(25 de junio de 1925 – 27 de noviembre de 2025)

Inés Valenzuela Arancibia fue un ser humano excepcional, una mujer adelantada 100 años a su época, los mismos cien años que vivió, acompañando a generaciones y compartiendo su vida y sus experiencias.

Nació en Constitución, un pueblo que amó siempre, donde estaba la gran casa en la que recorría pasadizos y habitaciones vacías, que iba habitando una a una como un lugar privilegiado y secreto donde podía leer y leer, pasión que mantuvo toda su vida.

Allí realizó sus estudios primarios y parte de las humanidades, luego de trasladarse a Santiago con su madre. Simultáneamente con sus estudios, muy niña aún, trabajó en la Biblioteca Nacional, en la cual inició una amistad entrañable con Juvencio Valle y donde también conoció a Diego Muñoz (1903 – 1990), con quien se casaría años después. Fue su compañero durante casi medio siglo y padre de sus hijos, Josefina y Diego. Años después se casó con Franklin Quevedo, también escritor y con quien disfrutó otros muchos años de vida.

Periodista y escritora, libretista radial, creó y mantuvo la hoja Lira Popular en diarios de izquierda de los años 50, especialmente en El Siglo. En conjunto con Diego Muñoz, organizaron el Primer Congreso de Poetas Populares, realizado en la Universidad de Chile.

Comprometida con la justicia, la igualdad, una vida mejor para todos, las ideas y las actividades políticas y sociales ocuparon un lugar central en su vida, al igual que la literatura. Su casa siempre estuvo abierta para todos, con gran generosidad y afecto verdadero, disfrutando y valorando las conversaciones con las más diversas personas.

A UN MES Y MEDIO DE TU PARTIDA

Por Diego Muñoz Valenzuela

Debo escribirte unas líneas, Inés Valenzuela Arancibia, porque no sería capaz de hablar a capella en este 16 de enero de 2026, a un mes y medio de tu partida. O quizás sí, pero tal vez no abordaría lo que habría querido y después me arrepentiría de no haber dicho otras cosas. O tal vez dé lo mismo: igual pensaré que otras debieron ser mis palabras, otra cosa y no lo que voy a decir ahora. Quizás en algún momento me falte valor para seguir leyendo y deba pedirle a un buen amigo o amiga que siga por mí. Cómo saberlo si nada de esto ha ocurrido cuando escribo. De lo único que estoy seguro es que no estás acá ahora, al menos de la forma que supiste estar para mí durante casi 70 años. Una enormidad de tiempo, aunque me parezca apenas una fracción de segundo ahora que vivo inmerso en esta nueva condición para la que aún no tengo un nombre.

Prefiero escribir, porque he elegido esa posición para mi existencia. Soy un escritor, como tú, como mi padre, como tantas otras personas que he conocido a veces de viva presencia, mayormente a través de los libros. De ustedes aprendí este oficio arduo, maravilloso, la magia de construir la memoria de lo ocurrido o de adivinar el futuro o de descubrir y revelar el auténtico milagro de la vida.

Hemos conversado cada uno de los días desde que partiste al reposo, Inés Valenzuela. Viviste más de un siglo y de qué intensa, esforzada, estoica, sufrida, alegre, delicada, leída, furiosa manera. Seguiremos conversando cada día, al amanecer, como te gustaba: despertar con las gallinas. Me pegaste ese amor por el alba y conservo esa manía: saludar el día antes de que llegue.

Mil veces me he preguntado cómo puede adquirirse el oficio de la escritura. Hay más de mil respuestas, pero tengo algunas que parecen ciertas en mi caso. Desde que era un bebé los vi leer y escribir miles de páginas; es decir, aprendí a través del ejemplo sostenido, cotidiano, consistente, religioso casi. El tableteo de la máquina de escribir se imprimió en mi mente como una música maravillosa que extraño ahora cuando solo recibo el suave tecleo del computador y el rumor distante de la impresora de tinta. Adoraba el sonido de la Underwood negra: grande, pesada, ruidosa. A escondidas, con mucho cuidado y temor reverencial, presionaba las teclas. Hasta que, al fin, ustedes, mis padres, me concedieron el honor de aprender a usar el sonoro ingenio negro para cantar las melodías secretas de la escritura. Con infinita paciencia por la torpeza sistemática y mis errores de aprendiz; así me enseñaron, como esos extraordinarios padres que fueron.

