Por Xue Mo

(Traducción de Liliana Arsovska)

El viejo de Xinjiang comenzó a recoger su puesto. Aún era temprano, el sol apenas se había inclinado; ni era rojo ni brillante, parecía hielo lechoso. Ráfagas de aire envolvían la tierra amarilla. Las hojas secas y el frescor anunciaban el sabor del otoño. El viejo terminó de recoger la fruta y los huevos. Eso de puesto era mucho decir: apenas eran dos cestos y dos pedazos de cartón. Encima de uno, apiladas, unas cuantas peras, muy maduras ya. Las tocabas y por su delgada cáscara escurría jugo fresco que, dicen, puede despejar la tos. Encima del otro cartón yacían algunos huevos, y esa era toda la vendimia, fácil de poner y de recoger. La fruta la había comprado a cuarenta centavos por libra y la vendía a cuarenta y cinco. Los huevos le habían costado veinte centavos cada uno y los vendía a veintidós. No ganaba mucho, apenas lo suficiente.

Levantadas las canastas, se dirigió hacia el este del pueblo. El hombre era alto y muy delgado, por lo que su larga sombra asemejaba una cucaracha que escalara un monte.

—Viejo de Xinjiang, ¿a dónde vas? —le preguntó alguien y el resto miró el destello que despedían sus ojos húmedos.

—A casa de ella —contestó.

Sabiendo de antemano quién era “ella”, siguieron:

—¿Vas a dejarle dinerito? Hmmm… ¿Y qué te dará a cambio?

Mientras uno preguntó, los otros rieron. Xinjiang quería esquivarlos, pero lo rodearon.

—¿Y aún puedes?

Se detuvo, dejó la canasta en el suelo, se puso en cuclillas en el suelo y respondió:

—No digan estupideces, yo ya estoy viejo.

—¡Viejo! —reviró alguien—. Si retuerces un poco la cuerda, podrás. No servirá el aparato, pero aún sirve la mano, aunque sea para quitarle lo goloso.
El viejo de Xinjiang decidió no hacerles caso. Tomó la cesta y, como conejo, se irguió de un salto.

—Es una vergüenza que pases tanto tiempo sin hacerlo —remataron riendo.

Sus pasos eran recios, caóticos. Quería flotar, pero aunque el corazón aún era fuerte, las piernas no respondían. Se detuvo, soltó el cesto, estiró el cuerpo y dobló la cintura hacia atrás cuando oyó una voz suave:

—Abuelo de Xinjiang, ¿a dónde vas?

Sonrió y su rostro se iluminó. Sin responder la pregunta del niño, sacó algunas frutas de la canasta.

—Venga, mi bolita, el abuelo te dará fruta.

El niño la tomó y, mientras la devoraba, chupaba el jugo que escurría en sus dedos y en su carita. El viejo de Xinjiang lo miraba, sonreía y, sin darse cuenta, masticaba como si fuera él y no el niño quien comía la fruta.

—Muchacho, ¿cómo es que de nuevo le has pedido fruta al viejo?

—Oye, ya no les des frutas a los niños. Dos acá, tres allá, ¿qué va a quedarte para vender? —dijo un hombre de la etnia Han que tenía el rostro muy enrojecido.

—No pasa nada, es sólo un niño. Soy un viejo solitario. Dos prendas de ropa al año y dos comidas al día son suficientes para mí. No te preocupes, ya me voy.

—¿No te sientas un rato en casa?

—No, gracias. Ya me voy.

La casa de “ella” estaba muy deteriorada. La pared descarapelada parecía tener psoriasis. Ella, con la cara y la ropa cenicientas, reparaba el kang. Dejó la pala.

—¿Llegaste? —le preguntó.

—Llegué —contestó y entró al cuarto oscuro, pues la única ventana tapada con papel no dejaba entrar la luz. Un anciano de ojos rojos fumaba al lado del kang. Cogía un tallo de tabaco, lo quemaba con la lámpara de aceite, inhalaba y sacaba humo por la nariz. Al ver entrar al viejo de Xinjiang, se hizo a un lado.

—¿Llegaste? —murmuró.

