Diego Muñoz Valenzuela
Circus 1
Debido a mi juventud, entré en el puesto de enano. Tampoco había otra vacante. Sentí algo de vergüenza, pero para alguien que ha soñado trabajar en un circo, era un comienzo. Por eso acepté, pensando en hacer carrera. El tiempo, como acostumbra a suceder, se hizo cargo de mis aspiraciones. Crecí apenas un par de centímetros y traspuse la barrera de la veintena: la estatura me relegó para siempre a la condición de enano. Podría desarrollar al máximo la veta del humor ridículo, lograr aclamaciones y carcajadas unánimes, mas mi destino estaba sellado.
Experimenté alivio tras envenenar al hombre de fuerza: su rostro contraído por el intenso dolor que antecede a la muerte fue un bálsamo para mí, un alivio transitorio. Unos meses después, el trapecista eximio se desprendió a la máxima altura. El malabarista fue aplastado por uno de los pilares de acero de la carpa. El mago fue mordido por una cobra. Al domador lo devoraron sus leones.
Cuando llegó el turno de la mujer barbuda, mi mano con la navaja tembló en el último instante. Un repentino amor se apoderó de mí y también de ella. Huimos del circo y de la huella de mis crímenes.
Recorremos el mundo, fugitivos, de la mano, refugiados en nuestro idilio, trabajando en cualquier cosa. Guardamos la navaja como recuerdo; ella la usa para rasurarse cada mañana. Se mira en el espejo y sonríe. No cabe duda que es una sentimental.
Telegrama 1
Enamoramiento. Pasión. Éxtasis. Felicidad. Acecho. Intrusión. Tentación. Impulso. Traición. Vértigo. Goce. Chisme. Incredulidad. Desconfianza. Seguimiento. Irrupción. Sorpresa. Culpa. Espanto. Crimen. Alivio. Cárcel.
Amores rotos
La desarmé. Desensamblé cada una de sus piezas y las puse sobre la mesa, bien ordenadas: brazos, manos, piernas, cabeza, antebrazos, cuello, tobillos, rodillas, senos, cuello, vientre, cintura. Todas aquellas idolatradas partes. Ahora salen con que no era un robot. A estas alturas vienen con eso. Y justo ahora me llevan, cuando comenzaba a rearmarla.
Aprendizajes funestos 1
Partió de la forma más sencilla y más inocua, al menos en apariencia: trozando pollos para un almuerzo. Al principio le costaba hundirles el cuchillo a las aves para arrancarles el cuero, pero pronto aprendió a disfrutarlo. Luego se dio maña para separar las presas, premunida de un enorme machete.
Para el siguiente banquete, ya se consideraba una experta. Incluso se ofreció para sacrificar las aves el día anterior, tarea que realizó con manifiesto placer. Les cercenó el cogote mediante un frío y preciso golpe de cuchillo.
En jornadas posteriores amplió sus conocimientos de anatomía carnicera a piezas cada vez mayores: gallos, conejos, corderos. Sentía una íntima pulsión, atávica quizás, por llevar su arte al máximo nivel. Entonces fue –justo en el peor momento- cuando su marido salió con aquel asunto tan oprobioso. Fue una estocada súbita y certera en su alma herida.
Historia de amor gótico
Vendó su cuerpo sinuoso para disfrazarse de momia y él simuló que estaba aterrado para hacerla feliz. Se colocó unos larguísimos colmillos y lo contempló con sus ojos hipnóticos y sanguinolentos; por amor, él permitió que lo mordiera en la yugular. Vestida con un peludísimo traje de hombre lobo saltó sobre él aullando; él se dejó sorprender, más enamorado que nunca. Por fin, ella se disfrazó de Parca y –aburrida de tanta gentileza- lo decapitó con un diestro golpe de guadaña.
Diego Muñoz Valenzuela
Ha publicado dieciséis libros de cuentos y microcuentos y nueve novelas. Cultor de la ciencia ficción y del microrrelato. Libros suyos han sido publicados en España, Croacia, Italia, México, Argentina, Perú y China. Cuentos traducidos a once idiomas. Premio Mejores Obras Literarias 1994 y 1996.






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