Por Ramiro Rivas
La morena era puertorriqueña y tenía un culo de thriller y el pelo negro y enmarañado que le enmarcaba su cara redonda y siempre sonriente. Porque le gustaba exhibir su dentadura a toda vela. Cada vez que sonreía se le insinuaban dos hoyuelos coquetos en las mejillas. Se llamaba Mara y la conocí en mi larga estadía en Miami. Creo que era el año 83 o inicios del 84 y yo había emigrado de mi país, no porque me persiguieran, sino porque deseaba conocer otros mundos. En ese tiempo tenía veintiún años y la política me interesaba un pito. Mis padres, es decir mi viejo, era comunista y había estado preso en el campo de concentración de Chacabuco, allá en el norte, donde nunca he ido y no pienso conocer. Lo habían detenido por su filiación política. Me había contado que pertenecía al Partido desde los dieciséis años, cuando era estudiante de secundaria, y un tío lo había incorporado a las JJ.CC. Me confesó que nunca se había metido en nada comprometedor y pensaba que a causa de ello había salvado con vida. Pero igual se había mamado dos años detenido y sufrido torturas con corriente. Pero a él no le gustaba recordar esas cosas y a mí, a esa edad, no me gustaba escuchar sus desgracias. Mi viejo tampoco insistía en el tema y tratábamos de rearmar nuestra familia como podíamos. Cuando salió libre lo acogió un compañero del Partido que tenía una pequeña imprenta y así pudo rearmar su vida malograda. Mi vieja, en ese entonces, realizaba labores de aseo en unas oficinas del centro y colaboraba con el presupuesto de la casa. Mi hermana menor aún estudiaba en el liceo y yo hacía uso de una beca y cursaba periodismo en la USACH. Pero ya en esos años deseaba salir de Chile y explorar nuevos rumbos en Estados Unidos. Todo se dio cuando un compañero de la universidad consiguió una beca y viajó a Norteamérica. A los pocos meses me escribió para que viajara y me envió los pasajes. Después me los pagas, hermano, acá hay un trabajo interesante, por muchos dólares, la pega va con tu personalidad, brother, me decía, sin especificar en qué consistía dicho trabajo. Mi madre se negó a que dejara mis estudios por algo tan incierto y mi padre aceptó a medias, siempre tendrá más oportunidades en el exterior que en este país de mierda, vieja, opinó. Eso bastó para que tramitara mis papeles en el consulado y me largara al país del norte.
Ahora hace un año que estoy acá y no me puedo quejar. El trabajo consiste en trasladar pequeñas encomiendas a hoteles de lujo aquí en Miami y recibir, después, unos pagos en efectivo bastante suculentos. Eso me permite arrendar un departamento de un ambiente, vivir con cierta holgura y no preguntar por el contenido de los paquetes. Yo algo recelaba, pero mi amigo Alex me enseñó a tener la boca siempre cerrada y hacerme el desentendido. Mientras menos sepas, mejor, brother, me dijo, a poco de llegar.
Pero Mara, la puertorriqueña, algo intuía. Yo cachaba que se hacía la yo no me inmiscuyo en la vida de nadie, pero de vez en cuando me preguntaba ¿de dónde sacas tantos dólares para derrocharlos en las discotecas, amor?, y yo, de mi trabajo, negrita, si no de dónde. Pero yo también sospechaba de ella, sospechaba que esnifaba coca con sus amigas del barrio y lo negaba conmigo, porque yo no esnifo, ni siquiera fumo. Me gusta ir al gimnasio y levantar pesas y todos esos ejercicios que te redondean los músculos de los brazos y los hombros y te dejan el abdomen sembrado de lomitas. A Mara le encanta mi cuerpo cultivado y cuando hacemos el amor en mi departamento se dedica a lamerme como a un caramelo y a susurrar que rico, papito, déjame mamarte el gozador, fucking chileno, déjame acabar, fucking chilenito. Entre nosotros hablamos sólo español, pero a ella las palabras en inglés marginal se le escapan a cada segundo y eso a mí me molesta un poco. Yo, mal que mal, estudié un par de años en la universidad y en mi hogar nunca se dijeron malas palabras. Ella sigue una carrera técnica en alimentos o algo así. La verdad es que no me he interesado por sus estudios. Nuestra relación es más bien de jarana. A su casa sí he ido un par de veces. Vive con su madre separada en un departamento del porte de una caja de fósforos en las afueras de la ciudad. Me cuenta que el padre se largó con una dominicana y no volvió nunca más.
