Por José O. Paredes
¿Supo que mataron a Roberto Marín?
Con esa interpelación a boca de jarro comenzó su día lunes en la escuela donde desde hace unos años trata de ordenarles el caos a los pachucos de ascendencia latina. No ha habido caso. Éstos, en lugar de mejorar han ido entrando al territorio de los perdedores. Hará tiempo que empezaron a salirse del camino, por lo que cada día va siendo más difícil enderezarlos.
La directora tenía los ojos rojos de llorar; se secaba las lágrimas, pero de nada le servía porque de nuevo el dolor hacía que se les llenaran de nuevo. A todo el que entraba le daba la mala noticia y se abrazaba a las jóvenes que lo conocían; las que tampoco podían contener el llanto, la desolación, la tristeza que les partía el alma.
Mierda, dijo para sí. Recordó que hacía meses que Roberto había dejado de venir a su clase, por lo que pensó que se había cambiado a otra escuela o se había cansado de estudiar y optó por la vida de la calle. Había visto venir ese paso. El año escolar recién pasado lo perdió porque anduvo en esas mismas andadas: viniendo y dejando de venir a la escuela. Una lástima porque tenía inteligencia, pero al parecer no la suficiente para entender que su salvación estaba en el aula y no dándoselas de vago, andando con aires de niño grande y, tal vez, en malas juntas. De que era inteligente lo era, pero no tanto. Consentido tal vez, por eso eligió la otra escuela, la de la calle.
Al suceder una tragedia comienzan las lamentaciones. La muerte de Roberto Marín no fue la excepción.
Nadie esperaba que una tarde cualquiera lo dejaran agonizando en la calle Irving, del North West de Washington D.C., ejecutado de dos balazos en el cuerpo. Uno en la pierna y, cuando vieron que no estaba muerto – según los testigos de segunda mano – lo remataron plantándole un tiro en la cabeza, así de simple. La vida no vale nada para ningún asesino, mucho menos para los de esos barrios bravos, le dicen sus alumnos.
Mis padres se están separando, le decía, cuando se aparecía por la escuela y él le preguntaba que por qué estaba faltando tanto. Hizo sus averiguaciones y supo que la directora estaba en conocimiento de lo que le pasaba al joven, la que en lugar de obligarlo a que no faltara a sus clases, para que no perdiera su educación, le daba manga ancha.
El problema de sus padres no era razón para que desatendiera los estudios; era la excusa para ocultar los otros pasos en los que andaba, a lo mejor. Seguro que caminaba en mala compañía y haciendo cosas poco santas; es el pan de cada día de los que dejan de asistir a clases. Si los padres se apartan, la vida sigue pues. La cuesta abajo de los padres le saldría cara: le terminaría costando la vida.
Tuve que ir a New York, le respondía en otras ocasiones. Nunca le soltó prendas, qué tipo de mandados iba a hacer a la Gran Manzana. Tenía sus sospechas, porque había escuchado en la radio o en la TV o leído en algún informe policial del Post que los drug dealers usan niños para transportar drogas de Nueva York a Washington. Le había quedado rondando en la cabeza esa idea; mas, la vida siguió su curso; se despreocupó del caso de Roberto Marín sin darse cuenta. Lo intrigaron, pero no lo suficiente, las respuestas del medio alumno. Era probable que usara la escuela como cobertura, quién sabe. En los dominios del mal… no hay piedra que no den vueltas los encargados de sobornar, trastornar la vida de los niños, y de explotarlos hasta morir. El mundo escolar es el mejor campo de cultivo que tienen los traficantes para capturar nuevos miembros para sus pandillas; es un secreto a voces en la comunidad, y en las autoridades que poco hacen para cambiar la situación.
En la escuela se armó el desastre. Cuando un muerto cercano nos toca, vivimos su muerte como si fuera propia. Eso es lo que vio en la palidez de los estudiantes, sobre todo en los varones latinos que deben andar con el mismo temor de los demás: miedo a estar vivos y de haber sido al que le tocó morir. Las calles del Noroeste son peligrosas y ellos más que nadie lo saben, viven a sobresaltos, como las liebres – por todas partes los cazadores andan al acecho – tratando de ser grandes, pero muriéndose de miedo por lo que les puede esperar en alguna esquina, en una calle oscura, en un callejón sin salida, en la 14 con la Florida donde se parapetan los acosadores, a pocos metros de la Chávez.
