Por Juan Mihovilovich

En algún momento de su desarrollo el hombre empezó
a preguntarse, ya no quién era, sino qué podía poseer.

(Erich Fromm)

La tarea del hombre es la felicidad. La tarea del
ciudadano es la justicia.
(Ludwig Feuerbach)

La palabra “esbozo” o el verbo esbozar, conforme a la definición de la Real Academia de la Lengua Española, da la idea de bosquejar, diseñar, plantear, proponer, insinuar o sugerir, entre otras variadas acepciones. Vale decir, lo que propone Jorge Navarrete Bustamante, autor de este libro, es una “reflexiva aproximación” a las movilizaciones de universitarios de la Universidad de Talca entre abril y diciembre del año 1983, asociadas a incipientes organizaciones sociales como pobladores, sindicatos, movimientos religiosos de base, etc., y que tales hechos dan la pauta para establecer un relevante correlato sociopolítico de la época y sus consecuencias.
En otras palabras, tales acontecimientos “trazan” un ideario, estructuran una práctica que, necesariamente, han de servir para relacionarla con las corrientes estudiantiles y sociales que lo antecedieron y que, en la perspectiva del análisis teórico y fáctico, conducen a hilvanar segmentos de la historia del país, por mayores espacios de justicia y libertad.

Se trata de una propuesta lúcida, coherente, estructurada en base al conocimiento directo de tales sucesos del año 1983, y, además, por los testimonios de quienes fueron actores del movimiento estudiantil, que recuerdan su sentido del deber con preclara nostalgia, al poner sus ansias de libertad al servicio de una causa noble y esperanzadora: recuperar la democracia.

Y es dicho mensaje el que conjuga de mejor manera el riesgo que tal decisión conllevó, porque aún con las restricciones inherentes a un régimen de facto, dicho sin rodeos, al establecimiento de una dictadura cívico militar, con 10 años en el poder desde el 11 de septiembre del año 1973, la necesidad de libertad con todas las variables que el término conlleva, era acuciante, motivadora, exigible.

Quienes recién habían ingresado a la Universidad de Talca, no sólo estaban adscritos a los postulados y principios universitarios básicos de la educación e investigación para la obtención de un título académico. El ardoroso compromiso juvenil se extendía, además, a las condiciones éticas y morales que el período histórico les reclamaba.

En tal sentido, la pertenencia universitaria importaba ser parte de su autonomía, de su autogobierno, de la libertad para aprender sin censura ni imposición de dogmas, de buscar la verdad con rigor de método y del conocimiento, y estar, entre otros factores, abierta a las corrientes de pensamiento, cultura y disciplinas diversas, sin limitaciones territoriales o ideológicas.

En este otro aspecto fundamental, es que Jorge Navarrete engarza significativamente como sustento del “deber ser”, el que la Universidad tenía y tiene la obligación de establecer vínculos con la comunidad, de coadyuvar a resolver problemas sociales y como máxima inviolable, la exigencia de formar profesionales críticos, premunidos de una conducta personal y colectiva que sean una expansión natural de su esencia hacia la comunidad en su conjunto.

Entonces, veamos grosso modo, el diseño general de su propuesta.

1.- Primer reto: lo que el ensayista explicita es intentar “analizar un proceso”, más que citar hechos consecutivos. Y en tal sentido menciona una frase señera de Bloch (1952): “los hombres se parecen más a su tiempo que a sus padres”. En consecuencia, su primer bosquejo apunta a que los individuos en su conjunto, los seres humanos, amén de los universitarios o jóvenes “Utalinos” (denominación perteneciente a la U. de Talca del ciclo aludido), es que somos hijos de nuestro tiempo, del que nos tocó vivir, pero ello implica por extensión, permanecer ligados a los designios del tiempo largo, que procura descifrar el presente y dar anticipos probables del porvenir.

2.-El segundo reto, es propender al análisis de los tiempos o historia vívidos por nuestros ancestros en la perspectiva de motivar labores, quehaceres de trascendencia, asumiendo ser objeto y sujetos de las crisis que se sufren, situando en la balanza histórica los avances probables y el aprendizaje de los fracasos que nuestra sociedad vivió a más de cuatro décadas.

