, así como de expresarse con la fluidez que ahora yo recién conocía. Y todo ello contribuyó -sin la menor duda- a afirmar nuestra relación, en la que habitualmente pasábamos del diálogo a los hechos, la que no era posible de concebir sin las cuotas de caricias y de estrecharnos cada vez con mayor intensidad, como si cada encuentro pudiera ser el último. Y ahora creo que en esos momentos sin decirnos nada -y sin saber por qué- debí haber percibido, imaginado tal vez, que las cosas no duran para siempre.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Pese a todo, y aunque era una verdad molesta, aceptamos que el lenguaje crea realidades, diseña mundos y nos presenta interrogantes. Pero, al menos en mí caso, no siempre permite vaticinar.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Un par de días después de su primer texto me propuse redactar el mío, concentrándome en teclear una noche, después de haber disfrutado una excelente película danesa.</p>



<p class="has-text-align-center wp-block-paragraph"><em>Variada alucinación</em></p>



<p class="wp-block-paragraph"><em>No es el sincronizado diseño del placer emitido desde un escote, ni el rumor de hojas estremecidas al borde de unos muslos, como siempre ha sido contigo.</em></p>



<p class="wp-block-paragraph"><em>Pues, cuando alguna afirmación no era más que oropel envuelto entre los párpados, luego de colgar en el respaldo de la silla el gesto de apariencia cual traje envejecido, había que caminar hacia atrás desafiando el tiempo, las nubes, una curva en la calle y el café conversado algún día. Nada es igual después de ingresar al espacio irrepetible del otro. Nada es diferente en la coyuntura del pensamiento desplegado entre el borde del asiento y el brillo del calzado allí, a poca distancia del astrolabio agotado en el registro del mejor cambio de rumbo.</em></p>



<p class="wp-block-paragraph">Al contrario de lo que imaginamos, esos breves textos fueron los únicos que intercambiamos. Y dado que prontamente el desafío de escribirnos quedó atrás, concluimos que no resultaba relevante. Sin embargo, una frase de ella, dicha a la pasada como sin mayor importancia, llamó mi atención.</p>



<p class="wp-block-paragraph">-Cuando escribo me parece correr el riesgo de poner en evidencia cosas que no quiero que otros conozcan.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Con el paso de las horas y los días aquellas palabras quedaron atrás.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En las primeras semanas y meses, cual libreto poderoso, nos esperábamos como dueños del mundo, de las calles y del espacio existente entre nosotros. Instantes en que Gabrielle alcanzaba la categoría mayor de todos los sueños -como se lo dije reiteradamente- mientras ninguno de los esfuerzos ni de los impulsos resultaba suficiente para el regalo que fue su desnudez cada vez que nos buscábamos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Eran las obligaciones -cual nubarrones que parecían interponerse entre ambos, a pesar del esfuerzo en reservarnos horas o al menos fragmentos de tiempo- las que fueron ocupándola cada vez más, hasta que en un momento nos encontramos conversando acerca de cómo seguirían las cosas, de qué ocurriría si un fin de semana debía encerrase en su departamento para avanzar en el trabajo, pues los días hábiles resultaban insuficientes.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Recuerdo que permanecimos en silencio y pasaron largos y tensos minutos en los cuales solamente se escuchó nuestra respiración. Hasta que me acerqué tomándola de una mano, mientras me esforzaba en contener la tristeza que crecía dentro de mí. Ella tuvo la serenidad y prestancia que me faltaban y sostuvo mi mano mientras acariciaba mi rostro.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Una mañana -como lo habíamos acordado- desayunamos en la terraza de un restaurant cercano a su departamento. Y sin saber por qué revisamos las palmas de nuestras manos, concluyendo que tendríamos una larga vida. Luego de ello caminamos abrazados por la avenida mejor arbolada de la ciudad, hasta que después de una hora ocupamos un declive del césped, para permanecer allí sin prestar atención a las obligaciones y sus horarios tiránicos, porque surgían nuevas conversaciones que disfrutamos placenteramente.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Eran los días mejores. Fue el periodo de la culminación de nuestra vida en común…y eso me asustó, pues toda culminación contiene el anuncio de una caída. Recuerdo muy claramente que me prometí esforzarme en impedir el menor atisbo de debilidad en nuestra relación, que pondría toda mi fuerza en ello y que nada ni nadie podría interponerse entre nosotros.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Una sorpresa se produjo cuando un mediodía señaló que debía acudir al psicólogo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">-¿Por qué? &#8211; pregunté.</p>