En callejones sin salida están sus vidas. El mejor ejemplo es la muerte del ángel caído que no llegó a viejo. Estaban tristes y temerosos, eran silencio de nieve los varones; las jevas no. Ellas son extrovertidas: cuentan sus angustias; viven la pena, el dolor, la ira a todo dar; eso es bueno, porque en la medida en que se desahoguen mayor será el consuelo; aunque ante la muerte injusta de un amigo el desconsuelo hace de las suyas. Por suerte, no se le quedaron con el dolor adentro sus alumnas.
El día de la noticia de su muerte no sería un día fácil en la escuela, pensó de inmediato. Así no más fue. Su presunción se corroboró cuando le tocó hacer la clase a las alumnas del año anterior, casi todas habían sido compañeras del difunto y las nuevas en otras clases. En todo caso se conocían desde niñitos, ya sea yendo a las mismas escuelas, a las mismas iglesias, a los mismos parques, o a las mismas fiestas. Las caras largas anunciaban tormenta. Y de las grandes. Lo mejor que hizo fue hacer una mesa redonda –porque hacer clase en esa circunstancia no tendría sentido– y abrir la sesión hablándoles en general del dolor frente a la muerte de alguien querido, de la importancia de la elaboración del duelo, de lo valioso que sería hacer una catarsis, individual y colectiva; porque toda muerte que se precie es una tragedia. Varias no pudieron contener las lágrimas, así que se levantó a buscar pañuelos desechables para que se las enjugaran y se sonaran las narices. También le invadió la emoción; se le atragantó la garganta; a duras penas contuvo un par de lágrimas.
Para cortar un poco el hielo intentó hacer sonreír al menos a una de ellas, a Silvia, que hacía días le había contado que estaba esperando gemelos. Le dijo en son de broma que le iba a preguntar a la directora que qué les estaba dando a sus niñas que andaban dándoselas de madres prematuras. Se le enojó un poco y le rogó, bien en serio, que no se lo mencionara ni por bromas. Le prometió que no lo haría.
Empezó a decirles que la vida es así, que unos mueren y otros nacen, y que es así la cosa desde siempre. Para alivianar la tensión le preguntó a Silvia que cómo iba su asunto: se le puso a llorar. Le dijo que justo ese fin de semana había abortado a los gemelos, por lo que le andaba demasiado fresca esa pérdida. Se produjo un silencio de muerte, perturbador, fulminante. Dejó pasar unos minutos, para que tomaran aliento y respiraran o suspiraran profundo. Con una muerte tenían suficiente, pero dos más… Después de una eternidad cortó el hielo diciéndoles qué era lo que iban a hacer.
Les pidió que le escribieran una carta al muerto o a la familia de éste, y que cuando terminaran la leerían ante todos para así cerrar la primera catarsis del día. Vendrían otras.
La directora se sintió en la necesidad de hacer algo para liberar las emociones; según su razón había que hacer un mea culpa colectivo. Organizó de inmediato reuniones por grados para tratar la tragedia del alumno, ex alumno de la escuela. Varios abrieron los ojos así de grande cuando empezó a hacer medio escándalo por la suerte corrida por Roberto Marín. Si el difunto había dejado la escuela hacía meses por lo que no había nada que conmemorar, comentaron muchos. Dando el mensaje equivocado de nuevo la pobre, que se echaba culpas por no haberlo retenido. También buscaba consuelo, sinceramente. No le importaba lo que hagan los ex-alumnos de la escuela, siempre va a honrar la memoria de éstos, y más aún si han sido apartados tan cruelmente de este mundo.
En toda escuela hay más de un idiota. Mientras esperaba por su próxima clase en la sala de espera, escuchó decir – lamentándose y furiosa – a la profesora Megalho que no habíamos intelectually challenging al malogrado estudiante para que no se vaya de la escuela, que por eso debió haber huido de ésta. La miró con una cara sorprendente y no le quedó más que reírse y aclararle su mala interpretación que hacía de la falla del difunto. Lo que menos hacen los profesores en la escuela es dárselas fácil en los estudios a los alumnos, por el bien de éstos. Tenía otros intereses el pobre vato, ésos son los que lo hundieron. No había que andar buscando culpables en el lugar en que justamente pudo haber estado su tranquilidad, su futuro, su salvación. Mala suerte no más. Se calló la idiota, entendió que no le iba a dar pasto a su imprudencia.
