Por Omar López

“A veces el paisaje en la ventana no es
más que un cuadro colgado en el muro”
(Paúl Valéry)

Interesante afirmación la de este poeta francés fallecido en 1945. En primer lugar, porque nos señala un espacio tan cotidiano y necesario en cualquier arquitectura habitable de nuestro planeta. La ventana tiene cuento y también, más allá de sus ropajes de ocultamiento o transparencia, firma ciertos acuerdos de convivencia con las moscas y los gatos. Además, según la ubicación en una casa o en un edificio y sea esta la de un dormitorio o del comedor, la ventana respira y observa distintas escenas.

Pero en la idea y la sutileza del poeta, creo que subyace una meditación profunda sobre el aburrimiento o sobre una lenta ceguera del entusiasmo vital que nos insta a no ver las cosas en toda su dimensión de belleza o desgracia. Hay aquí una ironía que desnuda la opacidad de nuestras conductas diarias y de qué modo nos vamos mecanizando en el quehacer obligatorio de “todo ciudadano normal”. Y por otra parte… ¿qué pasa, por ejemplo, en el caso de que esa ventana, única y pequeña, fuera la de una celda donde un prisionero lleva meses o años encerrado y en condiciones infrahumanas, como de hecho ocurrió en dictadura?

Luego, podríamos afirmar que toda ventana sana limita con la vida y el trinar de los pájaros en un amanecer intacto. O por oposición, toda ventana enferma oculta en su cortinaje, la soledad, el tedio, la tristeza singular de los vencidos. Es decir, cuando Valéry nos dice que la ventana se convierte en “un cuadro colgado en el muro” el cielo, las nubes, los sonidos, los transeúntes e incluso, los colores han quedado estáticos como una acuarela endurecida de muerte.

Existe un cuento de Antón Chejov, muy hermoso, en medio de su dramatismo y verdad, que relata el ambiente de un hospital donde en una sala de mujeres con enfermedades terminales, los ventanales estaban a gran altura. Hasta que un día, una de ellas se decide a mirar que hay afuera de ese ventanal, pero solo puede constatarlo subiéndose a una silla. Cuando está ahí, las enfermas le preguntan qué es lo que encuentra y ella comienza a describir el paisaje: una plaza pequeña pero muy bien cuidada y una joven sentada en un banco, con un libro. Está leyendo, tiene un perrito echado a sus pies y de pronto, llega un joven apuesto que, luego de un breve saludo, se sienta a su lado. Las internas, se interesan, dejan de dormitar y preguntan… ¿qué más? Ella prosigue su relato, -El joven le ha regalado una flor amarilla muy hermosa, creo que es un girasol enorme… ambos sonríen y ahora, comienzan a caminar… se van, parece. Al día siguiente, la misma mujer y a la misma hora, vuelve a esa improvisada función de “vigía” y una de las pacientes le pregunta: – y hoy… ¿ves algo, anda gente en esa plaza? ¡¡Sí!! responde ella… otra vez está la jovencita y ahora luce un vestido muy lindo, no está el perrito, pero sí lee y creo que es una carta. Un poco más allá también hay un anciano, con su barbilla apoyada en un bastón y pareciera que mira a un par de chicos que juegan en un columpio. ¡Oh, viene el muchacho de ayer y se acerca a la niña, ella se levanta y se abrazan con fuerza… ¡qué felicidad irradian y cómo se han besado. Una de las internas, con voz débil pero emocionada exclama “ah, el amor, siempre el amor… transforma todo…

El cuento finaliza, cuando en los días posteriores, la enferma “relatora” ha fallecido y sus compañeras eligen a la menos grave para que asuma el papel de vigía en ese ventanal: la gran sorpresa es que la vista de ese precario mirador estaba limitada por un sucio, vetusto y enorme murallón de alguna bodega o fábrica indeterminada y nunca existió plaza, enamorados o paisaje alguno. Genial Chejov, por supuesto.

Y sin querer, esta opción de imaginación y esperanza aun en las circunstancias más difíciles nos afianza la convicción de que una ventana, la que sea, aunque tenga al frente una pared o, por último, una vecindad insoportable, en algún rincón del cuadrante veremos un eterno arcoíris.

Y ahora mismo, contemplo nuestra milenaria cordillera y como que la estoy encontrando menos amenazante e incluso con nosotros, homo sapiens, inexplicablemente compasiva.