El hogar de Mara, si así se puede llamar, es de un desorden incomprensible para dos mujeres solas. Eso pensé la primera vez que fui a su casa. En la sala que sirve de estar poseen un par de sillones desvencijados, una mesa de centro con un par de floreros de plástico y varios ceniceros colmados de colillas de cigarrillos manchados de rouge. Su madre fuma como obsesa y Mara no lo hace menor. Las contadas veces que fui a su casa traté de abrir una ventana para ventilar la habitación y la vieja me soltó un fucking blanquito acalorao y no me quedó otra que intoxicar mis pulmones un par de horas mientras Mara finalizaba de estucarse la cara y agrandar sus ojos oscuros a punta de rímel. Pero en lo que más demora es en desenredar la mata de pelo afro que le llega a los hombros y le da un aire exótico que tanto me gusta. Cuando la apuro, me replica con un ya voy papi, no seas apresurao, y la vieja la mira con rencor y se traga el humo de sus cigarrillos infectos hasta el fondo de sus pulmones averiados. Porque con todo ese humo que se embucha tiene que tenerlos averiados, me digo, y me carcajeo bajito.
¿De qué te ríes tú, fucking chileno?, grazna con su voz de Barry White, y yo le digo que de nada, sólo estoy recordando una comedia nerd que vi con Mara, explico, sin mucha convicción, una película bastante chistosa. ¿Qué es chistosa?, me pregunta, molesta. Divertida, le digo, pensando que se hace la caída del catre.
La vieja es una ballena negra con el mismo pelo de Mara, pero más corto. Es de piel más oscura y los dientes le resaltan como a mi gatita. Posee unas tetas que le rozan el ombligo y unas caderas de yegua trotona que desfonda los sillones manchados por los años de comer papas fritas y beber cualquier mierda viendo televisión. Porque el televisor en ese hogar pareciera ser la única entretención. Pasa los fines de semana, cuando tiene libre en la fábrica, frente a la pantalla, comiendo toda esa mierda que los gringos producen sin pausas para una población consumista. Los muros de ese departamento son un espectáculo aparte. Cubierto de fotos antiguas, en donde aparece la madre más joven con una morochita en los brazos, abrazada de los hombros por un negro con pinta de beisbolista, una anciana en una hamaca, seguramente en Puerto Rico, santitos y calendarios antiguos con la imagen de la virgen y otros con un Jesús recién salido de la peluquería, con un rostro más terso que el de la virgen María de yeso que luce en un rincón del cuarto. Sobre una mesa esquinera, cubierta de figuritas de porcelana, monos de peluche y chapitas metálicas que no sé qué representan, luce un pequeño altar con un par de velas consumidas no sé cuándo. De solo pensar que Mara herede esa capacidad para acumular tal cantidad de objetos de mal gusto, me eriza la piel. Yo siempre he sido un tipo bastante ordenado. No sé a quién lo aprendí. Sospecho que a mi tía Ana, la hermana de mi madre, que nos invitaba a su casa en el barrio alto los fines de semana a tomar el té. El cuidado césped del antejardín, los canteros de rosas, los cuadros de marcos dorados de las pinturas al óleo de autores que en ese tiempo me eran desconocidos, los finos jarrones que adornaban las mesas esquineras y las alfombras persas en donde parecía sumergirme, me causaban un asombro y bienestar inolvidable. Cuando sea grande y rico voy a tener una casa como la de la tía Ana, me juraba a mí mismo, sin comunicárselo a mi madre para no agraviarla.
