Por Alberto López Sanjurjo

“Quería pasar bajo el cerco
como una sierpe y ganar el aire
como un pájaro y ganar la onda
como un pez y ganar el tiempo
ganar la vida contra la muerte
y perpetuar el universo”.

(Extracto del poema “El castillo de los pobres”
de Paul Eluard, Beynac, Dordoña, 1952.
Traducción de Rafael Alberti)

Tras unos diez años sin salir de viaje, aunque fuese por una breve temporada, le entusiasmó a Paul la idea de volver a hacer maletas y dejar atrás, por un tiempo, la rutina y las penurias ordinarias.

Siendo para él la lectura más imprescindible que la vestimenta, le costó más elegir unos cuantos libros de veraneo que unas cuantas camisas y pantalones para mayor descontento de su esposa quien logró, en el último momento, como por arte de magia, cambiar su elección inicial no de libros sino de ropa. Al descubrirlo él, no se ofuscó y lo tomó no como una prueba de su mal gusto sino como una muestra de cariño y, además, no tenía ninguna gana de reñir a sabiendas de que algunas semanas antes, habían sido numerosas las disputas y querellas no tanto por el lugar de destino sino por la manera con la que encontrar un alojamiento decente y poco oneroso.

Así que debido a los precios exorbitantes de los hoteles y pensiones, ni hablar del camping o de la acampada libre que a su edad deja molidos los huesos y jaquecosa la cabeza por las noches de insomnio, sobre todo en razón al bochorno estival, se decidieron por primera vez a conectarse a Rentapiso para mayor sorpresa y asombro de sus hijos.

Fue toda una aventura. Pasando por alto los pesados trámites de inscripción, así como las extremadas medidas de control que le ponen a uno los nervios de punta y la paciencia a prueba, obligándole a hacer malabarismo tecnológico y a cumplir proezas internáuticas, al fin lograron salir no sin dolores de cabeza de este atolladero digital y encontrar una vivienda conforme a sus esperanzas y cartera, por cierto, modestas. Pagaron el monto indicado en la página web y, aliviados y contentos, ya se imaginaban paseando por las callejuelas de las ciudades medievales, los caminos montuosos y senderos rocosos y ondulados de Périgord o a orillas del Dordoña, tomando en una terraza suspendida sobre el río una copita de Bergerac rosado y saboreando unas suculentas brochetas de pato asado con albaricoques. Pero ¡Vaya sorpresa al percatarse ellos de que faltaba la segunda etapa hasta obtener el tan esperado visto bueno de los dueños del piso! Paul y Virginie temían lo peor pero el desenlace fue de lo más sereno salvo que desde el inicio, había notado Paul ciertos rasgos quisquillosos de la personalidad de los propietarios entre ellos el hecho de llamar a los futuros inquilinos por su nombre de pila. No era que Paul fuese anticuado, pero odiaba esa familiaridad de trato que a menudo resultaba falsa. Por añadidura, entre las recomendaciones y exigencias enviadas por mail, figuraba el uso obligatorio de zapatillas en el piso. ¡Malo! Por su parte, nunca en su vida había usado Paul zapatillas por encontrarlas inútiles y de una fealdad que da miedo, pero se resignó y le compró Virginie las menos grotescas posibles: unas alpargatas. En cuanto a ella, también tuvo que adquirir pantuflas por no usarlas nunca jamás en su vida, pero por otro motivo: siempre fue criada con la creencia que era mejor andar descalza por estar en contacto directo con la tierra. Y optó ella por unas babuchas, más conformes a su estilo. Unos días después, al abrir la puerta del piso de alquiler, ambos se desternillaron de risa al ver que en la entrada, cuidadosamente colocadas en una cesta de mimbre y enlazadas con una cinta rojo carmesí, encontrábanse unas zapatillas de andar por casa, rococó, unas azules, otras rosadas, de las que se ponen al salir del baño.

