Por Jorge Muñoz Gallardo

Había una vez un rey… bueno, así empiezan todos los cuentos de hadas. Y este es un cuento de hadas; desfigurado tal vez, sin embargo, trata de hadas, al menos en parte. Este rey tenía una esposa que, aunque sea estúpido recordarlo, era la reina, enfatizo esto porque no faltarán aquellos que lo pongan en duda diciendo que el rey era viudo. Aquí debemos afirmar que ambos vivían muy felices, pero en verdad no era tan cierto porque el tiempo transcurría sin que la reina quedara embarazada, razón por la cual su marido se volvía cada vez más triste al no contar con un heredero a quien dejar el trono, esto es: el poder. Pero, no es el poder político el tema central de este relato; aunque era lo que más importaba a su Majestad. Entonces, retomemos el hilo conductor que, como sostienen los especialistas, el cuento es intenso y no admite dilaciones. Ambos eran buenos, rezaban todas las noches para que el Creador les otorgara un hijo, hacían penitencia, consultaban a los mejores médicos del reino. Infusiones de hierbas, masajes, baños termales y hasta el concurso de una hechicera que vivía en un pueblucho perdido en el monte intervinieron para que la reina concibiera el ansiado vástago. Sea por fe, brujería, casualidad o medicina, la reina se embarazó y tuvo una hija; es conveniente sostener que era bellísima, de lo contrario el cuento no funciona o pierde encanto (si la niña hubiera sido calva, tuerta o narigona los lectores quedarían desilusionados). Naturalmente, el monarca sintió una gran frustración puesto que esperaba un varón robusto y hermoso, mas se conformó pronto y llegó a adorar a su hija.

Como se acostumbraba en la época, al bautizo de la niña se invitó a las hadas del bosque para que cada una de ellas le confiriera un don a la recién nacida.

Imitando a ciertos maestros de la prosa podría ocupar unas quince páginas describiendo a las buenas hadas, sin embargo, no voy a caer en esa tentación. Tampoco me extenderé sobre los preparativos de la ceremonia, los detalles de la fiesta posterior, porque fueron demasiado llamativos y abundantes, lo que me sacaría del argumento al que deseo aferrarme con uñas y dientes para evitar las fundadas críticas de los más exigentes. Como dije, fueron invitadas las hadas. Después de la ceremonia religiosa todos se dirigieron al espléndido salón, donde cada uno ocupó su puesto entre risas y palabras dulces. Los criados corrían de un lado a otro llevando bandejas de plata con carne de ciervo, perdices, jabalí, huevos, gansos rellenos y variadas delicias, además del vino y la cerveza que brillaba en el interior de gordas jarras de cristal. Mas, cuando el rey se disponía a dar por iniciada la comida con un brindis, entró una vieja arrugada, con una nariz curva, afilada como la hoja de un alfanje, de ojos pequeños, acerados, que los contemplaba llena de odio. Dicen que se trataba de un hada olvidada, a la que tenían por desaparecida, por eso nadie se ocupó en invitarla. El rey le ofreció una silla, luego mandó a uno de sus sirvientes a traerle plato y cubiertos, pero la envejecida hada no los aceptó. Tampoco escuchó las explicaciones y las temerosas disculpas de la reina, estaba furiosa. Pensando que su vieja colega podía dañar a la niña, una de las hadas buenas, se escondió detrás de una espesa cortina de terciopelo y aguardó castañeteando los dientes. Efectivamente, así ocurrió, la vieja pronunció su terrible maldición diciendo que al cumplir diez años la niña se pincharía un dedo con un huso, esa herida le causaría la muerte. Me saltaré los llantos, los ruegos de la pareja real, para no pecar de un sentimentalismo fácil, avanzando sin titubeos por el sendero que conduce al desenlace. La furibunda anciana se mandó a cambiar sin oír a nadie, su risa estridente estremeció las galerías del palacio erizando los cabellos de todos quienes la oyeron. En ese instante el hada escondida dejó la cortina que la ocultaba, con su mejor voz le dijo a los inconsolables padres que cambiaría la maldición de su colega por otra menos grave, anunció que en lugar de morir la princesita se quedaría dormida por la friolera de cien años, era todo lo que podía hacer. Las otras hadas, que habían contemplado lo ocurrido en un silencio ineficaz, estuvieron de acuerdo en que eso era lo único que podía hacerse en ese momento, enseguida se fueron retirando una tras otra con la mirada perdida en la distancia.

En cuanto volvió a su despacho, el rey escribió un documento que sus heraldos leyeron por pueblos, campos y aldeas. El edicto real prohibía el empleo de husos, advirtiendo que cualquier desobediencia sería castigada con la pena de muerte en la horca. La niña creció, como la mayoría de los niños gozaba corriendo, curioseando por los amplios jardines. Cuando ya contaba doce años y sus padres se habían convencido de que la maldición se había extinguido porque la princesita tenía más de diez años y no había muerto, ni entrado en el profundo sueño, sucedió algo muy distinto a lo que cuenta la tradición.

Conforme a mis fuentes e investigaciones bibliográficas, la princesita corría detrás de su gato que, dando un salto, se escondió en un macizo de plantas verdes y apretadas donde se abrían numerosas flores de pétalos rojos en torno a las cuales zumbaban moscardones negros. La niña se ajustó el vestido, luego se puso en cuclillas y entró arrastrándose entre las ramas y enroscados tallos, encontrando a su mascota, pero se pinchó las manos con las espinas de las tupidas plantas. Por la noche la mano derecha se le inflamó, la fiebre, la sed, el dolor no la dejaron dormir, pasó toda la jornada delirando. Los médicos de la corte la trataron, todos hicieron un diagnóstico diferente, el más viejo dijo que era una infección y la única forma de salvarla era cortar dos dedos. La reina se indignó con el pobre galeno, gritó afirmando que era la maldición de la vieja y rompió a llorar sin que nada ni nadie, pudiera consolarla. Por su parte, el rey, que no podía aceptar que a su hija le faltaran dos dedos, ordenó encerrar al médico que había propuesto la amputación, en una de las torres del palacio. A los tres días la princesita murió, con el cuerpo lleno de manchas rojizas y la cara deformada. La reina se trastornó, el rey se dio a la bebida, sin que por ello desatendiera los asuntos políticos, pero ya con mucho menos energía que antes.

Los años pasaron, los reyes murieron, otros señores llegaron al castillo. Una tarde de agosto hallaron en una mazmorra de una de las torres el cadáver del médico, devorado por insectos y ratas, tirado en el suelo húmedo, enmohecido, maloliente. En un hueco cavado en el muro encontraron un tubo de papel encerado en cuyo interior estaba el cuaderno donde el pobre hombre había escrito numerosas notas sobre la vida y costumbres del palacio, también unas pocas acerca de esta historia tan triste. Sin duda un mártir del oficio de la sanación, un digno discípulo de Hipócrates, que pudo salvar la vida de la princesita de no ser por la actitud de la madre y la intolerancia del padre.

Particularísimas circunstancias, que no son del caso contar ahora (darían lugar a otro relato), hicieron llegar ese cuaderno a manos de mi bisabuelo Matías Franklin, y muchos años después, a mi biblioteca personal. He traducido, estudiado y comparado esas notas con otras versiones, para escribir, lo que en mi opinión es la verdadera historia de este suceso que rodando por el tiempo, por diferentes interpretaciones, derivó en un relato infantil. El texto fue publicado en una revista literaria de la universidad de Oxford, de la cual soy académico. El decano de la Facultad de Letras me felicitó, pero algunos colegas me quitaron el saludo.