Cielo de Guadalajara

Por José Baroja

El cielo, el infierno y el mundo entero
están en nosotros.

Henri-Frédéric Amiel

Aún recuerdo cuando uno que otro video apareció en las redes sociales avisando acerca de una extraña «mancha» que se dejaba ver en uno de los brazos de la constelación de Hércules; cuestión que nos llevó a varios a conocer por primera vez dónde mierda estaba la constelación de Hércules, así como otros datos de astronomía que, eventualmente, no nos servirían para nada. También recuerdo que esos videos iban acompañados de montones de explícitos hashtags, entre los que se leían, por ejemplo, #OVNI, #noestamossolos, #UFO y un extensísimo etcétera de palabras varias que, aun cuando pudieron considerarse entonces «exageraciones» de internet, bien nos hubiera convenido ponerles algo de atención. No obstante, al final de aquellos primeros días, puede afirmarse que nadie se interesó por darle seguimiento al tema, por lo que esa «mancha» pasó mayormente desapercibida en un mundo más preocupado por recuperarse de la pandemia de COVID que por cualquier otra cosa. Ahora puedo escribir que fue un pinche error.

Lo fue, pues exactamente tres días después del primer video descubriría aterrado, como muchos otros tapatíos, un bloque de metal enorme suspendido a solo unos kilómetros del suelo de Guadalajara. A lo anterior le siguieron gritos y desesperación, plegarias de todo tipo, e incluso maldiciones y groserías antes disimuladas, supongo, por la mala suerte de que el Juicio Final los encontrara camino a la chamba, a la escuela o, tal vez, en algún lugar poco deseado. Pienso que quienes estábamos en casa pensamos, mayormente, en cómo nuestra sensatez nos había fallado, aunque algunos también deben haber caído en los recovecos de la religión con tal de salvar, a último momento, sus «almas en pecado», pues, ciertamente, agnósticos, ateos o cristianos, en este lado del mundo todos nos sentimos unos pecadores en potencia ante la proximidad de un final. Lamentablemente, yo no tenía a quién rezar. Como insinué antes, internet tenía razón.

Como era de esperarse, al concluir ese nefasto día, la cantidad de fallecidos resultó cuantiosa, incluso para los estándares de un México tan acostumbrado a la muerte; muertes, no obstante, ahora ligadas a decisiones derivadas del pánico, a numerosos accidentes nacidos de la desesperación, a la violencia directa o indirecta de mano humana, obra todo, por supuesto, de la consternación, de la angustia, de los ineludibles saqueos y de las dispersas barricadas, así como de los muchos incendios que se propagaron por la ciudad más rápido que cualquier ayuda del Gobierno. Ciertamente, durante esas primeras horas de comprender que en verdad «no estamos solos», parte de lo peor de nosotros salió a relucir, aun sin saber a ciencia cierta qué significaba ese primer contacto con lo que fuera que estuviera allí arriba. Yo solo opté por quedarme en casa.

De todas maneras, podría decirse que las primeras horas fueron las más difíciles, es decir, desde que levantamos la cabeza y vimos el colosal objeto, que, para vergüenza nuestra, ya nos habían anunciado miles de influencers, hasta que, ya fuera por cansancio o por prudencia, el silencio civil se instaló; silencio nocturno interrumpido solo por el grito de algunos rezagados que corrían con carritos de mercadería, llenos de aquello que los saqueos iniciales habían dejado por la misma arbitrariedad que acompaña al capitalismo. Empero, a eso de la una de la mañana, se escucharon fuerte los blindados. «¡VUELVAN A SUS CASAS!» fue lo que se oyó en la colonia, en tanto, presumo, los vehículos se posicionaban en lugares estratégicos de la ciudad; motivo por el que los gritos de gente corriendo con mercadería cambiaron por los de gente insultando a los militares o, en su defecto, de gente cayendo en manos de los militares y, tal vez, desapareciendo por obra de los militares. Lo confieso. Sentí todavía más miedo cuando escuché las primeras ráfagas de disparos de variado armamento, cuya única novedad con respecto a lo que día a día se vivía en las zonas populares antes de la aparición del objeto, aquí mismo, por ejemplo, fue que ahora sabíamos con certeza de dónde provenían y a quiénes iban dirigidos, y que, por cierto, esto lo especulo, ya no discriminaban entre zonas ricas o pobres. Dos días después, los medios que antes habían sido desconectados por «seguridad nacional» volvieron a sintonizarse.

