Por Josefina Muñoz Valenzuela/ Letras de Chile

Sergio Sepúlveda (Rengo, 1985) presenta un conjunto de doce cuentos, cuyo escenario es la sexta región y esos pequeños pueblos llenos de vida y de historias que, quienes hemos vivido en ellos, reconocemos plenamente en un proceso natural de identificación con lugares, personas, conversaciones, en el transcurso de una vida cotidiana que se comparte. Y que, de vez en cuando, se ve interrumpida por algún acontecimiento más cercano a lo trágico que a esa felicidad que, con frecuencia, pareciera estar siempre más allá o solo la disfrutamos por un instante fugaz.

Cada uno de estos relatos nos sumerge en un mundo de mujeres, emparejadas con hombres o con otras mujeres, con vidas complejas, que desearían ser felices, pero no saben cómo; que han perdido seres queridos de maneras trágicas y que tampoco quisieran que sus hijos experimentaran sufrimientos similares.

Solidarizan, pero dejando entrever aspectos oscuros; tienen claridad de lo difícil que es vivir y de que solo ellas pueden entender ese mundo en que, a pesar de ser fuertes (o sentir que lo son), están más bien a merced de lo que vaya pasando, a menudo, situaciones vitales muy alejadas de sus propios deseos y aspiraciones. Las parejas son un momento de sus vidas, una especie de encuentro accidental que no saben cómo enfrentar, que aparecen y desaparecen.

Leemos los siempre sorprendentes nombres de pueblos como Roma y Polonia, quizás recuerdo de antiguos fundos de la zona. Cobran ahora una existencia real como escenarios familiares de quienes son protagonistas de estas historias que, poco a poco, nos van envolviendo en un ambiente de abandono, de pérdida, de escasa o rara felicidad, de la búsqueda imposible de un mundo y unos seres humanos parecidos a aquello que anhelamos. A pesar de todo, sigue ahí esa porfiada esperanza de que algo bueno nos espera en un recodo del camino.

Paisajes, personajes, diálogos, están recortados como si permanecieran detenidos en el tiempo, testigos de un mundo que podríamos pensar que ya no existe ni dentro ni fuera de nosotros, pero que pervive allí, en algún lugar, porfiadamente, como si el tiempo se hubiera cristalizado. Y quizás, eso es lo que permite a los personajes, pero también a nosotros, lectores, reconocer que estamos, justamente, en el mismo lugar de siempre.

Y quizás también por eso mismo, hacemos un espacio fugaz en nuestras vidas para esos secretos que apenas reconocemos como propios cuando surgen en los breves segundos de recuerdo y reflexión que brotan a pesar de los esfuerzos de cada personaje para negarlos y convencerse una y otra vez de que nunca sucedieron. Los minutos para confidencias consigo mismo y con otros son escasos o breves en estas aparentes vidas mínimas, cuya densidad describiera tan finamente el gran escritor José Santos González Vera en el pasado siglo.

El epígrafe al inicio es de Juan Carlos Onetti, y sintetiza de manera extraordinaria el espíritu que anima este bien hilado conjunto de cuentos: “Lo malo no está en que la vida promete cosas que nunca nos dará; lo malo es que siempre las da y deja de darlas”. De ahí la incertidumbre y la amenaza de pérdida en cualquier momento de aquello que querríamos eterno.

Mientras leemos, surge siempre una interrogante sobre qué es eso que llamamos y definimos como el mundo «real» en el que discurren nuestras vidas. Probablemente algo que nunca alcanzaremos a definir, pero que es el telón por el que circulan palabras y acontecimientos; que espejea lo que decimos, lo que nos pasa, y cómo lo contamos a otros, lo que decimos y nuestros modos de transmitirlo a otros y a nosotros mismos, como si fuera una nueva historia, que vemos desde lejos, pero que no logramos reconocer como nuestra.

En aquello que nombramos el mundo real, sin duda la literatura juega un rol muy importante, en tanto da nombre a aquello que se genera en la imaginación, y que adquiere un ángulo de realidad gracias a las palabras que la traducen y que nos permiten vivir de otra manera esas ocultas o fantaseadas aventuras que nos llevan a mundos desconocidos, en los cuales es posible revisitar esos espacios en que van sucediendo nuestros días, sacarlos a plena luz y rescatarlos de esa sensación de ajenidad que suele invadirnos.

En todos estos relatos encontraremos momentos, situaciones, seres humanos compartiendo momento de sus vidas en los cuales podremos reconocernos y pensar en nuestras propias respuestas frente a disyuntivas similares.

Sergio Sepúlveda: En el mismo lugar de siempre
Ed. Los Perros Románticos, Santiago, 2025, 119 pp.

En el mismo lugar de siempre
En el mismo lugar de siempre