CANCIÓN DE LAS SIMPLES COSAS

Por Omar López

Uno se despide, insensiblemente
de pequeñas cosas
lo mismo que un árbol
que en tiempos de otoño
se queda sin hojas

Al fin, la tristeza es la muerte lenta
de las simples cosas
esas cosas simples
que quedan doliendo
en el corazón

Uno vuelve siempre
a los viejos sitios
donde amó la vida
y entonces comprende
cómo están de ausentes
las cosas queridas

Por eso, muchacha, no partas ahora
soñando el regreso
que el amor es simple
y a las cosas simples
las devora el tiempo

Demórate aquí
en la luz mayor de este mediodía
donde encontrarás, con el pan al sol
la mesa tendida

Por eso, muchacha, no partas ahora
soñando el regreso
que el amor es simple
y a las cosas simples
las devora el tiempo

Uno vuelve siempre
a los viejos sitios
donde amó la vida.

Esta es la letra de una canción que escuché por primera vez, en versión del excelente conjunto musical “Bloque Depresivo” liderado en voz y acción por Aldo Asenjo (o más conocido como Macha, lúdico y genial irreverente). Su letra, poética y reflexiva es obra de Armando Tejada Gómez y la música, tan bella y precisa a su contenido, es de César Isella. Sugiero que la busquen en Google y disfruten de su encanto.

Y si comparto su letra, su mensaje o el sentido existencial de sus versos es porque, como toda obra de arte, transmite verdades, diseña rutas sobre la piel del recuerdo y nos lleva en vuelo directo a las zonas íntimas de nuestros sentimientos, sean estos de dolor, nostalgia o pequeñas felicidades que, en todo caso, certifican la fugacidad de ser y estar en la vida contra el tiempo (¿ecos de Heidegger?:

“Al fin la tristeza es la muerte lenta
de las simples cosas
esas cosas simples
que quedan doliendo
en el corazón”

Cierto, la tristeza puertas adentro es una sensación de lo irreparable, lo perdido, aquello que nunca volverá a ser lo mismo porque un suceso, un imprevisto, rompió el cristal de la tranquilidad y la confianza. Aunque esta canción en sí, me parece que tiene también un sentido de romanticismo con lo que fue aquel país de la infancia o la adolescencia solitaria: es decir, nuestro apego a los objetos personales: ayer un juguete; luego un diario de vida o una foto con dedicatoria; o tal vez un abrazo que te fue regalado como primera piedra de una amistad indestructible. Después de todo, las “simple cosas” no son tan simples cuando ocurre como expresión de encuentro, amistad, solidaridad y amor.

Y particularmente hoy, época de frenética competencia y exitismos varios; lucimiento de marcas y otros artificios de rebuscada “fama”; las cosas simples para el enorme rebaño consumista y discriminador, no es tema. Simplemente, porque no las ven. No saben leer las costuras de un libro ni menos, perciben el olor a mar enredado con el bosque o no disfrutan la ruta de una solitaria hormiga exploradora en busca de vetas alimenticias para el próximo invierno.

“Uno vuelve siempre
a los viejos sitios
donde amó la vida”

La imaginación reciclada envuelta en la memoria de aquellos lugares que nos invitó al asombro o a la duda: escuchar la voz de una lluvia sobre tejados de zinc ahí, en la tibieza de la cama o mirar el humo danzarín de una humilde chimenea desde un tren infinito; jugar con barro en medio de un verano seco solo para inventar un cuento que se parezca al cielo; o sencillamente, abrazar a su primer perrito, como hermano nuevo.

Tal vez, en el centro de todas las habitaciones que construye una vejez desde el subsuelo, existe el patio luminoso de las primeras veces en todos los sentidos: y esa frescura o ese miedo, todavía late en cada minuto de silencio cuando se dialoga con uno mismo. Lo incierto comienza cuando la indiferencia compite en nuestros actos, con la palabra olvido.

“Uno se despide, insensiblemente
de pequeñas cosas”

Puente Alto, septiembre 19 de 2025.