Por Omar López

El denominado “litoral de los poetas” es indudable que tiene historia y fundamento, porque más allá de la archiconocida y visitada Casa Museo de Isla Negra donde Pablo Neruda recibía a sus invitados, a sus amigos, (cartero incluido), también otros poetas y escritores habitaron este bello espacio de nubes, agua, madera y piedras. Nicanor Parra; Vicente Huidobro en los años treinta; Adolfo Couve; Poli Délano; y… Jonás. Un poeta a tiempo completo y leal a su destino de barco en constante travesía entre el puerto de sus sueños y el horizonte nunca vencido de sus versos.

Tuve la suerte de conocer a Jaime Gómez Rogers, nombre real de de Jonás, en una jornada de tertulias en el refugio de la Casa del Escritor (SECH) a fines de la década del 70. Luego compartimos uno o dos eventos de manera indirecta y se afianzó esa amistad con nuestro equipo de la revista Andamio porque, si no me equivoco, estuvo presente en los dos números que por ese tiempo conseguimos imprimir.

No sé en qué momento Jonás obtuvo carta de ciudadanía en el hermoso balneario de El Tabo y estableció su campo de acción poética cultural: cierta tarde veraniega ingresé a su casa, porque ahí tenía un salón de ventas de libros, por supuesto, y otros objetos de arte. Escuchaba, de fondo ambiental, una suave melodía de misterioso piano que parecía dormir sobre el silencio de las cosas y de algunos rayos solares oblicuos que, sin duda, buscaban al dueño de casa. Pero, no apareció nadie y me retiré con una leve sensación de asombro y encanto porque me sentí pasajero de otro mundo, algo así como un mundo de cristal fundido en arcoíris y que por ningún motivo, yo, intruso transeúnte, debía alterar.

Me retiré casi en puntillas y lo cierto y lamentable que luego de ese intento fallido de saludo o conversación de paso, nunca más lo volví a ver. Como siempre, uno piensa, -bueno será en otro momento- y resulta que ese momento queda sepultado bajo las contingencias y las circunstancias de la vida. Sin embargo, cuando hace unos ocho años descubrí a metros del lugar donde estaba su residencia, en una pequeña placita de diseño triangular que hace juego de “antejardín” del mar, tres enormes piedras en cada ángulo con versos tallados de Jonás, fue como reencontrarme con su genio y figura; con su cálida mirada de hermano de todos y su andar de vagabundo marino atando nubes.

Hace pocos días, estuve frente a esas piedras y a esos versos una vez más. Y es grato constatar que la placita goza de buena y cuidada salud aunque, dos de los tres fragmentos de poemas de Jonás están algo confusos y con un tallado deficiente, transmiten lo esencial: VIDA. En esa masa de salobre superficie y letras negras, surge un rumor de pensamiento y sensibilidad plena y entonces, uno se alegra con intimidad de gato en plena siesta, de escribir poesía o algo parecido a eso. Nuestro compañero de ruta y letras falleció en marzo de 2005 a los sesenta y cuatro años y su palabra seguirá latiendo y vibrando al compás del oleaje y del viento que no sé por qué se me ocurre, en esa plaza triangular, el viento recoge su lenguaje. Debe ser la herencia transparente de sus palabras y un diálogo constante con el mar que en día y noche, noche y día lo abrazaba como un amigo confidente y secreto.

Después de todo, la historia bíblica relata que Jonás, el profeta, terminó dentro de una ballena por desobedecer un mandato divino y conociendo a nuestro Jaime-Jonás, intuyo que su porfía o rebelión, hasta el final la mantuvo intacta.
Saludamos entonces la iniciativa y el respeto; la memoria y el espacio creado por las autoridades de El Tabo para lo que fue la vida y obra de un poeta poco conocido tal vez a nivel nacional, pero que supo tallar su humanidad y presencia cultural, igual que en la piedra, en la tranquilidad de sus calles y los rincones de sus sombras. Nada mejor que finalizar este diario, con su voz escrita y sus versos eternos:

“El sol rompe llorando
su corazón de fuego,
extienden su abanico
los árboles en llamas,
gira rojo el latido
de la ciudad
que muere,
hundiéndose en las sombras
como un barco de piedra”.

Atardecer, fragmento, Jonás (1940-2005)