—Hm… —balbuceó el viejo. Se sentó en un banco y se quedó inmóvil como una piedra.

—¡La cosecha de este año no es buena! —exclamó el viejo de ojos rojos.

—Sí, la cosecha de este año no es buena —refunfuñó el viejo de Xinjiang—. ¡Quién sabe cómo será el próximo!

—Sí. Quién sabe cómo será…

—Estos días, hm…

—Sí, estos días…

Ella entró a la casa sacudiéndose la tierra y la ceniza. Miró al recién llegado.

—¿Hace frío? —le preguntó.

—No tanto —respondió aquel.

—Es tiempo de usar el abrigo.

—Sí, ya es tiempo.

—Hay que lavar tus cobijas.

—Sí, hay que lavarlas.

—Mañana tengo que barbechar las verduras. Lavaré tus cobijas pasado mañana.

—Pasado mañana está bien.

—Lávalas mañana. Yo barbecharé. Estos días el clima cambia mucho —dijo el hombre de ojos rojos.

—Bueno, será mañana entonces.

El viejo de Xinjiang sacó un billete de diez centavos.

—No tengo más. En los últimos días son pocos los marchantes. ¡Úsenlo! Es hora de cambiar sus trapos rotos, la gente se burlará de ustedes —afirmó y puso el billete en el kang—. Ya me voy.

—Quédate a comer, haré fideos —dijo ella.

—No, iré a que me inyecten, me siento algo resfriado.

—Es hora de usar abrigo —añadió la mujer.

—Sí, es hora —contestó y salió. Nadie lo despidió.

La choza era caliente, pero al salir a la calle hacía frío. Estornudó varias veces y sintió insectos treparse en su nariz.

“Debo inyectarme”, pensó mientras encogía sus hombros. “¡Vaya que hace frío y las enfermedades arrasan! Este año no puedo permitirme el lujo de enfermarme. Pero si me enfermo, ni modo”, elucubraba el viejo cuando de repente soltó varios estornudos muy sonoros.

No había mucha gente en la casa del doctor Wang: dos hombres y un bebé. Tomó una fruta, se la ofreció al infante y se sentó. Pensó que aquellos dos hombres también se burlarían y le preguntarían si había hecho aquello, pero no dijeron nada, sólo se dedicaron a mirar al niño comer.

“¿Les daré fruta a ellos también? No, no vale la pena”, se decidió a la vez que aquellos metieron la mano en la canasta y, sin permiso, tomaron cada uno una pera.

—¡Coman, coman! La pera madura ayuda a dispersar el calor -—comentó, y en eso vio al doctor Wang—. Vengo por una inyección de penicilina, es la única que me cura.

—¿Te resfriaste? ¡Pero no te quedas quieto, hombre! ¿Te fuiste de parranda? Querías liberar tus calores internos, ¿verdad? —El doctor Wang se echó a reír.

—¿Cómo puedes decir esas tonterías, doctor Wang? —El viejo se sonrojó—. Ellos son pelados, déjalos que hablen, pero tú eres un hombre culto.

—¿De verdad no lo hiciste? —preguntó el doctor, ahora serio.

—¿Cómo crees? ¡La mujer ahora es de otro! Eso sería una falta total a la moral —dijo el viejo mientras gotas de sudor escurrían en su rostro—. ¡Hay que tener algo de decencia!

El doctor Wang lo miraba mientras le examinaba el pulso.

—Antes era tu mujer. No pasa nada si lo hacen de nuevo.

—Antes… eso era antes —murmuró el viejo con su cara, sus ojos y el sudor de la frente de color gris.

—¿Cuántos años tenías cuando los enlistaron a la fuerza?

—Veinte.

—¿Un día después de casarte?

—Hm.

—¿Es cierto que regresaste corriendo de Xinjiang? ¿Jamás te subiste a algún transporte?

—¡Hm!

El viejo de Xinjiang tenía demasiada pereza para hablar, pues le habían preguntado lo mismo cientos de veces. Preguntas tú, pregunta él, ella, ellos. ¡Qué molesto! ¿Por qué tenían que preguntar siempre lo mismo?

