El escritor chino Bao Shu participará del Segundo Encuentro Internacional de Minificción, organizado por Letras de Chile, con sede central en el Campus Beauchef de la Facultad de Ciencias Físicas y Matemáticas de la Universidad de Chile, en Santiago.

El banquete

Por Bao Shu
(traducción de Isolda Morillo)

Una atractiva y seductora camarera se acercó a la mesa empujando un carrito de comida. Los platos estaban cubiertos por relucientes campanas doradas de estilo occidental que parecían forjadas en oro puro.

Sonriendo, acercó el carrito a los comensales y fue colocando los platos, aún cubiertos, sobre la mesa. Estaba a punto de levantar una de las campanas cuando el comensal, sin brusquedad, le sujetó la mano.
—Espera. Antes quiero decir unas palabras.

El anfitrión, sentado al otro lado de la mesa, hizo un gesto invitándolo a hablar.
—No nos han presentado —dijo el comensal—, pero probablemente ya sabes quién soy. Mi fotografía aparece con frecuencia en las listas de los hombres más ricos del mundo. Un millonario cualquiera no podría permitirse una cena privada como esta: cuesta un millón de yuanes por persona.

El anfitrión asintió. Sabía perfectamente quién tenía delante.
—No me interesan las mujeres, ni los coches, ni las mansiones; tampoco esas aficiones refinadas, como la exploración espacial o el buceo en la profundidad del mar —dijo el magnate—. A mí solo me interesa comer. Desde que empecé de la nada, cada vez que ganaba un poco de dinero iba a probar algún plato nuevo. Ahora, he recorrido el planeta entero. Mi paladar se ha convertido en el más severo de los jueces: nada consigue sorprenderme. Un amigo me habló de este lugar con tanto misterio que decidí venir a conocerlo. Pensé que encontraría algo diferente. Pero lo único que veo son mujeres semidesnudas y utensilios de oro: el mismo espectáculo de siempre para deslumbrar a nuevos ricos que jamás han probado la auténtica alta cocina. La verdad es que, viendo esto, ya he perdido el apetito. Adiós. Me marcho. Pero, quédate tranquilo, no pienso reclamar el millón.

Se puso de pie, dispuesto a partir.

El anfitrión sonrió y lo detuvo con la voz.
—Espere un momento, por favor. Aunque no coma, ¿no le pica la curiosidad de saber qué hay debajo de la campana? A lo mejor cambia de parecer.

El magnate dudó un momento y volvió a sentarse.
—Bien, veamos qué tienes escondido.

Levantó la tapa.

El magnate era un hombre curtido en mil experiencias. Aun así, lo que tenía ante los ojos lo dejó profundamente impresionado.

Sobre el enorme plato de cristal reposaba un extraño casco de color negro.

El magnate hizo un esfuerzo para prestar atención al objeto, lo tomó y lo examinó con cuidado. Al cerciorarse que el casco negro no era comestible, estalló en furia.
—¿¡Pero qué significa esto!?
—Exactamente lo que usted mismo acaba de decir —respondió el anfitrión, sereno—. Ya ha saboreado todas las delicias que este mundo puede ofrecerle. ¿Qué más podría despertarle el apetito? Nada. Continuar buscando sería inútil. Pero, ¿se imagina si pudiéramos transmitirle directamente al cerebro lo que otra persona siente al comer? Usted volvería a paladear la dulzura y el aroma de la comida, tal como si fuera la primera vez.

El magnate soltó una risa seca.
—¿Este casco conseguiría ese efecto? Oiga, yo soy un hombre de negocios; he visto estafadores de todos los pelajes. No intentes engañarme.
—Por eso mismo. Usted debería darse cuenta de que no soy un estafador. De hecho, soy un científico, no un cocinero; ni siquiera sé preparar el plato más simple de huevo con tomate. Trabajé durante años en la universidad en un proyecto para obtener y transmitir ondas cerebrales a distancia. Fracasó. Me cortaron el financiamiento. Pero de esa investigación quedó algo, un subproducto: este casco. Por eso, decidí abrir este restaurante privado, «Sabor Extraordinario», con la esperanza de reunir el dinero necesario para seguir con mis investigaciones.
—¿Me estás diciendo que esa cosa capta las ondas cerebrales de alguien mientras come?

