Por Omar López

Ah, sí
existen cosas peores que
estar solo,
pero a menudo lleva décadas
darse cuenta
y la mayoría de las veces
cuando lo haces
es demasiado tarde
y no hay nada más terrible
que
demasiado tarde.

(Charles Bukowski)

La soledad como opción de vida o como resultado de circunstancias pretéritas que la condenan a esta realidad es un tema que, a mi juicio, no le interesa a nadie. Ni siquiera, a sus protagonistas. Más bien, todo lo contrario: muchas personas declaran disfrutar en plena libertad de acción y de intenciones cada día y cada noche su ancha independencia existencial. Sobre todo, mujeres… ellas se adaptan mucho mejor y valoran este espacio con una cuota de merecido orgullo y resolución anímica que nosotros, hombres más bien torpes en el cronograma doméstico y varias veces dolientes en medio de la bruma sentimental, nos cuesta mucho resolver.

Pero en definitiva, la soledad pesa (igual que en el principio de Arquímedes) todo el volumen que desplaza. Pareciera que el mundo de los solitarios implica un permanente diálogo de ensimismamiento y complicidad con su entorno porque cada pregunta es resuelta o hace eco en el silencio de las cosas que habitan su cotidiano paisaje. Esa inmovilidad de la ausencia que lo recibe luego de una jornada de trabajo o de paseo o el acto simple de abrigarse al compás de una melodía favorita en instantes de somnolencia emocional va perfilando un espacio a imagen y semejanza de sus deseos. Es ahí donde el ánimo de ser dueño y esclavo de su mundo puede originar la sonrisa frente al espejo corroído de arrugas y otras cicatrices o soltar una lágrima de tristeza indefinida tan fugaz cómo íntima.

Admiro profundamente a la gente que vive sola, porque el ser humano es un ser social y comunicativo y el convivir con otro ser implica un crecimiento continuo si ambos ejercen sus identidades con autonomía absoluta y solidaridad sentimental constante. Por eso, creo que la soledad tiene muros altos y fríos que encierran muchos enigmas. Sin embargo, el escritor chileno Alejandro Jodorowsky afirma que…”la soledad es una oportunidad para encontrarse con uno mismo”; afirmación que si bien, compartimos, nos parece que no es el único camino. Una cita mucho más provocativa y satisface nuestro apetito literario es la del filósofo francés Jean Paul Sartre: “SI TE SIENTES SOLO CUANDO ESTÁS SOLO, ESTÁS EN MALA COMPAÑÍA”. Notable, preciso para desnudar la esencia de ese estado reivindicando un acto de aislamiento como otro desafío existencial.

Mismo sentido tiene el poema de nuestro viejo y lúdico poeta norteamericano Bukowski porque pondera bajo otras calamidades existenciales el estado de permanente o vagabunda soledad y le duele el paso de un tiempo quejumbroso que, en fin de cuentas, no era tan malo.

La soledad es un tema que uno puede también amplificar a otros espacios y con otras connotaciones: por ejemplo, la enorme soledad de la población que vive en la calle; la soledad terrible de los drogadictos que han perdido dignidad y cerebro; la soledad de miles de ancianas y ancianos envueltos ya en la desidia de su familia, ya en la miseria disfrazada de silencio. Es cosa de dar un paseo por cualquier CESFAM poblacional y el paisaje de personajes en estado de semi o total abandono existencial golpea nuestra “normalidad” con feroz eficacia.

De todas maneras, para mayores dimensiones de la soledad, miremos el universo y nuestro minúsculo planeta…hasta el momento y en los límites de nuestra galaxia parece que vecinos con domicilio conocido, no tenemos. Y, en consecuencia… estamos solos, solos como un caracol de jardín en el desierto de Atacama.

Viernes 06 de febrero de 2026.