por Omar López

Siempre me ha llamado la atención el polvo que se acumula sobre los objetos en una casa. Mejor dicho, sobre toda superficie, incluidos nosotros. Ese polvo tan mínimo como implacable es un plomizo rocío de tiempo, establece arrugas microscópicas; marca una inquietante presencia en las horas trascurridas de días ya pasados al ayer sin mayor escándalo o aquellos momentos que no volverán a repetirse, salvo el polvo que lentamente invadirá el espacio. Las pelusitas debajo de la cama, detrás de un armario o bajo el velador. Esa otra nieve depositada en un jarrón, sobre un libro, en la pantalla del computador o en la mesita de centro es como la eternidad inútil para evitar cualquier riesgo. Sin pretenderlo, contiene vacío y a la vez, misterio. No es cosa de sacudir, barrer o aspirar el polvillo ese. Es mucho más que un detonador de alergias o una manifestación de negligencia higiénica.

Metafóricamente (o en modo cursi) podríamos definirlo como “arena de tiempo” o “ceniza del aburrimiento”, pero en definitiva es el aire que respiramos y que hoy, bajo mascarillas y temores surtidos nos envuelve a pesar de nuestra indiferencia e inequívocamente nos invade desde que hemos sido desalojados del vientre materno y nos seguirá más allá de nuestra muerte. Francisco de Quevedo, ya en el siglo XVII finaliza uno de sus inmortales poemas con estos tres contundentes versos:

“Su cuerpo dejará, no su cuidado;
serán ceniza, mas tendrá sentido;
polvo serán, mas polvo enamorado”

(Fragmento de “Amor constante más allá de la muerte)

Luego, no resulta tan intrascendente el tema. En alguna medida, es como su contraparte el agua, esa materia líquida que nos circunda y nos modela. Somos también húmedos y si se quiere, vaporosos y repentinos de lágrimas y libidinosos de lengua en el mejor de los sentidos. Por lo mismo, la lluvia nos hace íntimos y el mar nos seduce con su boca de espuma. Por lo mismo, una mancha de sangre siempre es más elocuente que una mancha de vino y todo el cifrado que se esconde en las manchas de los muros incitan a develar algún misterio dormido. Pero esto último es para otro punto de partida.

En lo inmediato, pienso en ese polvo que ha cubierto por siglos, sarcófagos, ataúdes, cuerpos embalsamados y fosas comunes, todos bajo sospecha de ser grandes masacres o plagas de distintas índoles. Los huesos como las piedras se van desintegrando y de ahí, su degradación y la conversión lenta pero inexorable y luego se confundirá con la tierra para reiniciar un ciclo nuevo, pero con otras tareas.

Así que, en la próxima limpieza tenga cuidado: No solo está eliminado ácaros que irritan algunas narices o el sistema respiratorio, puede también que esté arrasando a generaciones completas de “hombres notables” y autoridades reales de la época colonial.