El magnate empezó a mostrarse muy interesado.
—El casco es solo la salida; la verdadera maquinaria está detrás, oculta, con una altura de dos o tres pisos. Piense en esto: de todos los deseos humanos, el apetito es el más elemental. Una deliciosa comida es su satisfacción más plena. Por eso, cuando alguien come algo exquisito, su cerebro genera unas ondas intensas: no hay nada que se le compare. Esas ondas pueden captarse con los instrumentos adecuados y transmitirse, con total fidelidad, a otra persona. Con el casco puesto, usted no imaginará la experiencia: la sentirá. Todo aquello en tiempo real, como si fuera su propia boca la que masticara. El sabor, el aroma, la textura, el calor, incluso el dolor, si lo hubiera. Sin imágenes, sin sonidos, solo la sensación pura. Y, si lo piensa bien, eso significa que ni siquiera invadimos la privacidad de nadie: nadie ve nada, nadie oye nada. Solo siente.
—Interesante… —dijo el magnate, animándose—. Bien, lo probaré.
—Un momento —dijo el anfitrión—. Debo hacerle una advertencia. Las ondas cerebrales que puede recibir el casco están divididas en siete niveles, según la intensidad del placer que producen. En cada nivel podrá experimentar, al azar, una única sensación, como si se tratara de un plato del menú. Sin embargo, las ondas del séptimo nivel son las más intensas de todas y todavía no sabemos si pueden causar algún daño al cerebro humano. Bajo ninguna circunstancia debe llegar hasta ese nivel. Si llegara a ocurrirle algo, sería noticia mundial.

El magnate aceptó, y se puso el casco.
—Buen provecho —dijo el anfitrión y se retiró con la camarera.

Una hora después sonó la campanilla.
—¡Hacía años que no sentía algo así! —El magnate estaba radiante—. ¡Delicioso, inolvidable!
—¿Probó los siete niveles?

El magnate asintió con la cabeza.
—¿Podría contarme qué comió? Me sirve como material de investigación.

El magnate cerró los ojos, recordando y contando lentamente la experiencia.
—El primer nivel fue picante, aromático, fresco. Diría que era mapo tofu de algún restaurante sichuanés. Nada del otro mundo. Lo dejé pasar rápido.
—El segundo nivel era tierno, jugoso, se deshacía en la boca: un excelente bistec de wagyu japonés, marmoleado. Pero, para mí, eso no deja de ser comida de todos los días, así que tampoco me detuve mucho.
—El tercer nivel tenía un sabor extraordinariamente fresco y delicado, con un inconfundible aroma a mar. También me resultó familiar: langosta, abulón y otros mariscos de alta calidad.

El anfitrión sonrió.
—Nada especial para usted.
—Cierto. Pero el cuarto nivel cambió todo. Era una sensación ligera, casi transparente: la elegancia de una verdura, la ternura de una carne, el perfume denso de un hongo; todo fundido en una sola cosa y, sin embargo, separado en capas perfectas…
Se le llenó la boca de saliva solo con recordarlo.
—¿Sabe qué era?
—Sopa imperial de col china, de la más alta escuela —dijo sin titubear—. Perfecta de sabor y de textura, digna de un banquete de Estado. La probé una vez, hace diez años. Después el viejo maestro cocinero murió y nunca volví a encontrar ese nivel culinario. ¿De dónde vienen estas ondas? ¿Se puede rastrear el origen?
—Por supuesto —dijo el anfitrión, consultando su pantalla—. Es de un pequeño pueblo de Sichuan. La ubicación exacta…
—Envíemela después —dijo el magnate, sin perder el entusiasmo—. Mejor hablemos del quinto nivel.

