Por Josefina Muñoz Valenzuela
Seguramente, nuestra madre todavía va y viene por sus lugares amados, porque su energía y su espíritu de lucha fueron inagotables. Seguramente, andará por Constitución, el pueblo que siempre amó; visitará la vieja casa familiar de la que sobrevive -con más de 150 años- la “casa chica”, la parte más antigua, a la que se trasladaba la familia en los largos veranos de cuatro meses, porque entre diciembre y marzo la casa grande se arrendaba a veraneantes de Talca o Santiago. Y, seguramente, también regresará a la casa de Palqui.
Realizó sus estudios primarios en Constitución y los de liceo en Santiago, ciudad donde vivió con su madre desde los doce años. Siendo muy niña, fue al mercado de Constitución a escuchar a Elías Laffertte, obrero del salitre y dirigente comunista, ideas que ya la interesaban y sobre las que había leído, como la gran lectora que fue.
Mientras estudiaba en el liceo, trabajó en la Biblioteca Nacional, donde conoció a muchos escritores e intelectuales, entre ellos al que años después sería su primer marido y nuestro padre, Diego Muñoz, ambos periodistas de diversos diarios del país, con quien compartió grandes causas e intereses, entre ellos, la poesía popular. De allí, el año 1954 organizaron el PRIMER CONGRESO NACIONAL DE PAYADORES Y CANTORES POPULARES DE CHILE, con el apoyo de Juan Gómez Millas, Rector de la Universidad de Chile. El Congreso mismo y sus materiales fueron recogidos en una separata de la revista Anales.
Sus intereses políticos y literarios la llevaron a integrarse muy tempranamente a la Alianza de Intelectuales, fundada en 1937; años después a la Sociedad de Escritores de Chile, de la cual llegó a ser su presidenta entre los años 1995 y 1997.
Durante muchos años mantuvieron en diversos diarios de Santiago, pero sobre todo en El Siglo, una sección de poesía popular donde ella escribió décimas bajo el seudónimo de Marcelina Oviedo. Su objetivo central era estimular a otras mujeres a enviar sus décimas. Y así fue, llegaban décimas de hombres y mujeres, entre ellas Águeda Zamorano.
Fue una gran escritora de notables libretos radiales que tenían alta audición, y que mostraban aspectos de la sociedad de la época, tanto urbana como rural, mundos que conocía muy bien y que podía describir de manera extraordinariamente cercana y vívida, donde se traslucía siempre su cariño y admiración por seres humanos de las más variadas ocupaciones, intereses, ideas, sueños, proyectos y anhelos de vida mejor para la sociedad en su conjunto.
Si hubiera podido estudiar, creo que habría sido una gran doctora de cuerpos y almas, porque sin serlo, lo fue siempre para quienes buscaban su consejo y lo seguían sin dudarlo.
Fue extraordinariamente adelantada a su época, no solo en las ideas: usaba pantalones y fue la primera en usar bikini en las playas de Constitución. La leyenda cuenta que los caballeros del pueblo iban con catalejos a mirarla desde las dunas.
Nuestro padre murió en 1990. Con Diego, vagamente pensábamos que no era bueno que estuviera sola, pero que sería muy difícil que pudiera tener otra pareja. Y unos años después nos dio la sorpresa: su encuentro con otro escritor, Franklin Quevedo; se casaron y tuvieron una vida feliz y acompañada, en la que compartían intereses muy variados y luego, nuestras vacaciones fueron siempre en conjunto, en Constitución desde luego. Por eso, le decíamos “doña Inés y sus dos maridos”.
Llegar a su casa ahora es sentir el vacío de una presencia que estuvo en nuestras vidas con una marca de eternidad. Seguirá viva en quienes la conocieron, su familia, sus amigos; continuaremos escuchando sus palabras e imaginaremos qué hubiera dicho en momentos importantes.
Su libro “El mundo que tía Paty dejó” es un testimonio de su vida, de su preferencia por el mundo trabajador, obrero, campesino, un mundo que conoció bien, con el cual siempre estuvo identificada y comprometida, no como espectadora, sino como parte del mismo.
Dejó un libro inédito, “El pueblo de la memoria”, dos palabras que tuvieron gran importancia para ella, en tanto habitar los lugares y recordar las vidas que se juntan en esos espacios y recorren sus diversos caminos, a veces juntas y en otras ocasiones separadas, pero compartiendo sus sueños, sus ideas, sus anhelos, sus afectos, sus diferencias, sus pasiones.
Michoacán, 16 de enero de 2026






Emotivo y crítico. Es un gran relato picaresco.