Por Nelson Reyes

La pregunta, más bien un grito, me golpeó más fuerte aún por venir de mi amigo. Nunca lo había visto enojado conmigo, pero tenía que entenderlo; su desesperación era comprensible.

No le contesté, quería dejarlo descargar tanta tensión acumulada, pensando que le haría bien desahogarse para volver a pensar más tranquilo. Todo el problema se había desencadenado un par de semanas atrás, pero se había convertido en una pesadilla durante los últimos días.

Eduardo González, “González” como le decíamos en el liceo, había cumplido un sueño que no se da muy a menudo. Hijo de una familia de clase media, había logrado aparecer y permanecer en la arena política entre los grandes, en un campo vedado para los de su clase. No se le perdonaba su creciente popularidad entre la gente como el Senador más joven y su desparpajo en decir las cosas como eran, poniendo en problemas a más de un político del partido conservador.

Los políticos más viejos lo miraban con recelo, los políticos de los otros partidos solo veían en él una amenaza seria a su “estilo de vida”. En la medida en que González adquiría más poder político, ponía en riesgo el equilibrio tácito pactado entre los distintos partidos, especialmente en los opositores, ya que todos tenían algo que ocultar. El pacto implícito era hacer la comedia de atacarse en público y repartirse el país en privado.

-Hay que deshacernos de él, de cualquier forma- fue la frase lapidaria del Senador Conservador que dirigía el partido de oposición. Los asistentes a esa reunión secreta se miraron unos a otros, tratando de encontrar algo inteligente que decir, hasta que uno de ellos tomó la palabra.

–El problema -dijo- es que no hemos encontrado nada en su pasado, al menos nada que podamos usar en su contra.

-Tonterías- dijo el Senador golpeando bruscamente la mesa, -todos tienen algo que ocultar, el asunto es saber cómo encontrarlo- y agregó mientras se rascaba la barbilla -en política no hay trigos limpios-. Los demás lo miraban, esperando que alguna genial idea se le escapara, como solía ocurrir en estos casos.

-Hummm- balbuceaba de rato en rato. Finalmente, exclamó -todos desviamos fondos públicos hacia nuestras campañas, no hay ningún partido que no lo haga, solo sabemos esconderlo muy bien entre asesorías, publicidad, investigaciones de mercado, etc.… ¿correcto?

Los demás asintieron en silencio.

–Bueno, pues ayudaremos a González a lograr la presidencia de su partido.

Las caras de asombro manifestaban en forma elocuente que los demás no seguían las elucubraciones mentales del senador. Mal que mal, tenía años de intrigas en su currículo y muchos de esos años adquiridos durante la dictadura, lo que lo convertían en un oponente formidable, como ya lo habían probado otras víctimas que lo habían enfrentado en el pasado.

González logró la presidencia de su partido en las siguientes elecciones internas; ni la edad ni la experiencia política pesaron en su contra, su meteórica carrera superaba una vez más una etapa importante.

Habían pasado solo unos meses cuando la bomba estalló. Las desviaciones de fondos del partido, ahora liderado por González, se hicieron públicas y se mostraban como una falta de probidad en la antes inmaculada trayectoria del senador. Poco importaba que los eventos en cuestión se produjeran antes de su presidencia, ni que dichos fondos fueran usados por otros personajes, o que no tuviese conocimiento ni participación en ellos

-“No importa cuántas veces alguien desmienta públicamente algo que es falso, siempre habrá más de un estúpido dispuesto a creerlo”- había sentenciado el Senador Conservador en el cierre de la reunión secreta de su partido.

Los medios se volvieron locos con la noticia y no se habló de otra cosa durante la primera semana, en ausencia de noticias más jugosas de la farándula. La segunda semana, los medios -hábilmente manipulados-, se ensañaron con la presidencia del partido, achacándole toda la culpa de lo que ocurría en él. Los dardos apuntaban en forma muy precisa y nutrida al senador González, a quien al fin le habían encontrado un lado débil.

Al interior de la sede de nuestro partido reinaba una confusión completa, nadie seguía los planes acordados y todo se reducía a chismes y especulaciones sobre lo que estaba por venir.