Al poco de visitar el apartamento, las maletas todavía en el pasillo, sonó el portable de Paul. Fue el primer mensaje de los dueños del piso que estaban ansiosos por saber si Paul y Virginie habían logrado abrir la cajilla metálica de afuera con el debido código para recuperar la llave de la puerta principal. ¡Malo! – dijo Paul entre sí- mientras su esposa lo tomó como una sana marca de preocupación ya que además, al final del SMS, les daban a ellos la bienvenida. Pero se equivocaba ella. Esa misma noche, recibía otro larguísimo mensaje que describía a diario y con mucha minucia todas las actividades de ocio imaginables desde la hora de apertura de la piscina local hasta los días de mercado, el horario de los museos y variados lugares turísticos de la región… Al constatar esa misma noche que una infinidad de notitas escritas en papel amarillo con un sinfín de instrucciones y advertencias jalonaban las diferentes piezas del piso, empezó Virginie a hacerse preguntas pero siguió pensando que era una muestra más de aplicación y cortesía como se lo explicó a Paul en la cama mientras que él intuyó, al ver la manera con la que estaba dispuesto y arreglado el cuarto de dormir y las demás piezas, que debían ser los dueños unos maniáticos empedernidos o unos neurasténicos. Pero claro que se lo guardó para sus adentros. Había sido largo el viaje y empezaban las vacaciones. Mejor era consultar con la almohada, pero no desistió Paul de sus primeras intuiciones.

Al día siguiente, el resplandor muy intenso que salía de una de las ventanillas despertó a Paul. Miró a su esposa y vio que seguía durmiendo como un lirón pese a los rayos de sol que iluminaban dulcemente su larga cabellera rizada en el edredón. Se levantó Paul de puntillas y bajó descalzo hasta la cocina. Abrió las contraventanas y de inmediato le deslumbró la radiante luminosidad de la mañana. Salió a la terraza, de muy buen humor, azulísimo estaba el cielo y dio una vuelta rápida por ella. No era muy espaciosa pero lo suficiente para pasar un buen rato afuera. Y pensó de inmediato en prepararle un buen desayuno a su esposa. Al ver lo ajadas y secas que estaban las flores y plantas quiso abrir el grifo de la terraza, pero no corrió ni una sola gota de agua. Buscó la llave general pero tampoco la encontró. ¡Malo! -echó pestes Paul que empezaba a sudar a chorro- Mejor dejarlo para mañana que en algún lugar debe de estar. Y se fue a hacer el desayuno. Dispuso las tazas y las rebanadas de pan con mantequilla y mermelada en la pequeña mesa de la terraza y al entrar nuevamente en la cocina, se percató de que había un gran estor amarillo enrollado arriba de la cristalera. Empezaba a sentirse todavía más el bochorno y se puso Paul a activar la manivela metálica con mucho ardor. Así estarían como dos tórtolos celebrando el primer día de vacaciones, se imaginaba Paul con entusiasmo. Pero por mucho que le diera vueltas al manubrio, éste no bajaba un centímetro. ¡Qué coño es esto! – fulminó Paul bañado en sudor. Volvió a intentar, pero esta vez con más tacto y dulzura, pero nada… Furioso, tiró Paul el manubrio contra el muro y regresó a la cocina, cabizbajo y meditabundo.

Se sirvió una taza de café esperando que bajara Virginie y de súbito, puso cara de asco tras probar el primer sorbo. Se le había olvidado echarle azúcar. Buscó en los armarios y no encontró azúcar en terrones ni en polvo, solo paquetes de semillas de distintas índoles. ¡Jolines! -pensó Paul- ¡Solo faltaba eso, acabar en casa de unos bobos vegetarianos!

Y a regañadientes se decidió a echarle al café una cucharada de mermelada. ¡Malo! -tronó Paul-.

Estaba de pie tomándose el brebaje cuando fijó su mirada en el fijo que estaba encima de la cómoda. No sonó el teléfono, sino que vio otra notita amarilla. Ya hastiado, se acercó y empezó a leer el post-it que rezaba: “Hola, Paul y Virginie, espero que se encuentren a gusto. Esta es su casa. No vacilen en comunicarse con nosotros por cualquier duda. Además, nos gustaría que nos llamaran para que nos conociéramos mejor. Un abrazo a los dos. Charlotte y Rémi”.

Atónito y alterado, se fue Paul a la sala y se sentó en el sofá especulando otra vez sobre el sentido de semejantes actuaciones. Y por fin, decidió tomarlo todo a la ligera y no darle mayor importancia a las cosas. Estaban de vacaciones. Y no era la primera vez que se encontraba con extrañas y peregrinas parejas. Se levantó y al ver que había unos cuantos libros en una estantería, se acercó y cual no fue su sorpresa al darse cuenta de que, entre todos ellos, destacaba uno, por estar delante de los demás y cuyo autor era Bernardin de Saint Pierre.