El acento de las puertorriqueñas es otra cosa que me fascina. Como casi la mayoría de sus coterráneas, domina un inglés muy precario, sembrado de modismos regionalistas de su tierra. Su hablar resulta muy pintoresco y musical. Yo desde que llegué a los Estados Unidos he tratado de hablar un inglés lo más correcto posible, para evitar que me confundan con los inmigrantes caribeños que copan las calles de Miami. Pero igual me cachan que procedo de Sudamérica, pero de Chile no tienen idea. A lo más me ubican por el país del dictador Pinochet. Y asiento con un resto de vergüenza por la asociación inoportuna y les recalco que vengo de la tierra de Neruda y la Mistral, dos Premios Nobel, les digo, inflando el pecho. Eres exiliado, chileno, me preguntan a veces, y yo niego con la cabeza. Vine por negocios, digo, suficiente, y me miran con suspicacia.
Con Mara he conocido gran parte de la bohemia en donde se divierten los caribeños. Porque en esta ciudad hay muchos dominicanos, cubanos y puertorriqueños. Mara es bastante popular en las discotecas tropicales. A veces hasta ha subido al escenario a bailar lambadas con los negros bongoseros de la orquesta, que le arriman sin pudor el paquete por las partes protuberantes de mi negra y Mara se vuelve pura boca sonriente y dientes blancos que iluminan el escenario. Yo me siento un poco extraño en ese ambiente carnavalesco. Pero simulo divertirme para no aguarle la fiesta a Mara. Yo soy más de bares a media luz, de conversar y beber con displicencia, darme aires de hombre de mundo. Dejo buenas propinas a las jevitas, como les dice Mara, no por ofenderlas, sino como un gesto cariñoso, y ellas me ofrecen su dentadura de spot de Odontine. Me la paso bien con Mara y su culo de película porno que gira en su centro como si tuviera vida propia.
Todo marchaba sobre ruedas hasta el día en que el par de policías de civil irrumpió en el bar y se dirigieron directo a Mara y le ordenaron que los siguiera. Ella se negó y yo me alcé amenazante. Uno de los gorilas me apuntó con un arma y hasta ahí duró mi valentía. Me sacaron del bar y me introdujeron en una patrullera policial. En el cuartel me acusaron de tráfico de cocaína, puesto que Mara llevaba más de medio kilo de coca oculto entre sus ropas interiores. La muy perra se fue de negativa y me cargó el muerto a mí. La muchacha queda libre, masculló uno de los policías, pero a este lo dejamos en la sombra por un buen tiempo, y ríe por lo bajo. No todo puede ser miel sobre hojuelas, recordé que decía mi padre cada vez que algo no funcionaba como él lo deseaba. De mi amigo nunca más supe. Cosas del destino, me dije, cagado hasta lo último.


RAMIRO RIVAS RUDISKY nació en Concepción, Chile. Estudió Teatro en la Universidad de Concepción. Ha ejercido la crítica literaria y el periodismo cultural en diversos diarios y revistas nacionales, manteniendo una página crítica en el suplemento “Literatura & Libros” del diario “La Época” a lo largo de varios años (1992-1997). Desde 1999 hasta su cierre (2005), realizó crítica literaria en la revista “Rocinante”. Desde 2010-2018 ejerció como crítico en la revista “Punto Final”. Cuentos suyos han sido traducidos al francés, alemán, ruso y búlgaro. Ha sido incluido en 27 antologías del género, tanto en Chile como el extranjero. Ha obtenido innumerables premios literarios. Ha publicado “Una noche sin tinieblas” (1963), “El desaliento” (1971), “Toque de difuntos” (1986), “Luciérnaga curiosa” (1993), Premio Municipal de Literatura (1994) y Premio Consejo Nacional del Libro y la Lectura (1994); “Chopin y los perros” (1998), galardonada con el Premio Consejo nacional del Libro y la Lectura (1997); “En malos pasos” (2009), Premio Municipal de Literatura (2010); “Corazón Virgo” (2013), “Campo de batalla” (2015), “Tan lejos de los dioses” (2022).






Fui profesor de Emili Barraza en la PUCV. Allí nos hicimos amigo y hasta hoy guardo gratos recuerdos de su…