3.-El tercer reto apunta a describir sucintamente, en su proposición analítica en espiral de la historia, la confluencia de una “historia generacional”:

Año 1909, nacimiento del movimiento obrero y organizaciones sindicales y políticas como la Federación Obrera de Chile – FOCH en ese año y la fundación del Partido socialista en 1912; y el antecedente previo de la fundación de la Federación de Estudiantes de la U. de Chile el año 1906.

Año1968: La llamada “Primavera de Paris de mayo de 1968”, que influyó en toda América Latina, con lemas universales como “seamos realistas, pidamos lo imposible,” “Prohibido prohibir”, “La imaginación al poder”, etc.

Año 1983, y el movimiento estudiantil de la U. de Talca, que resume la existencia de una situación contenciosa, como era la confrontación entre “Dictadura y Democracia,”, tanto al interior de la Universidad como en su exterioridad, y que el autor ejemplifica en la terminología de “intra y extramuros”.

A ello se agrega que el movimiento universitario que nos ocupa estaba estructurado por personas consideradas “semi ciudadanas”, por carecer de sus derechos cívicos elementales, y animados por líderes que responden a dicha coyuntura y que lucharán por el acceso al poder político, con las consiguientes manifestaciones en pos de la recuperación de la vida democrática en Chile.

En esta visión de conjunto que, sin duda, supera la síntesis insinuada en sus comienzos, Jorge Navarrete no puede excluir del análisis su propia y personal conformación como individuo, estudiante y ser político, profesor y académico universitario, de su posición de libre pensador adherido al ideario socialista por más de 50 años, y ser, a su vez un hijo agradecido de la educación pública y, como lo señala con sencillez, siendo un continuo aprendiz de la escuela Filosófica de Frankfurt.

Pues bien, subyace en su “esbozo” la idea ineludible del quiebre democrático del 11 de septiembre del año 1973, de la consolidación de una dictadura cívico militar que restringe las libertades ciudadanas, la disolución del Congreso, la elaboración legislativa a través de la Junta Militar y se establece un régimen autoritario que termina abruptamente con los partidos políticos, las organizaciones sociales, con un Poder Judicial obsecuente que pierde su independencia, y entre otras múltiples restricciones, se interviene la vida universitaria a través de los rectores delegados y, naturalmente, se proscribe toda posible organización estudiantil.

En tal perspectiva la Universidad de Talca, cuyo origen estriba en la fusión de las sedes de la U. Técnica y U. de Chile, se transmuta por un período de 7 meses del año 1981 en un Instituto Profesional, siendo eliminadas las carreras humanistas.

Luego, surgen las interpelaciones: ¿qué reacción provoca en los estudiantes de la Universidad de Talca la restricción a ultranza de sus derechos universitarios y ciudadanos? ¿Qué camino deciden tomar en medio de un sistema que los relega a ser actores secundarios de la vida universitaria? ¿Sus acciones inmediatas son producto de un descontento general, de un cuestionamiento moral del ejercicio de un poder omnímodo amparado en la fuerza de las armas y desprovisto de humanidad? ¿Sus vínculos, intra y extramuros, son el fruto de un análisis lógico, con deducciones y conclusiones razonadas? ¿Sus ansias de libertad emanaron de esa condición inherente a su desarrollo individual, al vínculo indisoluble de una juventud idealista, intuitiva y disconforme con un despotismo que coarta a todas luces la joven evolución personal?

Las respuestas a dichas interrogantes se van desprendiendo paulatinamente con el avance de este meritorio ensayo y trazan un camino no exento de tropiezos y dificultades inherentes al riesgo de la empresa asumida.

Y acude a la memoria esa pretensión no menor que remueve la conciencia de la juventud y que la hace responsable de su voluntad de cambio, de recuperar con vehemencia y prudencia al mismo tiempo, el transito inevitable de una democracia perdida.

Entonces el respaldo de la identidad resultará un leit motiv claro para establecer nexos con un movimiento social disgregado, desecho, pero que, paulatinamente, se va coludiendo con el mundo estudiantil estableciendo un enclave de acción social y política reivindicativa, de sustraerse al miedo de existir amparados en la convicción primera y última de que luchar por la justicia y solidaridad humana compensaba con creces el temor implícito de terminar con una detención y tortura potencial.

