Por Eddie Morales Piña

La reciente obra de la escritora chilena Isabel Allende (1942) es un texto que se encapsula dentro de los márgenes de los géneros referenciales -o la escritura de al lado, como también se les denomina-. En este sentido, se trata de una escritura cuyo referente inmediato es el sujeto que escribe o narra; en otras palabras, el enunciante del discurso es el mismo protagonista de los hechos narrados enmarcados en un espacio-tiempo determinados. Estos géneros son una variante de lo narrativo ficcional -tienden a la historicidad de los eventos-, pero pueden poner ingredientes que provienen desde aquel otro campo discursivo. Entre algunos ejemplos tenemos las cartas, las memorias, los diarios de vida, entre otros. Como es bien sabido, desde tiempos lejanos estos formatos escriturarios han estado presentes en el discurrir de la historia de la literatura. En la escritura colonial derivada de los hechos del denominado descubrimiento y conquista del Novus mundus están los prolegómenos de esta forma de narración.

El texto de Isabel Allende adopta la perspectiva escrituraria de las memorias. La frase complementaria al título principal así lo indica: Una vida escrita. Por lo tanto, el receptor de la obra entrará en un espacio de índole confesional. El género de las confesiones tiene un prototipo escriturario en las Confesiones de San Agustín de Hipona donde este revela ante el lector la historia de su vida para dar cuenta de su conversión. En consecuencia, entre las memorias y las confesiones hay una estrecha relación, pues, generalmente, el locutor activa la facultad y potencia memorísticas para traer al presente acontecimientos y sucesos vivenciales, con el fin de desplegar la intrahistoria como sujeto histórico. Resulta interesante la denominación de Isabel Allende de una vida escrita, pues conecta históricamente con la escritura por obligación de los tiempos coloniales -e incluso, medievales- donde las mujeres, generalmente del orden conventual, ponían por escrito la vida ante el mandato de un confesor.

En el texto de Isabel Allende la escritura es de motu proprio -aunque en las primeras líneas afirma que el texto se genera a partir de un pedido, que el libro “no sea solamente una crónica de mi camino en la escritura, sino que comparta también lo que he aprendido para ayudar a otros”. De la cita se desprende que la autora califica de crónica al texto que trata de la escritura y cuya finalidad es dar consejos a quienes se inician o están en el sendero de lo escriturario, en sentido estricto, de la ficción literaria. De este modo, la obra publicada hace poco tiempo de la escritora no sólo es la revelación de la historia de su vida como una narración -es decir, su propia existencia como un entramado discursivo, pues ha girado en torno al ejercicio de la escritura-, sino también una forma de animar a quienes están en este camino de la creación literaria viniendo de una autora que tiene un largo oficio escriturario. Por eso es que al final de cada capítulo del texto aparecen una serie de sentencias (Trucos para la escritura, las llama) dirigidas expresamente al lector que escribe o está en el sendero de hacerlo. En estas sentencias, que parecen ser también sugerencias, emerge el estilo que conocemos de Isabel Allende y donde se muestran lo lúdico, la ironía, lo carnavalesco, la imaginación desbordante, entre otros rasgos.

Por otra parte, la obra está muy bien programada en diez capítulos y una especie de epílogo. En el transcurso de la lectura el receptor comprenderá el sentido del título (La palabra mágica). Para Isabel Allende, la escritura posee un carácter mágico. La creación narrativa se convierte en una convocación de la imaginación que pareciera ir in crescendo a medida que escribe la primera oración de apertura del relato o el primer párrafo del texto. Lo mágico está conectado con el fabuloso almacén de los sueños y de las premoniciones y sueños proféticos como lo reconoce en más de una oportunidad. La fabulación narrativa de la autora está más que demostrada en el transcurso del tiempo. La palabra mágica es palabra creadora que se inicia casi ritualmente en un determinado día del mes de enero. El libro memorístico confesional es muy interesante, pues Isabel Allende mediante una escritura diáfana y atrayente -atrapante- nos va revelando diversos pormenores del quehacer o mester escriturario a los que muchas veces no siempre los lectores tienen acceso. En este sentido, la lectura de este texto nos ha hecho recordar Historia secreta de una novela (1971) de Mario Vargas Llosa donde el Premio Nobel nos descubre el proceso de creación de su novela La casa verde. De la misma manera, Isabel Allende muestra al lector los procesos creativos de algunos de sus textos y las motivaciones que tuvo para escribirlos -como, por ejemplo, su texto testimonial Paula (1994) que, en definitiva, le sirvió como proceso de sanación interior ante la pérdida de su hija. Quienes han seguido su huella escrituraria también podrán saber cómo ha encauzado su escritura en distintas modalidades del género narrativo -en los diversos formatos de la novela como la histórica, la policiaca, la de aventuras, etc.-, y los desafíos que ha debido enfrentar, especialmente en aquellas que implican un espacio y tiempo lejanos como Inés del alma mía (2006). Queda claro y demostrado que cuando la autora comenzó a escribir lo hizo casi inocentemente, sin saber hacia dónde iba. Posicionarse como escritora fue un ejercicio que le exigió tomarse en serio el camino que había emprendido.

La escritura de cartas con su madre, como lo manifiesta, le permitió ser constante. El relato va mostrando el papel que jugó su madre en todo el devenir escriturario desde La casa de los espíritus (1982). La proliferación imaginativa de Isabel Allende es significativa y, como se sabe, al final la transformó en la escritora que es. Con sutil ironía confiese que hubo un autor chileno que la trataba de simple escribidora. También revela cómo su primera novela se convirtió en un fenómeno editorial y la comparación que se hizo con la novela de los Buendía de Gabriel García Márquez y el realismo mágico. De cómo llegó a Carmen Balcells -la icónica agente literaria- y de qué manera La casa de los espíritus entró en el circuito literario internacional.

En definitiva, en esta obra de Isabel Allende el lector interesado en su obra encontrará diversas revelaciones y otros tantos consejos de cómo enfrentar el proceso de la creación literaria. El libro se cierra con estas palabras: “Escribir y escribir, hasta el final”. Sin duda que así será para el placer de sus lectores.

Isabel Allende: La palabra mágica. Una vida escrita.
Santiago: Sudamericana. 2026. 198 pág.

La palabra mágica. Una vida escrita
La palabra mágica. Una vida escrita