Tenía veinte años entonces, o tal vez diecinueve, ya no recordaba. Todo era tan lejano y borroso, parecía un sueño. Sólo recordaba que Xinjiang estaba muy muy lejos. Cuando lo pescaron, ¡ya ni remedio!, había mucha gente y ni siquiera tenían cuerdas para amarrarlos. Agarraban a todos. A él lo sacaron del cuarto nupcial y lo metieron al cuartel militar. Caminaron y caminaron, años tal vez. Cuando le dijeron que habían llegado, nadie sabía cómo era Xinjiang. A él nada le importaba. Pensaba únicamente en su mujer. Ni siquiera tuvo tiempo de verla bien, aunque ya era su esposa.

Y entonces decidió huir. Lo intentó un par de veces, lo agarraron y lo golpearon casi hasta la muerte. En el quinto intento lo logró y regresó a casa corriendo. ¿Cuánto corrió? Jamás lo supo. Sólo corría de día, de noche, dormido, despierto. Quizás corrió un mes, o un año, o varios años… Finalmente llegó a casa. ¿A quién le importaba eso? ¿Quién pensaba en esas cosas? Cuando regresó, su esposa ya era de otro. El hermano de él, su propio hermano, la vendió, pues no podía mantenerla y, además, pensó que él estaba muerto, así que la vendió. Ella era ya la mujer de otro y él no tenía dinero para recuperarla, así de simple. Aquel no era malo, ella lo siguió y ni modo. ¿A quién puedes culpar? Las cosas son así y ya. “Pero la gente pregunta una y otra vez. ¡Qué latosa es!”, se decía.

Antes de pincharlo, el doctor Wang quiso buscarle la vena.

—Mi piel es vieja, hazlo y ya —le dijo.

—No —respondió el doctor, obligándolo a estirar el brazo—.

—¡Qué pena, hombre! Sólo dormiste una noche con ella —añadió.

El viejo sonrió mientras pensaba: “Ni siquiera una vez, aquella noche le llegó la menstruación”.

—¿No culpas a tu hermano?

—Ni modo, así es la vida. ¿Para qué sirve el resentimiento?

—¿Y por qué no buscaste otra?

—Ni modo, eso me tocó vivir. ¿Para qué buscar otra?

El viejo entrecerró los ojos y, apenas desde el rabillo, miró el cielo afuera de la ventana, los árboles, las hojas amarillas que flotaban y caían al suelo. Su rostro asemejaba una estatua de madera. Aquella conversación, tal parecía, no tenía nada que ver con él. Después de ver sus brazos, el doctor Wang le pidió bajarse los pan­ talones. Él obedeció, revelando dos nalgas puntiagudas mientras le pedía al doctor pinchar la carne porque la última vez le había pinchado el hueso y le había dolido durante varios días.

—¿Cuál carne, hombre? —dijo sonriendo el médico—. Jalo tu piel y tiene tres pulgadas de largo. ¡Ponte a comer y deja de meterte con cualquier vieja! ¡Ponte de acuerdo con tu socio! ¡Ella quiso largarse con él, ahora que se aguanten!
El viejo no contestó.

—Además —siguió el doctor—, no te desgastes demasiado al hacerlo. Exagerar daña al cuerpo.

—Otra vez con lo mismo —respondió el viejo—. ¡Pero si tú eres un letrado, hombre!

El doctor Wang soltó una risita de pollo. Con una mano levantó el cuero viejo de aquel trasero y con la otra clavó la aguja.

—Esta vez le atinaste a la carne. No me dolió tanto —añadió el viejo.

El doctor rio de nuevo. Como veterinario que golpea el trasero de un caballo, dio unas palmaditas en aquellas nalgas afiladas y afirmó:

—Levántate, no vayas a romper el tablón.

—¡Ay, no me pegue! Me dolió.

—Tus nalgas parecen campana, las tocas y suenan.

Entró a su casa y dejó la cesta, por cierto, ya mucho más liviana. Se angustió pensando que los últimos días asoleados del año le habían servido de poco, pero de inmediato meneó la cabeza: “¡Lo importante es estar vivo! ¿Para qué quiere uno tanto dinero?”, se preguntó.