Sin embargo, aquello no les impediría socavar la dignidad personal, ni la legítima condición ciudadana provista de derechos y deberes insustituibles en una sociedad que se anhelaba libre y democrática.

En tal sentido, uno de los líderes estudiantiles de la época señaló al autor de forma muy ilustrativa:

…en verdad a la luz de los tiempos, ¿cómo podía un grupo de estudiantes sin preparación partidista, desarticulado de organizaciones sociales, hacer frente a la estructura orgánica de una de las dictaduras más férreas que registra la historia? La estrategia, entonces, fue producto de la intuición, fluyó de manera natural, simbiótica. No fue resultado de conclaves ni cánones empíricamente comprobados y registrados en manuales partidistas. Nuestro accionar nació del único lugar desde pudo nacer una oposición real a la barbarie de aquellos días: desde el arte, desde la cultura, desde el pensamiento… (extracto pág. 48).

El itinerario de las protestas universitarias que, rápidamente se vinculan con variadas agrupaciones comunitarias, con alumnos de la U. Católica y de la educación media, se realizan de modo escalonado en los meses de mayo, julio, (con más de 3.000 estudiantes que marcharon desde la plaza de Armas por calle Uno Norte) agosto, septiembre, noviembre, con ingentes huelgas de hambre de universitarios en la iglesia catedral, hasta desembocar en la primera gran concentración con ribetes políticos del 28 de diciembre del 1983 y que implicó el aviso inclaudicable de que las movilizaciones apuntaban a una lucha permanente y en espiral, es decir, siempre en ascenso, y que en consonancia con las protestas nacionales que las antecedieron o fueron coincidentes, dan cuenta del hecho irrebatible de que era la redención de la democracia el norte de la movilización mayoritaria del país.

Lo que, en definitiva, deviene en el plebiscito del año 89, el triunfo del No y las elecciones presidenciales y parlamentarias del año 90, configurándose así el restablecimiento de una “democracia protegida”, pero que al fin de cuentas dará pábulo para ir perfeccionándola dentro de los cauces de la separación de poderes del Estado y la movilización creciente de los estamentos sociales, sindicales y estudiantiles.

En el ámbito local la irrupción de las organizaciones de derechos humanos, agrupaciones de detenidos desaparecidos, de los retornados, de las nacientes ONG, etc., van reafirmando el carácter épico de la movilización universitaria.

A ella se suman líderes nuevos, además de ingentes figuras de estamentos laicos y religiosos, verbigracia, el obispo de Talca, don Carlos Gonzáles; el Pastor de las Iglesias Evangélicas don Luis García Merino, integrante de la comisión de Derechos Humanos de Talca; del Presidente de la Logia Masónica Voltaire No. 18 don Luis Vergara Ramírez, de don Jorge Venegas, venerable miembro de la Masonería y su hijo del mismo nombre; del sacerdote Guido Lebret, artífice de las ollas comunes y de apoyo irrestricto a los trabajadores de Colbún Machicura en larga huelga por sus reivindicaciones; del diácono belga hermano Guido Gossens, que será un ejemplo de entrega y sacrificio permanente en favor de los más desposeídos y de su acción sostenida de la Pastoral Penitenciaria.

Obviamente, hay una serie interminable de líderes intermedios, sindicales, vecinales, de los embrionarios partidos políticos, que sería largo de enumerar y que en todo caso constan en este magnífico ensayo que nos convoca. (págs. 69 y 70).

En suma, la movilización universitaria de 1983 no es sino la ratificación de una subjetividad individual, que tras la maduración de una identidad personal se colectiviza, transformándose en una férrea unión del “pluralismo moral universitario” con la posterior movilización general como un todo.

En el vínculo descrito se interactuó con representantes de instituciones espirituales y filosóficas locales, que sortearon las advertencias de sus jerarquías adscritas al poder. Y fue así, porque el movimiento universitario y los dirigentes sociales constataron, progresivamente, que debía existir una ética de la sociedad civil, luchar sin pausas por reconstituir la calidad de ciudadanos en un estado de derecho que había sido largamente sobrepasado por el autoritarismo.