Yo observaba en silencio todos estos ir y venir de tantas personas, me parecían títeres manipulados por una mano invisible que los arrojaba de aquí para allá, sin ningún sentido. Siempre fui más práctico, como Eduardo solía decirme en el liceo, -tú planificas y yo actúo-, de antemano me dejaba claro que sabía que yo no servía para actuar, más bien, mis habilidades estaban en el anonimato de los planificadores y no en la plataforma pública de los gestores.

También recuerdo su enojo cuando me habló de la “vocación de servicio público” y yo le respondí con unas carcajadas que me hicieron llorar de la risa; fue cuando comenzaba su carrera política como concejal y pedía mi apoyo para llegar a ser alcalde. Quedamos de acuerdo en no “insultar nuestra inteligencia”, yo lo apoyaría en toda la planificación y discursos y él no trataría de convencerme de la “pureza” de la vocación política, mal que mal, un trabajo es un trabajo y hay que hacerlo bien.

Cuando anocheció, la mayoría de la gente se había retirado de la sede, fue en ese momento, cuando ya estábamos a solas, salvo por uno que otro colaborador noctámbulo que merodeaba por los pasillos, que entré en su despacho.

Eduardo estaba con la cabeza apoyada en sus manos, cualquiera diría que leía con mucha atención algún memo, o que incluso dormitaba. Solo el ruido de la cerradura de la puerta al cerrarse lo sacó de su abstracción. –Eres tú- me dijo en tono algo tenso, -me imagino que “El Mesías” trae la respuesta a nuestras plegarias-.

El apodo de “El Mesías” me lo habían puesto después de un incidente muy complicado durante la campaña senatorial, en donde había logrado dar vuelta una situación terrible y la había convertido en votos a nuestro favor, que culminaron con su elección como Senador.

-Esta vez no traigo soluciones- le dije, mirando el desorden de su escritorio, en donde se juntaban anotaciones que había hecho en incontables hojas de papel.

-Más bien traigo un consejo para ti-.

Me miró perplejo y casi sonriendo repitió, ¿Un consejo? ¿Y cuál sería ese dichoso consejo?

Tragué saliva y le disparé mi estrategia para este asunto, sin dejarle tiempo para interrumpirme. Su posición, apoyado en el escritorio y bajando paulatinamente la cabeza me hizo comprender que ya no tenía ánimos para discutir.

Cuando terminé de hablar me di cuenta lo equivocado que estaba, aún le quedaban ánimos para pelear, me agarró por sorpresa de las solapas de la chaqueta y levantándome en vilo me gritó en la cara: – ¿Pero tú crees que la gente es tonta? -.

Me lanzó lejos haciéndome perder el equilibrio y se alejó hacia su escritorio, me levanté, algo adolorido y me escabullí silenciosamente de su despacho. Sabía perfectamente que era inútil insistir.

Al otro día, el sonido del teléfono me despertó antes de las 6 de la mañana. Era él, quedamos de juntarnos en un café, ubicado en la tienda de una estación de servicio, relativamente pequeña, en donde acostumbrábamos a discutir temas más personales y que no queríamos compartir con nadie más.

-Lo siento- me dijo al acercarme una silla, los cafés ya servidos humeaban a esa hora de la mañana, anticipando el bullir que nos esperaba ese día. –No importa- respondí, sin mucho convencimiento. Él lo notó y continuó; – siempre me has apoyado, aun cuando muchas veces no entiendo tus razonamientos y menos tus razones, pero aquí me tendieron una trampa y al hacerme caer a mí nos harán caer a todos.

Metió su cabeza entre sus brazos y continuó, – ¿sabes que pensé anoche?

Se notaba que no había dormido nada, así que contesté con algo que no tenía ninguna relación con la conversación y que él no esperaba.

–Tómate unas vacaciones- le dije.

Su mirada incrédula me confirmó que su razón ya había salido de vacaciones antes que él, así que continué.

–Tómate unas vacaciones, anda al sur donde los viejos, anda a pescar y a pasear con la familia, mal que mal, aquí no sirve de nada tu presencia y ya no hay nada que hacer-.