<p class="wp-block-paragraph">-Después te explico.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Aquel hecho se repitió meses más tarde, pero cada vez que traté de indagar en ello siempre tuvo la habilidad para postergar alguna explicación. Hasta que el paso del tiempo dejó atrás toda inquietud.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Transcurrieron los meses con sus días hermosos. Y tanto sus avances profesionales como mis logros académicos ocupaban el lugar que les correspondía, sin permitirles que invadieran nuestro cielo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Las exigencias en torno a su gestión crecían y ella tanto como yo sabíamos que aquello resultaba inevitable, pero nos esforzábamos en cuidar lo que denominábamos nuestros tiempos, los de ambos, aquellos destinados a únicamente a nosotros, a nuestra condición de amantes que en cuanto estábamos juntos aventábamos lejos el mundo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Cuando se cumplió un año de nuestra relación viajamos hasta la capital, pues ella debía entregar personalmente un informe de lo realizado desde que asumiera sus funciones en la institución a la cual pertenecía. Fuimos para cumplir con tal obligación un viernes y el fin de semana lo destinamos a distraernos, a conversar con su amiga Celeste que desempeñaba labores administrativas en la oficina central, con quien la unía una antigua amistad, generada en su país de origen. Celeste resultó muy entretenida y las conversaciones se transformaron en verdaderas sesiones de exégesis de la institución en la cual ambas trabajaban, matizando tales reflexiones con una serie de detalles sabrosos acerca de las características de tal o cual funcionario, de las aspiraciones amorosas de algunos y los pasos en falso de otros, todo ello en medio de carcajadas y comentarios audaces.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Sin embargo, días después de regresar, una tarde señaló que saldría a caminar y que prefería hacerlo sola. Ello me extrañó y no logré encontrar explicaciones.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Transcurridas un par de horas comencé a inquietarme. Llamé a su celular, pero solamente respondió una grabación. Mi extrañeza se convirtió en desasosiego. Y cuando la preocupación bordeaba la angustia ella ingresó a la habitación con una amplia sonrisa.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Noté que tenía los ojos levemente irritados, pero no dije nada. Pues pronto todo era grato nuevamente.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Sin darnos cuenta transcurrieron los meses del que sería nuestro segundo año como pareja. Pero allá por el sexto o séptimo mes de aquel año notamos cierta declinación en nuestra vida en común, expresada en que lentamente la necesidad de vernos y estar juntos fue diluyéndose, hasta que, durante un almuerzo, en el cual la conversación fue ganada por el silencio, ambos concluimos que las cosas ya no tenían la magia de antaño.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Finalizamos nuestra relación. Pero unos dos años después, una tarde en que regresaba del cine me sorprendió una llamada desde un número que no reconocí. Era ella que, por alguna razón que no traté de precisar, me llamaba para contarme que regresaba a su país. Hablamos brevemente y luego de finalizar noté que dentro de mí asomó un matiz de nostalgia, aunque al mismo tiempo pensaba que dentro de unos años quizás, cuando nuestras vidas ya hubieran tomado sus rumbos propios, la llamaría para contarle algo, cualquier cosa, y para saber cómo estaba.</p>



<p class="wp-block-paragraph">-Quizás alguna vez regrese por un tiempo- había afirmado en medio de una conversación casi olvidada.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Tras cuatro años de nuestro alejamiento su recuerdo quedó enredado en uno y otro recodo del olvido. La vida continuaba y mi cada día resultaba absorbente, otorgándome una solvencia y dinámica que resultaba grata y carente de sobresaltos en todos los terrenos, inclusive en mi vida afectiva, ahora presa de una relación que no pretendía grandes cosas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Regresaba un mediodía desde la oficina y apenas ingresé al departamento el sonido del teléfono móvil me obligó a atender.</p>



<p class="wp-block-paragraph">-Hola- dijo una voz femenina -soy Celeste. ¿Te acuerdas de mí?</p>



<p class="wp-block-paragraph">Tardé unos segundos en darme cuenta de quién se trataba, era la amiga de Gabrielle.</p>



<p class="wp-block-paragraph">-Sí, me acuerdo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">-Mira, te llamo porque creo que debo comunicarte algo- señaló.</p>



<p class="wp-block-paragraph">-De qué se trata- respondí.</p>



<p class="wp-block-paragraph">-Se trata de Gabrielle- dijo, despertando interrogantes que no lograba precisar.</p>



<p class="wp-block-paragraph">-Ah, Gabrielle.</p>



<p class="wp-block-paragraph">-Ella murió hace algunos días en su país.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Pese a los años transcurridos, a las innumerables vivencias reunidas en los años posteriores a nuestra separación y al hecho de no haber vuelto a saber nada de ella durante años, la incredulidad surgió en ese momento.</p>



<p class="wp-block-paragraph">-¿Hablas en serio?</p>



<p class="wp-block-paragraph">-Es verdad.</p>



<p class="wp-block-paragraph">-¿Qué ocurrió? ¿Alguna enfermedad? ¿Un accidente?</p>



<p class="wp-block-paragraph">-Murió por mano propia.</p>



<p class="wp-block-paragraph">No debía impresionarme, pero fue como recibir un garrotazo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">-¿Se suicidó?</p>



