Por Cristóbal Hasbún
Existen ciertos temas, como pulsiones, que se encuentran tan enquistados en los arrefices del carácter humano, que vuelven a surgir a la superficie a pesar de haber sido suprimidos en el pasado a expresiones mínimas. La genuina tendencia humana a creer en algo, por ejemplo, por más que haya sido por décadas desplazada, permanece, quizás carente de objeto correcto o expresión clara. Pero persiste. Si acaso los objetos de la creencia o culto hoy, los pequeños dioses, son el consumo, el éxito, el cultivo del cuerpo o el aparentar en redes sociales, eso parece ser otra historia. Pero una historia cierta.
Sociológicamente, ciertos arquetipos fueron desplazados; el ágora es un aforo virtual, la autoridad una amenaza, la jerarquía una opresión, la política un vacío, y la individualidad un culto en sí mismo, cada vez más desencajado de su herencia colectiva.
En este horizonte de resignificación del valor de costumbres y objetos, existe un poeta con una clarividencia conmovedora. La materia de su poesía es de una calidad tan prístina y esencialmente humana, que habla a pesar de haber sido escrita en la Persia del siglo XIII, y hoy sigue atesorando un mensaje cuyo cofre merece volver a ser abierto. Su manera de creer en algo, la forma en que ello encuentra cabida en cuanto a expresión artística, es tan honda que contagia a los lectores sin que el foco de la atención se fije en la corriente religiosa que cada cual practique, sino en la belleza de creer en algo.
La obra de Jalal ad-Din Muhammad Rumi requiere una primera prevención relativa a la proliferación de citas y poemas atribuidos falsamente a su autoría. La era de las comunicaciones ha llevado a que ocurrentes falsificadores atribuyan en sus B-logs o páginas web citas y poemas que el poeta Sufi nunca escribió, las cuales no resultan siempre fáciles de detectar. La propagación de ofertas relativas a autoayuda y planteamientos pseudofilosóficos para mejorar la vida de las personas como forma de negocio han agudizado la tendencia a citar sus versos en contextos utilitarios y, muchas veces, a torcerlos o derechamente falsearlos. De la amplia gama de traducciones y antologías de su obra, el trabajo ejecutado en tres tomos por el experto Nader Khalili es de destacar.
Le lectura de los poemas de Rumi enaltece una vez más temas como la amistad, el amor, la espiritualidad, la alegría y la muerte. Como sabemos, toda buena conversación tematiza necesariamente alguno de ellos. A través de sus versos vuelve a cobrar importancia la verdadera amistad como un árbol de raíces compartidas que terminan alimentándose de un corazón donde ya no existe el tú o yo. La alegría existente en dedicar aunque sea algunos minutos en disminuir el sufrimiento de los demás. Nuestra llegada al mundo como niños, el paso del tiempo entre gente querida y nuestro final como nubes temporales arrastradas por el viento. El valor del silencio, el saber callar, como un pasaje secreto que conecta nuestra boca con nuestro corazón. El deber de los felices de compartir su felicidad en un mundo que se atrofia y aisla. La necesidad de enamorarse de la agonía del amor y no del éxtasis, porque el éxtasis es volátil, y el amor -como nosotros- está siempre muriendo.
Los poemas de Rumi, ya en el siglo XIII, demustran que quienes creen, creen con la misma materia y experimentan el albor de las mismas luces. De su voz y el contenido de sus versos es prácticamente imposible saber si su canto invoca a Alá, Javé, Cristo, Buda, la esperanza de los masones, o la disciplinada bondad de los estoicos. Si su trabajo dijese hoy solo una frase, esta estaría relacionada a la afirmación respecto a que quienes creen en algo se encuentran transitando un mismo camino y, por tanto, es iluso pensar que vale la pena exluirse, recriminarse o desplazarse. El creyente, con independencia de su credo, tiene más en común que aquien rinde pleitesía al estatus y el consumo. La experiencia de la frase antes indicada, la obra de este poeta en su generalidad -en un momento en que su país está siendo bombardeado y sus connacionales asesinados por el gobierno- es un canto dorado.
Porque la civilización avanza, o piensa que avanza, pero ciertos hitos perduran al costado o en un nivel sobre la ruta, y de vez en cuando se encienden y vuelven a echar luz sobre los derroteros. Esa es la nobleza del buen arte, que a menudo es simple. La respuesta al sentir común en el contexto de la multirreligiosidad, sobre todo hoy en Europa o en Medio Oriente, se encuentra en parte en la obra de Rumi asi como las herramientas para lidiar con el exceso de medios de comunicación, redes sociales y ofertas de consumo se encuentra acaso en la filosofía de los estoicos.
Ahora, uno de sus poemas titulado De vez en cuando, que podría estar escrito en la frente de la convivencia pacífica de los credos:
De vez en cuando
Me escondo o aparezco
De vez en cuando
Soy musulmán, judío o cristiano
Hasta que mi corazón se vuelva
Parte de cada corazón
Apareceré cada día
Con un rostro distinto1.
NOTA: Cristóbal Hasbun (1986), escritor y abogado chileno. Su primera obra literaria publicada se titula Árboles Plásticos (2022), un conjunto de siete cuentos con rasgos propios del realismo y la literatura fantástica. Vive actualmente en Alemania, en la ciudad de Frankfurt am Main.
[1] La traducción es mía, tomada de la antología The Friendship Poems of Rumi del traductor Nader Khalili, Wellfleet Press, New York, 2020.





Un abrazo grande, sí, Alfredo, desde 'mi Buenos Aires querido'.