Nicolás Foti nació en Paraná, Entre Ríos, Argentina, y creció en la vecina ciudad de Santa Fe. Estudió Bioingeniería en la Universidad Nacional de Entre Ríos, y luego de graduarse se trasladó a Chile.

Actualmente reside y ejerce su profesión de Bioingeniero en la ciudad de Concepción, en Chile, y en los momentos libres se dedica a su pasión: la lectura y la autoría literaria.

En mayo del 2017, la editorial española Chiado, publicó su novela “El espíritu de la estirpe”.

Pueden dejar comentario y/o devoluciones en nicolas.foti@pvequip.cl

LA TUMBA

Nicolás Foti

Ante los ojos inexpertos, la tumba no es más que un cuarto de aislamiento, donde el interno deberá permanecer en soledad por el tiempo que dure el castigo. Solo una tenue luz se asoma, a través de una rendija que se torna inalcanzable, entre dos muros que se van cerrando hacia el infinito en una arquitectura absurda.

Sin embargo, tanto los funcionarios como nosotros sabemos que la tumba no es tan solo eso. Porque bastaría con un candado, o bien con la simple promesa de que el exterior es mucho peor que lo que su imaginación podría alcanzar, para convencer al interno de permanecer allí dentro. Pero los muros son mucho más gruesos, más porosos y más húmedos que los del resto de la penitenciaría. Y esto no tiene relación alguna con el hecho de garantizar la permanencia del penitente dentro del cuarto: En realidad, todos saben que el lugar está infectado con los demonios que logran escapar del cuerpo de los internos, y que allí se esconde la verdadera esencia del castigo. Y ese es origen del placer que sienten los funcionarios al observar el sufrimiento humano, sin entender que también ellos están inmersos en el mismo caldo.

Estos demonios han permanecido encadenados en el cuerpo del interno desde siempre, y en su naturaleza llevan impreso el reclamo de su liberación, y su ferviente deseo de mostrarse ante el mundo. Y son ellos quienes poseen una notable afinidad por los poros de los muros gruesos y los rincones húmedos. Luego de que el interno que les había estado dando albergue es extraído de la tumba, los que han logrado romper las cadenas con el alma del penitente, en una explosión de júbilo intentan huir hacia la libertad. Sin embargo, su naturaleza se los impide, porque cuando un funcionario llega para abrir la puerta, antes de que puedan notarlo, son encandilados por la luz que ingresa con insolencia, y atraídos hacia los muros, con tanta sed por su humedad, que no son capaces de salir del recinto.

Entonces los funcionarios no pueden disimular su placer; de hecho, se sabe que, entre ellos, llegan a echar a la suerte de los dados la posibilidad de presenciar ese momento. Casi siempre su ansiedad los lleva a organizarse en grupos de dos o de tres, aunque no se necesite semejante número de personas para una tarea tan simple como abrirle la puerta a un desdichado. Pero lo hacen así para no tener que esperar por mucho tiempo la posibilidad de regocijarse ante el espectáculo que se puede observar en aquel momento: Llegan a experimentar el éxtasis de la lujuria al ver a los demonios confundidos, creyendo que logran huir, pero que, de inmediato, son impulsados a succionar, insaciables, la humedad hedienta de los muros de la tumba.

Y allí quedan los demonios, luego de que la puerta vuelve a cerrarse, asechando para atormentar al próximo penitente. Los funcionarios en ese momento disfrutan extasiados de su propio engaño, dando por hecho que pueden presenciar todo con total seguridad, a salvo de estas aberraciones, viendo sus propias vidas brillar falsamente en medio de tan obscuro espectáculo. Pero en el fondo, tanto ellos como nosotros sabemos que se mienten a sí mismo. Porque ellos y nosotros somos parte de la misma sopa.

Quienes han estado en la tumba, cuentan que, durante esos días, uno realmente llega a sentir la frialdad de la muerte. Dicen que lo peor de todo es sentir cómo ella va calando en el alma lentamente. En un principio la soledad del encierro atormenta la conciencia del penitente, pero en pocas horas, el interno no puede evitar ser expulsado de la realidad, y es violentamente arrojado al abismo de su alma. Y allí es donde comienza el verdadero infierno, porque es en el alma del condenado donde habitan los demonios que habían estado gobernando su vida, mientras intentaban romper las cadenas de su eterno encierro, y ahora se encuentran con él en su propio abismo para atormentarlo. Es una legión de aberraciones que, al ver la oportunidad de enfrentarse cara a cara contra quien los creó, encuentran el regocijo en la venganza. Son días de tormentos que terminan con la voluntad del interno masacrada, y haciéndole desear su muerte, con tal de no seguir enfrentando a sus propios demonios.

Pero el hombre es animal de costumbre, y justo cuando comenzaba a ser capaz de sobrellevar aquella tortura, y hasta creía poder llegar a convertirse en el jerarca de aquel universo que él mismo había creado, viene un funcionario y le abre la puerta, dejando entrar la luz que lo arrebatará de aquel abismo de introspección, y lo traerá nuevamente a su realidad miserable. Al miserable caldo en el que estamos inmersos. Entonces, el interno termina aferrado a la añoranza de aquella tenue luz que se asomaba, desde el infinito, por la absurda rendija inalcanzable.