Por Landry_Wilfrid Miampika

La 66ª edición de la Feria del Libro de Madrid, que se celebra en el madrileño parque del Retiro hasta el 10 de junio, tiene este año como tema La cultura africana. La diversidad de un continente con 54 países, unos 922 millones de habitantes, más de 1.300 lenguas y bloques culturales tan distintos como son el África subsahariana y el Magreb requiere una mirada más atenta de la que se ha realizado hasta ahora.

Los premios Nobel Wole Soyinka, en 1986; Naguib Mahfuz, en 1988; Nadine Gordimer, en 1991; y J. M. Coetzee, en 2003, son una prueba de la creciente calidad de unas literaturas originales que nacieron hace poco más de un siglo.

Las literaturas africanas escritas cuentan apenas con un siglo y medio de existencia. Sus orígenes surgen del contacto con la cultura occidental a raíz de los procesos de descubrimiento y de conquista del continente africano reafirmados e intensificados a partir de la conferencia de Berlín iniciada en 1885 y el reparto colonial del continente. Desde las primeras dos décadas del siglo XX estas literaturas han asumido la tensión entre la enajenación del colonialismo y la tentación del poscolonialismo, realizando a través de sus letras lo que Occidente hizo en varios siglos.

Escritas en las distintas lenguas de los antiguos colonizadores, han originado conjuntos literarios muy diferenciados en las áreas de influencia francófona, anglófona, lusófona e hispanófona. Todas ellas beben de unas fuentes primigenias que son los modos y expresiones plurales de la oralidad, de la palabra hablada tradicional. Más allá de sus distintas expresiones lingüísticas actuales, estas literaturas poscoloniales comparten rasgos que aparecen como unas constantes temáticas. Es lo que Gilles Deleuze considera las funciones de las literaturas menores: la desterritorialización de la lengua, la relación directa entre el individuo y lo político inmediato y la enunciación colectiva en un contexto de modernidad inconclusa.

En cuanto a desterritorialización de la lengua, desde sus orígenes, las literaturas africanas escritas mantienen una relación a la vez compleja, contradictoria y subversiva con las respectivas lenguas de escritura, impuestas por la colonización. Teniendo en cuenta la multiplicidad de lenguas de cada país, hoy en día las lenguas occidentales son tanto medios de promoción y de movilidad social como lenguas de cohesión nacional. Al asumir estas lenguas como propias se han fundado tradiciones narrativas consolidadas sobre todo a partir del momento en que los escritores consiguieron crear sus propios lenguajes literarios dentro de la lengua heredada. Han surgido autores que han sabido subvertir, hacer vivir y gozar en la lengua adoptada ya sea el inglés, el francés, el portugués o el español a partir de las particularidades del malinké (Ahmadou Kourouma), del lingala y el kikongo (Sony Labou Tansi y Henri Lopes), el yoruba (Wole Soyinka), el kikuyu (Ngugi wa Thiongo), el pidgin inglés (Ken Saro Wiwa) o el criollo portugués (Germano de Almeida).

Unas palabras de Sony Labou Tansi, talentoso escritor congoleño, parecen resumir los fundamentos de una estética literaria africana a partir de una plena conciencia de su enunciación histórica: «Ser poeta en nuestros días es querer con todas sus fuerzas, toda su alma y toda su carne, frente a los fusiles, frente al dinero que también se convierte en fusil y sobre todo frente a la verdad preestablecida sobre la cual nosotros, poetas, estamos autorizados a mearnos, que ninguna faceta de la realidad humana se vea empujada bajo el silencio de la Historia. He nacido para contar esa parte de la Historia que lleva cuatro siglos sin comer».

De la reivindicación de la cultura africana de la negritud hasta las propuestas de los escritores transcontinentales de hoy, de forma implícita o explícita, la escritura se asume, en África negra, como un vehículo de transfiguración y de participación histórica entre una historia soñada y su negación: un espacio de afirmación de la singularidad africana, de su cultura y de una contribución a la historia contemporánea. Pero también es un acto de subversión ante la relación entre un Occidente triunfalista y sus antiguas colonias, que no deja de cuestionar los estereotipos o representaciones sobre el otro de origen africano. Lo literario trasluce igualmente un profundo lamento frente al desengaño por el fracaso que va de las independencias políticas acaecidas desde los años sesenta hasta el proceso democrático doloroso e inacabado actual. Por ello, la narrativa -y la poesía también- toma forma a través de urgentes relatos críticos de resistencia que acompañan la historia, la niegan, la contradicen o la validan, o sea, relatos que recuperan y potencian multiplicidades de voces marginadas, tales como la realidad de la situación de la mujer o el uso de los niños soldados en los conflictos étnicos.