<p class="wp-block-paragraph">-Sí. Y creí que debías saberlo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">No recuerdo qué fue lo último que dijimos para finalizar la llamada. Luego me encontré sentado en un sillón con la mirada en el suelo y un cúmulo de recuerdos en mi mente.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Ahora quedaba claro que Gabrielle nunca regresaría, ni que jamás intercambiaríamos algún saludo distante e inoficioso. Y que el tiempo pasaría a ejercer sus poderes para aliviar, tal vez en semanas o meses, esta sensación inesperada que me obligaba a pensar en ella y en su forma de irse.</p>



<p class="has-text-align-right wp-block-paragraph">(Incluido en “El árbol de la sabiduría”, 2024).</p>



<figure class="wp-block-image size-large"><img loading="lazy" decoding="async" width="1024" height="1024" src="https://letrasdechile.cl/wp1/wp-content/uploads/2024/08/jm-ruben-gonzalez-el-arbol-1024x1024.jpg" alt="El árbol de la sabiduría" class="wp-image-15225" srcset="https://letrasdechile.cl/wp1/wp-content/uploads/2024/08/jm-ruben-gonzalez-el-arbol-1024x1024.jpg 1024w, https://letrasdechile.cl/wp1/wp-content/uploads/2024/08/jm-ruben-gonzalez-el-arbol-300x300.jpg 300w, https://letrasdechile.cl/wp1/wp-content/uploads/2024/08/jm-ruben-gonzalez-el-arbol-150x150.jpg 150w, https://letrasdechile.cl/wp1/wp-content/uploads/2024/08/jm-ruben-gonzalez-el-arbol-768x768.jpg 768w, https://letrasdechile.cl/wp1/wp-content/uploads/2024/08/jm-ruben-gonzalez-el-arbol-440x440.jpg 440w, https://letrasdechile.cl/wp1/wp-content/uploads/2024/08/jm-ruben-gonzalez-el-arbol.jpg 1080w" sizes="(max-width: 1024px) 100vw, 1024px" /><figcaption class="wp-element-caption"><em>El árbol de la sabiduría</em></figcaption></figure>
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		<title>METZDORFF: NAVEGAR POR SU LIBRE POESÍA</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Mauricio Galaz]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 02 Jun 2026 19:25:22 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Comentarios de Libros]]></category>
		<category><![CDATA[Narrativa]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Por Adriano Améstica Iniciación El alumbrar y relumbrar de un nuevo poemario siempre ha de alegrarnos. Es que el poeta, ese laborioso orfebre sumergido en el arte de entretejer palabras y perpetuo caminante insomne, vagabundo entre movedizas luces y sombras, ofrece iniciarnos e ir junto a él por sus íntimos paisajes recién creados con originales [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[
<p class="has-text-align-right wp-block-paragraph"><strong><em>Por Adriano Améstica</em></strong></p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>Iniciación</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">El alumbrar y relumbrar de un nuevo poemario siempre ha de alegrarnos. Es que el poeta, ese laborioso orfebre sumergido en el arte de entretejer palabras y perpetuo caminante insomne, vagabundo entre movedizas luces y sombras, ofrece iniciarnos e ir junto a él por sus íntimos paisajes recién creados con originales pinturas, pues en ese viaje ejerce sus poderes para ofrecernos miradores, ventanales entreabiertos para ver, palpar, sentir, la privada vida que guarda en lo más íntimo de su ser. Y allí descubrir que, con líricas y variadas vestimentas, existe la cierta posibilidad de enriquecernos con múltiples y maravillosos hallazgos, que compartirá con nosotros.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Precisemos desde ya que, desde su nombre, este libro, <em>“El Sueño de una Nota en la Pluma”</em>, nos orienta hacia visiones donde la búsqueda constante ha de ser la convergencia, con matices varios, de aspiraciones oníricas, musicalidad y usos del lenguaje, para construir y crear abanicos de poemas, en los cuales subyacen, en claroscuros, preocupaciones vitales y existenciales, que van insinuando con personal mirada la problemática propia hermanada en virtuosa empatía y solidaridad con la problemática de los demás. O sea, dicho de otra manera, es como si el poeta nos dijera: al convivir en el mundo, lo que escribo desde mi solitaria individualidad no es estéril ensimismamiento, pues se vuelve fecundo cuando nos unimos y reunimos y escuchamos.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>Cierto hermetismo</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Señalemos, desde otro ángulo, que en este viaje o incursión por las creaciones de Hugo Metzdorff, encontraremos claros vestigios o huellas en los versos de un laborioso trabajo en el que nuestro poeta, ha visto como necesario el retorcer expresiones e hilar palabras que, por lo común, suelen encontrarse lejanas. Y uno de los efectos de este hacer, llega a dar como resultado, algunos poemas que, más o menos, se niegan a ser abiertos o accesibles de manera fácil. Son, dicho de otro modo, un tanto herméticos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Este apartamiento de los usos habituales del lenguaje, y su sustitución por otro donde se violentan las estructuras, al punto que nos va dejando la sensación como de crujidos lingüísticos, valga la expresión, y que son más perceptibles incluso si leemos en voz alta y dejamos que nuestros oídos participen, que nuestra respiración y aliento participen, es para el creador una forma de ejercer la libertad, un recurso novedoso que nos informa acerca de búsquedas en las que participa la imaginación, donde se evidencian intentos para decir lo distinto, porque esa distinción precisa ser manifestada con ropaje diferente, desde el instante en que han sido forjados vínculos comunicativos insoslayables desde la intimidad del creador hacia el exterior, conformando una cáscara o superficie que, al indagar, aflora impregnada de otra cáscara revestida de sinigual belleza, que nos invita al disfrute, al goce estético, y nos plantea asimismo un desafío donde una de las claves de entrada es dejarnos seducir y abrir y liberar nuestra imaginación.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>Acerca de algunos poemas</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Este libro, muestra como primera creación el poema “<em>Acuariversos”,</em> trabajo que citaremos a modo de ejemplo más bien sencillo, intentando alguna consonancia con lo antes manifestado:</p>



