Por Omar López
Así como la mañana de un domingo primaveral cualquiera, tiende a lucir una sonrisa de sol frente a cada ventana soñolienta para luego comenzar a marcar sombras nuevas en calles, plazas y puentes envejecidos; la tarde de un sábado vecino es también incitador de lentitudes necesarias. Con mayor razón, cuando sufrimos las exigencias de un sistema que impone a través de todos sus canales, medios y embajadores (dotados, por supuesto de un seductor estilo) la dictadura del rendimiento y la zanahoria de la competencia.
Las tardes de los sábados tienen un modesto encanto parecido al ocio positivo: uno puede envolverse de silencio y siesta y luego, despertar más joven. O también, rehacer el amor en complicidad con los primeros grillos y una luna llena desnuda de prejuicios y comprensiva. Porque la extensión ambiental de un sábado, si uno consigue descifrarla, puede depararnos gratas sorpresas y reconstituciones de escenas que ya creíamos imposibles: la primera carta de amor; el primer beso dado o recibido; las primeras vergüenzas; la primera venganza o el primer desquite; los primeros fantasmas de la culpa o la primera quebrazón de ilusiones adolescentes; el origen de los miedos íntimos no traducidos ni aceptados y un largo y personal etcétera, etcétera que sucede según el ánimo, la edad y las circunstancias. Todas estas divagaciones que pueden parecer gratuitas e incluso, rebuscadas, nacen a partir de un hecho reciente.
Leyendo hace algunos días una entrevista a Eduardo Galeano, realizada por la destacada y valiente periodista Faride Zerán el 12 de junio de 1994 (Pág. 370 (AL PIE DE LA LETRA – ENTREVISTAS DE FIN DE SIGLO – Ed. Grijalbo- 1995) y a propósito de una pregunta sobre cuándo a una persona se le puede considerar culta, el escritor uruguayo, con su habitual seriedad y contundencia y luego de describir el concepto tradicional de considerar culto al personaje que tiene una gran acumulación de conocimientos históricos, literarios o científicos, responde lo siguiente: “Culto es el que es capaz de comprender al otro; culto es el que puede reconocerse como pedacito de los demás, y el que puede reconocerse como pedacito de la naturaleza, de la que todos somos hijos. Culto es el que reconoce al otro no como competidor o enemigo sino como posible hermano, como posible amante. Culto es el que reconoce que es a su vez hermano no sólo de todo lo que tiene piernas, sino también de todo lo que tiene alas, patas o raíces”.
Me parece una respuesta tan precisa y amplia a la vez, dado su alcance de humanidad y poesía que decidí rescatarla para mi pequeño diario y así compartirla con ustedes. Recordemos que Eduardo Galeano falleció en Montevideo el 13 de abril de 2015 a sus setenta y cuatro años y es reconocido a nivel internacional como un periodista y escritor comprometido con los pueblos de Latinoamérica que estuvo siempre denunciando los crímenes y los abusos en la era dictatorial que asoló a nuestros países. Hay que leer a Galeano para continuar su trabajo y su pensamiento porque, por ejemplo, en dos de sus libros (Días y noches de amor y de guerra y El libro de los abrazos) a través de sus escritos en prosa breve, vivencial, humanista, solidaria y testimonial, nos educa con realismo y muchas veces, ternura pedagógica, las vivencias, las gracias y desgracias de gentes comunes y corrientes; de trabajadores, campesinos o etnias sufridas y explotadas y de organizaciones populares que fueron presa de la persecución o terror, como también el destino de muchos sus colegas y compañeros de letras que él supo querer y respetar, simplemente, con amor fresco y humano.
Por ahí, siguiendo su huella de luz y consecuencia, escuché en su voz y contemplé el gesto de sus manos y la verdad de sus ojos cuando, en diálogo con otra periodista, reflexiona: “Las cosas que de veras se comprenden, que de veras se pueden entender con la razón y sentir con el corazón, son las cosas que uno es capaz de mirar, desde adentro y desde abajo. Si uno las mira desde arriba y además de mirarlas desde arriba, uno las mira desde afuera, no entiende nada”. Es decir, aprender a ver, es una tarea más que debemos practicar con pasión y sigilo; con paciencia y virtud de (si se quiere) niño, porque es tal vez otra forma de rescatar el asombro y persistir en la lucha cotidiana contra la muerte de los sentidos y la mecánica del miedo. Por eso, se escribe y por eso se pinta, se canta, se compone, se baila y se regala.
Quise poner en práctica la sugerencia de Eduardo Galeano y decidí mirar un día sábado desde adentro y desde abajo, y cierto es que lo que vi, fue otra primera vez.
Puente Alto, sábado 11 de octubre 2025.






Conozco a Omar López y su Diario del Minuto. Escrito como una crónica literaria tiene esa belleza del momento y de su mirada que rescata ese pasado que le da sentido al presente, aunque nos queda en el aire el futuro. Omar nos regala esa calma que le caracteriza, reflejado en este escrito. Un pasado quebrado como el que hemos vivido en Chile o en el exilio ¿lo podemos recomponer y seguir adelante? Los miedos cultivados en el tiempo oscuro aún están ahí parapetados despertando así de repente cuando pensábamos que íbamos adelante. En estos días en medio de la campaña presidencial resulta casi increíble que una mujer comunista afable, alegre, decidida, simpática y empática, ella es hoy nuestra candidata a la Presidencia de la República y luchamos a brazo partido con el miedo que levanta el anticomunismo como una masa informe que nos observa. Gracias por este nuevo Diario del Minuto. Abrazos y cariño. Y no nos más que rogar por un antídoto, que nos libre de todo mal.