Por Hans Schuster G.

La literatura suele ser un espacio incómodo, no sólo para quien escribe, en especial cuando se trata de retazos de la historia colectiva, en donde la realidad es siempre más dramática y contundente. Tal vez por eso el valor de una novela, como la realizada por Rubén González Lefno, sea algo más que perturbadora, al revitalizar los signos que marcaron los contextos y volver a la memoria el trauma histórico desde la perspectiva de la ficción, como una necesidad de asimilar lo ocurrido en la sociedad para re insertar los hechos en recuadros más transparentes o espejeados, en donde no sea posible intentar la imposición del olvido o tratar de esconder por omisión los momentos del dolor histórico y las figuras humanas que estuvieron presentes.

Dicho lo anterior, cabe reconocer que, siendo literatura, la novela LO LLAMABAN COMANDANTE PEPE opera y se manifiesta en distintas dimensiones y sentidos, en que el narrador, a modo de un coro de distintos narradores personaje, enumeran e interpretan los hechos y dan cuenta de la compleja forma en que la violencia política se hace presente en sus páginas y que -al mismo tiempo- interpelan la noción del arte, al proponerse trabajar sobre un elemento de arte novelado que tiende a problematizar los límites de lo público, lo verídico, lo verosímil y la ficción, involucrando al lector en una reflexión sobre su propia experiencia histórica con respecto a las categorías literarias que, supuestamente, están presentes en dichos límites.

El y los personajes en sí mismos suponen una trasgresión a la figura del estudiante universitario y del combatiente, dejando ver distintos grados de conciencia y mutación que se reproducen en la actitud de narrar los hechos en presente, lo cual nos hace ver como lectores participantes de los hechos, en ruptura con el afán de interpretar las convenciones políticas respecto de la pertinencia de rememorar con la escritura el espacio ideológico por donde, sin duda, se vincula la condición del arte.

Los diversos territorios pasan a ser personajes: Valdivia, Coñaripe, Liquiñe, entre otros. Son extensión e implementación espacial de aquello que al escribir se intenta reproducir, para darle verosimilitud a las descripciones con pretensiones de neutralidad real, y es allí donde los retazos de la historia contada van hilando, con acercamientos a las descripciones del paisaje y del entorno rural y urbano, el desafío de resignificar a los personajes que dedican sus actos a la acción política, hasta que el soporte mayor personaje de apellido Liendo, también llamado Pepe -aunque su nombre real es Gregorio Liendo Vera- adquiere la condición mítica del comandante que a comienzo de la década de los 70 organiza y genera un fuerte impacto en los aserraderos de la zona precordillerana, reconocido como líder natural e indiscutido en las tomas de terreno con comunidades mapuches y trabajadores madereros, incluyendo el asalto al retén de Neltume, hasta su fusilamiento en 1973.

Rubén González Lefno da cuenta de cómo la literatura es capaz de conectar una depurada narración de sucesos, a ratos cotidianos y nimios, para aproximarnos a un momento de grandes ideales que tienen una relevancia particular en la historia de Chile, bajo la imagen y representación del comandante Pepe, personaje que siendo fiel al espíritu de época redefine y valora el actuar político inserto en la ciudad y en la montaña, cuyas características heroicas intentan modificar la realidad llevando al límite el pensamiento político, para pasar a la acción combativa contra un sistema económico y social, que fue la antesala del despiadado capitalismo salvaje que instauró posteriormente la dictadura con su crueldad económica. La soberbia de la tiranía marca hasta hoy en día los mercados en los procesos de producción, circulación y consumo con que los dueños del dinero alinean sus intereses y objetivos a nivel del rol del Estado.

LO LLAMABAN COMANDANTE PEPE, porque fue capaz de poner en cuestionamiento la estrecha relación entre lo económico y el cambio cultural, frente a lo que consideraba la creciente colonización ajena a la justicia social. El tiempo le ha dado con creces la razón: la crueldad del mercado se regula sólo por sus propios dueños, y el Estado es un botín codiciado que -entre coimas y prescripción de delitos- se alimentan de la post verdad en que se atrapó la lógica de los problemas sociales.

Pero la novela lo es todo, en especial algunas de las descripciones de paisaje con olor a rocas recién agrietadas y esos hilitos de agua que van de uno a otro en diálogos breves de personajes que se iluminan conteniendo la risa, en medio del impacto en plena toma de fundos, el perfil del compañero Pepe y del presidente Allende reflejados entre las nubes de la memoria.

En síntesis, la novela muestra la dignidad de las vivencias acurrucadas entre las historias de una gran historia de jóvenes que comparten los ideales de su militancia junto a familias de Quebrada Honda, Huilo Huilo, Pilmaiquien, entre otros lugares de fines de los sesenta y comienzo de los setenta, lugares que la memoria ha guardado junto al locomóvil del museo, mientras los recuerdos retumban en demasía, como esa especie de diálogo al interior de uno mismo, cuando entre página y página de la novela y, a pesar de la crueldad de la vida, las historias enraizadas en lo LLAMABAN COMANDANTE PEPE le dan otro sentido a la literatura y, a pesar de todo lo narrado, está presente en el personaje principal la dignidad de la belleza.