Por Omar López

En medio de una jornada de aseo general casero que es una costumbre insalvable cada quince días en nuestro domicilio y donde tengo a mi cargo todo el segundo piso, descubrí en la ventana de la habitación- biblioteca, un escenario tan elocuente en sus formas como silencioso en el fondo: una abeja atrapada entre las poderosas redes de cierta araña que posiblemente nunca logre ubicar, pero cumple a cabalidad su tarea de supervivencia. Seguramente la abejita, ya sin vida y algo reseca por el sol también estaba en vuelo de reconocimiento para cumplir con la mantención de su panal y asegurar la descendencia, cuando tuvo la mala fortuna de ingresar a nuestra habitación y caer en la “trampa” de fina y perfecta arquitectura. Tan delgados los hilos, tan enmarañada la geometría de la tela que se sostiene entre los barrotes de la reja de protección que a simple vista no se distingue y pareciera que el cielo azul y la tranquila mecedora de la brisa primaveral, acunara dos orillas: la de la vida y la de la muerte.

Por asociación espontánea, recordé las redes cotidianas e invasivas de la gran y universal maquinaria que hoy nos domina con eficacia y doctrina: imaginé patas de miles de satélites tejiendo redes de acero tan invisibles como invencibles. Y construidas por nidos de arañas con hambre de esclavitud y poder sobre millones de seres humanos que dicen ser libres, sanos, únicos y dioses de… la nada. Porque después de todo, creo que hoy por hoy, anda mucha, mucha gente muerta caminando; mucho, mucho vagabundo de ideas e intenciones; mucha soledad acumulada en los ojos y en las manos; mucha desolación privada que oxida sombras y paisajes; mucha tontería disfrazada de creencias lucrativas y poco o nada de serenidad elocuente y pensante.

Luego, pareciera que ser feliz es un asunto de magia o de seducciones peligrosas… las drogas por ejemplo, es un castillo de cristal duro que más temprano que tarde se hunde en el pantano de la estupidez, la locura o la muerte. Y si es tan buen negocio y expansivo es porque existe una población que no soporta la angustia del sistema social en que vive y cree que las porquerías que inhala, lo… “libera”. Esa gente sí que está atrapada como una mosca o cualquier insecto en una negra red de araña, en este caso, con domicilio conocido: LA IGNORANCIA DE SÍ MISMO.

No es la idea ser pesimista respecto al “género humano” pero las estadísticas y las tendencias de destrucción de la naturaleza y de la auto destrucción del hombre, son alarmantes… y por eso, los ambientalistas, los pacifistas, los soñadores, los bondadosos, los gentiles, los “ingenuos”, los amables, los soñadores, los idealistas y los sensibles… son grupos-islas o tal vez invisibles personas que no ocupan primeras planas ni “marcan tendencias” ni venden sus cuerpos o sus desgracias o sus intimidades o sus fantasmas en las redes.
Dejemos entonces, que la historia hable y sea tan precisa y gráfica como la abejita de alas abiertas y estática en proceso de descomposición y olvido; como hoy ocurre en forma tan dramática en Gaza, Ucrania y algunos países africanos.

Eso sí, los insectos y los animales no son racionales… más bien, otro tipo de víctimas.

Puente Alto, domingo 26 de octubre 2025