Mala y buena fortuna, don Rodrigo, como ha
querido Dios que sea nuestra vida. ¿Por cuál
comienzo? Diga usted… (p.155)
Por Juan Mihovilovich
En esta novela de Pavel Oyarzún Díaz (Punta Arenas, 1963), Diego Jiménez de Medellín es el protagonista central de esta verdadera aventura terrenal iniciada desde el mítico Estrecho de Magallanes el año 1584 y que buscó llegar a la Villa de San Pablo, en Brasil, el año 1596. Es decir, la friolera de doce años de un transito inconcebible, de una “odisea” que, paradójicamente, no era un símil homérico, ya que Diego Jiménez no retornaba a su casa originaria, sino a un territorio desconocido, y respecto del que se erigiría una dependencia cruzada de preguntas y respuestas atávicas y vivenciales con el gobernador de la villa en cuestión, Rodrigo García Bermúdez, un castellano al servicio de la Corte de Lisboa, quien adoptó a Portugal como su patria verdadera, lo que se evidenciaba en el ejercicio del poder de que hacía gala.
Pues bien, Diego Jiménez de Medellín accederá a ese espacio atravesando todo un continente, sufriendo peripecias y reveses sorprendentes, sometido a vejámenes y sufrimientos del cuerpo y del espíritu, que Pavel Oyarzún describe con una precisión narrativa y lingüística depurada, de primer orden, y que durante las páginas del libro no hacen sino acrecentar la epopeya individual a límites casi inverosímiles, que establece como receptor del relato a dicho gobernador, con quien el protagonista acostumbrará a reunirse periódicamente para ir dándole cuenta de sus historias recientes y antiguas.
Siendo como era, un soldado bajo las órdenes de Pedro Sarmiento de Gamboa en el Estrecho de Magallanes y estando adscrito a una idolatría superlativa respecto de su jefe inmediato y de la madre patria española, llegando a enunciar que España y dios eran, en suma, una sola cosa indivisible, que por ende, los designios de sus infortunios se alzaban cual señuelo divino que lo impulsarían a constituirse en una suerte de emisario del rey tendiente a mostrar al mundo entero los resabios de una conquista presa del fracaso. Verbigracia, la expedición de Pedro Sarmiento de Gamboa en el Estrecho de Magallanes, que para nuestro héroe era apenas el preludio de una épica tendiente a reencontrarse con ese capitán general que había seducido, además de su devoción enfermiza por la España distante; también, su vasallaje incuestionable respecto de la figura e imagen sobredimensionada de Sarmiento de Gamboa, por quien profesara una admiración rayana en una idolatría excesiva.
Esa misma locura, que lo salva de la muerte en la Patagonia austral, ese afán descomedido por sobrepasar las fronteras de un territorio inhóspito, de una geografía atosigante, de vientos huracanados, de un clima gélido que excedía los pliegues corporales y se introducía hasta el alma que lo cobijaba, de ese sitio donde los conquistadores morían en su empeño y Jiménez de Medellín surgía siendo el baluarte de una raza que pretendía ser tan indómita como los indígenas que la poblaban: desde ese renacimiento inclaudicable decide trasponer sus confines y volver a vincularse con su ícono y mentor.
Luego, la travesía, descrita con una minuciosidad acuciosa en sus interminables charlas con García Bermúdez van entretejiendo una relación que excede el mero hecho expositivo. El trasfondo de la unión, al menos en una parte significativa de ella, es, por parte del viajero, la exhibición detallada de una historia inusual, como si su interlocutor fuera una caja de resonancia que los une, en la forma y fondo, con quienes sustentaron, no únicamente el origen de su desventura, sino también la de Pedro Sarmiento de Gamboa, es decir, la España remota y sus afanes de ocupación sin freno.
De ahí que exista una especie de resurrección, si cabe el termino, de Diego Jiménez de Medellín, y ella se engarza en el reencuentro con un fragmento decidor de sus raíces encarnadas en ese individuo que lo escucha y que pregunta, que deduce y analiza, que colige, sintetiza y concluye. Pero, además, dejará la puerta entreabierta para que ambos personajes sean presa de un sospechoso acoso posterior que, en modo alguno, los dejará indemnes.
El delirante pasado del protagonista circunscribe, justamente, la epopeya desgastada en el sur del mundo. Él es el sobreviviente de un desenlace desmedido, de una empresa encabezada por Pedro Sarmiento de Gamboa destinada al fracaso más estrepitoso. Y Jiménez de Medellín será el testimonio vivo de la frustración, al tiempo que emergerá como redentor de una estirpe resumida en su salvación y esa obstinada “caminata” que por años lo llevó desde el Estrecho de Magallanes hasta Brasil, que superó todos los estropicios de un transitar extraviado: donde convivió con los nativos de los más diversos territorios, se enfrentó a las bestias salvajes, a los rigores atmosféricos, al indescifrable torbellino psíquico de su trastornada perseverancia.
Luego, la Villa de San Pablo de Lisboa fue su destino. Y de un modo similar, el del propio gobernador, en un desenlace engañosamente imprevisible, que el lector podrá desentrañar no sin dejar de sorprenderse.
En suma, una novela muy bien escrita, que bordeando los excesos demenciales trasunta una forma de ser y estar en un mundo bajo la égida dominante del poder omnímodo derivado hacia un vasallaje perturbador, no sólo asumido desde la lógica de la obediencia militar, sino desde una dependencia anímica y cercana al “misticismo religioso”, que hace del protagonista principal un individuo carente de existencia propia y, sin embargo, capaz de sortear las peores adversidades tras una quimera que, probablemente, sólo fuera producto de su afiebrada y tortuosa imaginación.
Pavel Oyarzún Díaz: Vasallo
Lom Ediciones, 2026, 181 pp.







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