Por Antonio Rojas Gómez
El compañero, que ya no tiene, es su padre. Un militar. Suboficial Mayor del Ejército de Chile al que ha servido con lealtad y patriotismo.
La novela comienza cuando el “compañero”, el militar, está muriendo. Y el protagonista –si así pudiéramos llamarlo- regresa del extranjero para estar a su lado y “forzarlo a contarte su historia, no querías verlo morir llevándose a la tumba sus recuerdos de todo un siglo nacional” (Pág. 11).
Ahí está, en el primer párrafo del relato, el profundo sentido de este libro que refleja, desde la óptica familiar e íntima de sus personajes, el sentido de la historia de Chile en el siglo recién pasado.
El narrador, que no cuenta en primera persona, sino en segunda –lo que representa un difícil dominio técnico narrativo- es un profesor de literatura que ha emigrado de Chile a los Estados Unidos. Y en esto coincide con los datos biográficos del autor. Ha vivido su infancia en el sur, en Cochamó, valle del río Puelo. Ha cursado estudios superiores en Santiago y se ha exiliado en el extranjero, como tantos compatriotas, en el último cuarto del siglo veinte. Tiene una exitosa carrera académica y reconocimiento internacional. Pero sus raíces están en nuestra tierra y en nuestro sur. Y su espíritu de hombre ha sido forjado por el ejemplo de un padre admirado desde la distancia, porque, como ocurría hace sesenta años, los padres eran figuras lejanas, no hablaban con los hijos, no interactuaban con ellos. Lo que no obsta para que el amor filial, y el amor paternal, tuviesen la avasalladora fuerza que da continuidad a la especie. Y que ahora, en el momento definitivo de la partida, el hijo se esfuerza por recuperar creando una instancia de diálogo a través de imágenes fotográficas con el progenitor que ha perdido la palabra.
Juan Villegas Morales es, como el protagonista del libro, un exitoso profesor de literatura española y portuguesa, que ostenta numerosos reconocimientos internacionales, como investigador y docente. Es, también, un novelista destacado. Ha publicado cuatro novelas, en México, España y Chile. Ésta, la más reciente, es también la más ambiciosa. Porque más allá de la historia de los personajes, de por sí interesante, pretende un acercamiento al devenir del país durante el último siglo. Un devenir que, aun cuando nos enorgullecíamos de nuestra democracia y civilidad, estuvo marcado por la actuación castrense, hecho común en el subcontinente, que tuvo su manifestación extrema con el golpe militar de 1973.
El hombre que muere, que ya no habla, que mantiene apenas sus funciones vitales, los familiares cercanos, la cuidadora, el hijo que llega desde lejos para ser testigo de su deceso, concurren a generar un ambiente cargado de sentido profundo de la vida. Porque cuando la vida se va, es cuando procuramos encontrarle sentido. ¿De qué sirvieron todos aquellos episodios que nos parecieron tan trascendentes en su momento y que hoy ya nadie recuerda, a nadie le importan? Sin embargo, para alguien revisten importancia extrema, para quien los vivió, por supuesto, y para su hijo. Y el hijo quiere saber lo que realmente significaron para su padre, porque eso le ayudará a explicarse su propia vida, las decisiones que debió adoptar y que aún hoy marcan su existir y deciden, de manera inesperada y sorprendente, su propio destino.
Y aunque su anhelo más profundo es entender lo que fue la vida de su padre, que se extingue, también necesita imperiosamente entender la suya propia, que prosigue desarrollándose lejos de las fronteras del país. La soledad del exiliado, la recuperación de su historia personal, el reencuentro con el amor limpio de la primera juventud, constituyen hitos esperanzadores que pueden conducir a un paroxismo de realización feliz, tanto como a un brutal desengaño.
Ya lo hemos dicho, más que la historia de los personajes, esta novela abarca en su mirada la historia del país. Y al país le sucedieron cosas macabras, que tal vez nunca consigamos entender del todo. Tal vez aquí el lector encuentre un lúcido intento por explicarlas. Tal vez.
Juan Villegas conoce a la perfección las técnicas narrativas y las estructuras novelescas. Ha elegido aquí, como dijimos, la segunda persona: el narrador le habla al protagonista. Pero hay también otros formatos: las cartas, el relato epistolar; el monólogo interior del moribundo; los diálogos.
Se trata de una novela ambiciosa, de estructura compleja, que obliga al lector a incorporarse activamente para entender su profundo significado.
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Reseña publicada en Revista de Occidente, noviembre 2011.
Yo tenía un compañero, Juan Villegas Morales
Ril Editores
298 páginas






Emotivo y crítico. Es un gran relato picaresco.