<p class="has-text-align-center wp-block-paragraph"><em>Navega dorado velero, navega tu líquido<br>cristal,<br>bailando velos con aplausos mudos,<br>Dime pececillo, el secreto de como pintas la<br>noche con destellos alma.<br>Te sorprendo en ese recipiente,<br>flameando mudras de liberación.<br>Una ilusión espejo del infinito bajo el agua.<br>Comparto amigo pez esa extraña sensación<br>de libertad<br>y un verdadero verso burbuja en la ciudad dormida.<br>Dime pez, ¿ves estrellas?, ¿se reflejan en el<br>agua?<br>Veo hermano que cada brazada y giro es un<br>signo.<br>Héroe de tu propia saga<br>Mientras que el verdadero afluente está en<br>mi mente.<br>Gracias pequeño pez por distraer la mirada<br>con tu danza magia de compartir nuestra aparente<br>y extraña libertad.</em></p>



<p class="wp-block-paragraph">Digamos, aquí, la existencia de interrogaciones retóricas que dirige el poeta al pez encerrado en el acuario, en tanto lo dibuja con palabras y lo torna movedizo, puesto que este pececillo <em>“danza”,</em> <em>“navega como dorado velero”</em>, flamea signos, y surge la relación con el mundo exterior al preguntarle, si allí, en la pecera, podría existir un cielo estrellado, y cae luego la reflexión acerca de la libertad aparencial.<br>Es un poema “acuariolado”, por lo pleno de colorido, que invita a pensar la vida y nuestra existencia en este mundo, en cuyos escenarios nos movemos, inmersos en nuestro propio <em>“acuario”</em> o recipiente, el personal y el colectivo. La analogía es inquietante, por lo menos, atisbo de probables pesadillas existenciales.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>Incursiones / indagaciones</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Surge aquí, otra faceta característica de la poesía de Metzdorff, sea ésta que promueve el afán premeditado o de natural surgimiento, para impulsarnos a la introspección, a la meditación como irrenunciable y eficaz herramienta de humanidad.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Luego boga, a su modo, por cierto, en aguas de una delicada poesía amorosa: “<em>Al Pasar”.</em> Nos sugiere mirar una mujer, incógnita caminante, poseedora de un <em>“alargamiento de piernas eternas”</em>, que deja la sospecha de ser y no ser, en espacios de misterios y tinieblas, mujer tal vez increíble, retratada en esta bella imagen, <em>“como una rosa que le canta a pájaros florecidos”</em>.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y el poeta deviene en naufragios, ensueños, deambulantes pensamientos. El poema es teñido con grises pinceladas como <em>“sombra”, “niebla”</em>. Y surgen vagos deseos quizás <em>“nunca dichos”</em>, perdidos o extraviados por la memoria, en tanto las palabras, tratando de responder interrogaciones, “se disuelven/en el eco de la eternidad”.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Por otra parte, el medio ambiente, en <em>“Ceguera Otoñal”</em>, otro poema, es una novedosa inmersión en el paisaje, donde las miradas mismas se vuelven hojarascas, párpados similares a hojas que caen en un derrumbamiento hacia donde habitan las hormigas. Y asoma una vez más la reflexión, el pensar en sí mismo, en los sueños inertes, <em>“ocultos en un colchón”,</em> (nótese, no bajo el colchón), y puede interpretarse como mantener sueños en estado de tibieza, todavía incubándose, otra bella imagen, <em>“mientras pasa la noche/con su aroma de lechuza/bajo la luna”</em>.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Es posible, en este mismo poema, volverse ciego, pero sin ceder al influjo o peso de la quietud, o deslizamiento al inmovilismo, sin renunciar a ser caminante, y nos surgen interrogantes: ¿Es la escritura una especie de báculo?, ¿un soporte en la ceguera que orienta a pesar de la ceguera? Y al final, la declaración, el sorpresivo golpe, el ultimátum marcando frontal contraste, pues el poeta sigue en pie y andando, pues el <em>“lápiz”</em> es empuñado con dureza y violencia, como <em>“chuzo”</em>, y sigue caminando, <em>“descalzo de ojos”</em>.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>Poesía móvil y coloridos carruseles</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Asimismo, hay agitación en los versos, un aferrarse a elementos móviles, flotantes, cercanos a las alturas, nubes, pájaros (lechuza, gorrión), o más próximos a la tierra (aromas, luciérnagas, mosquitos), o aferrados a la tierra misma (limonero, hormiga). También ese confesado síntoma de herrumbre y naturalidad, y tal vez cansancio: <em>“Y aquí estoy… oxidando/mientras seguimos habitando/luciérnagas desafectadas”</em>.<br>Resulta interesante en este muy visual poema, que nos incline la memoria hacia cuadros del pintor Marc Chagall. Crea el poeta, <em>“hombres que suben en árboles”</em>, dándonos la idea o poniéndonos a imaginar árboles que vuelan con hombres a bordo, o como naves u hombres-árboles suspendidos en los paños del viento. Y allí mismo puede él parecer velocidad, fugacidad, <em>“un gorrión instante”</em>.</p>