Les había preguntado que si sabían cómo había sido la muerte de Roberto Marín. Sólo los rumores que todos han escuchado nada más, le respondieron. Fue un asalto. Venía del trabajo. Trabajaba por la Conneticut, down town, en el centro de Washington, pero ese día salió antes de tiempo; andaba un poco cansado, por lo que se fue más temprano que de costumbre; lo que es el destino, se dicen entre ellas.
Estos lugares son muy peligrosos y oscuros, le reiteran.
Iba para su casa. Dejó de estudiar porque tenía que tener dinero para pagar el departamento donde vivía con su hermano. Sus padres se habían reconciliado. Se quedaron con el lugar que arrendaba el padre. Le dispararon en la pierna primero, cuando iba arrancando. Estaba oscuro. Lo remataron cuando se dieron cuenta que no estaba muerto. Nadie vio lo que pasó.
Sabes qué le pasó a Patricio.
Lo mataron.
Quiénes.
No sé.
Unos malos.
Quién sabe.
Salía del baño cuando vio entrar a Oscar Murillo y le preguntó. Le tuvo que dar una lección de las buenas al escucharlo afirmar que fueron los mayotes los que le hicieron el mal; los que siempre andan matando, dándoles duro a los latinos, según él. Lo paró en seco porque no podía dejar que se corra esa idea falsa sin tener evidencias de quiénes habían sido los asaltantes que pasaron a mejor vida a Roberto Marín. El horno no estaba para bollos: el lenguaraz entendió los coscorrones.
Observaba a sus pobres y hermosas estudiantes; sufrían de verdad, también tenían una sensación de tristeza y de desesperanza. No era la primera vez que una muerte violenta las tocaba; la peor desgracia es que no será la última tampoco. Como están dadas las cosas por los barrios de los pobres, es para que el plato se repita al infinito. Cuándo les tocará a ellas, lo mismo o algo parecido, se preguntó. Su pensamiento por desgracia tuvo corroboración meses más tarde, cerca de la Navidad: a Silvia casi la mataron un sábado por la noche. Estaban en un automóvil por la 14 cerca de la Columbia y una mara enemiga la confrontó, discutieron muy poco y le dispararon a quemarropa; la bala le entró por un lado del cuello y le salió por el otro, tuvo suerte, no murió ni quedó paralítica; es jefa de una pandilla de mujeres; no volvió más a la escuela. Sandra antes de cumplir 15 años tuvo una criatura; lo mismo que Cindy; y la bella Rosario cambiaría por su propia cuenta su fortuna.
Los muchachos andaban muy locos, odiándose demasiado, a veces a muerte, por estos lados, decían una tras otra. No sabían de dónde les venía tanta maldad a éstos, que se odiaban a morir; son muy malos le reiteraban. Las maras son las culpables, hacen sus propias leyes y no dejan mono con cabeza cuando entran en sus terrenos los de otras pandillas. Se van de azotes en azotes, y a mano ancha. Sabían lo que es vivir en peligros permanentes las pobrecitas: tenían miedo, demasiado, un temor inmenso, de cementerios solos; de eso escribieron en sus composiciones, en sus cartas, en sus poemas.
La policía no hacía lo suficiente para prevenir la violencia, los asaltos, las muertes. Tampoco hay muchos para trabajar en la prevención de los crímenes; si sólo hay un policía para cubrir diecisiete manzanas del Noroeste, había leído en el Washington Post. Así no se puede vivir, ni modo; entre tanta balacera, tanta desesperanza. La gente dejó de salir a la calle al llegar la noche, de ir a los parques y anda mirándose la espalda.
La muerte de uno de la escuela se veía venir, estaba dentro de la ley de las probabilidades y se hizo patente, como que se anunció, cuando a dos estudiantes – que no eran trigo limpio tampoco, al parecer – los apuñalaron en las afueras de ésta. Algo tremendo se estaba fraguando en algún lado, las maras andaban en son de guerra.
Mayotes, latinos, policía. Todos andan en la misma cosa pero con diferentes motivos. Los negros tienen sus feudos con los latinos y se dan duro. Se andan dando con todo entre ellos y se tiran con todo en contra de los latinos los morenos, a los que les tienen respeto, respeto de bandoleros, lo que es mucho decir. Son cobardes sí, siempre atacan en grupo, cuentan con un poco de rabia y con mucho desprecio: cuando pillan a un latino solo le sacan la mierda, lo hacen polvo a punta de golpes y de patadas. Los latinos andan en las mismas que los mayotes, teniendo peleas entre las diferentes pandillas (la MS-13, la salvatrucha, los Vatos locos, La raza) y matándose en cualquier minuto a balazos, a machetazos, a cuchilladas.