Hizo una breve pausa antes de continuar.
—Era un chocolate, mexicano tal vez, más amargo y salado de lo normal, pero que hacia el final se abría en una dulzura suave, inagotable. El sabor en sí no era nada extraordinario. Pero dentro de esa dulzura había algo más: una especie de alegría, una emoción, como si el alma se elevara un centímetro del suelo… Creo que debía de ser un chocolate regalado por alguien profundamente enamorado. Estaba impregnado de la emoción de un gran amor. Me hizo pensar en mi primera esposa… Lástima que, al divorciarnos, se llevara mil millones de yuanes.
—Dejemos eso. Hablemos del sexto nivel. ¡Resultó ser agua! No sé qué agua era, pero era increíblemente dulce y pura; nunca había bebido algo tan delicioso. Ni el néctar de los dioses podría superarlo. Bebí desesperadamente, en grandes cantidades, y aun así quería más… ¿Qué agua era exactamente?
—Déjeme revisar la ubicación —dijo el anfitrión—. La posición… está en un oasis del desierto de Taklamakán. Algún viajero sediento debió encontrar agua allí y beber como si el mundo se acabara.
—¡Tiene sentido! —El magnate se dio una palmada en la rodilla—. ¡Ya decía yo que el agua no podía ser tan sabrosa! Con esa explicación, todo cuadra. Ahora hablemos del séptimo nivel.
—¡Espere! —lo interrumpió el anfitrión—. ¿No le advertí que no llegara hasta ahí? Es muy peligroso.
—Disculpe —dijo el magnate, un poco avergonzado—. El sexto nivel fue tan intenso que no pude contenerme. Pensé que el séptimo sería aún mejor. Pero, no pasó nada grave; no se preocupe.
—Bien… —suspiró el anfitrión—. ¿Qué probó exactamente?

El magnate volvió a cerrar los ojos, como si estuviera volviendo a la experiencia.
—Una carne asada. Algo parecido al lechón, pero cien veces mejor. El olor me hacía temblar el alma. Apenas alcancé a dar un par de bocados, ardiendo, un poco chamuscados, como recién sacados del fuego. Y en la boca… fue como si el fuego me redujera a cenizas y, de esas cenizas, yo volviera a nacer. ¿Qué era esa carne? ¿Dónde se comió aquello?
—Según las coordenadas… —El anfitrión revisó la pantalla y frunció el ceño—. Es en… —pronunció el nombre de un lugar remoto, difícil de repetir.
—Ah, ahí —dijo el magnate—. Sé que hay animales rarísimos, casi todos protegidos, que nunca he probado. ¿Algún mono especial? ¿Un oso perezoso? Pero ¿cómo puede ser tan bueno?

El anfitrión se encogió de hombros, dando a entender que no tenía manera de saberlo.

De pronto, el magnate pareció recordar algo.
—Espere… ¿No es ahí donde hay una guerra civil? ¿No hubo una hambruna terrible? El conflicto impidió la entrada de ayuda humanitaria. Dicen que murieron decenas de miles… Claro, con un hambre así la gente come lo que sea; qué importan las especies protegidas. Pero la hambruna ya lleva más de medio año. ¿Qué queda para comer ahí? ¿Qué queda…?

El color se le fue del rostro. Movió los labios sin emitir sonido.

De pronto, se dobló en dos, se agachó y empezó a vomitar.

Bao Shu
Bao Shu

Bao Shu, uno de los escritores de ciencia ficción chino más destacados de la última generación. Ha sido distinguido con el Premio Mao Dun para Nuevos Talentos Literarios, el Premio Galaxy de Ciencia Ficción de China, seis veces con el Premio Nebula de Ciencia Ficción en Lengua China, el Premio Planeta de Ciencia Ficción (China), el Premio Literario Baihua y fue nominado al Gran Premio de Medios de Comunicación de Literatura China . Actualmente, trabaja como escritor contratado para Zuibook, la plataforma líder para jóvenes escritores de ficción en China, propiedad del reconocido escritor y director Guo Jingming.

Bao Shu es Magíster en Filosofía por la Universidad de Pekín y también por la Universidad de Lovaina, Bélgica. Es un destacado miembro del Comité de Ciencia Ficción de la Asociación de Escritores de China y director ejecutivo de la Asociación China de Escritores de Divulgación Científica. Es autor de nueve novelas, entre ellas La redención del tiempo, Las ruinas del tiempo y El cielo de la serpiente emplumada. Sus obras han sido traducidas a una decena de idiomas, entre ellos el inglés, japonés, alemán, español, etc.