No puede ser, pensó en su fuero interno Paul, cada vez más molesto. ¿Qué clase de humor es este? ¿Será broma? ¿Será mal gusto?

Pero de golpe, oyó los pasos de Virginie y tan pronto como la vio, reposada, alegre y radiante, se esfumaron sus aprensiones.

Pasaron los primeros días de maravilla, pero el fin de semana, cayó enferma Virginie por los fuertes calores que le causaron problemas respiratorios. Nada grave pero tuvieron que llamar a un médico por lo aguda de la crisis. Era el médico una mujer joven, amable, paciente y muy entregada a su trabajo. Tras examinarla, la tranquilizó y le recetó lo habitual en caso de asma y se quedó un largo rato platicando con Virginie.

Era ella oriunda de Normandía, de la ciudad de Pont l’Evêque, pero conocía muy bien Dordoña por viajar a esa región cada año a visitar a su tío médico, quien, a la hora de jubilarse y viendo la capacidad y abnegación de ella, le propuso tomar el relevo. Lo cual aceptó ella de inmediato, admirada y maravillada desde su infancia por los encantos de esos parajes.

Qué casualidad, dijo Paul entre sí, distraído, al oír partes de la conversación desde el sillón donde se encontraba mientras intentaba terminar de leer por enésima vez un cuento de Flaubert a la vez que surgían en su memoria recuerdos recientes al evocar ella con mucha pasión la belleza, sabrosura y suculencia de esos lugares de Périgord, además cargados de historia y prehistoria como habían podido comprobarlo días atrás. Y le vino a la memoria confusos fragmentos en que se fundían la majestuosidad del río Dordoña desde las alturas del castillo de Beynac, la casa de La Boétie, en Sarlat, de inspiración renacentista y en la que un joven artista acababa de reproducir en las paredes del aposento del joven humanista, el famoso Discurso sobre la servidumbre voluntaria, la estatua de Cyrano de Bergerac en la ciudad epónima, cuya nariz le hubiera dado envidia al asesor colegiado Kovaliov del cuento de Nikolai Gógol, anfiteatros, templos, catedrales, torres de distintas épocas y estilos y, siguiendo el curso del río Vezere, las numerosas cuevas de Lascaux, que le recordaron los yacimientos de Loltum, La Venta, Tepexpán y Chavín, ornadas con antiquísimas pinturas parietales figurando escenas de caza … y de vida. Y de vino, dijo sorprendentemente Paul, como si saliera de un ensueño guiado por un unicornio.

Al despedirse el médico tras hora y media de placentera visita, Virginie le propuso que viniera a casa otro día a tomar una copa en cuanto estuviera mejor. Cosas de mujeres, pensó Paul, bostezando y alistándose para ir a la farmacia. Pero cual fue el susto suyo al constatar en la receta médica que el galeno se llamaba Aubain. La señora Aubain… Normandía… Pont L’Evêque… al igual que en el cuento de Flaubert que había intentado terminar apenas una hora atrás. Desconcertado, se dirigió hacia Virginie que estaba acostada en el sofá. Se sentó a su lado, le acarició la cabellera, las manos, como si nada para disimular su turbación. “¿Pasa algo?” – inquirió ella, todavía pálida, esbozando una sonrisa de agotamiento. “Nada-contestó- solo quería saber cómo te sentías. Paso por la farmacia y si quieres, te traigo unas frutas y unos refrescos”. Asintió ella con la mirada cuyas ojeras azuladas preocuparon aún más a Paul. Al ver su tez todavía macilenta, tuvo la impresión de asistir a la agonía de la hija de la señora Aubain. Le dio un beso en la frente y salió a la calle. En eso, sonó el portable. Era un mensaje de Charlotte y Rémi que le deseaban a Virginie una pronta recuperación. Ciego de ira y echando chispas, estuvo Paul a punto de tirar el teléfono, pero se contuvo y lo único que hizo fue borrar de inmediato y con inusitada rabia a la pareja de la lista de contactos.

Volvió al piso con la medicina más preocupado que nunca, mirando constantemente alrededor suyo, pero disimuló ante su esposa a fin de que no se angustiara más de lo debido. A los dos días, iba recuperándose Virginie, pero Paul la convenció para que abandonaran el piso y se fueran a la costa rodeada de montañas cuyo clima mejor le convendría. Les quedaban algunos días antes de regresar a casa. Sorprendida y contenta a la vez, aceptó ella sin rechistar. De todas formas, ya habían pagado la totalidad del alquiler. Tan solo dejaron una nota de disculpa en la mesa de la cocina y las llaves de la casa en la cajilla metálica de afuera.

