Por Yiro Moraleda
La quinta infantería del ejército nacional yacía a sus anchas en dos de los tres estantes que adornaban la sala principal del museo militar o “la San Martín”, como ellos mismos la denominaban.
Comandados por el teniente Lobera, las huestes realizaban movimientos autónomos que excedían el orden y la planificación de los encargados del lugar. Sin lugar a duda, eran los guardianes del museo.
—¡Uno, dos!, ¡uno, dos! Descanso.
—¡Mi teniente! hay movimientos en la entrada de la San Martín.
—¿Qué dices?
—Sí, mi teniente. Desde las 07:06 que nuestros centinelas escuchan ruidos extraños.
—¿Será que nos irán a cambiar de sitio otra vez?
—¡Eso ni pensarlo! Daremos batalla si así ocurre —exclamó la autoridad.
—¡¡Sí, mi teniente!! —respondieron todos, a coro.
Los soldados, siempre organizados y preparados para la contienda, sabían muy bien cuáles eran los movimientos de los encargados del local. Era habitual que, a lo menos una vez por trimestre, los hombres llegaran con betunes, paños, pinceles y escoba a dejar radiante la sala para el recibimiento del público y de una que otra autoridad. Si bien nunca había existido un enfrentamiento, las actividades de boicot a las labores de orden y limpieza sí eran frecuentes: manchas de pólvora en los trapos de limpieza y destrucción de los pinceles más finos, principalmente.
—Mi teniente. Le informo que, siendo las 09:05, los encargados han entrado a la San Martín y han dejado tres cajas rectangulares.
—¡Sargento! Prepare una cuadrilla. Que miren, escuchen y huelan. Si es betún lo que traen, a mediodía llegará la limpieza y tendremos que actuar con prevención y asalto. ¡La última vez, por no prevenir, terminamos todos con los ojos con cera y nuestras armas inutilizables!
—¡Sí, mi teniente! —asintió el sargento.
Tres fueron los hombres encargados de llevar a cabo la misión espía: el soldado Ubilla, el soldado Morales y el mismo sargento. Se equiparon con cordeles y hachas.
—Sargento, no huelo a betún, pero sí a plomo. Un plomo distinto, dulce.
—Ubilla, quizás son cañones que han llegado para fortalecer nuestro armamento.
—¡Serán buenas noticias para mi teniente!
—Hay que comprobarlo. Morales, trepe a la caja mayor y rompa la pared. Luego, mire.
—¡Sí, mi sargento!
El soldado se acercó y trepó hasta media altura. Con el hacha comenzó a romper a un costado. Apenas dio el segundo golpe, y la oscuridad de la caja dio paso a un rayo de luz en su interior, un disparo asestó su hombro izquierdo, haciéndolo caer por el costado de la caja, donde lo esperaban Ubilla y el sargento.
—¡Le han disparado desde adentro! —gritó Ubilla.
—¡Tómelo de los pies, soldado! Vamos, por la orilla. ¡Retirada, retirada!
Al conocer los hechos, el teniente Lobera y sus subalternos de confianza no podían creerlo, y se preguntaban: “¿Quiénes serán?, ¿hubo humo en el disparo?, ¿serán enemigos históricos?, ¿o serán desconocidos de otra patria y credo?”
—Puede que haya sido un disparo de revólver, mi teniente.
—¡Pues, revisen al soldado Morales! En su cuerpo está la respuesta.
—Morales tiene un pequeño agujero, abierto.
—Por la forma de la herida, la bala tenía punta gruesa.
—Incluso, pudo haber sido más de una bala, y solo una de ellas dio con Morales.
—¿Carabinas?
—¡Ingleses!
—¡Estadounidenses!
—¡O los peruanos!
—¡O los españoles!
—Como sea, ¡por fin tendremos otra batalla de verdad!
—¡¡Sí, mi teniente!!
—Debemos organizar a las tropas y atacar antes de que ese ejército y sus instalaciones aparezcan en la sala, que de seguro el lunes ya será muy tarde —ordenó Lobera.
—¡¡Sí, mi teniente!!
—Sargento, organice 6 cuadrillas de 10 hombres.
—Mi teniente, no hay tantos… pero hay jóvenes que estarían dispuestos, como la vez pasada, y la anterior.
—¡Hombres, jóvenes y niños! Lo que sea para detener al enemigo. La San Martín es nuestra y no la compartiremos con nadie, aunque al frente tengamos al gran ejército de Napoleón o al toqui Lautaro —volvió a ordenar la autoridad.
—¡¡Sí, mi teniente!!
El sargento decidió repartir a los jóvenes y niños bajo el cuidado de los soldados más experimentados. De esta manera, cada cuadrilla quedó compuesta por 7 hombres, 2 jóvenes y un niño. Solo los hombres irían a la batalla cuerpo a cuerpo, y matarían por ello. Jóvenes y niños acudirían armados con solo una granada, para la defensa en retirada, en caso de que así fuese necesario. El día del ataque sería el mismo domingo, donde el movimiento en el museo era nulo, a sabiendas de que no hay atención a público.
Así, las cuadrillas partieron a las 05:30. Las primeras en llegar a la zona de las cajas comenzaron a romperlas mientras otras cuadrillas esperaban con atención el primer movimiento del enemigo para comenzar a disparar.
Cerca de las 05:51 se iniciaron los enfrentamientos. Efectivamente, se trataba de la segunda caballería del ejército norteamericano que logró sendas victorias en la guerra de la independencia. La batalla se extendió por horas, en un cuerpo a cuerpo, sofocante hasta el último minuto del día.
