Por Eddie Morales Piña
Hace algunos años entré en contacto con la denominada Estética de la Recepción Literaria que es una forma de enfrentar el texto literario desde una óptica distinta. La palabra recepción tiene una relevancia especial en esta forma interpretativa o hermenéutica de apreciar la discursividad generada por el enunciante del entramado lingüístico que es la obra literaria. En esta estética el receptor, es decir, quien lee tiene una primordial importancia al momento de entrar en la exégesis de la textualidad. En otras palabras, el texto se concibe bajo ciertos parámetros que se consolidan en el horizonte de expectativas donde debieran confluir la concepción de mundo del creador y del receptor. En este sentido, la poesía lírica es un desafío por cuanto su retórica implica, a su vez, una manera especial de aprehender la realidad donde el lenguaje lírico adopta peculiares significaciones que dicen relación con la extrañeza del lenguaje. El lenguaje está puesto en una forma diferente al habitual. Leer poesía lírica, en consecuencia, es un desafío para el receptor de la textualidad. El título de esta obra es Que los hombres entierren a sus casas, que para nosotros es una hermosa denominación onomástica. Se trata, por lo que el receptor de este texto debe deducir, de un poemario. Estamos frente a un libro de poemas líricos. Nunca está demás recordar que con esta frase queremos decir que toda creación literaria es poiesis, creación, desde los griegos clásicos -y cómo no recordar a Vicente Huidobro con su creacionismo no sólo lírico, sino narrativo y dramático.
Que los hombres entierren a sus casas es una obra poético-lírica de Damaris Calderón, una escritora nacida en La Habana, Cuba, que reside en Chile desde 1995. Tiene una importante producción literaria dentro del ámbito de la poesía y ha sido reconocida con distintos premios por la calidad de su obra. Debo reconocer que este texto es el primero que he leído de ella y, realmente, he quedado deslumbrado por la calidad de su expresión poética; por la forma con que encara el mundo y la manera como lo traduce en el entramado o constitución lingüística con que se va configurando la aprehensión de la realidad. En cierto modo, la obra poética de Calderón está puesta ante el receptor como un libro abierto, donde afloran a la superficie textual sus más profundas dimensiones existenciales con imágenes poderosas y significativas en que lo nombrado o lo dimensionado va mucho más allá de una simple denotación, sino que el lenguaje poético lírico apunta a connotaciones que resuenan como un eco intenso y trascendente desde donde emana la voz poética casi profética, bíblica.
No está demás recordar que los profetas encarnan la voz como denuncia que interpela y pone en jaque los males del entorno o de la humanidad. La voz poética de Damaris Calderón tiene este rasgo que es como una espada de doble filo, que rasga y pone en evidencia lo que está oculto o contraviene la sana convivencia de los seres humanos. Su palabra poética es aguda y arremete como un ariete de batalla -ariete proviene de aries, que significa carnero, el que golpea y rompe las murallas o las puertas-. De esta manera, la poesía lírica de Damaris Calderón nos estremece y deja al receptor -quien lee- en las antípodas de una tranquilidad aparente. Su poesía es un recorrido “por mapas de dolor y resistencia con una mirada desprovista de concesiones” (Daniel Calabrese); en consecuencia, el verbo poético de la autora es, en cierto modo, política en el más prístino sentido de este vocablo tan a mal traer en los tiempos que vivimos. Su voz es la de la polis -la ciudad- como en el ágora de la ciudad griega clásica donde los poetas nada tenían que decir, por cuanto su argumentación era falaz.
Por el contrario, la voz poética de Damaris Calderón, su decir, está en la plasmación de una verdad donde se dejan al descubierto las autocracias, las mañas del poder, las dictaduras, el desarraigo, el exilio, y aquellas otras situaciones vivenciales cotidianas. En Expansión territorial deja en evidencia una verdad insoslayable sólo en dos versos; un verdadero díptico que tiene una consistencia ética y moral que nadie puede negar: “Solo los muertos/ siguen creciendo en nosotros”. En Un teatro de sombras plasma en forma magistral una tragedia mayor que pervive hasta el presente de la enunciación. El título del poema es simbólico. Todo receptor debe saber qué es este arte milenario donde se proyectan siluetas sobre una pantalla iluminada desde atrás de la misma. ¿Acaso Gaza se ha convertido en aquello?: “Primavera muerta. / Entre los escombros/ los niños de Gaza, / un teatro de sombras. / Los misiles estallan como fuegos/ artificiales. // Hay que cortarle la cabeza al sol. / Hay que degollar la mañana/ y esparcir su sangre televisada. // Una mujer siembra flores en ojivas. / Pero nosotros sobrevivimos/ aún”. La discursividad poética también se transforma en un diálogo con la naturaleza donde el hablante lírico se siente empapada de aquella como una forma de subsistencia existencial: “El pájaro carpintero/ es mi maestro. // La loica pecho ensangrentado/ es mi maestro. // Los hongos del camino/ son mis maestros. // El rocío/ bruñido como el oro/ que se difumina sin dejar rastro/ es mi maestro”.
¿Y el poema que da título al poemario? Es una creación poético lírica postrera. Está al final de la obra. Es un cierre magnífico. Una conclusio diría la retórica antigua, la de los griegos o la de los poetas latinos, que siempre están presentes en nuestro transitar por la poiesis. La casa derruida sólo es un símbolo de la existencia. En la casa, en la habitabilidad, la humanidad, las personas, los seres humanos y también los hermanos menores -como diría el Poverello de Asís- hicieron historia que quedan encapsuladas o enmarcadas en los más mínimos detalles de la existencia: “Lo que sobrevive no es la taza de café/ sino el gesto de la madre/ al hervir. // Lo que sobrevive es la sombra/ doblada sobre la tabla de planchar. // Siga la luz recomenzando/ sobre cada pared rota. // Los escombros entierren los escombros”.
En definitiva, leer a Damaris Calderón será para el receptor de esta obra un descubrimiento donde la verdadera poesía es insumisa ante lo oscuro y su estirpe luminosa no se mezcla con la voz de los depredadores.
Damaris Calderón: Que los hombres entierren a sus casas
Santiago: RiL editores – Varietales. 2026. 94 pág.







La creatividad extraordinaria, refresca esta historia tan contada, que tu transformaste, mezclando tiempos antiguos o bíblicos con este nuestro tiempo.…