–Pero…- alcanzó a decir.

-No hay peros- seguí hablándole, -no importa ya lo que hagas, los dados están echados, esto fue planificado mucho antes de que nos diéramos cuenta y el libreto ya está escrito y terminado, aquí no me sirves de nada, te necesito cuerdo y tranquilo para evaluar nuestros próximos pasos, pero así no, de ninguna manera.

Me miró sonriendo y se levantó en silencio después de beber su café; al salir de la tienda se volvió a mirarme, otra vez sonriente. Nunca podía adivinar lo que estaba pensando ni lo que iba a hacer.

Al caer la noche, el teléfono sonando me volvió a la realidad.

–Me voy- me dijo muy calmado- me llevo a la familia al sur como me dijiste- y después de un largo silencio agregó–, lamento haberte metido en esto, no es justo que te hundas conmigo, tal vez podamos hacer algo como antes, en una ciudad pequeña, no sé, quizás cuando todos olviden esto.

Lo despedí desde su casa al otro día, su esposa y sus hijos se veían felices de tenerlo nuevamente y en exclusiva solo para ellos. Me abrazó como si fuera un adiós definitivo, entonces le dije: -no veas ni escuches noticias, olvídate de nosotros, no dejes que te cuenten nada de lo que pasa aquí, desconéctate por completo y no pienses en volver-, se subió como un autómata a su auto y partió, lo vi agitar la mano en la distancia como última señal.

Días más tarde, el querido “Mierdurio” (así llamábamos cariñosamente al periódico conservador) publicaba en primera plana una foto de Eduardo a punto de darle un beso a una mujer, que obviamente no era su esposa.

La mujer en cuestión era una secretaria de campaña, bastante atractiva, que había logrado ocupar un cargo importante en una conocida empresa pública del país, según se decía, al alero de la protección del Senador.

Poco importaba que los méritos de ella fueran argumento suficiente en su gestión, las intrigas no se hicieron esperar y la difusión y el análisis de la foto se financió más por los medios que por las entidades fiscalizadoras.

Nuevamente el escándalo golpeaba al partido, y nuevamente la oposición se saboreaba con la posibilidad de nuevos ataques.

Panelistas y personajes públicos desfilaron hablando de la poca conciencia ética de algunos políticos, acusando directamente y ya sin ningún recato al Senador, a quien, según decían, debía hacérsele una acusación constitucional por su conducta.

Una semana bastó y la acusación constitucional se fue a votación a la cámara alta. Los canales de televisión y cuanto medio había en el país se encontraban allí en los asientos destinados al público en la parte superior, estratégicamente ubicados para seguir paso a paso este “sórdido” caso.

El “Mierdurio” ya tenía impresa su primera página del día siguiente: “Senador González DESAFORADO” rezaba en grandes caracteres y con mayúsculas la frase indigna.

El presidente de la Cámara dio los golpes de rigor en la mesa para acallar a los asistentes, mientras las cámaras enfocaban los rostros de los políticos de oposición, que no podían esconder su satisfacción por los eventos en curso. Finalmente, la asamblea se silenció y el presidente llamó al jefe del comité de conducta que investigó al senador acusado, cuya presencia era innecesaria, dada la gravedad de los hechos que se acumulaban a su haber.

-¿Está listo su informe? – preguntó el presidente de la Cámara.

–Está listo –confirmó el funcionario preparando la proyección de las acusaciones en la pantalla gigante de la sala.

En ese momento, la puerta de la cámara se abrió dando paso a la exsecretaria de campaña del senador, la mujer que todos veían en la proyección de la fotografía que había concentrado las primeras planas de los diarios de los últimos días.

El murmullo en la sala se hizo notar de inmediato y el presidente de la asamblea tuvo que aplicar con fuerza el golpe del martillo para hacerse escuchar por todos.

–Silencio- dijo categóricamente -o mando a desalojar la sala.

Una vez que se logró el silencio, interpeló a la mujer, que venía de la mano de un hombre, preguntándole que hacía allí interrumpiendo una sesión del comité.