Apenas asomadas, las primeras luces del alba avisaron las novedades por toda la San Martín:
—¡Hemos triunfado! ¡gloria a nuestro ejército nacional y a sus soldados!
—¡¡Viva!!
—¡Viva el teniente Lobera!
—¡¡Viva el teniente!!
—¡Viva el sargento!
—¡¡Viva!!
—¡Vivan nuestros hombres!
—¡¡Vivan!!
—¡Viva el ejército nacional!
—¡¡Viva!!
Las pérdidas eran numerosas en cada bando. Por parte del ejército residente, hubo muchos caídos en combate; hombres, algunos jóvenes y solo un niño; Antuco, a quien todos perdieron de vista al calor de la batalla.
A pesar del heroísmo y la hidalguía, la angustia de no saber el paradero del pequeño soldadito era el sentimiento que predominaba en la legión. Y es que Antuco era uno de los niños más especiales de la quinta caballería del ejército nacional, que con su alegría llenaba el día a día con juegos, historias e imaginación, siempre a la trastienda de los sables, las condecoraciones y balas de cañón que predominaban en las conversaciones de los mayores.
Buscaron por todo el museo y no lo encontraron. En los funerales de los caídos mencionaron su desaparición y organizaron una cuadrilla permanente de búsqueda.
Así fue como, una semana después, mientras se realizaban los trabajos de arqueo de los recursos empleados en la batalla, una carta mecanografiada fue hallada en un rincón lejano del museo.
Teniente Lobera, sargento y soldados:
En medio del enfrentamiento, capturamos al soldado Antuco. Fue fusilado con un solo disparo en su corazón. Luego, se le dio sepultura en ceremonia marcial, como corresponde a todo soldado.
En sus últimos momentos de vida, el soldado pidió que regalasen sus juguetes a otros niños, mencionando al Joaquín (sus lápices) y al Pedro (sus polquitas). También pidió que su libro de cuentos militares se lo dieran al sargento, y que le disculpen por su grave error táctico que lo expuso ante nosotros.
Hasta nunca,
El general del otro ejército.
Fue tal la tristeza y congoja que todos comenzaron a llorar y luego a especular explicaciones sobre dónde podría estar enterrado el soldadito.
A pesar de que no era el primer niño soldado que moría en el campo de batalla, todos sabían que Antuco era distinto; soñador y pacífico. Si bien Antuco había estado en numerosas batallas nunca había disparado.
—Camaradas: lo he pensado mucho y, quizás, ya es tiempo de que los niños no vayan más a la batalla y que se dediquen a labores acorde a su naturaleza, como limpiar nuestras armas, lustrar los bototos, asear al altar y cocinar para la legión —dijo Lobera, sollozando un llanto húmedo, inédito en un hombre habituado a la aridez emocional.
Luego de escuchar sus palabras, conmovidos y estupefactos, todos los soldados, el sargento y el mismo teniente vieron cómo sus propias lágrimas oxidaban las articulaciones que unían sus extremidades, quedando inmóviles en el lugar.
Por la tarde, cuando los encargados del museo hacían la limpieza, se percataron de la rigidez de los soldaditos de plomo y comenzaron a ponerlos en las posiciones que resultaban más fáciles de acomodar: unos de a pie, otros reptando y otro tanto en posiciones de disparo. Uno de ellos le dijo al otro: “¿Y si los pintamos como aquellos de madera que vimos en la feria de artesanías?”.
Al cabo de una semana, los nuevos soldaditos estaban relucientes y ya no eran grises sino azules, rojos y verdes oliva. Eran la nueva gran atracción del museo militar, trayendo aparejado un alza en el valor de la entrada.
Cuando finalizaba el último sábado del verano, un joven estudiante que visitaba el museo se acercó a la oficina del guardia y le dijo: “señor, encontré este soldadito de plomo justo atrás del estante de las fotografías; es de los más chicos, está sin pintar y alguien le voló la cabeza”.
—No sé qué tiene la gente que nos visita contra estos soldaditos. Siempre aparecen rotos entre los muebles; uno o dos por temporada.
—Yo sé cómo limpiarlo, señor. Si le parece, me lo podría llevar y luego se lo traigo reluciente, sin el hollín ni ese olor a pólvora que expele.
—No hace falta. Llévatelo no más —respondió el dependiente.
—¡Muchas gracias, señor! Ah y, disculpe, mire esto: ¿será una máquina de escribir en miniatura? —preguntó el joven, mostrándole un objeto, apenas distinguible, en su otra mano.
—Increíble. Así, tal como está, se puede revender a buen precio como artículo de colección. ¡Me la quedo!
Mientras el encargado revisaba y se adueñaba de ese peculiar objeto, el joven estudiante, contento, apenas se despedía y metía con delicadeza en un bolsillo lateral de su chaqueta lo que quedaba del niño soldado Antuco, imaginando todas las posibilidades que tenía para reconstruirle su imaginaria cabeza, y de inventarle una máquina de escribir similar a la que hace segundos había perdido en medio de otra guerra.

Yiro Moraleda (Concepción, 1980) ha escrito aforismos, cuentos y microcuentos, publicados en revistas de literatura y fanzines. Ha publicado Túneles de afectos y otros relatos (Ed. Forja, 2022) y Pese a la niebla. Aforismos (Ed. Oro, 2024).






Emotivo y crítico. Es un gran relato picaresco.