Artista y escritora chilena contemporánea. Maestra en Literatura Española y Latinoamericana de la Universidad de Buenos Aires. Diplomada en Gestión del Patrimonio Cultural. Capacitada en: «Corporeidad y Tecnonarrativas» Facultad de Filosofía y Letras UBA y «Artes visuales y literatura contemporánea: (Des)encuentros» Instituto de Estética PUC.
Es autora de los libros de poesía Cautiverio (Balmaceda Arte Joven 2015, Chile y Artexto & Capuchas 2017, Argentina), Cuando habitemos el agua (La vieja sapa cartonera, Chile, el año 2021 y Mocha Editores, 2022), El idioma de la humedad -o la humedad de la herida- (Libros del Pez Espiral, 2022 Chile) y Música de elevador (Ediciones Capuchas 2024, Argentina).
El texto que compartimos es parte de su primera novela, publicada a fines de 2025 en Santiago de Chile por Los Libros de la Mujer Rota. Se titula La distancia entre tu nombre y el mío.
LA MÁS BUSCADA
La matanza de Corpus Christi y el caso de los hermanos Vergara Toledo remeció mi conciencia. Adopté la postura de arriesgarme. Recuerdo haber seguido las instrucciones porque el auto estaba ahí en el lugar. Recuerdo que estando en el lugar hice lo que todo el mundo hizo, esto es tirarse al suelo, porque comenzaron a sentir disparos contra un vehículo. En ese instante pasó una micro que iba a Pedro de Valdivia, muchos de los que estábamos en el paradero nos subimos y nos fuimos. Llegué hasta Pedro de Valdivia y ahí pasó una micro que tomé hasta donde yo vivía. A su pregunta, yo vi cuando le dispararon a Jaime Guzmán. El auto al que me refiero fue un taxi y por lo que recuerdo estaba sin chofer, y supongo es el auto en que iban a escapar.
TÚ ESTUDIARÁS LA RUTINA DE JAIME GUZMÁN
Milena tiene 20 años. Sacude un cuaderno sobre el cual duerme una araña que ha vigilado sus movimientos durante los últimos 20 minutos. Agarra dos o tres lápices y los echa a la mochila negra que, sin cerrar, deja caer entre sus hombros. Debe ir a la Universidad, debería haber salido hace un buen rato pero si no es una cosa, es otra; que se le quedaron las llaves, que no apagó la cocina después de sacar el tostador, que no se despidió de su madre. La madre mira fijamente a Milena mientras cierra la puerta y deja caer, entre un silbido y un grito: “nos vemos en la tarde, viejita”.
Si bien llevaba un tiempo dentro de la dinámica del Frente y había conseguido lidiar con el estrés basal de cuidar cada palabra dicha (porque cada palabra dicha puede ser un familiar muerto, un secuestrado, que te vendan para torturarte y saber la información de alguien más), esta mañana se encontraba particularmente inquieta. No podía sacarse el rostro de su madre, mirándola, antes de que ella dejase la casa esa mañana. Para sus adentros, Milena imaginaba cuántas mañanas como esa podría guardar, en lo más profundo de su espíritu, como alimento para los días áridos que serían presente muy pronto, intuía.
“Por la seguridad de ellos, no voy a contarles nada. Por seguridad” se repite Milena entre dientes. Los rayos del sol de mañana le enceguecen. Milena, en lugar de preocuparse por la visual, proyecta toda su atención en el sonido de las hojas que pisa, en el rugir metálico y descascarado del otoño.
“Es por la seguridad de ellos” piensa para sus adentros. Murmura esas palabras reiteradamente, una y otra vez, como si quisiera tatuar esa frase en su cráneo. La repetición le permite dejar los otros pensamientos afuera, aquellos que habían provocado sus últimas torpezas, el atraso de hoy, el que no encontrase las monedas para tomar la micro.
El chofer echa a andar la máquina con ella apenas sostenida de la baranda que acompaña el manubrio del hombre que ahora recibe sus monedas y con un “¡cuidao con caerse, señorita!” logra traerla al presente por primera vez en el día.
La mirada agradecida de Milena acompaña su rostro desde que deja caer las monedas brillantes sobre la palma del chofer, hasta que toma asiento y vuelve a recordar la última conversación que tuvo con Juan y los demás.
En ella, se había dado una serie de pasos e instrucciones que cada quien debía realizar, muchas de ellas sin un sentido práctico inmediato, sino más bien como parte de una serie de movimientos aleatorios que hace un par de meses recibe tanto Milena, como los demás. A veces aquellas instrucciones rutinarias tienen como finalidad probar lealtades y el funcionamiento interno de la célula. En tanto estructura escalonada, Milena desconoce el funcionamiento del engranaje en su totalidad, y supone que del mismo modo Juan desconoce cuánto saben sus superiores, o los compañeros de otras células.
Sus pensamientos se entrecruzan. La verborrea interior contrasta con la luz apenas tibia que descansa sobre las manos de Milena, que se mueven temblorosamente haciendo a su compañero de asiento mirarla de reojo.
Milena esboza una sonrisa. Siente una juguera en la cabeza, con el botón apretado al máximo y todos los ingredientes saltando fuera de sí; piensa en los sobres que debe recoger esa semana, en la llamada telefónica que hará en las próximas horas, en la verdad que ocultó en la mañana a su hermano Samuel y en dónde alojaría a algunos compañeros que necesitaban urgente un lugar para refugiarse hasta que la peligrosidad bajase. En el rebotar de su cabeza contra el vidrio cree hallar sentido a su propio movimiento. Devuelve una sonrisa ligera, apenas sonrisa, a la mirada esquiva del compañero de recorrido. Él baja de la micro, deseándole un buen día a Milena, quien permanece en esta escena bajo la tranquilidad de esa pequeña epifanía, aunque sus manos siguen temblando y apenas ha contenido el impulso de morder sus uñas y dedos.






[…] libro de Guillermo Bustamante Zamudio, Oficios de Noé, se publica en 2005. Todos los textos que hay allí se…