por Aníbal Ricci

Un sujeto ha recaído tres veces en el mismo bar atendido por unos coreanos. Ha terminado una relación de tortuosos meses y requiere beber, simplemente beber para borrar esos momentos extraños que compartió con una mujer.

Eso de recordar encuentros y las veces que hicieron el amor le hace daño. Un futuro imposible para alguien que por años ha abusado de las emociones. La familia prodigó sadismo durante la infancia, donde un hombre mayor infringió insultos a la esposa, a los hijos y a los nietos que, por ningún motivo, desearán engendrar otras vidas.

Termina su primer litro de cerveza y sale del bar a deambular por las calles. El mediodía pega fuerte y el sujeto camina bajo inclementes treinta grados. Enfrenta a la gente sin importar el tenor de sus vidas. Desea limpiar el disco duro de recuerdos que terminaron por agobiarlo. Tantas veces compartieron un espumante mientras bailaban música ochentera. Disfrutaron de una canción predilecta que hablaba del olvido. Porque es lo que necesita hoy, olvidarse de conversaciones y planes que nunca fructificaron. El alcohol fue el detonante, una pérdida de tiempo para este hombre que desearía amar, pero tras cada borrachera esos momentos fueron desapareciendo, anillos tirados por la cabeza, violencia de lo más extrema. Ha tenido episodios críticos y apenas ha podido salir adelante con otra personalidad que sigue dividiéndose hasta el infinito.

Se enamoró varias veces, la primera de una mujer atractiva que no lo quería. La cocaína hizo estragos durante esas noches desenfrenadas. La segunda era una buena mujer, pero el alcohol lo hizo perder el norte. Un sujeto que no quiere hacer daño, aunque no tiene idea de comportarse con normalidad. Los empleos nunca duraron más de dos años, para caer en estados psicóticos y experimentar delirios de persecución. La sociabilidad no sería negocio y le cuesta construir relaciones robustas con amigos, colegas, en realidad con cualquier persona. Le agobia lo que piensan los demás, no por vanidad, sino porque escucha voces en su cabeza.

La violencia del padre hacia su madre lo marcó. Ella nunca fue un apoyo, sino alguien que tuvo que soportar al hombre que tenía al lado. El hijo tampoco podía confiar en la mujer porque jamás insinuó una relación de afecto. A través de los años los miembros de esa familia se harían pedazos con desconfianzas mutuas y cada matrimonio sería aniquilado por envidias que terminaron siendo otra manifestación de su sadismo.

El sujeto ha recorrido varias comunas a pie para volver al mismo bar y pedir una segunda cerveza de litro. Le duelen los pies, aunque los recuerdos han dado paso al cansancio. Se acomoda frente al televisor a ver un programa desechable y vaso tras vaso da cuenta del contenido. Ahora está mareado, debido a que no ha ingerido alimento. Le duele la cabeza, aunque igual pide otra botella. Sintonizan otro canal y emprende camino en dirección contraria. Parece que el proceso de no compartir con otra persona de verdad sirvió para olvidar a esa mujer a la que hizo tanto daño. Pedía el universo, que se divorciara y que se fueran de luna de miel a Isla de Pascua. He invertido tiempo y dinero en la relación, repetía y todo se volvía tan tóxico.

El sujeto posee familia, aunque no existe un ser humano dentro de ese núcleo. Sabe que es imposible establecer una relación de confianza, aunque lo intenta, pero simplemente carece de esa capacidad. El padre es como un virus que destruye todo a su paso. Será lo único que conoce el sujeto, capaz de experimentar sentimientos, pero a la larga termina siendo una decepción, porque en realidad odia a la familia de su amada, le parecen otro remedo de afectos. Desearía atención exclusiva, pero las parejas demandan cosas, relaciónate con los demás, le dicen. Pero los demás hablan a sus espaldas, desconfía de ellos y esa incapacidad de conectar destruye la relación. La intoxica con deslealtades y el alcohol lo saca de su centro y en su interior sabe que la única manera de tener un futuro será en solitario. Que lo dejen tranquilo porque las emociones son tantas y las voces se multiplican. La personalidad sufre extravíos y los excesos se tornan en indiferencia.

Hay algo hermoso en un bar sin alguien mirándote. No hay expectativas, ni voces ocultas, ni una mujer recriminándote errores. La chica es hermosa, pero tarde o temprano sospecha que haces el amor igual que con la mujer anterior, que sus senos no son lo suficientemente grandes, que sus tatuajes, se cuestiona todo y uno es un hombre con inseguridades y cada momento va a ser manchado por una sombra y esa sombra oscurece todo y las conversaciones pierden humanidad, hasta el punto que comienzas a odiar al ser humano que afortunadamente ya no tienes al frente.

Llama por celular para reclamar que desapareces un fin de semana, pero eso ocurrió hace meses y es tanta la repetición, que vuelves a desaparecer y eleva la voz y eso es medio humillante y arrojo el celular contra la pared con la esperanza de no volver a escuchar esa voz. Vaticinas que los viajes futuros siempre van a terminar en un desastre de proporciones y de verdad no vale la pena el esfuerzo.

Salgo a la calle y está oscureciendo. He aprendido a olvidar y sin teléfono ya no puede rastrearme. Quizás la engañé, aunque eso ya no importa. Salgo a caminar por las calles del pecado y de verdad no necesito engañarme con otra persona. Recorro decenas de cuadras y tengo ampollas en los pies. Busco uno de esos moteles que no tienen pornografía. Deseo descansar y ver una buena película.

«Vidas pasadas» parece una buena elección. Una cinta coreana que trata de las oportunidades de encontrar una pareja durante esta vida. La fotografía es increíble y los rostros que pudieron tener un futuro tampoco comparten el encuadre. Flashback de la niñez y recuerdo mi timidez patológica. Un chico que encontraba normal que sus padres no se besaran y jamás se prodigaran una palabra de cariño. La idea de amor la construí viendo películas, entiendo verdaderamente a los directores y estoy en paz luego de mucho tiempo. Ese amor infantil se aleja por las calles de Nueva York y el travelling expresa la angustia de lo que no pudo ser.

Llamo al citófono y pido un whisky con hielo. Me siento en esa mesita donde otro día desplegaba rayas. Posee una sola silla y estoy a gusto porque reemplacé recuerdos de cosas que hacían daño. Un caleidoscopio de emociones destructivas. Sin ellas puedo subsistir, volver a casa en taxi y dormir durante días. Tan cansado que las neuronas vuelven a reformarse para preparar el cuerpo para los años venideros. Uno sin prostitutas ni sobresaltos. Uno donde beberé una copa de vez en cuando, sentado en la terraza oyendo cientos de voces que me habrán dejado de insultar.