Innegablemente, los aires de la costa y los vientos del mar fueron ayudando a la completa recuperación de Virginie. Se habían hospedado en un antiguo albergue ubicado en un puerto pequeño que se parecía más bien a una caleta. El cuarto daba a una pequeña terraza de la que colgaban macetas de geranios y de allí, se miraba el constante movimiento de las embarcaciones que remontaban el río o bajaban hacia el océano. Cada día, se juntaban en el pequeño muelle los vecinos del lugar y de las afueras esperando la llegada de los barcos pesqueros. Allí mismo, descargaban los pescadores de piel curtida y cobriza las cajas de mariscos y pescados y luego las llevaban a la lonja que se encontraba en la extremidad oeste del muelle. Del otro lado del río, solo había unas cuantas casas perdidas entre colinas boscosas. Ese apacible remanso de paz propicio al sosiego y al ensueño entusiasmó a Paul y Virginie y decidieron, el antepenúltimo día antes de regresar a casa, dar una vuelta en barco por las isletas en la última embarcación que salía al atardecer y regresaba de noche para que los viajeros disfrutaran de la magnífica puesta de sol marítima.

Era un atardecer espléndido y las aguas luminosas eran una balsa de aceite de vez en cuando atravesadas por dulces ondas y ráfagas de viento. Atracó el barco en el muelle a la hora prevista y empezaron las familias, en su mayoría turistas, a subirse a bordo para mayor contento de los niños, excitados al igual que Tom, el Vengador negro del Gran Español, Huck, La mano roja y Joe, El Terror de los mares, con la idea de desembarcar en unas islas alejadas del mundo, antiguo refugio de numerosos piratas y en las que descubrirían, a fuerza de imaginación, algunos tesoros escondidos.

Estaban Paul y Virginie haciendo fila cuando por casualidad la mirada de Paul se detuvo en las letras góticas pintadas en el casco y, de inmediato, estremecióse y le invadió una terrible zozobra que a duras penas logró disimular: el barco se llamaba Saint Géran. Pretextó Paul una súbita migraña que podría empeorar con los mareos pero insistió Virginie y consiguió convencerlo. El barco estaba a punto de irse. Todos los pasajeros estaban sentados y se presentó el capitán del barco, de uniforme vestido, para desearles un feliz viaje. Al oír Paul el nombre del capitán, se trastornó y se levantó del asiento cogiendo de la mano a Virginie sin dar la menor explicación y, en un santiamén, habían bajado la pasarela y se encontraban caminando por el muelle en dirección al albergue. Algunos pasajeros los observaron atónitos y burlones como diciéndose entre sí no saben lo que se pierden.

Fue una noche de silencio en que ni uno de los dos se dirigió la palabra. A la mañana siguiente, no se había roto el silencio y se levantó Paul agotado por unas alteraciones del sueño en las que le pareció percibir haces de luz y zumbidos de motores. Abrió los postigos y vio una agitación inusual en el puerto, pero no le puso mente. Se fue a calentar agua en el hervidor eléctrico para preparar café y apareció Virginie. Callada, se sentó a su lado y, como de costumbre, encendió el móvil para ver las noticias del día cuando de golpe, se descompuso, el rostro demacrado y pálido al ver los titulares: catástrofe marítima en las isletas: zozobró el Saint Géran. Hasta el momento, no hay ningún superviviente. Todavía no se conocen las causas del naufragio. Solo se sabe que poco antes, el capitán Aubin lanzó un SOS.

Virginie miró a Paul con una infinita ternura, los ojos llenos de mar y le apretó fuertemente la mano para que no se la llevara la corriente. Luego se perdió su mirada en la línea del horizonte despejado y le pareció ver, en la lontananza, el unicornio azul, con su cuerno de añil, sobrevolando los pastos del castillo de los pobres.


Alberto López Sanjurjo (León,1952), profesor de letras. Ha ejercido como periodista, autor de numerosas obras literarias; actualmente se dedica al cultivo de su huerta y a las letras. Invitamos a leer el siguiente cuento enviado a nuestra página web.