<p class="wp-block-paragraph">También, por medio de los elementos que nombra, provoca movimientos, un ir y venir veloz o suave, como un viajar sinuoso, un ir arriba-un ir abajo: hay <em>“ángeles”</em>, <em>“hojarasca”, “nubes”, “piedra vieja”, “hormiga”, “lechuza bajo la luna”, “alas”, “gorrión”, “luciérnaga”, “mosquitos”, “limonero”,</em> finalmente todo anclado a tierra con ese feroz golpe de lápiz-chuzo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Existe, entonces, en la poesía de Hugo Metzdorff, constante movilidad, una tendencia al alegre desenfreno armónico y bello de carruseles. Y golpes de badajos contra los finos metales de nuestras campanas susceptibles del responder emocional, que liberan cadencias, liberan de frenos nuestra imaginación, permitiéndonos re-crear sus poemas, re-presentarlos en nuestro individual escenario privado, propiciando el que se vaya cumpliendo la estrecha y vital vinculación entre quien escribe y quien lee, esa vinculación que de muchos modos íntimamente nos enriquece, nos conforta e inquieta y nos aproxima y humaniza.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Mucho más de lo expresado en este somero ensayo de presentación, germina en la poemática de Metzdorff que, por momentos, también es sensual, risueña, festiva, como en el poema <em>“Frutal”</em>, donde la manzana es <em>“pecho entre los dedos/ y casi oyes su fragancia/ de muchacha nueva…”</em>, y <em>“brote móvil, / cuerpo de planeta”</em>.</p>



<p class="wp-block-paragraph">También está en <em>“Textil consideración”</em>, ese canto donde la araña es trapecista, guardadora de secretos, bailarina, tejedora cuyos hilos-redes podrían causar sustos al contarnos historias. Araña, <em>“Amiga escurridiza y sabia mordedora”</em>, que es sujeto de interpelación, delicada y empáticamente interrogada: <em>“Es drástico tu final de brutal destino?”</em> O <em>“¿Eres prisionera de los intersticios?”</em>.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y luego, el poeta en hermoso final, que en realidad no es final sino lumínica ventana, nos confiesa: “<em>Y mientras en mi alma rama pende una/ mosca/ alguien ha colgado una joya de perlas en el/ jardín de las cosas/ Un collar de escarcha para otro nuevo/ amanecer”</em>.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En este poemario, digamos con justicia, convergen y se hermanan armoniosas, la prístina música de la poesía y la lúcida pluma del poeta.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong><em>Poemario “El sueño de una nota en la luma”, Hugo Metzdorff.</em></strong>ç</p>



<hr class="wp-block-separator has-alpha-channel-opacity"/>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>Adriano Améstica</strong>, Talca (1947). Poeta, escritor, educador, columnista de varios medios de comunicación de Talca. Ha sido presidente de la Sociedad de Escritores de Chile-Talca y autor de libros de poesía y cuento, ha recibido premios en ambos géneros.</p>
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		<title>«EL CRIMEN DE EMA», novela de MARÍA EUGENIA LORENZINI</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Mauricio Galaz]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 01 Jun 2026 15:01:34 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Comentarios de Libros]]></category>
		<category><![CDATA[Novela]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Por Antonio Rojas Gómez Cuando termine la lectura de esta novela, el lector no podrá dejar de preguntarse, ¿entonces, es perfectamente legal cometer un crimen para eliminar a un malvado que le ha estropeado la vida a una persona que no ha tenido culpa alguna? Porque eso es, visto a grandes rasgos, lo que le [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[
<p class="has-text-align-right wp-block-paragraph"><strong><em>Por Antonio Rojas Gómez</em></strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Cuando termine la lectura de esta novela, el lector no podrá dejar de preguntarse, ¿entonces, es perfectamente legal cometer un crimen para eliminar a un malvado que le ha estropeado la vida a una persona que no ha tenido culpa alguna?</p>