Durante las siguientes jornadas, comprensiblemente, los comunicados del Gobierno monopolizaron la televisión, la radio e incluso las redes sociales, no solo de México, sino de todo el mundo (así dijeron y no estábamos en condiciones de volver a dudar del Poder). Lo anterior, en términos prácticos, significó que todo lo que se veía o escuchaba pasaba por un filtro oficial, por lo que no hubo streaming, no hubo nada en directo (al menos nada que no hubiera sido visado por la autoridad), nada de deporte, nada de películas, pero, al menos, había algo que se podía ver o escuchar dentro de nuestras casas: bienaventurados quienes tenían sus reservas audiovisuales en estantes o libreros. Afuera, en cambio, a ratos, y como era de esperarse, se seguía oyendo el movimiento de vehículos del ejército haciendo valer el «toque de queda» decretado. Vale mencionar que, con tal de mantener ese orden, se recomendaba, cada tres horas, no asomarse por la ventana, pues era «peligroso e innecesario», lo que yo traduje como un «pasaje adelantado al más allá»; pasaje que, pienso, algunos tomaron conscientemente. Nunca es una novedad que, entregado el poder a los uniformados, la existencia se vuelva gris y autoritaria; ahora no había alternativa. La pandemia de 2020 se había convertido en una excelente instancia de preparación para este momento.

En medio de esta situación, el aviso televisado de que el mismo Gobierno federal se haría cargo de entregar mercadería casa por casa dio un tanto de tranquilidad. Algo ingenuamente reconfortante, habrá que decir, pues el «toque de queda» obligó a encerrarse en principio con lo que se tuviera de despensa, cuestión que dejó en claro, de antemano, quiénes serían los primeros en aventurarse «allá afuera» para conseguir provisiones, so pena de recibir un balazo de parte de quienes se sentían muy a gusto con el nuevo statu quo. Y así fue: bastaron dos días más para que quedara en evidencia que la segregación intencionada que denunciaban aquellos grupos de ateos y agnósticos izquierdistas, así como esos «progres resentidos», no estaba solo en el papel de los artículos y libros que resguardaban en sus lujosas casas, ahora llenas de comida. Bastaron esos pocos días para comprender que la chingada nos llevaría a la mayoría de los tapatíos, ahora presos de manera legal por la amenaza incierta que flotaba sobre nuestras cabezas; como el COVID, pero miles de veces peor.

Será importante mencionar que el «toque de queda», así como la masiva presencia militar, no perturbaron en absoluto a los enormes objetos suspendidos sobre la ciudad de Guadalajara; objetos que con su mera existencia cancelaban no sé cuántas leyes de la física, al mismo tiempo que generaban, desde su inmovilidad, cada vez más dudas en quienes acá abajo los observábamos escondidos en nuestras casas, pues desde el Día X, como ingeniosamente lo llamaron, no habían mostrado una sola señal de vida. Consecuentemente, esos cuestionamientos comenzaron a surgir entre quienes esperábamos el rayo mortal que acabaría con nuestras vidas: «¿Por qué nadie ha dicho nada?», «¿Sí son extraterrestres?», «¿Cuándo nos matarán?», «¿Qué están haciendo?». Venturosamente, en lo posible, los escuetos comunicados de vez en cuando daban alguna noticia que apaciguaba nuestra inquietud: «Mal de muchos, consuelo de latinoamericanos». Por ejemplo, se dijo que otros objetos iguales flotaban sobre Ciudad de México, São Paulo, Nueva York, Madrid, Barcelona, Buenos Aires, Santiago e incluso sobre Tokio, Sídney o Shanghái, lugares tan lejanos e imposibles para la mayoría de los habitantes de esta ciudad como los mismos «bloques» que ahora dominaban nuestro Cielo. Por lo demás, esos mismos informes afirmaban, con brutal honestidad, que ni la NASA ni otra agencia gubernamental de las potencias globales lograban comprender cómo esa mancha que se suponía a millones de años luz se había convertido, en cuestión de tres días, en esas «cosas»; «cosas» aparentemente hechas de algún metal desconocido, sin ventanas, sin puertas visibles y, por lo tanto, en teoría, completamente herméticas; objetos tan grandes que incluso algunos aviones habían chocado contra ellos el primer día que aparecieron, lo que obligó a cancelar cualquier movimiento desde el aeropuerto de Guadalajara. Seguramente, aquello sumó generosamente a la cantidad de muertos durante ese primer contacto; no lo sé, ya que la información seguía siendo muy poca para poder sacar conclusiones verificables: todos le hacían el quite al futuro.

