Por Omar López
Puente Alto, martes 24 de junio 2025
Si existe algo que se parece a la alegría, ese algo es el hecho de conocer nuevos y buenos amigos: Carlos López, taxista porteño de tomo y lomo, es de aquellas personas que hace de su anonimato y circunstancias una obra de arte humano y cuya grandeza consiste en trabajar y vivir en función de hacer felices a toda persona que tenga la suerte de recurrir a él o que simplemente, bajo el imperativo de su bondad, tienda su mano oportuna y necesaria para resolver algún problema o, por último, acompañarlo en su desgracia. Carlitos, desde la plenitud de sus setenta y cuatro años, es ágil, simpático, honesto y servicial en el mejor sentido de este concepto, en el más digno, el más escaso en tiempos donde el individualismo y la indiferencia es el sello marcado a fuego sobre la piel de una sociedad que día a día se autodestruye en una frenética competencia por estar sobre los demás, en dinero y en poder.
En el mes de mayo del presente año estuvimos un fin de semana en el puerto de Valparaíso en casa de una (también) nueva amiga. Ella nos invitó a su casa y fuimos muy bien atendidos, con demostraciones de afecto e impecable hospitalidad. Carlitos, por su parte, asumió con exquisita bondad y generosidad un papel de guía y maestro en increíbles recorridos por cerros y calles de inesperadas y cerradas curvas con subidas y bajadas tan pronunciadas como el tobogán de cualquier plaza, hecho que, nos hizo redescubrir al verdadero e intrincado paisaje porteño, con sus luces y sombras; con sus miserias y sus tesoros. Un as al volante por supuesto, pero además, un hombre en extremo generoso, de aquellos que no se fijan en gastos ni evitan un gesto solidario en todo momento: con los bencineros, a la hora de cargar combustible; con sus invitados en el costo del almuerzo; con su vehículo en el momento de los traslados y con una permanente sonrisa como respaldo de sus tallas y anécdotas.
Él es un hombre que vive solo hace varios años y dicha condición la comparte con un perrito que, intuyo, es la otra orilla de un mundo paralelo pero único en comunicación y lealtad a toda prueba. Esa unidad de noches o crepúsculos en la cual los puentes del silencio se extienden desde los ojos a la caricia y desde el ladrido a la llegada cotidiana los convierte en un ejemplo de belleza habitable y poética que rara vez se alcanza. Ambos, son personajes de un cuento inmortal que si estuviera bajo la pluma de un Manuel Rojas o un Fedor Dostoievski y cualquiera de ellos rescatara la esencia y simbología de esa complicidad, de ese pacto tácito entre dos seres vivos, dicha historia alcanzaría vuelo universal.
En definitiva, es solo otra grata y mágica casualidad el hecho del apellido y la edad que compartimos con Carlitos López y demuestra que el azar funciona con inexplicable exactitud cuando la vida nos entrega premios de plena humanidad; más valioso que cualquier pozo de lotería o mesa de ruleta; la amistad que surge fresca y limpia de cálculos o temores nada más que certifica, el ejercicio del optimismo o el recordado carpe diem que alguna vez fue la consigna, la hermosa e imperativa consigna en la película (de soberbia factura) “La sociedad de los poetas muertos”.
La personalidad de Carlitos hace renacer, sin que él se lo proponga, a una gran mayoría de esos poetas.






Emotivo y crítico. Es un gran relato picaresco.