En consecuencia, las acciones desplegadas apuntaron siempre y en todo momento a redimir la dignidad que, resumidas en las certeras frases de Manuel Castell, son aplicables a una eventual dictadura como a cualquier régimen totalitario, de la ideología que sea: (pág. 116):

“La dignidad sitúa a todas las personas por encima del orden y mando de quienes se arrogan el derecho de decirles lo que pueden y no pueden hacer a partir de un poder institucional sometido tan solo a controles controlados por los controladores. De ahí la profundidad de estos movimientos que surgen por doquier, porque en todas partes existe el sentimiento de ser ignorados y humillados por quienes ostentan el poder”.

Esta es la historia sucinta de cientos de héroes anónimos, de universitarios que, premunidos de una emoción consustancial a la edad, enfrentaron los rigores dictatoriales con la autenticidad de una juventud insobornable, con la aprensión natural de quienes arriesgaban, no sólo la libertad individual, también su propia vida o su futuro.

Y como bien señala Jorge Navarrete, fue una lucha épica, pero además una suerte de magia envolvente que, como una fábula narrativa, se desplegó por las calles de Talca anunciando la irreductible llegada de una democracia que ayudaron a cimentar con su arrojo, audacia y valor insuperables. Fue, a todas luces, “el despertar de la ciudadanía”.

Conclusión:

En definitiva, los ciclos generacionales nos muestran las declinaciones y supremacías de los grupos humanos que constituyen la vida en sociedad. Y en esa pugna, evidente o soterrada, radica gran parte de la evolución como también sus retrocesos.

La desidia con que vemos la caída y el auge circunstancial de las ideas, las ambiciones como sus derroteros más evidentes no pueden soslayarse, ni obviar que muchas de ellas se sustentan en inequívocas pretensiones de dominio.

Y en tal perspectiva la dominación surge como soporte de la barbarie global que, mirado en retrospectiva y presente, es la expresión calculada de quienes ansían el poder absoluto, buscando consolidar hegemonías raciales, políticas, económicas, sociales o religiosas, creyendo que tales postulados serán eternos. Craso error. Los imperios y el desgaste de las civilizaciones debieran enseñarnos la lección de no repetir las causas temporales que generan tal dominio.

Las virtudes excelsas de la naturaleza expresada a través de los reinos que constituyen la esencia de la creación, nos exigen respetar el principio básico de su diversidad, de que cada uno de ellos, el mineral, vegetal o animal hasta llegar a la supremacía humana, se sustentan en una raíz común: el nacimiento, desarrollo y su invariable extinción.

Dicha ecuación sencilla en su desenlace, sin embargo, no nos basta. Vida y muerte son indisolubles. Desde esa verdad tan elemental nuestra humanidad requiere sabernos pasajeros de un mundo que, más allá de su necesidad de trascendencia asociada a “la fe o el saber”, tiene en su fuente originaria una realidad física ocupando un lugar en el espacio.

La materia así concebida equivale al tiempo que vivimos, es decir, a ser sujetos de una apariencia con sello de vencimiento. Dicha constatación nos reclama concienciar que la existencia es efímera y, por ende, la necesidad del respeto mutuo, de intentar el entendimiento, es una implícita ley suprema que desvirtúa los defectos de nuestra imperfección: “sin el otro u otra nada somos”.

Esa es la lucha que, idealizada en la juventud, no debiera olvidarse.

Es esa fuerza vital “un estado de conocimiento”, que al madurar nos coloca en la disyuntiva de mantenerla o dejarla en el desván de las causas perdidas.

Ser joven es, antes que nada y siempre, una cualidad interior.

Esa es la esperanza que me deja la lectura de esta lúcida obra, que excede su propio tiempo tanto como el nuestro.

TALCA EN 1983
Esbozo del despertar de la ciudadanía
Autor: Jorge Navarrete Bustamante
Autoedición, 143 pp. 2026


Jorge Navarrete Bustamante, autor del libro que comento, es académico en la Facultad de Economía de la Universidad de Talca; doctor en Procesos Sociales y Políticos, MBA, Magister en Políticas Públicas en la Universidad Adolfo Ibáñez. Ha sido Gobernador de Talca, Seremi de Economía en el Maule; presidente de la Junta de Adelanto del Maule, presidente del Consejo de la Sociedad Civil en el Maule, entre otras instituciones sociales.

TALCA EN 1983
TALCA EN 1983