La verdad es que, más allá de los medios, más allá de los militares, la mayoría no teníamos claro qué sucedía «allá afuera»; aunque, con los meses, sí quedó claro que nuestras pinches autoridades tampoco. En mis ratos de ocio, llegué a imaginar que los gobiernos de la Tierra estaban estudiando la situación en maratónicas jornadas que incluían como material de consulta El día de la independencia, Mars Attacks, El día que la Tierra se detuvo, Arrival y cuanta película pudiera tratar el tema, porque de los libros, en estas épocas, ni hablar. Eso explicaría por qué más de alguien en la tele pensó que lo importante en esta «situación de fin de mundo» era que Estados Unidos, China o Rusia tomaran la iniciativa. Fue duro descubrir que la realidad superaba la ficción, o que este era el momento en que la estupidez nos había entregado en bandeja de plata a «eso», fuera lo que fuera.

Dos meses después, las transmisiones se cortaron por completo. Los monstruosos objetos seguían sin moverse; sin embargo, todos sabíamos que algo habían tenido que ver con el blackout. Después de más de noventa días de transmisiones, la mayoría y yo ya nos habíamos habituado a tenerlos allí como si fueran parte del paisaje, al tiempo que veíamos la tele, escuchábamos la radio, esperábamos la caja de despensa y admirábamos de reojo a los militares en los jardines de nuestras casas; además, reducida la población de gente alterada o anárquica, como se dijo en alguna transmisión previa, ya se otorgaba cierta ventana para salir a comprar o intercambiar insumos básicos, lo que nos permitía compartir nuestras inquietudes con otros o reunirnos para «festejar» antes de que el mundo se acabara: ya saben, la economía debía subsistir de algún modo y los empresarios siempre encontraban la forma de resurgir como santas cucarachas. Incluso la sombra perpetua que se extendía sobre la ciudad comenzó a sentirse como algo agradable, puesto que, desde hacía algunos años, el cambio climático había tronado la «eterna primavera» de Guadalajara para convertirla durante algunos meses en un horno insoportable. A este tenor, la gente se olvidó de los muertos, de los saqueos, de las penurias que muchos otros padecieron los días previos: el olvido se convirtió en la regla general o, tal vez, haya sido la resignación. Animales de hábitos, dicen por ahí; animales de hábitos a los que el corte de luz devolvió a su naturaleza y a quienes recordó la espada de Damocles que colgaba sobre nuestras cabezas.

En fin, no sé si el apagón fue solo en Guadalajara, pero lo más lógico, por todo lo que se había informado, es que abarcara todo el mundo y, pues, al final, esa fue la idea que dominó: cómo íbamos a tener tan mala suerte para que solo a los mexicanos nos ocurriera esto; por lo demás, un apagón no significaba algo tan inusual en estas tierras. Sin embargo, repentinamente, los militares también desaparecieron. Ese debe de haber sido el momento mismo en que todos asumimos que estábamos solos y que era solo asunto de horas para que nosotros les siguiéramos. ¿Acaso el Gobierno se había retirado para reflexionar acerca de los pasos a seguir? ¿Los militares habían sido abducidos o eliminados por los extraterrestres? ¿Seguiríamos esperando el final? Hasta la persona más contenida, cristiana, panista y pudorosa de la ciudad de Guadalajara, que había llegado viva a este día por obra de su propia fe y esperanza, gritó descarnadamente: «¡Hijos de la chingada! ¿Dónde están?».

En un cerrar de ojos, las provisiones ya no dieron abasto ante la ausencia de cualquier fuerza contenedora, ya fuera militar, gubernamental o de mera caridad. El empresariado nos abandonó por cobardía o por abducción, quién sabe. Incomunicados y llenos de incertidumbre, los tapatíos sentimos el espanto más latente que nunca y empezamos a abandonar nuestros refugios en busca de una vaga ilusión de supervivencia «allá afuera»: la violencia, los asaltos y las invasiones resurgieron, y este se convirtió en el segundo hito del «fin del mundo», en el que ahora sí lo peor de la humanidad se instaló para quedarse; probablemente, no solo en Guadalajara. ¿Cómo saberlo?

