Por Miguel de Loyola.
Los temblores son parte de nuestra vida. ¿Quién, en Chile, no recuerda alguno? Nos acompañan desde la más temprana infancia, desde nuestras primeras nociones de conciencia del mundo circundante. Está temblaannndo….. decimos al principio con voz trémula. Luego vienen las carreras, los gritos desesperados, las madres en pijamas sacando en brazos a sus hijos,
los amantes alertando a sus amantes, las amantes pidiendo auxilio a sus queridos, los rezos en voz alta, el desatinado que sale al medio de la calle, la mujer que corre hasta el patio gritando ¡Está temblandooooo!… Porque el susto siempre es grande, aunque a veces el remezón de la corteza terrestre sea mínimo. Pero está la posibilidad de que el movimiento no termine y continúe temblando hasta el infinito. Y entonces…
En medio del temblor siempre pensamos en que va a pasar si esto no termina, mientras vemos moverse las cosas de su sitio, encantadas por el sismo. La lámpara del comedor es ahora un péndulo, lo mismo la del dormitorio. Porque tenemos éstas lámparas en vez de tener soquetes fijos pegados a los muros. ¡Mira como se mueven!, reclama más de alguna mujer a su marido. ¡Vamos a tener que cambiar las lámparas! Mira la muralla del fondo, te dije que algún día se iba a caer. Pero el movimiento telúrico acaba, como acaba todo en la vida, inesperadamente, dejándonos el corazón en la boca.
Después vienen los comentarios infaltables. Yo estaba en la ducha. Yo me estaba acostando. Yo recién me había dormido. Yo no había llegado todavía a casa, mamá estaba sola. Los niños estaban durmiendo. Yo estaba desvelado…Porque cualquiera sea el grado del sismo, siempre dan mucho que hablar. Hasta los más introvertidos expresan un comentario mínimo. Sí, fue fuerte, pero duró poco.
¿Sentiste el temblor? Te preguntan a veces una semana después. Sí, por supuesto, te acuerdas, son cosas que no se olvidan, perviven en el inconsciente colectivo del chileno, cargamos esa cruz, como un destino implacable. Es parte de nuestra naturaleza, debiéramos estar acostumbrados, pero no lo estamos, no nos conformamos a que se nos mueva la tierra, a ser el último rincón del planeta colgando hacia el mar, rodeado de volcanes que algún día también estallarán….
Sí, a veces nos ponemos tremebundos…No nos conformamos, tampoco a la muerte, a pesar de llevarla atada a nuestra espalda.
El terremoto y maremoto del 27 de febrero del 2010 fue quizá el más intenso hasta la fecha. La tierra se sacudió como una fiera, derrumbando casas y edificios. Yo estaba en la playa, el mar se retiró varios metros mar adentro, planeando su plan macabro, su deseo incontenible de devorar la tierra. El pánico cundió por la ribera, y unas lenguas de mar subieron por los cauces de ríos y esteros arrasando pueblos enteros…
Miguel de Loyola – El Quisco – Febrero del 2013






Hornado y contento por tu invitación a participar en este proyecto querido Rolando. Me gustó conocer también, la mirada y…