Canto a los bosques nativos de Chile, de Bernardo Grez

Por Iván Quezada

Tenemos en nuestras manos un libro con una faja de papel verde que dice: «Obra ganadora del premio Mejores Obras Literarias 2024». Picados por la curiosidad, tomamos nota del título y su autor: Canto a los bosques nativos de Chile, de Bernardo Grez. Es un volumen de dimensiones mayores a lo normal, hecho con un bello papel, casi cartón, e ilustrado con una variopinta colección de imágenes en blanco y negro que recuerdan a los libros de los naturalistas decimonónicos.

Una lectura transversal de los poemas plantea la pregunta: ¿es necesario ser un conocedor de la botánica, un apasionado de los árboles y los bosques, para disfrutar de este libro? Emplea algunos términos técnicos, como nombres en latín o conceptos de especialistas, pero no es la tónica general. Si uno pasa velozmente a través de ellos arriba de todos modos al fondo de los poemas, incluso se pueden encontrar similitudes y hacer comparaciones con otros autores chilenos o de lenguas distintas que comparten el interés por la floresta.

Por ejemplo, hay ecos del Canto General de Neruda y de los versos de Juvencio Valle. Pero, a diferencia de la naturaleza politizada o humanizada de Neruda, Grez se mantiene disciplinadamente dentro de un marco ecologista. Defiende al Medio Ambiente a través de la metáfora del Bosque Nativo: es su punto de partida para su ideología conservacionista. Obviamente, es una postura política, pero sin una hoja de ruta para dar la pelea, sino que confía en la contemplación y permanencia de la vida vegetal más allá del mundo crítico y convulsionado de los mamíferos, particularmente de los hombres.

Entonces, cuando usa una palabra sacada de la experiencia humana, como puerta o zapato, no lo hace para aludir al destino de la sociedad humana, sino principalmente con fines descriptivos. La cuestión es crear la imagen de tal o cual árbol autóctono de Chile y luego que el lector, en su fuero interno, incluso lo toque, lo huela, lo saboree. Como materialidad, no adjudicándole una personalidad ni una historia con moraleja. Hablamos de una identidad estática, al margen de nuestra dinámica lucha por la supervivencia.

Se adivina un trasfondo más profundo que la escasez económica o el miedo a la muerte —tópicos comunes en la poesía de los siglos recientes—, pero apenas se roza con las palabras. El ser de los árboles no incluye una psiquis, ni un conflicto de valores. En cierto modo, son dioses paganos o facetas de deidades que no tienen el menor interés por las angustias humanas. Es un panteísmo barroco el de este libro, de versos cortados con cincel, que revelan una minuciosa elaboración lingüística; la elección de cada palabra fue producto de un largo ensayo y error o debate interno del poeta, hasta dar con el vocablo que considera más apropiado. No por impulso.

En suma, hay que deshumanizarse un poco para dar con el sentido y significado de este libro, y más aún para descifrar su armonía y musicalidad. No se trata simplemente de captar, por ejemplo, la belleza de los sonidos del bosque, nocturnos o diurnos, con sus trinos y el desmoronamiento casi ritual de la materia al perder la vida. Detrás de todo está lo absoluto, incluso trasciende la relatividad de nuestras concepciones modernas sobre el tiempo y la energía.

El hablante poético se esfuerza por despojarse de sus trabas humanas y al conseguirlo va al encuentro de los árboles: en ellos, por ser nativos, descubre al fin su propia natividad. La soledad deja de ser un vacío, el espíritu se puebla de todas las estimulaciones y señales de la naturaleza en su versión austral, que también, por supuesto, se conecta con los pueblos originarios. Las culturas ancestrales se unen al coro desde sus raíces, libradas del exotismo colonialista, revelando connotaciones insospechadas del paisaje a través de una lenguaje desconocido por el común de los chilenos.

El libro es, asimismo, un catálogo de las especies nativas forestales. Va entregando, poema a poema, un retrato de cada cual y por eso el recurso más habitual es la descripción. También se puede considerar a esta obra como una manifiesto sureño, ya que en esa zona geográfica del país es donde se ubica la abundancia vegetal.

Por estas notas y otras tantas en el tintero de similar índole, nos parece un libro que —para lectores urbanos como nosotros— vale la pena descifrar por el desafío místico de sus metáforas: pretenden expresar la unidad absoluta de la naturaleza y la paz que el observador atento puede conseguir gracias a un extremo ejercicio de «humildad ante las cosas».

Canto a los bosques nativos de Chile, de Bernardo Grez
Canto a los bosques nativos de Chile, de Bernardo Grez