La Corporación Letras de Chile agradece a Luis Casado la autorización para publicar el artículo “Balzac, Hugo y los otros”, de su Diario electrónico POLITIKA.

BALZAC, HUGO Y LOS OTROS

Por Luis Casado

(Inducido, forzado, incitado, estimulado y excitado por Ars Grammatica de Jorge Lillo)

Balzac, en una recreación de Jorge Lillo mediante la tan mentada IA...
Balzac, en una recreación de Jorge Lillo mediante la tan mentada IA…

Tomar la palabra en público es la exégesis inaudita de una inesperada fuga hacia la ilusionada catarsis para la cual la alegoría onírica no refleja nada sino una estética confusa y deletérea… (Fabrice Luchini).

De seguro un pueblito llamado Lorrez-le-Bocage no te dice nada, y con razón. Está en el medio de la nada, cerca de la mía –mi nada, digo– en el campo, en la provincia de Seine-et-Marne por donde corren esos ríos, sin olvidar el Yonne, aún más caudaloso e imponente.

Pasa que allí, en Lorrez-le-Bocage, hay un castillo. En fin, hay por lo menos un castillo, el castillo de la Motte…

Foto del autor...
Foto del autor…

Construido a partir de fines del siglo XV, ahora le pertenece al conde Bernard de La Rochefoucauld.

Allá por los años 1840 –después de las sacudidas de la Revolución Francesa, de la Restauración y del Primer Imperio– la rusa Sofia Fiodorovna Rostopchine, Condesa de Ségur y escritora célebre, se dejaba caer por ahí de cuando en vez, para visitar la familia de su esposo.

Hace un par de años los jardines del castillo acogieron un “vaciado de graneros”, suerte de mercado de las pulgas en el que los vecinos vienen a vender libremente lo que ya no necesitan. Suelo acudir en busca de libros, esos libros que constituyen mi única riqueza.

Ese día alguien me ofreció un paquete cuya envergadura me acojonó… Son las obras completas de Victor Hugo, dijo, agregando que en el lote venían además textos de Tolstoi, Dostoievski, Zola y Balzac.

Mi renuencia no decreció a pesar de que tales autores son un imán para cualquier lector aficionado como yo. Viéndome dudar, el vendedor dio la última estocada diciendo: “Se los dejo en 30 euros…”. Treinta lucas…

Hace unos días cogí uno de aquellos textos, cuyo título llamó mi atención: “Contes drolatiques”, de Honoré de Balzac, y fui de sorpresa en sorpresa. Se trata de una muy vieja edición, realizada por el editor A. Dutacq, con cientos de ilustraciones del pintor Gustave Doré, en folios suministrados por Gasnier, fabricante de papel, y tipografía de Rénard et Cie. (ancienne maison Lacrampe), impresores tipógrafos.

Libro

Todo en el libro evoca siglos pasados, incluyendo el massicot irregular, la encuadernación y los dibujos de Gustave Doré, ilustrador, caricaturista, pintor, litógrafo y escultor francés, cuya obra fue reconocida en el mundo entero como una de las más importantes del siglo XIX.

Lo mejor aún estaba por venir… Al comenzar la lectura del primer cuento, titulado “La belle Impéria”, texto en el que el autor se cachondea alegremente de las gentes de iglesia, quienes –de los diáconos a los curas, abades, obispos y arzobispos, frecuentan hetairas de una ligerísima moral y ofenden el 7º mandamiento con un empeño digno de mejor causa sustrayendo el dinero proveniente de las limosnas destinadas a los pobres…– me di cuenta que el texto es el original de Balzac, con locuciones, sintaxis y ortografía propias del francés antiguo, en un homenaje convicto y confeso a Rabelais.

Así, pude leer con fruición:

L’Archevesque de Bourdeaux avoyt mis de sa suite, pour aller au Concile de Constance, ung tout ioly petit prebstre tourangeau dont les fassons et la parole estoyent curieusement mignonnes, d’autant qu’il passoyt pour fils de la Soldée et du gouverneur. L’archevesque de Tours l’avoyt voulentiers baillé à son confrère lors de son passaige en ceste ville, pour ce que les archevesques se font de ces cadeaux entre eulx, cognoissant combien sont cuisantes les desmangeaisons théologiques.

El lenguaje cotidiano se ha empobrecido en Francia, como se ha hecho miserable en Chile, y volver a la excelencia de los grandes escritores clásicos es un remanso de belleza y encanto.

Hugo, Zola y Balzac escribían en cuartillas, con pluma y tinta.

Por menos de 700 páginas no se daban la molestia de enviarle nada a sus editores. Además de tachar y corregir mucho, sus textos originales surgían como de manantial.

Luego, del mismo modo que hizo García Márquez con el manuscrito de Cien años de soledad, enviaban un paquete de miles de hojas repletas de una abigarrada caligrafía a sus editores, utilizando los medios de la época: el transporte por burro, carreta, bote o golpes de calcetín.

Cuando Victor Hugo terminó Les Misérables –libro que cuenta la vida y la pasión de Jean Valjean, y del cual recuerdo con pavor la tétrica escena de robo y pillaje entre los cadáveres de los soldados muertos en Waterloo por parte de los siniestros Thénardier, marido y mujer–, hizo lo de costumbre: armar un paquete amarrado con cuerdas y enviarlo a su editor… acompañado de una carta.

Esa carta, escrita de su puño y letra, tenía un solo y único carácter, que manifestaba claramente la angustia del célebre autor:

Interrogación

A las pocas semanas Victor Hugo recibió la respuesta del editor. Una misiva que contenía su opinión en un único carácter que fue más explícito que un discurso:

Exclamación

Las sucesivas ediciones de Les Misérables llevan, a guisa de presentación, unas palabras de Victor Hugo que hay que conocer y no olvidar jamás:

Mientras exista, en razón de las leyes y las costumbres, una condena social que crea, en plena civilización, infiernos, complicando con una fatalidad humana el destino que es divino; mientras los tres problemas del siglo -la degradación del hombre por su proletarización, la humillación de la mujer por el hambre, la atrofia del niño por la noche- no habrán sido resueltos; mientras, en ciertas regiones, la asfixia social será posible; en otras palabras, y desde un punto de vista aún más amplio, mientras haya sobre la tierra ignorancia y miseria, libros como este podrían no ser inútiles.

Victor Hugo – Hauteville House, 1862