Por Jorge Muñoz Gallardo
Puedo asegurar, sin faltar un ápice a la verdad, que soy inocente. El diablo es el único responsable. Cierto es que el rey nació como un niño débil y raquítico, pero lo que le sobrevino después no fue cosa natural. Aunque la reina, que nunca me tuvo simpatía, trató de culparme de la muerte de su marido, provocada por el demonio según mi opinión y la de mi compañero de la orden de los capuchinos, cosa que sostengo con total convencimiento. Fallecido su esposo, la reina viuda Mariana de Neoburgo, me responsabilizó de la prematura muerte del rey, guiada por una injustificada odiosidad hacia mi persona. Yo era el confesor del monarca y tenía mucha influencia en la corte, no lo voy a negar (una corte llena de intrigas, de oscuras ambiciones), pero jamás habría atentado contra la vida de Su Majestad a la que serví lealmente y según mi recta conciencia. La reina movió sus contactos en Roma, utilizó su poder político para que yo fuera sometido a juicio, al final lo consiguió. Sin embargo, fui declarado inocente, pues quedó probada la buena fe de mi proceder a la hora de aclarar la causa de la terrible muerte de Carlos II, que pasó a la posteridad como «el Hechizado». Creo que por algo fue.
He aquí los hechos:
Me llamo Froilán Días, soy un sacerdote dominico que ha dedicado su vida al estudio de las sagradas escrituras y la fe, también me dediqué a la práctica del exorcismo para liberar a esos pobres seres que caían en las garras de la potencia infernal. Acompañado del capuchino alemán Mauro Tenda, un famoso exorcista de la época cuyos servicios fueron requeridos en la Corte madrileña, aproveché la ocasión para mantener un extenso y dramático diálogo con el demonio; diálogo que sacudió hasta las últimas fibras de mi ser y jamás olvidaré. En una carta dirigida a mis superiores, fechada el 9 de septiembre de 1698, relaté aquella conversación en la que el mismo Lucifer me aseguró que el rey Carlos II había sido víctima de un hechizo tras ingerir chocolate, su golosina favorita. No se trataba de un chocolate cualquiera, de esos que endulzan los labios sonrientes de las damas, sino de uno elaborado con los restos de un hombre muerto, con polvo de los sesos del fallecido para quitarle la razón al monarca, y jugo de los riñones, para dañarle el fluido seminal y evitar que pudiera tener descendencia. De quién se valió el diablo para confeccionar el maldito alimento, nunca lo sabremos, el servicio de cocineros y criados de la corte estaba formado por numerosos individuos cuya probidad es imposible determinar. Todo esto yo lo presencié, quiero decir los espantosos efectos de la enfermedad, o mejor expresado aún, del hechizo diabólico que destruyó el cuerpo y la mente del rey.
Su agonía fue lenta, muy dolorosa para quienes estábamos junto a él. En el lecho, cuyos cortinajes apenas dejaban pasar la luz del día, permaneció tendido el desdichado Carlos II con el rostro macilento, terriblemente demacrado, hasta el mismo instante en que entregó el alma. Su mandíbula inferior, sobresaliente, que en la niñez había maltratado los pechos de sus catorce nodrizas que aullaban de dolor cuando mordía sus pezones, delataba el prognatismo heredado de los Habsburgo.
Su rostro alargado, los ojos, más bien pequeños, de color azul, el cutis, fino y amarillento, el cabello rubio, largo, peinado hacia atrás; era una imagen que verdaderamente conmovía. A la cabecera de su cama nos manteníamos dominados por la compasión los dos sacerdotes que una semana antes habíamos exorcizado a las monjas poseídas de Asturias. El monarca reaccionaba profiriendo alaridos desgarradores y blasfemias, que me hacían temblar, mientras su cuerpo consumido se retorcía con espantosas convulsiones, estremecido con el agua del exorcismo que nosotros derramábamos sobre su cabeza dilatada por la enfermedad. Sólo Dios sabe cuánto deseábamos que el exorcismo lo liberara de las envenenadas redes del demonio. Cuando soltó el último suspiro un cuervo se posó en el alfeizar de la ventana y lanzó un graznido que resonó como una carcajada burlona, obligándonos a hacer la señal de la cruz. Entonces recordé las palabras de Séneca: “Así este continuo y apresurado viaje de la vida, en que vamos a igual paso los dormidos y los despiertos, no lo conocen los ocupados sino cuando se acabó”. Pero, en el caso del desdichado rey no hubo grandes ocupaciones, si estuvo siempre dormido, no lo sé.
En la morgue del antiguo alcázar de Madrid, aquel cuerpo inerte de tan sólo treinta y ocho años parecía el de un anciano decrépito. Después de abrirlo, mi amigo, el eminente doctor Aparicio García Cáceres, comprobó con asombro que en su interior no había una gota de sangre, según hizo constar luego de su puño y letra en el informe respectivo. Sólo la cabeza deformada y enorme estaba llena de agua, como consecuencia de la alteración monstruosa de sus tejidos y órganos. Acto seguido, el galeno extrajo del cuerpo el corazón reducido, por alguna causa desconocida, al tamaño de una almendra, según sus palabras, también comprobó que los pulmones estaban corroídos y los intestinos, putrefactos y gangrenados. También observó que el muerto tenía un solo testículo reseco, negro, como si lo hubieran quemado. Después de terminar la autopsia el doctor García, que estaba muy conmovido, me confesó que en toda su vida nunca había visto algo igual y no tenía explicación desde el punto de vista médico.
Cuando todo eso sucedió, yo tenía treinta años, el pelo negro, la piel tersa, el corazón lleno de energía y entusiasmo. Gozaba de prestigio, de consideración, entre los miembros de mi orden. En la corte, que como dije antes estaba dominada por las intrigas y las tensiones provocadas por una ambición desmedida, contaba con la confianza del monarca. Ahora que ha pasado el tiempo, que todo eso es un triste recuerdo, y creo que me falta muy poco para abandonar este cuerpo mortal, anoto esta historia en mi diario con la esperanza de dejar un testimonio digno de algún crédito. Mientras escribo sigo pensando que el rey Carlos II fue víctima de una acción demoníaca, de otra manera no me explico el terrible estado en que lo vi agonizar y morir. Habrá quienes lean estas páginas cuando ya no esté en este mundo, tal vez sonreirán incrédulos, pensando que esto es producto de mis creencias religiosas, de la imaginación, dirán que no guarda ningún vínculo con la realidad. Claro, la existencia de una entidad diabólica capaz de disputar un alma al mismo Dios es difícil de aceptar. Pero, a ellos les digo: yo estuve ahí, junto al hechizado. La figura de aquel cuervo siniestro todavía revolotea en mi memoria.






Emotivo y crítico. Es un gran relato picaresco.