Su casa no era grande: kang, ventana de madera y paredes negras, grasientas, cenicientas. El papel amarillento de la ventana dejó la casa a oscuras. A él no le gustaba mucho la luz. Cierras la puerta y la casa a oscuras parece un hogar. Todo el mundo se queda fuera.

Sintió algo parecido a agua tibia en el corazón. ¡Qué bonito es tener casa! Te protege del frío, de la lluvia y del chismerío de la gente.

Él le temía a la gente. Durante todos esos años se esforzó en olvidar, pero le preguntaban y otra vez venía todo a la mente, apachurraba su corazón, oprimía su cuerpo. Encendió el fogón, se puso a rebanar un camote de cerro, lo metió en la olla y en un instante se ablandó. “Lo tocas con la lengua y se resbala hacia la garganta”, pensó. Hacía tiempo que se había quedado sin dientes, por lo que le costaba trabajo masticar y digerir la comida. “Cortas el camote de cerro en rodajas gruesas, se cuecen rápido, las coges con los palillos sin que la mano tiemble. Aunque, eso sí, cada vez soy más torpe”.

Una raíz de camote de cerro se quedó entera, pues ya no quedaba lugar en la redonda tabla de cortar de unas cinco pulgadas. Esa tabla tenía ya varias décadas, pero le gustaba, estaba acostumbrado a usarla. Las verduras son cosa buena: las cortes como las cortes, no se resbalan. El carpintero Chen cada rato le recomendaba comprar una nueva, pero ¿para qué? En tantas décadas, los demás habían cambiado un montón de tablas y él aún usaba la misma. Era buena, pues al pasar los años apenas había adelgazado un poco. “Lo cual es bueno”, pensó, “así es más ligera, mientras yo me hago más viejo para cargar”.

Al terminar de cortar las raíces, analizó la estufa de barro; la flama ya estaba lista. Puso la pequeña olla, mojó los palillos en el aceite y los sacudió en el agua caliente. En un abrir y cerrar de ojos un exquisito olor invadió el cuarto. El aceite de lino olía mucho mejor que el de colza, pero, cuando no alcanza, el de colza también llena todos los orificios del cuerpo. Y cuando no hay aceite, el camote de cerro sabe igual de bueno y ahora casi nunca falta. En aquellos años sesenta había escaseado, pero había borrajas y, ni modo, también con eso se puede sobrevivir. Eran muchos los que habían muerto de hambre en esos años, pero él había sobrevivido. ¡Qué suerte! ¡Qué hermoso es estar vivo!

¡Qué agradable era el sonido del camote en la olla! El absoluto silencio del cuarto lo interrumpían, sólo a veces, sus murmullos. El hervor sonaba mejor que la voz de la mujer más encantadora en cualquier estación de radio, aunque, claro, la voz de una mujer también es hermosa. El viejo de Xinjiang era alérgico a los gritos de la ópera Qin. Lo bueno era que hacía tiempo que no tenía radio, por lo que podía ahorrarse aquellos aullidos. El glu, glu, glu del agua hirviendo le gustaba, sólo que cada rato tenía que agregar más líquido a la olla. La guardaba en un barril donde antes tenía soya. Al acabar de venderla se había quedado con el barril a cambio de diez huevos y lo había llenado de agua. De eso también habían pasado decenas de años. Si hubiera sido una persona, ese barril ya habría tenido hijos, nietos, pero, al igual que él, estaba muy solitario y nunca había parido a un barrilito. La negra y grasienta boca del barril, claramente no muy grande, tenía el diámetro de un tazón. Con tres tarros lograba llenarlo y le alcanzaba para tres días. Cuando eres viejo comes poco, bebes poco y el agua te alcanza para tres días. Antes, era suficiente para sólo dos días, y cuando era aún más joven apenas le duraba uno. Fue por el agua que se dio cuenta cuán mayor estaba. Mientras pensaba que ya era viejo, recordó los últimos versos de una ópera:

Pasaron sólo dieciocho años, pero yo, Wang Baozhen, envejecí.
¡No pasa nada! Los años pasados los viví, nadie me los robó, sólo que pasaron tan rápido, como sueño, sin ton ni son.
¡Sin remedio! ¡Todos nos hacemos viejos!

