max vPor Aníbal Ricci

“…el suicida tenía las llaves de mi auto en su bolsillo…”

-Max, tu libro me dejó sin palabras.

-Por fin te leíste…

-…“Manuscrito sobre la oscuridad”.

-¿De verdad te gustó? –dijo angustiado al verse descubierto.

Max Valdés presentó mi novela en el hotel Principado de Asturias, cerca de la plaza que se atiborra de travestis durante las noches.

Un amigo me regaló otro libro suyo con un cuento que hasta hoy frecuenta mi memoria.

“Rafita” cuidaba los autos cerca de la plaza Italia, en una zona residencial de la parte antigua de Providencia. Tomaba desayuno en un anafre dispuesto en plena calle. Su hijo Diego le administraba las monedas para almorzar cuando su padre estaba sobrio. Su único contacto con este país eran las peleas por el Huáscar, un buque viejo que los chilenos obtuvieron de botín en la Guerra del Pacífico. Esas peleas absurdas eran el único momento en que el peruanito quitado de bulla se transformaba en peruano.

Me conmovió su trágico desenlace y la respuesta del protagonista para aplacar la hipocresía de las cámaras de televisión.

Esos momentos marcan igual que la mirada de incomprensión de Diego ante el desplome de su padre desde la azotea del edificio.

Se supone que la vida familiar es el soporte de la civilidad y además un compendio de pensamientos y emociones de los padres de nuestra patria.

Recuerdo que unos meses después envié un correo electrónico y Max fue uno de los que contestó sobre mi deseo de vivir exclusivamente de la literatura.

Le sorprendió que un Ingeniero Comercial quisiera dedicarse a las letras. Por muy noble que fuera el oficio, se trataba de un camino largo que me daría más de algún dolor de cabeza y posiblemente de la mano de un futuro económico incierto.

En esa oportunidad le agradecí el cuidado análisis que hizo de mi manuscrito. Lo leyó atentamente y capturó cada uno de los cambios narrativos que para mí fueron muy importantes.

Su novela es un mundo de silencios, no aquel que invade de paz y te acerca al Creador sino un espacio de oscuridad que oculta y encierra instantes eternos de rencor y amargura por aquello no dicho, por la carga que tienen las palabras mal paridas de aquellos que te rodean.

Es una novela triste que ya en sus primeros capítulos nos habla de una ciudad de muertos, de gente que vive en nichos de departamentos, hacinada por la propia violencia de sus familias.

Es una historia sin esperanzas que transcurre en una casa que será derruida por un terremoto, un largo pasillo oscuro de engaños y cosas no develadas, habitada por seres que vienen a vivir su infierno en esta tierra.

Relata el mundo que existe detrás de la tortura. No la violencia explícita del homicida que de hecho está ausente, sino aquella peor configurada por la alambicada red de mentiras que se vierte sobre la familia que se supone son los seres que ama el torturador. Es un amor desfigurado, oculto tras la apariencia de normalidad respetuosa de los valores patrios. Un sentimiento externo para ser interpretado por el observador esporádico. Cualquiera que se interne en honduras se quemará con sus secretos, con cada palabra expresada para disfrazar la vergüenza de actos impropios.

En esta familia no hay padre sino abuelo. No existe el viejo cariñoso que deseamos tener cerca nuestro, sino un ser que hiere con cada una de sus acciones, con cada sílaba que profiere y con cada espacio de incomodidad que invoca a su alrededor.

Su trabajo consiste en matar, aunque todos en la casa se conforman con la ayuda que le va a brindar a un grupo de ancianas. Es su coartada, un trabajo que debe ser mantenido bajo siete llaves. Lo hace por la patria, un trabajo bien hecho que debe permanecer oculto tras la fachada familiar. A pesar de hacerlo con rigurosidad, posee las mismas características de un trabajo a medias, uno que entristece y del cual no se quiere hablar en público.

Este trabajo envilece. El trabajo de tantos padres que llegan a casa hablando pestes de su oficina. Un inútil haciendo todos los días una tarea sin sentido, que puede recién descargar sus frustraciones cuando abre la puerta, peor aún si vuelca su furia para descalificar a sus hijos. Es un efecto silencioso que se multiplica a través de los años y deja una sensación de vacío que los hijos intentan llenar sin guía y sin afecto.

Elegí ser escritor y me llena de orgullo. Puedo mirar a los ojos sin bajar la cabeza al sentirme responsable de mis actos. Es un trabajo difícil, de tiempo completo, y me encantaría aportar un grano de arena a esta sociedad que necesita creer en algo más que el libre mercado. De esta manera me siento menos solo y puedo irradiar esperanza a mi familia. Desearía por sobre todo que otras personas dejaran de opacar a sus seres queridos.

La novela de Max contiene palabras y escenas inspiradas que dan lúcida cuenta de los espacios de vacío y oscuridad por los que transita, y requiere de un lector a la altura para capturar el espesor de lo que está en el margen. Sus silencios contienen rabia y resentimiento, confiriendo al relato una soterrada crítica al núcleo de la sociedad chilena. La atmósfera experimentada por la protagonista de este pasado es la misma que esperamos no siga repitiéndose en nuestras propias familias en el futuro.

El mundo narrado es uno donde no hay cámaras de televisión, donde cada acción u omisión queda al arbitrio de sus protagonistas. Rara vez aparecerá un juez delator que reproche la moralidad detrás de las puertas, un llamado a no convertir nuestros hogares en un infierno.

Crucial es darse cuenta que uno no tiene una sola familia. Están los amigos, los guías espirituales que equilibran la maldad del mundo, y por qué no, los escritores entrañables que te alientan a seguir este camino.

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Manuscrito sobre la oscuridad, de Max Valdés A.
Simplemente Editores, Santiago de Chile, 2011.