<p class="wp-block-paragraph">Porque eso es, visto a grandes rasgos, lo que le ocurre a Ema, la protagonista.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Pero sucede que la propia Ema no comulga con esa idea, y lo pasa mal, muy mal, huyendo para que no la sorprenda la policía, después de apuñalar a su marido. Comienza por escapar de Santiago, a un pueblo rural del sur, donde pasaba sus vacaciones de niña en el fundo de su abuela. Pero ahí no encuentra la tranquilidad. Presiente que alguien la puede reconocer y denunciar. Se oculta en la casa semi derruida de un trabajador de su abuela, ya fallecido, donde no encuentra la comodidad ni el lugar adecuado para refugiarse.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y debe escapar, verdaderamente, del jefe del supermercado en que ingresa a trabajar, porque de algo tiene que vivir. El jefe del supermercado la busca no porque piense que es una asesina y la quiera denunciar a la policía, sino porque es una mujer atractiva. Pero a Ema no le interesa; acaba de liberarse de su marido y lo que menos desea es hacerse de otro amo machista y despiadado.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La única imagen que vislumbra como posibilidad de solución a su angustiosa soledad, es la de un muchacho con el que tuvo un intento de pololeo en uno de sus veranos adolescentes, el que continúa viviendo en el pueblo, al que ve, la reconoce y con quien tiene un encuentro. ¿Pero cómo decirle “me vine a esconder al pueblo porque maté a mi marido”?</p>



<p class="wp-block-paragraph">No resulta fácil, ¿verdad?</p>



<p class="wp-block-paragraph">Pues, la vida de Ema no es nada de fácil. Y habría resultado imposible si no hubiera conocido a una trabajadora del supermercado y a un perro callejero, que la van acompañando y aliviándole la vida. La mujer, destrozada por el hombre que se convirtió en su marido, halla refugio en otra mujer, casi una madre, y un perro. Y eso está tan bien retratado en las páginas de la novela, que es uno de sus puntos altos. Otro, es el sufrimiento constante de Ema en su doble papel de víctima y victimaria. ¿Cuál de esas dos condiciones le causa mayor dolor? ¿Cuál le impide realmente integrarse y hallar una ubicación en la sociedad, acorde con quien ella es, con la preparación que tiene, con sus expectativas? ¿Qué angustias aniquilan a las personas y las destrozan? ¿Las que ellas mismas buscan o esas otras que las asaltan por sorpresa y las conducen a asumir actitudes impensadas, que en el fondo de su ser repudian? ¿Cómo es de fuerte repudiarse a sí mismo?</p>



<p class="wp-block-paragraph">Todas esas interrogaciones las va asumiendo Ema a lo largo de los múltiples episodios que enfrenta en su fuga constante, con el temor vivo de que la policía la reconozca y la detenga al doblar una esquina. ¿Pero de qué o de quién escapa Ema en realidad? ¿No será de ella misma, que sabe a cabalidad lo que hizo, que debió lavar sus manos ensangrentadas por las heridas que infringió a su marido?</p>



<p class="wp-block-paragraph">La vida de Ema no termina con el apuñalamiento de su esposo, con el que se inicia la novela. Tiene mucho más que mostrar, mucho que enseñarnos a quienes nos asomamos a estas doscientas y tantas páginas que van trazando la imagen de una persona vibrante, esforzada y capaz, capturada por la desventura en una sociedad indiferente y cruel. Y encontramos un tercer punto alto al acercarnos a la forma en que se redondea la historia, con un desenlace sorprendente del que no recibimos antecedentes hasta el momento en que llega. La vida de Ema valía la pena de ser vivida, intensamente y hasta el final, como ocurre en este libro, que figura entre los mejores que he leído en el siglo XXI.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>María Eugenia Lorenzini: <em>El crimen de Ema</em><br>Editorial Forja, 232 páginas.</strong></p>