Se sirvió agua en un cuenco. Con cada comida un cuenco. Ese cuenco, sin orejas y con muchos años encima, flotaba dentro del barril. ¡Qué bueno que no tenía orejas! Aunque al principio sí las tuvo; lo llenaba de agua y lo ponía en el fogón para preparar té. Pero un día aquel gato de nariz blanca lo tiró al suelo. El cuenco se había descarapelado y de paso se quedó sin extremidades. ¡Qué bueno! Así podía entrar en el barril, pues otros tazones no cabían. “En este mundo hay tantas cosas difíciles de entender”, pensó. “Tener orejas tiene sus ventajas; no tenerlas, también, y no es fácil saber cuáles ventajas son mayores. A todas las cosas del mundo les pasa lo mismo”.

El viejo de Xinjiang tomó el cucharón que estaba encima del barril y llenó el cuenco. Se lo había regalado un estudiante. Antes, cuando no tenía el cucharón, abría los cinco dedos, se agachaba, inclinaba el barril y llenaba el cuenco. Había hecho eso durante muchas décadas, pero, desde que aquel estudiante había hecho dos hoyitos, insertado una cuerda y colgado aquel cucharón en el barril, ya no necesitaba inclinarlo para servir agua. Era un adelanto, pero sin él la vida también giraba. Viertes el agua en la olla y ya.

Quiso amasar la harina y buscó aquel platón de porcelana descarapelado, grueso y pesado, pero, eso sí, muy resistente, tan resistente que lo podías usar para todo, para comer, para amasar, y así evitabas comprar utensilios para cada cosa. Colocó harina en el platón, agregó tres dedos de agua, le dio unas vueltas a la masa y listo. Puso la masa sobre la tabla de picar, la aplastó, formó tortillas gruesas y las cortó en tiras uniformes. Luego tomó una tira y la estiró, porque con el caldo espeso van las tiras largas y con el aguado, las cortas.

¡Cuántos años! ¡Vaya que estaba viejo! Al no poder digerir los caldos espesos, había comenzado a sorber caldos aguados, transparentes. Caldo y más caldo, ¡qué comodidad! Además, no gastas mucho. Te sientas en un banco, miras la luna y las estrellas, ¡qué comodidad! Amanecía y anochecía, las hojas enverdecían, se tornaban pálidas y caían. Los años pasaban y nadie le podía hurtar aquella comodidad.

El crepúsculo se asomaba, la oscura noche se asentaba y la comida estaba lista. El viejo de Xinjiang sirvió un tazón, se sentó en el umbral de la puerta y se puso a comer. ¡Qué melodía! El caldo del tazón se evaporaba, su frente sudaba a chorros.

Ante él estaba un tazón igual de lleno. Era para su amigo, el perro negro que a esas horas venía corriendo desde la casa de su mujer, pisando la tenue luz de la luna e imprimiendo flores de ciruelo por todo el camino. Cuando terminaba de lamer su tazón comenzaba la charla silenciosa entre ellos. Ese era el instante más feliz del día, pues el viejo de Xinjiang lograba olvidar su ser, al perro negro y a la gente del pueblo.

Xue Mo

Xue Mo 
Escritor chino, cuyo verdadero nombre es Chen Kaihong. Nació en Liangzhou, provincia de Gansu. Es también calígrafo y promotor cultural, miembro de la Asociacion de Escritores Chinos y vicepresidente de la Asociación de Escritores de Gansu, institución que lo ha reconocido como “vocero artístico de su tierra natal». Autor de las novelas Sacrificios del desierto. Cazando el origen, El paso del tigre blanco, La maldicion de Xixia, El lobo gris de Xixia, El inmortal corazon de diamante, entre otras. También es conocido por sus obras de no ficción, basadas en su amplio dominio de diversas escuelas filosóficas. Sus obras, seleccionadas por el Anuario de Literatura China y Serie de Nueva Literatura China, han ganado el Premio de Literatura Feng Mu, el Premio de Excelencia de Shanghai, el Premio de Literatura Da Hongying y el Premio Erdos de Literatura, entre muchos otros.