Comentario de El caballero del perrito, de Iván Quezada
Por Olga Laudani
Después de varios libros de poesía y de su original novela El administrador de almas, el escritor chileno Iván Quezada desembarca con este volumen de veinticuatro cuentos.
El título del libro, El caballero del perrito, es el mismo de uno de los cuentos y hace referencia a una reconocida historia del autor ruso Anton Chéjov.
Con una escritura dinámica, clara, rica en vocabulario cuando necesita formalidad, e intercalada con giros informales, como cuando se refiere a «los pacos». Con estilo coloquial en los diálogos, en cada cuento encontramos el reflejo de nuestra humanidad incompleta y cada expresión es un desencadenante de significados.
En cierta manera, las historias se desarrollan a través de los diálogos, de los que el autor hace uso a menudo y le dan impulso a la acción. Algo para subrayar son las comparaciones y metáforas de las que hace gala Quezada, sulfúricas, cargadas de ironía. Las lanza precisas, como disparos de un instructor de tiro que acierta y se queda mirándonos sobre su hombro. Nos presenta sus personajes pasándolos por el tamiz de su sarcasmo.
Cada cuento cierra el orbe de alguna problemática que conocemos o nos atañe, y se yergue en el conjunto con una identidad propia.
Como todo artista que va modelando su obra, podemos suponer que también incluye alguna brizna de sus propias experiencias. Dotada de fortaleza, existen rasgos, memorias de lo que pudo haber sido y no fue, por lo menos del modo en que los personajes en cuestión esperaban, desde la lógica y la distancia que el tiempo impone. Cada narración es un viaje por caminos sorprendentes.
Humanas vicisitudes, que no se muestran con presunción o abatimiento, sino desde un humor lacerante, la trinchera de la ironía, y en menor grado con cierta nostalgia.
Quezada cumple con el deber del escritor de dar testimonio de su tiempo. Asoman en alguno de los relatos la primigenia ilusión de «hacer algo extraordinario en la vida», una inquietud que se oculta entre las expectativas en los primeros años y se extiende hacia la juventud: la sospecha de que tenemos un destino extraordinario, único, con la potencialidad de un genio, que en algún momento va a patentar el misterio de la vida o alguna otra cosa excepcional y prodigiosa, ignorando en la tierna edad la posterior decepción con que nos marcará la vida, ubicándonos en muchas ocasiones en el terreno de una igualdad mediocre.
Encontramos otros tópicos, como la disconformidad con quienes somos, las dudas y el temor de no cumplir con las expectativas del resto, haciendo lejanamente responsable a la suerte —tal vez la única villana o la mayor responsable de los humanos desencuentros—. Desde ese punto a la autocondena hay solo un paso. Aparece el malestar por no lograr el amor de una huidiza mujer, o no alcanzar los cánones que exige el sistema en que se incluye a «la gente de bien».
Aunque los temas despliegan pródigas cuotas de acidez, no todo termina mal. Me atrevo a decir que, en el fondo de esa ironía, se encuentra la esencia de un honesto optimismo, que se afirma en la confianza de haber observado clínicamente el mundo y las conductas humanas que lo habitan.
Si la literatura busca originalidad, Quezada nos brinda con creces ejemplos que alimentan tal premisa. En títulos como Mildred y Jacobo, La mujer más bella del mundo o Garú y el Tercer Ojo, hallamos elementos de género Fantástico en unos y de Ciencia Ficción en otros.
Mildred y Jacobo es una metáfora de lo experimentado durante la pandemia de la COVID. Trata de la conmoción psíquica que ocasionó el encierro por la cuarentena. El protagonista sufre una especie de delirio, que lo lleva a ver cosas extraordinarias. Expone la necesidad imperiosa de los humanos de relacionarnos con otros seres.
En Garú y el Tercer Ojo, una niña sufre en clases por el desprecio de sus compañeros, fenómeno cada vez más frecuente, llamado bullyng.
El cuento de El niño que fue un gato, presenta varias temáticas, pero quiero destacar dos de ellas que considero más relevantes: tiene un lado tierno e inocente en la singular existencia del niño y en su relación con el felino, sumado a la actitud amistosa de este último; y por otra parte, el relato nos pone en contacto con una cuestión seria como es la creciente dificultad de las mujeres para engendrar, la problemática de una procreación esquiva, una realidad cada día más frecuente, que requiere de la fecundidad asistida y la recurrencia a centros médicos especializados para lograrlo.
Con sensibilidad y conciencia social, el libro aborda asimismo los prejuicios por la apariencia física; la tecnología que interviene en la vida humana; la aparición de nuevos lenguajes entre los marginados y entre los jóvenes de todo grupo social, simbología que emerge en una época de desesperanza y confusión.
El deseo de trascender a cualquier costo está presente en el personaje de José en La borrachera; la osadía del mandamás, jefe de quién sabe qué organización, que se relame en el delito y la codicia, o el mirón a quien le encomiendan, precisamente, encontrar el rastro de este delincuente de alta alcurnia en el cuento El coleccionista de rostros.
También hallamos materias como la indigencia; el deseo de vivir aislado porque la sociedad limita, impide, y a la vez lastima con sus exigencias; la máscara de un hombre poderoso que oculta la incapacidad de amar; la búsqueda de la mujer perfecta; la adolescencia tardía; el futuro incierto.
El último texto, Asesinato en la Sociedad de Escritores de Chile, es un relato policial escrito en primera persona, rico en descripciones de sus escenarios como en los perfiles de sus personajes, con generosas impresiones sobre cada hecho o incidente de la historia.
Es una sucesión de episodios, con una factura dinámica, que no permite distracción debido a lo nutrido de la trama. Muestra la ambición de un escritor que aspira lograr el éxito a cualquier costo. La investigación del crimen se desarrolla a la par de sus devaneos amorosos, agraciado galán para más de una mujer, precisamente una que, aunque no confiesa la predilección que siente por él, finalmente le abre la puerta de su presente.
Estamos en presencia de cuentos atractivos y verosímiles, con instancias que puede experimentar cualquier ser humano, en cualquier geografía.
Una vez más, Iván Quezada nos lleva a su universo, en escenarios descritos con vivos colores literarios, rico en situaciones graciosas como una travesura, con su sello especial que ya conocemos.
OLGA CRISTINA LAUDANI
Nació en J.B.Molina, provincia de Santa Fe, Argentina. Residió veinte años en Villa Constitución. Actualmente vive en San Nicolás.
Activa en el Taller de Narrativa que coordina el escritor Piero De Viccari. Ha participado en encuentros literarios, ferias del libro y festivales de microficción. Fue miembro de la AEN Asociación de Escritores Nicoleños durante seis años.
Libros: Hay amores que brillan, 2004; De trigal y de magnolia, 2010; Jugar en el techo y otros cuentos, 2020; Nosotros, historias de barrios nicoleños, antología, 2020; Cuenticos, antología para niños, 2023; en papel.
Bitácora de cielos, cuentos, antología, 2021; El cocinero de Esculapio, microficciones, 2022; y participó en las antologías En pequeño formato, Insectos y Niños, en versión digital, editadas por EOSVilla.







Emotivo y crítico. Es un gran relato picaresco.