<figure class="wp-block-image aligncenter size-large"><img loading="lazy" decoding="async" width="646" height="1024" src="https://letrasdechile.cl/wp1/wp-content/uploads/2026/06/el-crimen-de-ema-646x1024.jpg" alt="El crimen de Ema" class="wp-image-18343" srcset="https://letrasdechile.cl/wp1/wp-content/uploads/2026/06/el-crimen-de-ema-646x1024.jpg 646w, https://letrasdechile.cl/wp1/wp-content/uploads/2026/06/el-crimen-de-ema-189x300.jpg 189w, https://letrasdechile.cl/wp1/wp-content/uploads/2026/06/el-crimen-de-ema-768x1217.jpg 768w, https://letrasdechile.cl/wp1/wp-content/uploads/2026/06/el-crimen-de-ema.jpg 808w" sizes="(max-width: 646px) 100vw, 646px" /><figcaption class="wp-element-caption"><em>El crimen de Ema</em></figcaption></figure>
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		<title>LA BODA</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Mauricio Galaz]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 01 Jun 2026 13:36:45 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Cuentos]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Por Aníbal Ricci Agarro el manubrio con fuerza, un pie en el pedal, el asiento alto, el otro pie, la rueda gira, avanzo unos metros y se acaba el camino, ahora es pasto en declive, creo estoy pedaleando, pero no sé doblar, el canastillo vibra, supuestamente el freno es para atrás, aprendo a girar los [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[
<p class="has-text-align-right wp-block-paragraph"><strong><em>Por Aníbal Ricci</em></strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Agarro el manubrio con fuerza, un pie en el pedal, el asiento alto, el otro pie, la rueda gira, avanzo unos metros y se acaba el camino, ahora es pasto en declive, creo estoy pedaleando, pero no sé doblar, el canastillo vibra, supuestamente el freno es para atrás, aprendo a girar los pedales en una dirección, la pendiente es abrupta, el corazón late y caigo en otro camino, un árbol se interpone, el canastillo destrozado y yo con una rodilla llena de sangre. Se rompió un fierro y estoy muerto de la risa.</p>



<p class="wp-block-paragraph">–Puede besar a la novia.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La sala luminosa, pero austera. La señora lee el código civil y después le pone de su cosecha. Le da solemnidad a la ceremonia. Dos testigos y salimos de la mano. Vamos a un sushi y pedimos una botella de vino blanco. Hablamos tonterías. Ella luce hermosa con el vestido rojo que le regalé hace tiempo. Se lo probó y noté los ojos de envidia en la chica de la tienda. Le quedaba perfecto. Muy sensual, pero elegante. Se ve como ese día, íbamos caminando por General Holley y apenas lo vi en la vitrina le obligué a probárselo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">–Sí, acepto.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Ese verano fuimos a Arraial D’Ajuda, un lugar precioso cruzando en bote, al lado de Porto Seguro. Un comedor al aire libre, la comida brasilera nada del otro mundo, pero los desayunos tropicales eran perfectos. Compartiendo unos huevos revueltos con esa mujer increíble. No estábamos casados, diría que la amaba más entonces. Cruzamos en barquito y compramos ropa en una tienda. Me encanta ese azul con lunas anaranjadas, se lo probó y salió con el vestido puesto. Saco la máquina fotográfica. Me encanta esa foto, su rostro irreal, su cabello desordenado al viento, el obturador haciendo su trabajo. El computador murió y perdí esa foto, la tengo en la mente, mientras viva porque esa mujer miraba al mar, suspendida en el tiempo. En Trancoso al día siguiente le regalé un anillo, la pulsera no era de Brasil, de origen asiático, perfecto el momento, ella en la orilla y yo flotando en el mar, mejor pedir una pizza, algo mediterráneo, caminar con ella de la mano, mide un metro sesenta, es hermosa de ojos azules, el fotógrafo de Valman´s para el anuario del colegio, esa foto ampliada en blanco y negro, el obturador haciendo su trabajo, ese homosexual vio lo mismo que yo, el viento en su rostro, las lunas del vestido azul, su cuerpo amazónico, pero no para mí, hicimos el amor la primera vez en el motel Continental, una máscara tribal como testigo, llevaba un par de años sin sexo y esta mujer me hizo temblar. No podía doblar en ese momento con las manos rodeando su cintura. Vibrábamos al unísono, la muerte súbita y el espejo del techo. Nos observamos e intuí su risa.</p>



<p class="wp-block-paragraph">–Sí, acepto.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La habitación no era lujosa. Una vez estuve solo en una hamaca de otro hotel en Copacabana. La agencia de viajes nos vendió otra cosa, pero bastaba con la hamaca y el paisaje. A medianoche bajamos a la terraza en penumbras. Le pedimos caipiriñas al mozo que rompiendo las reglas las sirvió junto a la piscina. Perdimos la cuenta y embriagados tuvimos sexo. El agua nos cubría de los ojos furtivos. Nadé al otro lado y la observé. El tiempo se detuvo y reímos cómplices. Su cuerpo era perfecto, crucé por el fondo y la besé. El mozo trajo una última ronda y brindamos a la luz de la luna.</p>