Así se les va la vida, dando y recibiendo. La policía no lo hace mal. Brilla por su ausencia y cuando se hace presente son de temer: son de gatillo ligero y dejan heridos primero, después preguntan; no se andan con pequeñeces y tienen todas las de ganar en sus pecados. Siempre llegan después de los hechos de sangre (cuando no los hacen ellos), casi nunca antes; si estuviera en sus manos, se las pasarían lavando, en realidad lo hacen a menudo.
Los latinitos de la escuela se quejan mucho de la policía, que los discriminan, piensan. Ni tanto. Si andan enredados en cosas no inocentes, pues les llega: ley pareja no es dura. No les deja pasar ni una cuando se ponen a creerse los propios cuentos. De inocentes no tienen nada o bien poco, de tapaderas sí. Le guardan la espalda a los malos de las esquinas. Siempre que los atacaba, cuando hablaban del problema en la clase, los defendían con uñas y dientes; es que son familiares, le decían. Eso le explicaba muchas cosas; tenía algún sentido la defensa apasionada que hacían de éstos.
Lloraron lágrimas verdaderas las pequeñas. Ante la realidad de la muerte, poco tenían que hacer, sólo lamentarse. Pobre familia. El hermano menor se encerró en su cuarto y se quedó allí para siempre, sin querer hablarle a nadie. La policía tocó tres veces, era justo la medianoche, se asustaron, cuentan, llovía como si alguien hubiera muerto esa noche. El padre abrió la puerta. Le preguntaron por Roberto Marín, si lo conocía. Le dieron de frentón la mala noticia.
Era educado, respetuoso, risueño y cariñoso, el difunto. Buen amigo, un buen muchacho. Lo van a echar mucho de menos. Ha dejado buenos recuerdos. Pocos hablan mal de un muerto, esa es la tónica general. Sin embargo, no era como otros malvados de sus clases, fieros y malandrines (pero gatitos, nomás) y estúpidos como ninguno; y miren donde llegó a parar. No era de esa calaña, a lo mejor guardaba bien su lado oscuro. Una gran pérdida. Todo joven que se muere a destiempo es una gran derrota.
Andan sufriendo por la muerte de Roberto Marín en la escuela, dándoselas de derrotados. La vida es dura, realizan más los adolescentes, a los que les enseña cada minuto que pasa el camino de los rectos, pero no cree que aprendan la lección; les entra por un lado y les sale por el otro. Como un mal síntoma, como una predicción salvaje, se les hace verdad lo que tanto temen. Están en la dinámica de los perdedores: pasará el dolor, les vendrá el olvido. El olvido es lo que más practican, no saldrán nunca adelante si no se ponen serios y toman sus vidas en sus propias manos. Nadie los sacará del abismo si llegan a caer en los terrenos prohibidos, buscando una salida fácil a un presente incierto. Eso les remarca a menudo; no se oye padre.
Sofía Ramírez lo llora de verdad. Todas lo lloran de verdad, más tal vez Rosario Sánchez que anduvo en amores con él, como que sí y como que no estuvieron – los vio en algunos escarceos por los pasillos, recuerda. La que en ese momento no sabía, cómo, que en el futuro, cuando le quedara un año para graduarse, y era casi seguro que sería aceptada en alguna universidad – tenía la inteligencia y las notas apropiadas para ser aceptada – se iría de su casa y de la escuela dejando tirado su futuro por un amor imposible: estaba enamorada hasta el fondo de un tipo mayor que ella, al que su padre odiaba con toda la rabia y la razón del mundo. Sofía Ramírez no le dio lado a Roberto Marín, no porque no estuviera en edad sino porque lo quería como amigo, de nada más. La atosigó a poemas y a dibujos, tenía talento el vato, pero por más que le hizo empeño, no le soltó prenda, al parecer. Era tan enamoradizo como todos los de su edad; no era nada anormal, como para poner el grito en el cielo.