Esta obsesión por la historia ha hecho del tema de las dictaduras -tan comunes y violentas en la historia africana- un subgénero narrativo de primer orden. Partiendo del modelo de la gran novela de la dictadura latinoamericana (Miguel Ángel Asturias, Alejo Carpentier, Gabriel García Márquez), destacadas obras como La vie et demie (1979), de Sony Labou Tansi; Reír y llorar (1982), de Henri Lopes; Los poderes de la tempestad (1997), de Donato Ndongo-Bidyogo, y Esperando el voto de las bestias salvajes (1998), de Ahmadou Kourouma, cristalizan una literatura esencialmente de compromiso y de denuncia de los poderes políticos posindependistas, en sus excesos sin límites, sus irrenunciables formas de violencia y su firme voluntad de destruir a los seres y a las cosas.

Hay un intento de conciliar la crítica sociopolítica con lo estético que se vislumbra a través de un patrimonio literario fundado sobre angustias, lutos, fantasías, frustraciones, visiones y anhelos compartidos o no alrededor de una identidad política y cultural común. En ella se legitiman espacios utópicos y una apremiante necesidad de emancipación del africano transformado de objeto en sujeto histórico. Los mestizos textos de sus creadores -una dialéctica entre lenguas, literaturas e identidades- configuran una mediación cultural entre múltiples imaginarios, lo que es, sin lugar a dudas, una innegable contribución en la literatura universal, o mejor dicho, a lo que el poeta senegalés Léopold Sédar Senghor llama «la civilización de lo universal».

Escritores como el Nobel nigeriano Wole Soyinka, Mongo Beti, Tchicaya U’tamsi, Yambo Ouloguem, Nuruddin Farah, Emmanuel Dongala, Tierno Monenembo, Calixthe Beyala, Moses Isegawa y Fatou Diome, entre otros, cultivan el tema de la rebeldía, la cuestión de la libertad que logrará sobrepasar la violencia estructural de la sociedad africana, promoviendo la cultura de la disidencia, la existencia incondicional e inminente de las bolsas de libertad, la transgresión de los valores feudales, la insumisión de los poderes absolutos que se instalaron tras las independencias y las democracias nacientes. Unas escrituras y otras son portadoras de un proyecto de descolonización mental, de resistencia cultural y de proyección de un futuro esperanzador.

Desgraciadamente, estas propuestas estéticas no llegan a todo el público deseado ya que la edición de libros en África vive en situación precaria. Aun así últimamente pequeños editores populares en la mayoría de los países hacen esfuerzos por acercar la producción literaria local a un público inmediato ansioso de lecturas. Pero, sin duda, las literaturas africanas conocidas y reconocidas son las escritas, publicadas y leídas fundamentalmente en Occidente, lo que genera una interacción problemática entre el público africano y el escritor, debido a su escaso acceso a las lenguas occidentales de escritura y al coste de los libros, que los hace inaccesibles debido al bajo poder adquisitivo de sus potenciales lectores.

A pesar de ello, las nuevas escrituras africanas, herederas de los hallazgos expresivos de la literatura oral, subvierten sus respectivas lenguas de escritura y se transforman en relatos transcontinentales que indagan asuntos como la tensión entre tradición y modernidad, el desarraigo de las identidades, el exilio interior y geográfico y la inserción de la mujer en la vida social y cultural, sin dejar de proponer una inventiva conciencia intercultural, conscientes del lugar de las sociedades poscoloniales en plena globalización.

En su fecunda y audaz novela, La carretera hambrienta (1991), el nigeriano Ben Okri condensa, metafóricamente, la condición africana a través de las vivencias de su protagonista-narrador que es un niño-espíritu, que encarna las frustraciones y los anhelos de la sociedad africana en una confluencia de lo maravilloso, lo fantástico y lo real: «Nací no sólo porque hubiera concebido la idea de quedarme, sino porque, finalmente, después de tantas idas y venidas, sentía ya, asfixiándome, la presión de los grandes ciclos temporales. Recé para que se me concediera la risa, pedí una vida sin hambre y recibí paradojas por respuesta. Sigue siendo para mí un enigma por qué nací sonriendo».

El niño-espíritu de esta fábulade Ben Okri proyecta, a la vez, la memoria del pasado y del futuro, el proceso de autoconciencia y de autoproyección de África para otra travesía de su porvenir. Asumiendo la identidad de un niño-espíritu, las literaturas africanas escritas han sido, desde sus inicios, un intento de nombrar y superar una condición o situación poscolonial insostenible al nivel político-económico e histórico. Conscientes de su papel social, pero también de incentivar la fantasía, sus retos han sido, casi siempre, indagar, revelar enigmas y paradojas de las sociedades africanas, en sus interacciones con ella misma y con otras partes del mundo.

 

Landry-Wilfrid Miampika (Congo-Brazzaville, 1966) es profesor en la Universidad de Alcalá de Henares. Es autor de Voces africanas. Poesía de expresión francesa 1950-2000 (Verbum, 2000) y Transculturación y poscolonialismo en el Caribe (Verbum, 2005).

En: Babelia