<p class="wp-block-paragraph">–Sí, acepto.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El cura nos habría dado su bendición, pero a quién le importa Dios. Ese vino blanco sabía a champagne y las piezas de sushi magníficas. Así éramos los dos, no hacíamos planes más que de corto plazo. Quizás no basta con el amor, un departamento con terraza para observar la Plaza Ñuñoa de noche. El jardín con palmeras, en Chile sería un escándalo tener sexo en la piscina. Hace frío en invierno, un fin de semana vamos a Buenos Aires. No teníamos expectativas, pero el hotel Be era genial, todo transparente con escaleras de vidrio. Muy moderno, la cama confortable. Dormí profundo después del orgasmo compartido y por la mañana tomé una fotografía. La habitación era lujosa, pero también develaba rasgos de motel, la ducha con su cristal que daba directo a la cama. Ella se jabonaba despreocupada, pensaba que yo dormía, acarició su cuerpo, una mano apoyada en el vidrio, se acomodaba el cabello y el agua se deslizó por su cuerpo. Un flashazo detrás, ya estaba desnudo y nos duchamos de placer, sin sexo, pero con el intelecto desquiciado.</p>



<p class="wp-block-paragraph">–Sí, acepto.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Estoy ensangrentado. El corazón a mil y asustado. Los fierros retorcidos, el motor desperdigado en la acera. Ella estrelló el jeep contra el muro de una casa esquina. Por la fuerza del impacto, el airbag se activó sobre su pecho. Mana sangre de su frente y ha manchado el vestido. Acababa de dejarme en el metro Monseñor Eyzaguirre, llegué a los cinco minutos. Tiritaba y no quería bajarse del habitáculo. No me importa la sangre, le desabrocho el cinturón de seguridad y tomo su cuerpo delicado. Está en shock, me abraza instintivamente. Chocó contra una ambulancia y las luces rojas iluminan la escena. Llegan los pacos y ejecutan todo su trámite. Me entero que no hay heridos graves, pero hay que constatar lesiones. Vamos en la patrulla y se apoya en mi hombro. En el hospital Salvador nos sentamos junto a los otros accidentados. Parece que mi amor tuvo la culpa, puede que no haya respetado el disco Pare. No quiero que sienta vergüenza y en voz alta digo en la ventanilla que vean sus heridas. Asustado al verla aferrada del volante. Me abrazó temblando, ni siquiera un beso. Una risa nerviosa en su rostro, dando a entender que nos salvamos. Bendito airbag, mala suerte con la ambulancia, de milagro no hay nadie más herido.</p>



<p class="wp-block-paragraph">–Sí, acepto.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Han pasado años y son tantas las fotografías. Pensar que ella me amaba incluso en los peores momentos. El obturador no falla. La vida nos separó, más bien fueron mis excesos. Las depresiones y psicosis crearon al señor Hyde. Murió su madre y no fui al funeral, no me caía bien, pero en realidad tenía resaca. Me distraje en borracheras y tuve vergüenza de volver a casa. Difícil esbozar una sonrisa. Tirado en el suelo con la rodilla ensangrentada. La miraba, ella desde la altura. No quiso levantarme y lo merecía. La máquina averiada, más bien el cerebro. Ya sabía virar el manubrio y ella desconfió de mi caída. Debí doblar hacia la derecha en vez de la izquierda, la ruta tenía obstáculos, pero no era especialmente cuesta abajo. Podría haberme contenido y mirarla directo a los ojos, no quise accionar los frenos. El semáforo en rojo, me fui de casa y dejé el auto nuevo que reemplazó la compañía de seguros. De todas maneras colisioné, los excesos con el alcohol y las drogas, me observó desde la altura y no supliqué por ayuda. Orgullo mal entendido o incapacidad de enmendar el rumbo. El árbol impidió ver el bosque y estrellé nuestro amor, destrocé la barrera de contención, mi espalda no podía tener sexo, al menos no con ella. No sorteamos los aciertos y cagadas, simplemente era imposible una sonrisa. Quizás si nos hubiésemos casado por la iglesia, pero el compromiso no pasaba por ahí, era desprecio, no haber podido defenderla de mi familia, sacarla del habitáculo y protegerla. Perdimos el departamento debido a mis problemas mentales, estaba recluido en una clínica y el banco lo remató. Mi padre, mi madre y mi hermana, le echaron la culpa del exceso de gastos, no tenían derecho a opinar si no iban a ayudar. Yo la amaba, pero no tenía fuerzas para arreglar la bicicleta, los rayos cortados y la horquilla fracturada. No podía levantarme, le eché la culpa a las heridas, pero era mi cerebro el que maniobraba contra mis deseos, no me permitía doblar y al chocar contra el muro los airbags no funcionaron. Simplemente agoté el número de risas y latidos. Imposible vislumbrar un futuro alternativo, todo se convirtió en tragedia.</p>
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