Aprendí a armar el papel con los calcos para producir siete copias, un número cabalístico. Una hoja blanca, un calco, una hoja y así… ¿Por qué siete? Porque se trataba de libretos radiales: para estudio, control y los diversos actores. Los años 60 y 70 eran propicios para arte de los radioteatros, ahora extraviados en el tiempo.

Para sacar siete copias había que picar muy fuerte las teclas, con una violencia inusitada de Polonesa de Chopin, a todo dar; había que darle con el alma entera.

De la escritura de radioteatros vivimos como familia en las décadas del 60 y el 70. Esa matraca de las máquinas de escribir se escuchaba todo el día. Era el sonido de la fábrica, de la producción. Ustedes eran los obreros de la escritura, los cultores de la palabra. Me formé en ese respeto hacia el trabajo de la escritura.

Un día, Inés, tuviste una inspiración que me cambió la vida. He venido a entenderlo hace poco tiempo. Me pediste primero que ayudara a armar las hojas para las siete copias que la Underwood iba consumiendo como un monstruo insaciable. Luego, reparando en la ventaja de mi precoz rigurosa ortografía y gramática, me invitaste a convertirme en revisor y editor final de los textos. Leía el original, hacía las correcciones con la mejor letra posible (eso era lo más difícil) y copiaba las enmiendas en las otras seis hojas.

Eras, Inés, una auténtica saeta para escribir los libretos, pero tu pasmosa velocidad para inventar las historias y los atractivos diálogos implicaba cierto descuido por los detalles ortográficos y las comas y esas cosas, absolutamente menores para el atractivo de la historia. Miles de fieles oyentes no se perdían los nuevos capítulos diarios; escribían cartas cuando algún personaje enfermaba o corría peligro de muerte. Suplicaban para que el sujeto en peligro se salvara. Hasta hubo que aplicar alguna burda estratagema para resucitarlos y hacerlos regresar de la muerte.

Increíblemente, te vi y te escuché escribir hasta tres capítulos de distintos radioteatros en una misma tarde. Hay que anotar que a las seis de la mañana ya andabas trajinando, limpiando el piso brillante, preparando el desayuno, regando el jardín enorme, podando, cocinando, sacudiendo el polvo de los libros, lavando la loza. Una máquina de trabajo infinito. Cuando alguien elogia mi aparente laboriosidad, río para mis adentros, Inés. ¡Sí te hubieran visto hacer todo lo que hacías!

Qué duda cabe, esa fue una escuela maravillosa: exigente, cotidiana, recurrente. Y yo recibía un salario que para mi infancia parecía suculento. Imposible mejor situación.

Debo haber empezado a los ocho años con esta práctica que se extendió a la preadolescencia. Después de los doce, empecé a ser consultado para asuntos relacionados con las tramas, cuando decidiste incorporar revolucionariamente temas novísimos en los radioteatros: visitas extraterrestres, platillos voladores, seres fantásticos, robots y otras materias propias de mis intereses. Ese fue un increíble privilegio.

Así llegamos a fines de los 60 y el adolescente comenzó a dejarse absorber por otras materias relacionadas con el torbellino social en el que nos fuimos sumiendo. Así fui dejando el apoyo en labores de editor.

Vino la dictadura y la enorme carencia de trabajo. Uno que otro libreto caía de vez en cuando y colaboraba en parar la olla. Había que ocultar la identidad de los autores consignados en las famosas listas negras.

De otra parte, Inés, me pediste encarecida y seriamente que me dedicara a estudiar la carrera de ingeniería, que comencé en 1974, en el peor escenario concebible. Te lo prometí y lo cumplí, aunque -como supiste y sabes- me dediqué a esas y muchas otras cosas que me enseñaste con el ejemplo. Otro día hablaremos de ellas.

Ahora solo quiero contar esta pequeña e importante parte de nuestras vidas y darte las gracias por esa oportunidad que me diste, por tu actitud visionaria y desafiante, por contaminar a ese niño que fui con el amor por la escritura y la disciplina del trabajador de la palabra. Seguimos hablando más rato, mañana, de estas y otras cosas, Inés Valenzuela Arancibia.

Diego Muñoz Valenzuela

Otras publicaciones