Por Nelson Reyes

El Jefe estaba molesto, lo noté cuando me dijo escuetamente:

-Decídelo tú, a mí ya no me importan.

Últimamente se había repetido este lugar común hasta el hastío, tanto, que esperábamos la consabida y tantas veces repetida orden:

-Tráiganme un meteorito, pero uno de los grandes.

Bajé al mundo y tres segundos, segundos celestiales, bastaron para darme cuenta de la situación y analizar posibles soluciones, hasta que la luz se hizo en mi mente.

Donde Gabriel y tantos otros fracasaron, yo prevalecería.

Tomé a los dos primeros y los puse en una isla desierta a machacarse con todo lo que encontraran, transmitido en vivo al resto del mundo.

Fue cómico ver a Trump y Kim Jong Un tratando de darse golpes, sin alcanzar ninguno al otro por la extensión de sus barrigas.

Putin y Zelensky se las arreglaron más rápido, el primero persiguió al segundo hasta que logró abrirle el cráneo con una pedrada.

El público asistía con morbo a todo este espectáculo televisado y el rating se disparó a las nubes, alcanzando a algunos de mis colegas celestiales.

Poco a poco las guerras se extinguieron, así como los cobardes que las provocaban. Casi simultáneamente, grandes corporaciones comenzaron a desaparecer al reducirse sus ventas y marchitarse sus negocios, arrastrando al mundo a una debacle financiera que nos sumió en la barbarie, lo que definitivamente no estaba en mis planes.

Estaba escrito que la siguiente guerra se pelearía con piedras y garrotes.


Autor: Nelson Reyes; «Lector compulsivo e insaciable, eterno optimista, buscador de utopías y sueños»