Dicen a coro que es muy triste cuando se muere uno de los nuestros. Más encima de la forma como le llegó la hora, si lo mataron como a un perro. Qué maldad más grande. A los que le hicieron la muerte a Roberto Marín los desollarían vivos escriben en sus cartas las jóvenes, adoloridas. Y viajan en los recuerdos. Se acuerdan de sus juegos, de sus bromas, de su candor. No le hizo daño a nadie. Bueno, a nadie que conocieran. Estará muerto, pero no pondrán las manos al fuego por él; lo dicen, lo escriben.
Quién lo mató.
No se sabe.
Nadie sabe.
Lo mataron no más.
Cómo.
Lo asaltaron.
Quiénes.
Yo no sé.
No sabemos.
Los de las maras.
Sí.
Los mayotes.
Negros malditos.
Quién lo dijo.
No estaba en mara.
Qué dijo la policía.
Nunca dice nada.
No murió de inmediato. Estuvo agonizando largo. Cuando lo subieron a la ambulancia todavía respiraba. En el hospital de la Howard University pudo decir su nombre y el número de su Social Security. Los médicos hicieron lo imposible para salvarlo, pero se les fue no más, había perdido mucha sangre. A lo mejor van a pedir algunas partes de su cuerpo para salvar otras vidas, le cuentan. Estaba joven, y gozaba de buena salud. Por la calle Irving hay un par de mayotes que andan aterrorizando a todos y con armas al aire, le cuentan resignadas. La policía no ha hecho nada para encontrarlos. Ellos pudieron hacerlo, piensan. Pero en realidad nadie sabía nada, estaba muy oscuro, confirmaban las zipotas.
Qué perdida más grande, le decían acongojadas, pobre familia. Lo fueron a ver en la capilla ardiente. Perdieron el sueño las alumnas y han andado a sobresaltos, durmiendo muy mal, teniendo pesadillas, soñando con el difunto Roberto Marín. Nunca habían visto un muerto. Tenía los ojos cerrados; su cara estaba azul, con machucones bien feos. No se veía igual a como era; los deja bien distintos la muerte, comentaban en voz baja. Acá los arreglan mucho. Les daba susto en las noches. Estaba llena la iglesia del Sagrado Corazón, la que está por la calle 16. Llovía el viernes de la misa. Después de los ritos mortuorios y legales lo mandarán de vuelta a El Salvador.
La mamá sólo ahora entró en trauma, cuentan las alumnas. No lloró cuando recibió la terrible noticia. Le hablaba a la gente que la llamaba como si no hubiera sido nada lo que le pasó a su Roberto. La madre de Sandra dijo que si no lloraba, la señora se iba a volver loca. Así no más fue. Se volvió loca, pocos días después, cuando se dio cuenta real de lo que le había pasado a su hijo amado. Ni modo. No era para menos. Lo peor que le puede pasar a una madre es que le maten a un hijo. Estuvo sin comer ni hablar, en otro mundo, por varios días. Cuando vino a la escuela andaba como si nada. Pobre señora. Siempre les había dicho que si lo asaltaban les daría todo el dinero que tuviera para que no le hagan algo malo, estaba preparado para algún percance de ese tipo, de un simple asalto, pero no para lo que le hicieron, pobrecito.
Los latinos siempre andamos preparados para algo, con el miedo acosándonos a diario, escriben en sus cuentos. Así se nos va dando la vida, Maestro, el presente a los jóvenes de los barrios pobres de Washington; en el Northwest la violencia nos es el pan de cada día, le confiesan en sus cartas.
Hubo tres muertes por ese mismo barrio del salvaje Noroeste en menos de una semana. La policía cree que no están relacionadas, pero sí que pueden haber sido por asuntos de drogas.
Les preguntó la siguiente semana a las mismas alumnas si sabían algo más acerca de la muerte de Roberto Marín, todas callaron. Fue preguntándole una a una, ninguna abrió la boca. Fueron silencio de tumba.
Una morena le contó a la directora que vio a Roberto Marín peleando con unos latinos la noche que lo mataron, les dice. Sus alumnas no desmintieron eso. Le corroboraron de nuevo que estaba todo moreteado en los brazos, en la cara, en el cuerpo; señales tal vez de que se había defendido de los asaltantes. Era bien bueno para pelear, recuerdan admiradas.
No les replicó nada. A buen entendedor, pocas palabras.
Silver Spring, 2002






Hornado y contento por tu invitación a participar en este proyecto querido Rolando. Me gustó conocer también, la mirada y…