Dentro de este contexto, ya concluyentemente de «extinción», punto y aparte fueron los religiosos que quedaban, quienes, tras semanas de comulgar, reaparecieron como verdaderos hijos de la Bestia. Lo diremos así: no sé cuánto cristiano se quedó desde el Día X con las «maletas hechas» en espera del Rapto o cuántos de estos se imaginaron sencillamente dejados atrás por sus pecados. Lo cierto es que ya en los primeros días en que se situaron las «máquinas» sobre el Cielo de Guadalajara mucha gente desapareció, por lo que quien hubiera querido atribuirlo a un acto de misericordia de Dios previo a la Tribulación, por sobre el sinfín de accidentes que ocurrieron ese día, bien podría haberlo hecho. Lo absurdo para quienes se refugiaron en las iglesias fue darse cuenta de que muchos sacerdotes y obispos no se habían ido entre las nubes, cuestión que fue quedando más y más al descubierto y que, de la mano del tiempo, en especial tras la desaparición de toda ayuda posible, ayuda que se le atribuía al poder de la oración, se convirtió en motivo suficiente para que estos fenecieran convertidos en carroña para los fieles sobrevivientes; pues sí, el canibalismo de los virtuosos acabaría apareciendo frente a la necesidad de supervivencia y quiénes mejor para alimentar la panza que quienes les habían prometido la vida eterna.

Indudablemente, otras congregaciones lo vieron de otro modo. Algunas consideraron que esos objetos podrían ser los dioses que esperaban desde hacía mucho y, en algún punto de esta historia, se suicidaron en honor a estos; al mismo tiempo, otros se imaginaron a dichos seres, que seguramente estaban al interior de las «máquinas», como representaciones de películas, tales como E.T. o Alien, así que, simplemente, esperaron confiados su amistad o se armaron hasta los dientes. Asimismo, hubo quienes visualizaron los objetos como simples máquinas, incluso bombas de hidrógeno, que tarde o temprano destruirían no solo la Tierra, sino todo el sistema solar. Sinceramente, quién podía saberlo a ciencia cierta cuando, después de tanto tiempo, nadie de «allá arriba» se había dignado a comunicarse con nosotros. Más aún cuando ni siquiera quienes ya no estaban en el poder lo sabían.

Ja, aquellos que estaban en el poder. Muy pronto descubriríamos que esos imbéciles se habían escondido en búnkeres de ubicación en un inicio desconocida, desde donde transmitían para el «pueblo». Nosotros, ya aventurados fuera de nuestras casas o refugios, lo descubriríamos poco tiempo después de la desaparición de los militares, ya que, en el momento en que hasta los sacrificios humanos comenzaron a ser una alternativa de «vida», alguien tuvo la brillante idea de invadir la Casa de Gobierno en busca de lo que fuera, pues, como debe de haberlo pensado alguno de nuestros nuevos líderes, quién tiene más carne que un político. ¿Por qué no lo hicimos antes? Tal vez un extraño sentido de sumisión nos había cegado frente a la alternativa revolucionaria, así como habría quien consideraba la Catedral de Guadalajara «tierra sagrada». Empero, para horror de todos, el acto dejó al descubierto cómo, posiblemente, el mismo día en que todo comenzó, los gobernantes ya habían huido a lugares más seguros. Imbéciles, sí; pero no pendejos.

Irónicamente, el fin del mundo no llegaría por obra de ninguna máquina gigante suspendida sobre el Cielo. Poco a poco, los «neocarroñeros» comenzaron a matarse entre ellos. Poco a poco, muchos dejaron de creer en el ser humano y, por ende, abandonaron toda humanidad. Meses después, esos mismos seres descubrirían dónde estaban escondidos los honorables de Jalisco y, obviamente, no habría ninguna piedad para ellos. La Justicia del Nuevo Mundo había arribado, una Justicia básica y «eficiente». Mientras tanto, el Sol seguía suponiéndose detrás de esas enormes cajas que flotaban en un cielo que poco se recordaba. No recuerdo cuándo fue el momento en que el neo homo se olvidó de dormir. Yo olvidé cómo hacerlo y me puse a escribir, como una especie de resabio del pasado, para un hipotético futuro. El insomnio se convirtió en el estado dominante, pues dormir significaba en muchas ocasiones dejar de respirar en manos de un ser de esta nueva especie. Paradójicamente, la naturaleza comenzó a renacer… Nosotros nos escondimos bajo tierra… Me siento como una hormiga que nunca conocerá a su Creador… No sé qué más decir… Esta será mi última hoja…