Por Eduardo Contreras Villablanca

La novela Once Peldaños, la última del escritor Ricardo Candia Cares, nos lleva al mundo de la resistencia a la dictadura en los años 80 del siglo pasado. El personaje, Jara, aparece ya en el primer capítulo siendo torturado por Bueno y Malo, nombres con los que bautiza a los agentes del estado que intentan averiguar quiénes son sus compañeros de militancia, y qué rol juegan en las acciones audaces que su grupo ha emprendido contra el tirano, entre ellas un corte de luz que afectó a toda Valdivia, justo en los días en que el dictador visitaba esa ciudad.

Desde esa realidad asfixiante, los recuerdos del protagonista van reconstruyendo la historia que lo llevó a ese calabozo, y a ese “Palacio de la Risa”, al que se llega bajando los peldaños que dan título a la obra.

Así sabemos que Jara había llegado a estudiar a Valdivia luego de que su puntaje no le permitiera entrar a estudiar ingeniería en Beauchef, como sí lo lograron sus competitivos primos a quienes detesta por esa razón. La presión de sus padres, profesionales y militantes del partido radical, lo lleva a la decisión de estudiar Ingeniería en Construcción Naval en Valdivia. Esa decisión, muy ajena a la política contingente, lo lleva a conocer a Felisa, de quien se enamora desde un primer momento, y ella lo lleva a la militancia, una más a la izquierda que la de sus padres.

El amor del protagonista con Felisa, me evocó la letra de una canción de Mauricio Redolés, que alude también a una pareja que vive su amor en ese mismo periodo:

Tienen miedo, y por eso se desnudan

Tienen miedo, y por eso son valientes

Tienen miedo a los kioskos y a las radios

Al señor fiscal de los noticiarios

Tienen miedo, a ciertos cabros de su curso

Que sapean y masacran sin recursos

Solo un polvo los aparta de la muerte

Solo un polvo los dibuja diferentes

Solo un polvo los aparta de la muerte

Ese amor acorralado, de supervivencia, de amarse en el presente porque nadie sabe qué pueda pasar mañana, se puede ver en este fragmento en el que comienza hablando Felisa y luego narra Jara (la obra está en primera persona): “¿Por qué todo tendrá que ser así, cuando se va a acabar esto?, preguntas entre los sollozos más bellos, entre las lágrimas más maravillosas que beberé en mi vida y yo intento protegerte entre mis brazos, y me dan ganas de llorar también, pero no logro soltar el llanto, y afuera es noche y efectivamente llueve tanto. Afuera quizás haya una dictadura, pero yo estoy apretado a ti…”.

Muchos pasajes del libro retratan muy bien ese periodo siniestro de nuestra historia. Desde el término de la dictadura, un sector de nuestro país se ha empeñado en rescatar la memoria histórica, y de hecho este libro es un aporte directo a ese rescate, pero en esa época, los recuerdos podían ser contraproducentes, como señala Jara en un capítulo. “La memoria es un defecto con el cual es necesario aprender a vivir. Como quien cojea, como al que la falta un sentido o una mano o sufre de vergüenza congénita. La obstinada, la impaciente, la intrusa memoria que se cuela por los intersticios de la cabeza desprevenida, y nos inunda como el agua en una nave mal calafateada. Amaestrar la memoria es condición para subsistir. El olvido es una herramienta de salvataje”.

La cosmovisión de la izquierda militante, en particular la de izquierda comunista de esa generación, emerge en diálogos y discursos, en particular, vemos el debate sobre la clase obrera como motor de la historia. Uno de sus compañeros le ha hecho ver a Jara, que él, hijo de profesionales y estudiante universitario, pertenece a la siempre sospechosa categoría de pequeñoburgués, que, si bien muchas veces se suma a un proceso revolucionario, no se descarta que en algún momento flaquee.

Algunas reflexiones del protagonista le dan vueltas a ese tema, como cuando medita respecto a congelar un semestre de estudios para dedicarse por completo a la lucha frontal contra la dictadura, en 1986, el que fuera llamado “el año decisivo”: “Ser estudiante se ha vuelto, o quizás siempre ha sido, lo más sospechoso del mundo. Aunque es raro concluir que si fuéramos tan audaces como parecemos, llamados a tanto en la historia, no hayamos sido nosotros, los estudiantes, los que cambien el mundo. Y es raro porque los estudiantes siempre tienden a ser más, y los trabajadores cada día a ser menos, y con menos ganas de pelear. Parece que de tanto intentar cambiar el mundo, el mundo terminó cambiándolos a ellos”.

Pese a las dudas por su origen no proletario, Jara no cede a las torturas, resiste mientras escucha los diálogos de Bueno y Malo que conversan ante él sobre sus cuitas con sus respectivas parejas, como si su rutina de tormento diario fuera similar a la de un par de mecánicos que asisten a su taller a reparar autos y que mientras lo hacen comparten sus preocupaciones con el cliente. Lo crudo de su tortura diaria se condimenta con el hecho de que mientras es apremiado, escucha en la televisión el programa de Enrique Maluenda, a quien no soporta. A lo largo de su suplicio, en varias ocasiones Jara promete matar a Maluenda si llega a salir vivo.

La obra, entretiene, aporta como se ha dicho al rescate de la memoria de los años 80, y cumple con creces su objetivo declarado de homenajear a “los jóvenes que asumieron la militancia clandestina en los tiempos duros en que se jugaba la vida a diario, por lo que muchos pagaron un alto costo”.

Once Peldaños
Once Peldaños