Ella respondió tranquilamente: – Se me ha acusado, pero no se me ha pedido mi declaración en ningún momento, están a punto de emitir un veredicto y ni siquiera han escuchado mi versión de los hechos- y mirando alrededor de la sala continuó -¿es esta la forma en que le enseñaremos a nuestros hijos a manejar la justicia en nuestro país? Quiero que me escuchen, es mi derecho y es el derecho de todos los ciudadanos, sin importar su condición social ni su género.

Un clamor surgió entre el público y se esparció por la sala. El presidente de la Cámara y algunos de los políticos asistentes trataron de esgrimir argumentos en contra, pero los camarógrafos registraban en vivo cada uno de sus alegatos y gestos.

El encargado de la sesión se encontró en la encrucijada de autorizar algo que nunca había ocurrido en la historia del país o impedir a una mujer el legítimo derecho a defenderse en público.

La presión de los medios venció a la incertidumbre y el presidente llamó nerviosamente a su lado al jefe de la comisión investigadora. Después de un breve diálogo secreto, anunció por los micrófonos que se autorizaba la intervención de la mujer gracias a que el comité le cedía 10 minutos de su tiempo de exposición, ni uno más.

Ella subió al estrado y con total entereza se acercó al micrófono y dijo: – La foto es real y no esta trucada.

El ruido de las exclamaciones de sorpresa no le permitió continuar, los políticos opositores sonreían, ya sin preocuparse de esconder sus expresiones.

El golpetear del martillo del presidente de la cámara logró hacer el silencio nuevamente. Ella continuó sin dar tiempo a nuevas exclamaciones: -La foto es real y no está trucada, pero lo que ven ustedes es solo una parte de la foto y no la totalidad. Y volviéndose hacia el jefe de la comisión investigadora le entregó una foto que fue puesta nerviosamente por él en la pantalla gigante.

En la foto se veía la misma postura de ambos, acercando sus caras, tan repetida en la prensa de los últimos días, pero ahora se veía también una mesa llena de gente en medio de una celebración.

– El que está a mi izquierda es mi marido, que ahora me acompaña, y la que está a la derecha del senador es su esposa, esta es una cena de la colectividad, en donde el senador se me aproximó para pedirme al oído que bajaran la música para decir algunas palabras a la concurrencia.

El marido confirmó toda la afirmación y completó la intervención diciendo que se querellarían contra los medios que en forma tan irresponsable habían utilizado esta falsa acusación con fines políticos. La sesión debió ser interrumpida y los medios corrieron a publicar las novedades.

El escándalo se disolvió tan rápido como empezó.

Una semana más tarde, Eduardo volvía de sus vacaciones, mientras los medios, todos sin excepción, se retractaban de las acusaciones que tan vilmente habían propagado y la imagen del senador recuperaba su prestigio.

La opinión pública estaba convencida de que el senador había sido tratado injustamente, no solo en este caso, sino que también en el anterior, y ya había demostrado, en el más complejo, su total inocencia.

El partido conservador se encontraba ahogado por la auditoria de la Contraloría, que había intervenido varias colectividades, sobre desviación de fondos públicos a campañas políticas, la acusación a nuestro partido había pasado a último lugar.

Me miró al llegar y con un gesto interrogativo me preguntó sin palabras ¿Qué pasó aquí?

Una vez en su despacho le conté que ya contábamos con los fondos para la campaña presidencial. La demanda, que de cualquier forma ganaríamos en contra del periódico conservador, nos daría los fondos suficientes para los gastos en publicidad y material de campaña.

No quise contarle sobre mi reunión secreta con su exjefa de campaña ni como hice llegar anónimamente un fragmento de una foto al mismo periódico, solo me limité a preguntarle: ¿aún quieres que te conteste la última pregunta que me hiciste aquí mismo?


Nelson Reyes: explorador de bibliotecas, librerías y ferias de libros usados, lector compulsivo, siempre hambriento de aprender y asiduo alumno de los talleres de Diego Muñoz Valenzuela. Socio de Letras de Chile.